MIS CHICAS

MIS CHICAS

RELATO

 

 

 

 

 

La conocí en un bar de las afueras. Me gustaba el sitio porque quedaba cerca y era poco concurrido, así que podía sentarme solo sin que me atosigaran. Ella llevaba la barra con soltura, manejaba a los bordes con firmeza y trataba a los demás con verdadero interés y una especial simpatía, como si le importara lo que le decías.

A todos les hacía sentir a gusto, confiados. Era atenta y comprensiva, sabía escuchar, quizá por ello apetecía hablar con ella, contarle tus cosas, las que no dices en alto… o inventas para compartirlas.

Solía escuchar retazos de las conversaciones que tenía con otros clientes cercanos, lo que me sirvió bastante para entenderla mejor, ir conociendo sus gustos, sus aficiones, sus intereses. Tardé mucho en dirigirle la palabra y más aún en tratarla un poco, pero no la perdía nunca de vista. Luego fui rompiendo mi timidez con ella y forjamos una bonita complicidad.

Empezamos a salir un invierno. Me pareció el momento ideal. Primero fueron los fines de semana, luego siempre que se podía. Me gustaba tener una rutina, unas costumbres con ella. Me venía bien. En cierta medida, se parecía a mí. Era discreta, solitaria, a pesar de lidiar con mucha gente en el bar, y de costumbres sencillas.

Salíamos a correr bastante a menudo, cuando nos lo permitían los horarios, por una zona agradable y fresca de parques bastante silvestres con mucho ambiente deportivo. En su día libre íbamos a “Sueños”, un acogedor restaurante que sirve comida que mezcla lo tradicional con lo moderno, donde ella siempre se tomaba una original ensalada de atún y un segundo plato que variaba con disciplina. Todas las semanas pedíamos comida para cenar en su casa, comida china los martes, pizza los jueves… A ella le gusta con pepperoni.

Su casa es pequeña, cálida, cómoda. Una cocina que da al salón. La usaba poco. Dos dormitorios y un baño. Tiene bañera. Allí le gustaba darse largos baños relajantes. Me gustaba oír el chapoteo leve y suave del agua con el movimiento de su cuerpo.

Disfrutaba mucho de sus silencios, observarla detenidamente. No era especialmente guapa, pero me gustaba. Era pelirroja, lo que daba un colorido especial a aquella zona tan clara, siempre gris y nevosa. Solía colocarse el pelo tras las orejas aunque no hubiera necesidad. En su nariz, ligeramente grande, se hacía un encantador gesto con el anverso del dedo índice. Tenía esa mirada verdosa y confiada, directa y sonriente, aunque no sonriera…

Me hacía sentir acompañado. No soy muy social que digamos, aunque tengo buenos compañeros de curro.

Llevaba varios días sin verla, sin apenas oírla. A veces me ponía algún audio con su voz. Quince días. Estaba en misión especial. Soy militar. Mientras volaba de regreso, pensaba en ella. Su voz me gustaba mucho. Me calmaba. Era tranquila, serena, relajada, con un tono ligeramente ronco, alegre, positivo…

Pasé por el supermercado a comprar unas cosas antes de ir a casa. Había llegado pronto y profundamente cansado. Me dispuse a acostarme inmediatamente, aunque todavía no se había puesto el sol, pero entonces vi aquella manchita en mi mesa, como un leve cerco. Me desconcertó por completo. Yo había limpiado la casa con mucho cuidado antes de partir. Aquello era una falta imperdonable. Lo había revisado y repasado todo. No era propio de mí pasar por alto estas cosas, aunque a veces pasaban, para mi frustración. Me dispuse a calmar mi agitación sacando todos los utensilios de limpieza para volver a limpiar. Froté con denuedo el cristal de la mesa, pase la aspiradora y la fregona por todos los suelos, el trapo húmedo por cada estantería, volví a sacar la vajilla para fregarla de nuevo… Era una actividad que me hacía sentirla cercana, como si la acariciara, como si todos aquellos cuidados se los dispensara a ella.

Cuando hube terminado, me fui a la cama, me masturbé y dormí un sueño largo y reparador. El día siguiente lo pasaríamos juntos.

Me desperté a las siete de la mañana. Me sentía descansado, con un moderado entusiasmo. Se podría decir que feliz. Me duché con calma, preparé la mesa con metódico orden y un buen desayuno. Los cubiertos y la servilleta, la bandeja con las jarras de leche y zumo, la taza de café y los platos con las tostadas y los huevos. Comí tranquilamente, pensando en todo lo bueno que me iba a deparar ese día. Aunque estaba relajado, seguía sintiendo una ligera inquietud por lo de ayer, esa mancha que encontré. Mientras volvía a repasar la casa, retocando, depurando y ordenando pequeños detalles, comprobé si ya se había levantado…

Llegué al parque unos pocos minutos antes de la hora habitual. Al fin la vi llegar. Llevaba esas mallas azules que tanto me gustaban. Se le marcaban sus firmes glúteos y los recios muslos. Además se había puesto una ajustada camiseta que le definía su proporcionada figura. Sus habituales auriculares color rosa para que la música le marcase el ritmo la aislaban del mundo.

Me hipnotizaba verla correr. Cada bamboleante paso poseía esa sensualidad inconsciente que me arrebataba. Tenía una zancada ágil y corta que acompasaba con un suave movimiento de brazos colocados en ángulo recto. Apoyaba la punta de sus zapatillas en cada impulso con ligereza. Aquel día llevaba un ritmo fuerte, como si quisiera exigirme.

Estuvimos una horita corriendo y luego haciendo unos ejercicios. Ella era tremendamente elástica, algo que siempre he envidiado. Series de repeticiones, saltos, flexiones, abdominales y estiramientos. Fue, al menos, otra hora…

Llegamos a casa y nos dimos una ducha rápida. Preparé la comida. Un poco de pasta y unos filetes de pavo. Nos amodorramos viendo una típica película de sobremesa. Adoraba aquellos momentos…

Al despertarnos, hicimos algunos quehaceres habituales y me dispuse a leer un poco mientras ella charlaba con su familia. Hablaba con ellos todos los días, especialmente con su hermano pequeño, por el que sentía adoración.

Fue a media tarde cuando escuché aquella conversación. Subí el volumen del portátil y observé su rostro. Sonreía mientras jugueteaba con su pelo. Quedé petrificado.

 

 

 

 

¿Qué estaba pasando? Al principio ni siquiera entendía de qué iba aquella conversación. Un terror atenazó todo mi cuerpo por unos segundos. Sentía un miedo que no por esperado era menos vívido. ¡Era una conversación amorosa! Hablaba coquetamente, con un tono juguetón que nunca le había oído. La cabeza me daba vueltas…

Todo parecía reciente, incipiente, con ese entusiasmo expectante, esa pasión retraída que alberga la ilusión. Esa sonrisa incontenible, ese acomodar los gestos a lo que escuchaba o la ocurrencia pícara que iba a decir. No podía escuchar la voz del hombre, pero más o menos captaba el sentido de lo que decía por las réplicas de ella.

¿Qué había pasado en esos quinces días de ausencia? ¿A qué se había dedicado esa mujer falsa, desleal? ¿Quién era ese cabrón? ¿Había aprovechado mi ausencia para cambiar sus rutinas? ¿Me había estado engañando, dando una cara distinta de la que de verdad tenía?

Estaba quedando con él para esa noche… En nuestra noche… Era la noche de “Sueños”, nuestra cena fuera… y ella quedaba con un tipo cualquiera…

Me levanté muy agitado, nervioso, daba bandazos sin sentido, intentando centrar mis ideas, sin poder fijar la mirada ni los pensamientos. Lo siguiente que recuerdo es el apartamento destrozado. Mi ordenado y pulcro apartamento se apareció con horror ante mis ojos. Una decoración caótica producto de mi enajenación. Me vi desparramado en el sofá, agotado, sin fuerzas para levantarme, intentando recomponer mi cabeza una vez desfogado mi cuerpo.

Me fui incorporando pesadamente, agarré la cabeza entre mis manos, como para no dejar que se escapara ninguna idea, como intentando domarlas, cercarlas en el redil de mi cerebro. Sosegándome, controlando la respiración, reduciendo los latidos de mi corazón, fui recuperando el control pleno de mí mismo, dispuesto a decidir cuáles serían mis siguientes pasos. Poco a poco el plan fue creándose, definiéndose, dibujándose con claridad donde antes sólo había un revoltijo lleno de ira e ilógica.

Sumido en una avalancha de pensamientos, fui ordenando la casa inconscientemente, casi sin darme cuenta, de igual forma que la había destrozado antes. Movimientos mecánicos que hacían útil mi enajenación… Cuando todo quedó perfecto, me vestí, cogí el Pc y el equipo de sonido, monté en el coche y aparqué cerca de su casa.

La noche había caído pesadamente, sin darme cuenta. Era como si me hubieran robado aquellas horas. Aquel tipo ya había llegado y parecía que se disponían a cenar. Me exasperaba oír su conversación, como si se conocieran de toda la vida. Esa familiaridad, esa confianza, esas bromas, la risa de ella… No lo aguantaba.

Me quité varias veces los auriculares para tomar oxígeno. Salí del coche y di algunos paseos a su alrededor sin perder de vista las ventanas iluminadas. Conocía la zona a la perfección, había rodeado la casa y sus cercanías en multitud de ocasiones, conocía el interior al dedillo, por lo que no me hacía falta escuchar para saber por dónde estaban…

De nuevo en el coche, fui escuchando cómo la complicidad jovial del principio, frívola y divertida, fue evolucionando hacia la intimidad susurrada. Llegó lo que temía. Las caricias, los besos, la ropa cayendo, la piel tratada, los jadeos, los golpes secos… Y esos gemidos que en su soledad decidí que me dedicaba a mí, ahora provocados por ese otro, intruso, que ocupaba mi lugar.

Esa traidora tenía que pagar. Era lo justo.

Pasé la noche en vela, reflexionando, planificando, con frialdad. No noté el cansancio ni el sueño. El tipo salió por la mañana. Solo. Comencé a seguirlo. Sabía los horarios de ella, por lo que suponía cuál iba a ser su rutina, si bien no perdí de vista el portátil, por si acaso. Era él el que me interesaba ahora, ese tipejo que se había inmiscuido en mi vida.

Vivía en el centro, a unos 15 minutos en coche de la casa de ella. Entró en su apartamento, estuvo allí algo más de media hora. Salió con otra ropa, cogió de nuevo su coche y emprendió camino hacia el hospital. Resulta que trabajaba allí.

Era enfermero. Un tipo alto, moreno, bastante fornido, de rasgos angulosos, pelo muy corto, ojos grandes y marrones. Lo seguí durante bastante tiempo ese primer día. También lo hice los siguientes. Por las noches me dedicaba a escuchar las conversaciones que tenían por teléfono, con lo que pronto tuve un plano perfecto de horarios y actividades que me permitirían moverme con facilidad. La verdad es que me lo dejaron todo a huevo…

Dos semanas después de conocer al tipo, lo tenía todo preparado. Sería en fin de semana, en el día que dedicaban a verse, uno de esos días que se quedaran en casa… Observación, paciencia y aprovechar los momentos. Invadir la vida de la gente es mucho más sencillo de lo que se piensa. En general, la gente no cree que nada malo vaya a pasarle, que aquel que no ve o aquel que tiene enfrente no alberga intenciones siniestras, así que, si las tienes, siempre irás por delante. Ellos no se esperan que estés intentando hundirles o robarles. La gente vive en la ingenuidad, en la inocencia, en la costumbre de invulnerabilidad, necesitan que sea así, y es eso, precisamente, lo que les convierte en presas fáciles.

Era como entrar en mi casa. Me resultó muy sencillo robar su llave para hacer una copia al poco de conocerla en el bar. Entré con sigilo aprovechando su sueño frente al televisor, varias horas antes de su cita. Antes de avanzar por el pasillo dejé la bolsa que traía en el suelo, apagué el móvil desde donde lo veía todo y lo guardé junto a los auriculares en el bolsillo. Fui lenta y tranquilamente por la entrada hasta su saloncito. Escuchaba su respiración acompasada mientras se desarrollaba la sencilla trama de enredos amorosos a un volumen bajo. Estaba acurrucada bajo su manta, con la cabeza en el cómodo brazo del sofá. En la mesa había un vaso con una infusión casi terminada. Llegué junto a ella y me agaché para observar su rostro. No entendía bien qué había podido ver en ella. Te sorprendes a ti mismo, cuando ha pasado el tiempo o algo ha cambiado, buscando una explicación sobre qué era lo que te atraía y ahora te resulta eximio, mortecino, desvaído de aquello que miras… Escrutaba intrigado su rostro relajado esperando que despertara, que aquellos rasgos se crisparan al verme. La expectativa de verla asustada, temerosa, cuando me reconociera allí, donde no podía estar, de poder disfrutar de su gesto culpable, creaba un nerviosismo y un frenesí casi insoportable en mí. Como el de los niños la noche de Reyes.

Cuando lo hizo, cuando abrió los ojos, no hizo ningún gesto, me miró como el que mira a la nada. Poco a poco su cerebro empezó a funcionar, intentando entender dónde se encontraba mirando a su alrededor. Luego lo comprendió todo.

Fue en ese momento cuando le tapé la boca. Realmente lo estaba gozando, pero su mirada comenzaba a provocarme un desagrado incómodo. Parecía no entender nada de lo que le decía, como si no me conociera, como si no me recordara. Le lanzaba preguntas, le describía situaciones, pero sus gestos eran de sorpresa por ver descubierta su intimidad y desconcierto por la familiaridad. Además del pánico, supongo. Cuando se zafó de mi presión para gritar, llamarme loco y decirme que no me conocía de nada, saqué el bisturí con rabia.

Aquello fue mano de santo. Se quedó petrificada. Sólo tenía ojos para aquel instrumento que movía lentamente ante ella. En cierta medida estaba excitado, era una justa venganza a su traición. Cuando comenzó a suplicar le volví a tapar la boca y hundí la afilada hoja en su interior, en su vientre. Repetí la acción varias veces, sin dejarla respirar, presionando su cuerpo contra el sofá, esperando que dejara de convulsionarse y retorcerse. Era un auténtico éxtasis. Tardó un poco, pero finalmente todo volvió a la calma.

Solté el bisturí por allí cerca, volví a la puerta donde había dejado la bolsa, me cambié la ropa, me cambié los guantes y quité todos los micrófonos y cámaras que fui colocando durante todos aquellos meses en los que fue mía. Tras comprobarlo todo con detenimiento y limpiar aquello de cualquier cosa que implicase mi presencia, salí de la casa dejando la puerta ligeramente abierta. El verdadero culpable de todo aquello no tardaría en llegar.

Fui andando varias manzanas hasta donde había dejado el coche y regresé a casa.

Te juro que aquello me afectó. La quería. Fue una tremenda decepción para mí. Debes entenderlo, quizá lo entiendas. Me rompió el corazón.

Ella fue la primera y la mejor. La chica de mi vida, con la que pensé que la cosa podía salir bien de verdad. No pude decírselo. Aquel último día todo pasó demasiado deprisa…

Al menos a ti te lo he podido contar todo antes de acabar. Deja que te quite la mordaza… Tú eres la que más se ha parecido a ella. Contigo también me ilusioné de verdad. Pensaba que por fin había encontrado a alguien distinto, pero siempre termináis decepcionándome. Todas mis chicas siempre terminan decepcionándome…

 

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sambo

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