RELATO

 

 

 

 

 

Es complicado crecer a la sombra de un padre brillante, admirado y respetado por todos. El mío era un gran deportista, y creía que nunca dejaría de serlo. El problemilla era su convicción de que todo lo hacía bien y mejor que los demás, sobre todo que yo, que sólo era su hijo.

Una de las primeras cosas que aprendí es que iba a ser una gran decepción para él. Lo aprendí porque él me lo repetía a diario con mucho amor, claro. No salí yo muy dotado para los deportes, aunque le ponía mucho esfuerzo y voluntad. Esto a él le desesperaba un poco.

Tengo que reconocer que, al principio, en mi infancia, era más paciente, sólo me chillaba y abroncaba para que me percatara de mis fallos, pero al menos no me sacaba del campo para meterse él. Con el tiempo entendí que no lo hacía porque no estaba permitido que un hombre jugara en categoría infantil.

A mí me gustaba jugar, la verdad, por lo que agradecí que formara aquel equipo que, según él, hizo porque no me cogerían en ningún lado y, si alguien cometía semejante osadía, saldría más bien poco. En realidad, yo no era tan malo, era voluntarioso y luchador, aunque no especialmente brillante, pero eso para él no era bastante.

Esto me quedó claro cuando fui mayor de edad. En aquel momento, por fortuna, dejó de abroncarme y corregirme, simplemente se limitaba a llamarme y, mirándome como extrañado, decirme: “Anda, quita de ahí, que no sabes”, en un tono entre condescendiente y cansado, para salir en mi lugar… No lo hizo mal. Ese año, y los tres siguientes, fue el máximo goleador de la liga de fútbol sala de nuestro barrio.

Mi padre había sido un gran jugador de fútbol, pero lo cierto es que le daba bien a todos los deportes. Baloncesto, tenis, pádel, ciclismo, atletismo, voleibol… A él todo se le daba bien, o eso creía. Siempre envidié su autoestima.

El tema de los estudios no me fue del todo mal. Cuando me quitaba los cuadernos para hacer las cosas debidamente, llevaba los deberes más brillantes de la clase. No fallaba una división, las redacciones eran ejemplares, así como los trabajos en cualquier materia que nos mandaran. Esto generó sospechas, ya que mis exámenes no se correspondían con semejante grado de excelencia, pero al final determinaron que me ponía muy nervioso en esas circunstancias, con lo que mis notas finales no fueron mal…

Lo que nos separó fue la relación con las chicas. Fui de espabilar tardío, pero lo cierto es que no se me daba del todo mal lo del ligoteo. No por habilidad, sino porque era guapete. Aprovecha mis genes, me decía mi padre.

Llevaba a mis novias felizmente a casa, orgulloso, porque ciertamente eran chicas muy guapas, inteligentes y simpáticas, pero la cosa fue cambiando cuando a ellas les gustaba más pasar el rato con mi padre que conmigo. Aquellas risitas, esas peticiones para ver películas en casa, esos regalitos, esos piropos, esa manera de follárselo en la cocina… A ver, eso sólo pasó una vez y, en honor a la verdad, Nuria no volvió por casa en los dos meses que pasaron juntos…

Aunque parezca extraño, esto me creó un pequeño trauma. Me fui de casa, dejé de tener contacto con mi padre, seguí teniendo éxito con las chicas, pero el tema de las relaciones íntimas comenzó a ser un problema. Temía no estar a la altura, hacerlo mal, siempre estaba en tensión, con lo que los resultados siempre eran calamitosos.

Esto llegó al límite con Olga. Aquella noche, cuando por fin, tras una larga espera por su parte, íbamos a empezar a follar después de unos largos preliminares, vi unos circulitos iluminados que me miraban fijamente en la oscuridad de la habitación. Intenté abstraerme, pensar en otras cosas, pero notaba su presencia. Cuando la pasión se había desbordado, vi cómo esos circulitos se elevaban y acercaban. Os juro que allí estaba, mi padre al lado de la cama negando con la cabeza, con lástima, hasta que dijo: “Anda, baja de ahí, que no sabes”, mientras se quitaba los pantalones…

Por fortuna, todo fue mejorando, incluso recuperé el contacto con él. Fue cuando se puso malo. Por diversas circunstancias quedó muy mermado, no podía valerse por sí mismo y sus movimientos eran muy limitados, por lo que me lo traje a vivir a casa.

Fue un impacto ver a aquel titán de aquella manera, pero me esforcé por ayudarle en sus ejercicios y tratamientos. Le gustaba especialmente el baloncesto. Le ponía una papelera a una distancia prudencial y con una pelota ligera tenía que encestar. Cuando veía que se atascaba, le quitaba el balón diciéndole: “Anda, quita, que no sabes”, y me pasaba una horita mostrándole cómo se hacía.

Por las noches le mandaba mensajes para que no se sintiera solo en su habitación. Mientras hacíamos el amor, gemíamos con fuerza para que pudiera oírnos y supiera que estábamos despiertos por si necesitaba algo.

La verdad es que las cosas están bastante bien ahora. Mi padre se ha adaptado con bastante facilidad, está mucho más sereno, más comedido, apenas critica nada y siempre se muestra colaborador… Particularmente, he agradecido mucho el cambio. Hasta lo veo más cariñoso.

En lo que a mí respecta, Olga me preguntó qué me parecería la idea de tener un hijo. Estuve pensándolo un par de días y, no sé, creo que puedo ser un buen padre.

 

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