RAMELL ROSS
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La verdad es que la terna de nominadas de este año es para lacito… ¡Jesús de mi vida! Esto de los Oscar indies que pretenden hacer me da que no va a ningún lado, como todas las tendencias de los últimos años, pero mientras dure aquí tendremos que soportarlo.
Esta peliculita de RaMell Ross tiene telita. Muy experimental, pagada de sí misma, pesada. Una narración experimental, repleta de insertos y simbolismos, en primera persona, es decir, en plano subjetivo (básicamente de dos personajes, sobre todo de uno) en su totalidad con ciertos matices, y muy fragmentada, para hacerlo todo más divertido. Hay que estar muy mentalizado o predispuesto para que la cosa no se te haga bola.
Los más cinéfilos recordarán propuestas en plano subjetivo como “La Dama del Lago” (Robert Montgomery, 1946) o “La Senda Tenebrosa” (Delmer Daves, 1947), dentro del género negro. Buen film el primero, notable el segundo. Esta nada tiene que ver con esas más allá del concepto, por supuesto… lo que es una lástima.
A mí me encanta el cine experimental, el cine raro, el cine personal, el cine de autor, lo he flipado mucho y lo flipo con él, pero no por el hecho de serlo, claro. Es loable que Ross pretenda contar una historia manida de otra forma, pero lo cierto es que salvo a los muy cinéfilos o curiosos, es fácil que la peli le desconecte o les aburra directamente, especialmente si se les hace previsible o inconexa (esa fragmentación exagerada puede hacer la película incomprensible).
La cuestión es que cuando prima el estilo sobre el fondo y ese estilo no logra ser seductor o verdaderamente atractivo más allá de la peculiaridad (relativa como dije, ya que todo está inventado), se suele caer en el abismo, aunque corrientes críticas intenten elevarte.
Ross adapta la novela de Colson Whitehead ganadora del Premio Pulitzer de una manera muy personal. Hace suya la historia, como debe ser. Se basa en unos hechos reales acontecidos en otra escuela reformatoria, la Dozier School for Boys de Florida, que fue tristemente célebre por los abusos, violaciones, malos tratos, agresiones e incluso asesinatos cometidos allí, como demostraron las tumbas encontradas con multitud de cuerpos sin identificar. La “Casa Blanca”, “Boot Hill”… como lugares del terror en Nickel.
Un lugar del que sólo se puede salir al cumplir condena, de viejo, huyendo o muerto… pero que el protagonista intentará de otra forma, sacando en un texto lo que allí ocurre.
Una historia dura que se diluye en esta orgía formal para engordar el ego de un director que no demuestra talento por ningún lado, eliminando toda emoción o la potencia de la novela de origen y el tema tratado. Una forma que se come el fondo con una sucesión de imágenes inconexas que aniquila la narración, como aniquiló la emoción, ya sea esta en prosa o pretendidamente poética. Un tedioso transitar que se hace insoportable, presuntuoso, pretencioso y snob.
El contexto está muy definido, inserto en la lucha por los derechos civiles y humanos en los 50 y 60, con Kennedy, el viaje a la Luna, Selma, Martin Luther King, el tema racial, la segregación, Lyndon Johnson… Son continuas las referencias en radio y televisión, como en segundo plano, además de en las escuelas, donde la toma de conciencia del protagonista es cada vez mayor. Pasaremos por 1968, ¿1976?
Un personaje que vive una ilusión, como cuando confunde una foto de tamaño real de Luther King con la persona. Nunca perderá el espíritu reivindicativo, de hecho, intentará un plan para derrumbar Nickel, a pesar del miedo de su amigo…


Una película que habla de intolerancia, de racismo y, sobre todo, de oportunidades perdidas y vidas truncadas por el odio absurdo de un sistema enfermo. De la dificultad de cicatrizar las heridas. O su imposibilidad.
La propuesta subjetiva que propone Ross es arriesgada e incómoda para el espectador medio, que siempre ve encuadres extraños, desviados del foco, sobre objetos, a menudo ni siquiera bien enfocados o encuadrados, una cámara distraída sobre espacios vacíos o llenos… Es una narración muy en off, donde también tenemos planos espía, lógicamente, en ciertos momentos aprovechando el concepto subjetivo de la película (el pastel que corta Nana, los chanchullos con el chico boxeador…). La soledad de “Nana” es retratada en muchos momentos.







La narración subjetiva va matizándose y evolucionando conforme avanzamos. Si bien en un principio esta será constante y rigurosa siguiendo a Elwood, el protagonista, luego la cosa irá variando y cambiando de distintas formas.
Veremos al bueno de Elwood en su crecer en distintos reflejos, la única forma de hacerlo, claro. El metal de una plancha, en un cristal, en fotos de fotomatón con una novia (sigue creciendo), desde los ojos de Turner… A Turner también lo veremos reflejado o a través de los ojos de Elwood. La subjetividad también se señala en los fundidos a negro, que son varios en la película, pero alguno se corresponde con el cierre de ojos del personaje.
Hay algún ocasional inserto que no se correspondería con el punto de vista subjetivo exacto, aunque sí con la subjetividad. Esos dibujos que un compañero pasa en su cuaderno en la escuela y que se observan de pronto de más cerca, o el mencionado pastel que corta “Nana”.
Hay algunos sutiles detalles de estilo que me resultan interesantes, al menos desde cierto prisma. Como esos picados y contrapicados que van surgiendo. Contrapicados que observan la vida (muchos hacia su madre) y que luego se convierten en picados que observan curiosamente zapatos de tacón según va creciendo. Un detalle de estilo que me gustó.







Por cierto, como matiz, tras ser golpeado y en sus primeros pasos por Nickel, volveremos a ver esos picados hacia zapatos, estos con intención de mostrar timidez o inseguridad.
Elwood (Ethan Herisse) es un chico inteligente y comprometido, lector y estudioso (Jane Austen y “Orgullo y Prejuicio” aparecen varias veces), al que su profesor ve posibilidades de ir a una escuela de alto rendimiento… hasta que es acusado de un delito que no cometió al ser recogido por alguien buscado mientras hacía autostop… con 17 años.
“Nickel Boys” desarrolla una historia de amistad. No sé si pretende ser conmovedora. No lo creo con todo ese batiburrillo estilístico, pero podría haberlo sido… Unos amigos que lo apostarán todo, que discutirán, pero donde al final, Turner, el más reticente, ayudará a escapar a Elwood… o a intentarlo.
Bien avanzada la película, el patrón variará y cambiaremos de subjetividad, pasando de la de Elwood a la de Turner, el amigo y cómplice que hace en el reformatorio.
En la transición de uno a otro, veremos la misma escena desde los dos puntos de vista distintos. Y hay que decir que no se corresponde la mirada de Elwood con lo que vimos en su subjetividad, pero bueno. Parece tener lugar tras el plano en el interior de un vagón…









Poco después la cosa se volverá a matizar, cuando alternemos esas subjetividades, con escenas en plano y contraplano subjetivos para cada uno de ellos. Esto lo veremos por primera vez en la enfermería, con Elwood reponiéndose.
“El juego está amañado”. “Sólo tú”.


Habrá un plano, un único plano, donde veremos a los dos juntos, como si saliéramos de sus subjetividades a un plano objetivo o, quizá, como si se compartiera esa subjetividad. En realidad parece ser la subjetividad de Elwood, que es el que mira todo el rato hacia arriba… El reflejo de los dos en un espejo. Contrapicado extremo que parece un cenital.
Hay otro matiz a este juego con el punto de vista en primera persona. En varios momentos, sobre todo en el “futuro”, saldremos del cuerpo de “Elwood”, pero sin perder la subjetividad. Ross colocará la cámara tras su cabeza, moviéndose en sincronía perfecta con él, pero como si fuera un apéndice. También lo haremos en el momento anterior a la paliza que recibirá en el centro. Como si saliera de su cuerpo y otro se quedara atrás. Se muestra así una subjetividad que no es exacta, sino impostada.
Toda esta idea de la subjetividad se relaciona con la identidad, la de las víctimas de Nickel. Lamentablemente el giro final de la película, donde descubrimos que Elwood no sobrevivió, sino que fue Turner (Brandon Wilson) el que lo hizo, adquiriendo luego la identidad de su amigo como forma de honrarlo y manera de intentar superar ese pasado, no impacta como pretendería.
Ese plano final con Elwood levantando a Turner del suelo es una alegoría más que lo apela a superar algo que, ya de adulto, todavía no ha logrado.








Por si fuera poco, la narración es muy fragmentada, con saltos al pasado y al futuro, de un punto de vista a otro (por ejemplo, esas referencias a los helados que luego acaban aclarándose, o el plano subjetivo dentro de un vagón de tren etc. etc.; las duchas y esos chicos con cicatrices o aislados que se pueden entroncar con los castigos recibidos; esos rostros que se ven, unas veces en Nickel, otras en videos, otras en fotos desde un Pc), con escenas donde, encima, se filtran elementos alegóricos, a veces futuros, otros pasados… Un popurrí difícil de digerir para el espectador medio. Además, resulta bastante redundante. La aparición de lagartijas, de cocodrilos, de un burro en blanco y negro (docilidad), videos caseros de distinto tipo, muchos de ellos como referencia alegórica a lo que hemos visto o vamos a ver… Cruces, Ku Klux Klan, el viaje a la Luna del Apolo 8 y el lado oculto de la misma, trileros… Incluso la película “Fugitivos” (Stanley Kramer, 1958) y sus paralelismos con la llegada de Elwood a Nickel… “Fugitivos” volverá a aparecer en varias ocasiones, como Sidney Poitier.




Hojas secas en manos de Elwood aparecen en varias ocasiones, también de manera simbólica sobre la fragilidad del personaje. Las naranjas, que simbolizan la vitalidad, la calidez, la interacción social, la alegría, la bondad, la lealtad, la generosidad… aparecen ligadas a las interacciones de Elwood y Turner, su amistad. Incluso recolectarán naranjas… Ese extraño intercambio en la cama donde Elwood desaparece y otro tipo toma su lugar, las sucesivas miradas a su brazo, los fundidos a negro, los sucesivos planos de rostros distorsionados que luego se individualizarán como víctimas sin identificar…
Esos planos con imágenes en retroceso en la escena del encuentro en la barra del bar de los dos ex compañeros de Nickel para recrear ese viaje al pasado que supone… que para subrayarlo más convertirá al chico que pide trabajo a Elwood en el niño que conoció allí…
Esa parte final, de montajes ideológicos o conceptuales, planos extraños y confusos (esa sucesión de planos relacionados con la muerte), es muy lynchneana. La narración impresionista e inconexa se desmadra.











Las transiciones entre esos insertos de video alegóricos y la narración principal son otro rasgo de estilo interesante… De unas manos a las huellas dactilares. Canicas. Soldaditos. Las brochas; cadenas que dan paso a reliquias arqueológicas de aquellos tiempos como pruebas. Del lanzamiento de un avión de papel por parte de Turner al lanzamiento de un balón de fútbol…
La música define los tonos pretendidos del film. Supongo que en el riesgo se necesitaban ciertas muletas emocionales… De la tensión en la extraña música ante la llegada del coche a Nickel (que parece más un campo de concentración con normas para presos), a las sentimentales relacionadas con “Nana”.
Para rizar el rizo, se tocan tramas que importan poco o nada, desde la del amañado combate de boxeo que sale mal a la del abogado que estafa a Nana, que, si bien tendría importancia y se le da un largo plano fijo a la actriz, lo cierto es que en la diluida narrativa termina por ser indiferente. O los trabajos que hacen para una amable blanca en su casa, donde se bañarán en su piscina y a la que, parece, robarán sus bicicletas para huir…




Las interpretaciones, en ciertos momentos, no terminan de ser convincentes, especialmente en lo que concierne al papel de “Nana”. Hattie (Nana), interpretada por Aunjanue Ellis-Taylor, conocerá también a Turner, con quien se dará varios abrazos en sucesivos ecos del inicial cebo que se da con Elwood.
¿Terrence Malick? ¿Lynch? ¿Narración poética más que en prosa? No sé. A mí todo esto me parece bien y me gusta, como me han gustado películas que casi nadie más entendía o a casi nadie gustaban por raras, pero no por serlo adquieren más calidad o deben tener el beneplácito crítico.
Todo lo comentado hace de “Nickel Boys” una experiencia insoportable, pero a los que entren en el concepto o gusten (sobre todo en la juventud) de propuestas que pretenden ser distintas, espero que la disfruten, que al menos se lleven eso.









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