RELATO

Desde que tuvo uso de razón pedía un padre, pero su madre se negaba. Aunque varias generaciones se acostumbraron a la ausencia de la figura paterna, los avances tecnológicos lograron que lo que comenzó siendo una moda volviera a ser algo habitual.
Eran cada vez más las niñas que tenían un padre con el que hacer todo tipo de cosas divertidas, lo que le daba un poco de envidia. No es que no se divirtiera con su madre, pero había algo distinto, más atrevido, arriesgado, que no sabía definir, pero así lo sentía.
El protocolo 8/1917 daba vía legal a las investigaciones que aconsejaban la presencia de la figura paterna positiva para las niñas en todos los aspectos, psicológicos, físicos, emocionales, de madurez, estabilidad etc., promoviendo la creación de hombres maduros que sirvieran de figura paterna (ECP), al menos hasta pasada la adolescencia de las hijas.
La anomalía genética que impedía el desarrollo de los fetos masculinos tardó en detectarse porque progresó lentamente. Nunca se logró revertir el problema a pesar de todas las investigaciones realizadas. Hacía 137 años que no nacía un hombre, 44 desde que murió el último biológico.
Este protocolo definía unas reglas de obligado cumplimiento. Era recomendable adquirirlos antes del nacimiento de las niñas, pero se permitía hacerlo en cualquier momento, incluso por puro ocio para las mujeres, ya que la inclinación heterosexual era habitual.
Su madre pensó que podría con todo, pero tuvo que asumir la realidad. Pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa, en un buen trabajo, pero exigente, por lo que la niña estaba a cargo de cuidadoras, que se iban turnando, proporcionadas por el estado para estos casos. Cuando se enteró de su enfermedad cedió a la petición de su hija.
Como los entes masculinos no envejecían, se planificaba una muerte amable para no crear paradojas donde los padres terminaran siendo más jóvenes que sus hijas. Por ello, y a fin de protocolizarlo, se decidió que se les haría con un aspecto de unos 45 años como máximo, siendo los más jóvenes de 20, edad muy solicitada, ya que los hombres creados eran capaces de todo tipo de actividad sexual. Una vez la hija cumpliera la edad que se adjudicó al ente, este cesaría en sus funciones.
Los modelos sin características paternales, de puro ocio, eran más simples, limitados a funciones lúdicas y de temporalidad más reducida. No estaba permitida la creación de niños ni adolescentes por innecesario y cruel, ya que los entes no crecían.
Aquel padre llegó a su vida cuando contaba 6 años. Su madre falleció seis meses después de su llegada y ella se sumió en un desconcertado desamparo durante un tiempo, ya que apenas había podido conocerla, siempre ocupada, y ese padre de creación artificial era casi un extraño.
Estas “Entidades Cibernéticas Paternas” eran de tres tipos. Los “padres de oficio”, adjudicados a niñas huérfanas a cargo del estado. Uno de ellos podía tener varias niñas tuteladas. Luego estaban los modelos de pago. El más común era el básico, que fue el único del mercado durante mucho tiempo. Sobre el paquete base, se daba una memoria estándar en la que introducir recuerdos personales de mayor enjundia y algunas características añadidas y actualizables, siempre que respetaran ciertas normas morales estrictas, que según su cantidad subían el precio. El último modelo fue un prototipo nuevo bastante sofisticado que admitía más y mejores características, añadiendo la capacidad de evolucionar y aprender.
En todos los modelos, salvo algunos de los primeros prototipos más sofisticados, se prescindió de ciertos condicionamientos de cada época y se forjó su carácter base mediante el estudio de los condicionantes provocados por la testosterona, aplicando lo positivo y evitando los posibles riesgos. Se definía su físico a gusto de la compradora.
La madre no escatimó. Compró uno de los pocos prototipos de la primera serie limitada capaces de aprender, que resultó ser un modelo único visto su desarrollo posterior. En años siguientes, con el éxito de esta serie, se aplicaron limitaciones que evitasen problemas de libre albedrío o derivas peligrosas.
Lo diseñó con mimo. Le proporcionó una base moral desde los mejores ejemplos paternos de la literatura y el cine de siglos pasados. Lo dotó de los valores que consideraba mejores, así como le proporcionó una base cultural amplia, especialmente en lo concerniente a las llamadas “humanidades”. Construyó a ese padre como si educara a un hijo.
Padre e hija no tardaron en afianzar su relación. Ella lo deseaba y él estaba perfectamente capacitado para ello. Ella adquirió con él más confianza que con su madre, ya que jamás había pasado tanto tiempo con alguien. Los ECP no tenían ocupaciones laborales, por lo que podían dedicar toda su atención a sus hijas.
Con él aprendió de todo. Siempre estaba allí, en la enfermedad, en las malas noticias, en las celebraciones… no conoció la soledad… Los recuerdos que no tenía de su madre se los contaba con verdadera pasión aquel hombre que convivió con ella unos pocos meses sin conocerla realmente.
Este padre se convirtió en leyenda, ya que, al llegar su fecha de término, 45 años, no cesó en sus funciones. Fue una grata sorpresa para su hija, ya madura y asentada, que siempre necesitó de su guía y consejo. Disfrutó de él hasta su muerte.
Lo llamaron Adán. Multitud de generaciones lo tuvieron como referente. Hizo de padre con su nieta, su bisnieta… coexistió con otros padres que sus “descendientes” compraban para saciar su heterosexualidad, pero él siempre fue la constante. Se fue convirtiendo en un padre universal, capaz de contar el pasado con absoluta precisión, sin interpretaciones subjetivas o desde la falibilidad de la memoria… Hacía regresar los recuerdos de las madres y abuelas que se fueron, una necesidad que se hacía más acuciante para las pequeñas conforme iban envejeciendo. Vidas espléndidas o mediocres, emocionantes o aburridas, pero sentidas… que seguía contando para sí mismo cuando ya no quedaba nadie, por si, en algún momento, tenía que volver a cuidar de alguien.





