RELATO

 

 

 

 

 

Era una mañana muy agradable, aunque avisaba un día de mucho calor. Había amanecido hacía poco y aún se notaba cierto fresco de la madrugada. Se olía la vegetación con intensidad, los pájaros canturreaban alegremente y los insectos comenzaban su entusiasta actividad.

Le gustaban aquellas zonas naturales, allí se sentía libre y especialmente divertido, como embriagado, ensimismado y distraído. Cuando era más joven disfrutaba de la muchedumbre, el jolgorio y el bullicio, pero con los años apreciaba mucho más la paz y la tranquilidad, que le dejaran espacio para explorar, pero también para descansar y dejarse llevar por las brisas fugaces o los cálidos rayos de sol.

Sí, le gustaba la paz, tenía que reconocerlo… ¡Con lo que él había sido! El caso es que allí quizá había demasiada paz. No había nadie, de hecho. No es que le molestara en absoluto, a menudo no se percataba de quienes le rodeaban, aunque normalmente cuando iban a estos sitios siempre solía haber compañía, aunque no fuera mucha.

Le gustaba pisar la hierba, cuanto más mullida mejor. Se dejó embriagar por el ambiente templado y la luz del horizonte mientras esperaba. Era de talante paciente, no le molestaba la espera, ya fuera comprando o de paseo… Le resultaba fácil sumergirse en su mundo. Si la espera se alargaba no podía evitar que le viniera la modorra, sobre todo desde hace un par de años, así que no había por qué preocuparse.

Tras una cabezada a la sombra de un árbol de la que se desperezó con parsimonia, comprobó por los alrededores que nada había cambiado en aquel idílico y verdoso paisaje. No sabía si había pasado mucho tiempo, pero allí todo permanecía solitario. Comenzó a pensar, con cierta extrañeza, que las veces en las que tenía que esperar, nunca eran en ese tipo de parajes naturales. A esos lugares iban casi siempre juntos y así se mantenían hasta que decidían regresar.

Sí, era una novedad, pero tampoco tenía por qué ser nada significativo…

Las horas pasaban y el calor empezaba a pegar con fuerza. Habían salido muy temprano. Debían haber trascurrido tres o cuatro horas desde que llegaron allí. Quizá eso ya sí que era preocupante. ¿Les habría pasado algo? ¿Habrían tenido un accidente? ¿Se habrían perdido? Ellos eran muy previsibles y no solían hacer cosas así…

Oía vagamente coches a lo lejos, por la carretera principal, pero ninguno se adentraba por la arbolada pradera donde él se encontraba. Decidió activarse un poco para sofocar el aburrimiento, allí podía hacer un montón de cosas al fin y al cabo. Vagabundeó por los alrededores sin alejarse demasiado, curioseó en los recovecos de la zona, olió el aroma de las flores, observó la nutrida y divertida colección de insectos que trabajaban afanosamente o volaban sin un rumbo fijo, distrayéndose un buen rato que le alivió la espera… pero seguían sin llegar.

La preocupación le sobrevino de repente. Aunque se había distraído, era consciente de que había pasado mucho tiempo desde que se marcharon aquella mañana. Se dirigió por el camino por el que el coche marchó hasta llegar a la carretera principal. Allí, los coches que había oído como en un eco, pasaban cada vez con más frecuencia. Miles, millones de vacacionistas iban y venían hacia sus destinos sin reparar en él, decididos a terminar su ansiado viaje.

Regresó al lugar donde había estado, a resguardo de todo aquel ajetreo, meditando sobre su situación y su soledad. ¿Qué iba a hacer? Una añoranza repentina le paralizó, no dejaba de ver la cara de ella, de rememorar los juegos con él, de recordar las caricias del pequeño…

Tras pasar un buen rato compungido, en un estremecimiento, escuchó el ruido de unos neumáticos. El entusiasmo le hizo olvidar todos aquellos pensamientos lúgubres. La euforia y la alegría lo sustituyeron todo. ¡Por fin regresaban! El coche giró en la curva y sostuvo la velocidad en la recta hasta llegar a su altura y pasar de largo, indiferente. No, no eran ellos, no era aquel coche, era solamente otra familia que seguía su viaje hacia sus vacaciones el primero de agosto…

Volvió a sentarse sobre sus patas traseras, esperando, para finalmente recostarse y apoyar su barbilla sobre las delanteras, pensando ilusionadamente en la vuelta de sus dueños para emprender viaje. Le gustaba viajar, ir en el coche… Y regresar a casa para beber un poco de agua, volver a jugar con la pelota y dormitar sobre el regazo del pequeño, como hacían siempre. Como siempre.

 

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