MÚSICA

 

 

 

 

 

Mucho se habla de la invasión británica cuando lo que pasó es que los ingleses se vieron invadidos, cortesía de un caballero llamado Alexis Korner, por los sonidos del otro lado del Atlántico. Muddy Waters, John Lee Hooker o Big Bill Broonzy eran nombres que, de no ser por él, no habrían llegado a Europa. Los entusiastas del blues se multiplicaron y, de repente, Gran Bretaña se llenó de bandas de chicos blancos que habrían dado cualquier cosa por ser negros americanos y que veneraban sin tasa a unos señores que en su tierra natal eran sistemáticamente ignorados. La primera conversación entre Mick Jagger y Keith Richards tuvo lugar cuando se encontraron en el autobús siendo muy niños, cada uno llevando sus vinilos debajo del brazo. Ya fueran de Muddy Waters, Robert Johnson o Blind Boy Fuller, inmediatamente se granjearon el respeto del otro.

 

 

 

La cosa instrumental andaba relativamente calmada. Gibson mantenía un ritmo de ventas bastante aseado en todas sus gamas, si bien las Les Paul caían en desgracia en comparación a su preciosa hermana pequeña, mucho más ligera, la SG, de la que se decía en los anuncios “el mástil más rápido del mundo”. ¿Preocupados por la velocidad a principios de los 60? ¿De verdad? El mercado de los efectos estaba también despegando. La manipulación de la señal eléctrica para lograr excentricidades sónicas estaba de moda. El efecto llamado fuzz, que no es sino “despeluchar” una señal plana y convertirla en algo distorsionado y confuso, fue llevado a las masas por los «Rolling Stones» en su «(I can’t get no) Satisfaction«. Los delays o ecos eran trozos de cinta magnética que repetían lo que salía de la guitarra antes de llegar al ampli, y Fender ya había demostrado que unos muelles te daban profundidad de sonido creando reverberación, por lo que los amplificadores de la marca incorporaban tanques de muelles y un control para la Reverb que, también, demostró que tendía a afinar aquellas notas que estuvieran ligeramente desafinadas.

Fender respondía a la fallida andanada de formas extrañas de Gibson con su propia visión de los diseños extremos, si bien concebidos desde una estética más surf. Jaguar, Mustang o Jazzmaster eran los buques insignia de aquella época pero, aunque preciosas, hay quien encontraba en los múltiples interruptores de modificación de sonido que albergaban un sistema farragoso y complicado. No olvidemos que Fender también se labró una más que sólida reputación como constructora de bajos eléctricos, hasta el punto que, aún a día de hoy, los modelos Fender Precission Bass y Jazz Bass siguen siendo dos referentes ineludibles para esa gente seducida por la clave de fa, así como dos estándares de la industria, como lo es la Stratocaster para las guitarras.

Es 1965, un año capital para Fender. Todo va a cambiar. La empresa de don Leo comienza el año llegando a un acuerdo con CBS (Columbia Broadcasting System) para la venta de la compañía, que pagó 13 millones de dólares a don Leo. Él no quería vender, pero existe el rumor de que fue al médico por no sentirse bien y le diagnosticaron una enfermedad terminal, comunicándole que le quedaba muy poco tiempo de vida, por lo que decidió asegurar el futuro de su familia. Tal diagnóstico se reveló ligeramente mejorable, pues don Leo vivió hasta el mes de marzo. De 1991, añado.

Con CBS al mando, la calidad de construcción de los modelos existentes de Fender cayó notablemente, pues primaba el criterio empresarial de ventas masivas aún a costa de bajar calidad. Tampoco tuvieron mejor fortuna algunas incursiones en terrenos privativos de otras empresas, como las guitarras semihuecas. Apostar por la Fender Coronado fue una de las primeras decisiones de la nueva gerencia pero, aunque pintona, no logró despegar del todo a pesar de los jugosos precios que se pueden pagar hoy en día por una de ellas en buen estado.

En una cláusula del acuerdo de venta a CBS, se estipulaba un pacto de no concurrencia en el sector de los instrumentos musicales de 5 años, así que Leo tendría que mantenerse de vacaciones hasta 1970. Triste, desamparado y con 13 millones de dólares en el bolsillo.

Fender en 1965 hizo otro movimiento de calado. Regaló instrumentos de su marca a los Beatles. En concreto a George y a John les dio una Stratocaster en color Sonic blue. Se nota que se trata de modelos terminados en 1964 por la ausencia de hueco para el ajuste del alma del mástil en su unión con el clavijero, pues tanto las de 1962 como las de 1964 se ajustaban por la parte inferior del mástil. Sí, estoy enfermo, ya lo sé. Estos instrumentos, así como algunos amplificadores marca Fender, se pueden escuchar en Rubber Soul, el disco que marca el despegue de los Beatles como algo realmente grande. De hecho, existe la errónea creencia que el solo de guitarra de la deliciosa «Nowhere Man«, tras el primer estribillo, está tocado con la clásica Rickenbacker 360/12 de 12 cuerdas de George, y no es así, sino que se trata de John y George tocando al unísono sus recién estrenadas Stratocaster.

 

 

 

 

Ese tal Eric Clapton que mencionábamos el otro día, era arrogante como pocos. Se creía que tenía una misión: extender el blues por el mundo, y se la tomaba muy en serio, quizá demasiado. Seamos comprensivos, no debe ser muy fácil de asumir recién cumplida la veintena de años de edad ver por Londres pintadas en las que se dice que eres Dios por lo bien que tocas la guitarra. No es una exageración en absoluto. A raíz del disco de John Mayall con los «Bluesbreakers», conocido como Beano, por ser ése el título del tebeo que Clapton ojea en la imagen de la portada, y más concretamente por su versión del «Hideaway» de Freddie King, Eric empezó a ser considerado el nuevo Mesías de la guitarra. Era un tipo con pinta más peligrosa y macarra que Hank Marvin y estaba armado con una Gibson Les Paul de la que sacaba sonidos y fraseos hasta entonces desconocidos.

 

 

Es 1966. Ha dado tiempo a que los «Beatles» se consoliden como la banda más importante del mundo. Clapton es Dios y se une a lo que aparentemente eran dos equivalentes en cuanto a niveles de virtuosismo en su respectivo instrumento: Jack Bruce al bajo y Ginger Baker a la batería. Nace «Cream», nace el concepto de superbanda y empieza el embrión del rock duro. Los «Beatles» estaban en las sesiones de grabación de su disco blanco y George tiene una preciosa progresión descendente con una letra que dice algo de una guitarra gimiendo suavemente. John y Paul no están muy convencidos de que el tema les acabe de convencer, pero, por una vez, George decidió forzar un poco más. Llamó a su amigo Eric y le invitó a tocar en esa canción. Que viniera Clapton a tu estudio a tocar una de tus canciones  no era cualquier cosa, pues uno de los mejores guitarristas del mundo no se iba a prestar a tocar una ordinariez cualquiera. Lennon y McCartney ganaron un poco de respeto por la canción y la sesión fue adelante. Clapton llevó una Les Paul que con el tiempo se ha convertido en un icono. De color rojizo, se trata de un modelo de 1957, de los primeros con humbuckers, que, como era típico por aquellos años, estaba pintada originalmente en color dorado sólido. Dado que se trataba de un acabado totalmente opaco, la veta de la tapa no se vería en ningún caso, por lo que no importaba que estuviera desplazada a un lado o que no fuera perfectamente simétrica. Comprada originalmente por el guitarrista de «Lovin’ Spoonful», John Sebastian, éste la llevó a la fábrica de Gibson para que le quitasen el poco acabado dorado que le podía quedar a causa de los rigores de la gira y la pintasen del granate habitual de las SG, muy de moda a principios de los 60.En plena gira, y al estropearse uno de sus amplificadores, Sebastian tuvo que cambiarla por un amplificador con Rick Derringer de «The McCoys», compañeros en aquel tour. Esa guitarra acabó en una tienda de empeños donde fue adquirida por Clapton que, una vez terminada la grabación, regaló a George Harrison. Lucy era el nombre de la guitarra, y pocos instrumentos hay más icónicos, no ya salidos de la fábrica de Gibson, sino de cualquiera.

 

 

«The Who» eran una fuerza pujante por aquel entonces. Cuando romper una guitarra no se había convertido en un cliché sino que era un arrebatado acto de nihilismo, Pete Townshend destrozaba su equipo con una dedicación y un tesón envidiables, pero algo le decía que lo que hacía le estaba sabiendo a poco. Tenían que ser la banda más ruidosa del mundo y para ello tenían que mejorar aún, a pesar de tener a Keith Moon golpeando los tambores con su habitual frenesí psicótico. La solución se la ofreció un joven estudiante de electrónica cuyo nombre era Dudley Craven, contratado por un entusiasta propietario de una tienda de música llamado Jim Marshall. La idea era construir amplificadores que dieran la brutal cantidad de 100 watios de potencia. Tengamos en cuenta, para ponernos en contexto, que VOX, la mítica casa de amplificación, había hecho una excepción con los «Beatles,» tradicionales usuarios de los clásicos AC 30 (como su nombre indica, de 30 watios) y les había construido de manera absolutamente extraordinaria para su concierto en el Shea Stadium unos amplificadores de 80 watios.

Subían los decibelios y la potencia, y en estas veleidades estamos embebidos cuando aparece un chico negro americano. Venía de tocar, entre otros, en la banda de Little Richard, y había tenido un corto proyecto de banda cuyo nombre era «Jimmy James and the Blue Flames». John Hammond, hijo del John Hammond que descubrió y se empeñó en grabar a Robert Johnson, quiso firmarlo en el acto tras verlo en el Carnegie Hall de Nueva York tocando clásicos de Little Richard y Bo Diddley, o el «Hey Joe» de «The Leaves», pero se le adelantó Chas Chandler, ex bajista de los Animals, que se lo llevó a Inglaterra convencido de que iba a crear una estrella. Puso a disposición del tímido chico de Seattle una banda con una sección rítmica formada por Mitch Mitchell, un músico de sólida formación jazzística, a los tambores y Noel Redding al bajo. Cambiando un poco la grafía del nombre del chico aquello podía funcionar. «The Jimi Hendrix Experience» estaba naciendo, y, de nuevo, todo estaba a punto de volver a cambiar. Jimi era zurdo, pero tocaba guitarras de diestros encordadas al revés. Aquello no tenía mucha relevancia si el instrumento tenía una forma simétrica, como las viejas Danelectro o las SG. Lo divertido era si lo que estaba al revés era, por ejemplo, una Stratocaster, y vaya si fue divertido. Los controles y la palanca del puente quedaban bajo su antebrazo, pero él nunca se estaba quieto y su guitarra nunca estaba callada. De acuerdo, había guitar héroes en esa época, Clapton, Alvin Lee de «Ten Years After» (que armado con una Gibson 335 con el símbolo de la paz era conocido como “el guitarrista más rápido del mundo” allá por los 60), otro zurdo, en este caso surfero y ya mencionado, Dick Dale; igualmente se glosaba el exquisito gusto de George Harrison, el estilo pendenciero de Keith Richards y su contrapunto en los Stones Brian Jones, la contundencia de Pete Townshend o las sutilezas de Syd Barrett en unos incipientes «Pink Floyd», pero nadie había preparado al mundo para Jimi Hendrix.

 

 

No era cómo tocaba la rítmica y solista a la vez, cantando con un peculiarísimo sentido del fraseo que le lleva a reinventar el «All along the watchtower» de quien ya entonces era una figura reverenciada, Bob Dylan, sino que supo llevar todo más allá, tanto en cuanto a sonido como a imagen. Cambió el rol de la guitarra para siempre, no en vano fue capaz de sacarle sonidos que no se habían oído antes, supo aprovechar el acople de la manera más musical y convertir su guitarra en una máquina de emitir sonidos animales gracias a su Stratocaster, las unidades de proceso de efectos que mencionábamos antes y a un uso de ellos nunca visto ni escuchado.

 

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