CARLOMAGNO. REY, ORDEN Y MITO II (Antes de Carlomagno)

CARLOMAGNO. REY, ORDEN Y MITO II (Antes de Carlomagno)

HISTORIA





 

 

Continuamos sin adentrarnos la vida del gran Carlomagno. Así, si en el anterior artículo que tuvieron a bien publicarme en este estupendo, fabuloso y extraordinario espacio cultural hablábamos de los francos, de sus reyes, los llamados merovingios, y de cómo los mayordomos de palacio llegaban al poder, en este alcanzamos al linaje de Carlomagno sin entrar en su biografía claramente.

Empecemos esta nueva aventura que espero sea de su agrado:

LLEGAN LOS CALORINGIOS (635-754)

CARLOS MARTEL Y PIPINO

Para rebuscar en el linaje caloringio me gustaría empezar por el bisabuelo de nuestro Carlos, Pipino de Heristal, que vivió entre el 635 y el 717. En un principio era mayordomo de palacio de Austrasia (antigua tierra de los francos), desde el 680 consigue el nombramiento de Duque de Austrasia y se convierte en el jefe aristocrático del Reino. Después, en un eterno clima de guerra civil, consigue el mando en los reinos de Neustria (nueva tierra) y Borgoña, manteniendo a los reyes holgazanes como meros ornamentos protocolarios, logrando ser el mayordomo de todos los francos. Sus hijos mueren antes que él y, en un hecho algo confuso, parece que nombra sucesor a un nieto, momento en el que un hijo ilegítimo, llamado Carlos, reclama el mando para sí.

Carlos Martel (688-741)

Una vez dada cristiana sepultura a Pipino de Heristal tendremos, ¡oh sorpresa!, una guerra civil (las tradiciones hay que mantenerlas) entre su nieto Thibaut, nombrado sucesor en un supuesto testamento, y un hijo ilegítimo, el reseñado Carlos, venciendo este último y convirtiéndose en el nuevo mayordomo de todo el pueblo franco.

Carlos es llamado Martel o Martillo por su victoria contra los árabes, lo que no deja de ser curioso en un tipo que guerreó contra alamanes, bávaros y sajones, pero que pasaría a los anales de la historia occidental por su victoria ante los árabes en Tours, cerca de Poitiers, en el 732.

Un inciso sobre la expansión musulmana. Tengamos en cuenta sobre el Islam que en el siglo que va desde la muerte de Mahoma a la batalla de Tours, van cayendo bajo su control, como fichas de dominó, gran parte de los imperios sasánida y bizantino que llevaban siglos guerreando entre ellos, expandiendo su dominio por la península arábiga, el levante mediterráneo y el norte de África, llegando las huestes mahometanas en el 711 a Hispania, que estaba en manos visigodas, con sede capitalina en Toledo. Si tienen un mapa a mano verán la importancia y extensión de las conquistas, con el añadido de que son hechas a uña de caballo.

Volvamos a la perspectiva franca. Llegan noticias y crónicas fabuladas de unos invencibles guerreros venidos del sur, infieles al Dios conocido por nuestros protagonistas, que expanden su fe con un libro sagrado y una espada.

El choque entre las tropas venidas de todos los parajes francos comandadas por Carlos Martel y las huestes de Abd al-Rahman ibn Abd Allah al-Gafiqi, el emir del califato andalusí, era inevitable. Esta batalla cayó del lado de “El Martillo” y frenó la expansión islámica en el occidente europeo, logro muy celebrado por todos los cristianos.

Resumiendo, la Batalla de Tours o Poitiers es una batalla defensiva en la que la infantería se impone a la caballería ligera mahometana, un ejemplo típico de contienda medieval contra los sarracenos (que era como se llamaba a los árabes en la época).

Este enfrentamiento sirvió para varias cosas: reforzar el poder de Carlos sobre la levantisca aristocracia, repartir las tierras entre gente afín al mayordomo y obtener algo más de control sobre la nobleza del sur de la Galia. Era un enfrentamiento constante en la Francia medieval, el norte de predominio germano contra el sur de mayoría galorromana.

En el 739 vuelve a derrotar a los árabes en Lyon, quedando la frontera en el río Aude.

Otro hito del reinado sin corona de Carlos Martel es una primera toma de contacto con el Papado a través de Gregorio III, ocupante de la cátedra de San Pedro en esa época, para que ayude a detener a Liutprando, rey de los lombardos (pueblo germano poco cristianizado que avanzaba del norte al centro de la península Itálica), que había invadido el Ducado de Roma sobre el 740. Carlos vence y convence a Liutprando de que no se tocan los dominios papales, por lo que los lombardos se quedan en el norte de Italia, de ahí lo de Lombardía…

Está unión Papado-Francos, que irá cristalizando en futuras generaciones, tiene aquí su germen. Con este acuerdo todos ganan: el Papa se deshace de unos vecinos peligrosos que querían unificar toda la península itálica y Martel se puede otorgar el título de amigo del Papa, controlar a un reino sureño y conseguir el dominio de la simbólica Rávena, plaza estratégica al sur de los Alpes y antigua sede imperial de los Césares.

Carlos, antes de dejarnos en el 741, divide el control del reino (que no la corona, que sigue en manos de los reyes holgazanes merovingios que “pintan lo mismo que la Tomasa en los títeres”) entre sus dos hijos de la siguiente manera: Carlomán gobernaría Austrasia (antigua Franconia) y Aquitania como mayordomo de palacio, y Pipino tendría las mismas funciones en Neustria, Borgoña y Provenza.

Pipino el Breve (715-768)

Adelantamos otra generación. Pipino, hijo menor de Martel, nació en Lieja en el 715, y su curioso apodo se debía a su corta estatura, no llegaba al 1’40, algo impropio de un guerrero de estirpe germana cuyo rasgo dominador era la altura.

Como hemos visto, después de la muerte de “El Martillo” el reino de los francos se queda dividido en dos, pero sucede un hecho sorprendente: en el 747 Carlomán deja todos sus pomposos cargos, se dirige a Roma y pide al Papa Zacarías (más tarde canonizado como San Zacarías) que le conceda ser fraile. El Santo Padre accede a sus deseos y Carlomán es ordenado fraile primero en el monasterio del Monte Soracte (Lazio) y después, hasta su muerte, en el monasterio de Montecasino. No descartemos que detrás de este fervoroso cristianismo de Carlomán estuviese su hermano Pipino ayudado por un arzobispo de nombre Bonifacio (otro que también sería Santo). De esta manera, en el 749 quedaba Francia bajo un único mando, el de Pipino. En esta época se sitúa un momento clave caloringio:

Pipino envía una embajada al Papa Zacarías con el importante cometido de realizar una pregunta:

¿Está bien que sea rey quién no tiene el poder real?

Con esta respuesta papal:

Es preferible proclamar rey a quien tiene el poder de hecho antes que al que lo tiene nominalmente”.

 

 

 

Aquí se produce una unión de intereses: de una parte Roma llevaba decenios esperando un buen aliado para sus pretensiones en el Occidente europeo, y este acababa de aparecer… Y Pipino, con esta respuesta, legitimaba un golpe de estado enarbolando el “derecho divino” para ser rey.

Pipino se puso manos a la obra. En noviembre de 751 manda encerrar en el monasterio de Saint Bertin a Childerico III, último de la dinastía merovingia, donde es rapado, perdiendo la posibilidad de reinar según las tradiciones germánicas, muriendo tres años después. A continuación se hace reconocer sus derechos reales ante una asamblea de notables en Soissons y, finalmente, será ungido como Rey.

La unción del nuevo monarca fue el 28 de julio de 754, en la basílica de Saint Denis. En ella, el Arzobispo Bonifacio, en nombre del Papa Esteban II (que sucedería en el trono de San Pedro a Zacarías), consagra a Pipino, otorgándole los títulos de Rey de los Francos y Patricius Romanorum, un honor que pertenecía únicamente a los emperadores de Constantinopla. La unción llega también a sus hijos, Carlomán y Carlos (como verán las gamas de nombres no son muy extensas). Por lo tanto tenemos a la estirpe consagrada.

¿Qué sacaba el Papado a cambio de este divino nombramiento? Nos adentramos en el nebuloso mundo de las leyendas medievales y como tal podríamos denominar la “Donación de Constantino”.

Este documento es esgrimido por Esteban II en una reunión que tiene con Pipino. Este texto es un, parece que, falso decreto imperial en el que Constantino “El Grande” otorga plenos poderes, tanto territoriales como espirituales, a los Papas sobre Roma, gran parte de la península itálica y derechos sobre el resto del antiguo Occidente romano.

 

 

 

Con esta base jurídica se produce otra donación, esta más real, que hace Pipino: el Exarcado de Ravena (muestra del poder bizantino en Italia desde el siglo VI) y la Pentápolis, es decir, las ciudades de Rimini, Pesaro, Fano, Senigallia y Ancona. Esta cesión territorial es el germen de un nuevo Estado llamado Sanctae Ecclesiae Respublica o Estados Pontificios (existirán hasta 1870).

Las donaciones suponen un respaldo a las pretensiones del Papado, que a partir de ahora estará investido para asegurar la supremacía del mismo sobre las otras cuatro principales sedes episcopales (Antioquía, Alejandría, Constantinopla y Jerusalén, junto a Roma, eran los principales obispados en el siglo VIII) y, por añadidura, sobre toda la cristiandad europea, además de apropiarse de la investidura de cualquier rey que se llamase cristiano. Esto traerá cola durante todo el Medievo.

Antes de dejarnos, “El Breve” debió afrontar varias guerras, una en base al compromiso adquirido con el Papa. Entre el 756 y 758, Pipino se vio obligado a guerrear con los lombardos y, después de varias expediciones, ganó a éstos parte de la Italia central que cedió al nuevo Estado Pontificio como colchón de seguridad. Otra contienda fue en el sur de Francia contra los levantiscos, comandados por un duque local llamado Gaifier, que será vencido, por lo que Aquitania volverá a la órbita franca… de momento. El tercer enfrentamiento será contra las pretensiones árabes de conquista de la Septimania (los actuales Languedoc y Rosellón dentro de la región de Occitania), los cuales serán derrotados tras casi una década de batallas.

Pipino “El Breve”, antes de morir y ser enterrado en Saint Denis a finales del verano de 768, deja su reino dividido entre sus hijos (¿A que no se lo esperaban?) Carlomán y Carlos, pero eso es otra historia…

 

Por LLEVADOR DE BOTIJOS

sambo

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