RELATO

 

 

 

 

 

 

Siempre fui egoísta, pero no creáis que siempre lo supe. Lo descubrí bastante después. Creo que es fácil de entender. Yo era un chico joven, bastante alegre, que disfrutaba de la vida, sin preocupaciones y con bastante éxito en casi todos los ámbitos. Tenía un trabajo aceptable, dinerillo para mis caprichos, libertad para todo y compromisos para nadie. Por suerte gustaba bastante a las chicas, tenía varios buenos amigos y era el hijo único de una familia a la que quería por encima de todo.

Por eso no se me pasó por la cabeza vivir esto, y menos tener que hacerlo solo. Fue abrumador. Para qué mentiros, era bastante jodido… La diversión acabó bruscamente. Mis noches de juerga, mis polvos salvajes, mis viajes… No os voy a engañar, pensé muchas veces en despreocuparme y alejarme de todo. No fueron pocos los que me lo dijeron, pero de haberlo hecho tendría que haber sido de inmediato, no dar margen. Al menos así fue en mi caso, ya que después, aunque lo deseé, y mucho, se me hizo imposible renunciar a la responsabilidad. Lloré bastante, y creo que es entendible, porque me cambió la vida por completo. Y me sentí preso.

El primer año y pico fue especialmente difícil, pero tras el susto inicial lo fui llevando mejor. Yo, que no me llegaba ni para cuidarme a mí mismo, responsable de alguien que dependía de mí por completo… Pasé de la rabia, la ira y la frustración, a la desesperación, la tristeza y la resignación… y al final seguí adelante por pura cabezonería, defecto que aquí me sirvió para bien.

El vértigo me llegó en sobredosis. No era sólo la responsabilidad, era el tener que hacer cosas que no había hecho en mi vida. Esas tareas caseras que me eran completamente ajenas, esos cuidados que me sobrepasaban. Cuando quise darme cuenta estaba manchado de mierda hasta las cejas y los meados se habían convertido en mis mejores amigos. Siempre había cuidado mucho mi aspecto, pero pasados esos meses ni me fijaba en qué me ponía o en si tenía una mancha aquí o allá.

Jamás había puesto un pañal. Lo de cambiarlos ni os cuento… Era un jeroglífico escatológico. Imaginad los desastres hasta que descubrí los ajustables. Me flipó lo rápido que se me pasó la aprensión a la mierda. Yo, que con cualquier cosita estaba lavándome las manos con cara de asco, terminé limpiando culos como un camarero despacha vasos… Dar de comer, o preparar comidas cuando fue tocando, me traía por la calle de la amargura. Era como un duelo psicológico donde tenía que aplicar todas mis dotes de seducción y ponerme el traje de superhéroe paciente. A menudo compraba de más o se me olvidaba algo esencial. Se me iban los presupuestos sin darme cuenta por mi absoluta incompetencia.

Los baños me provocaban una sensación ambivalente. Me daban pavor. Cualquier resbalón, cualquier despiste, se me venían a la cabeza ahogamientos o caídas… pero luego, viendo cómo disfrutaba con ellos, todo se olvidaba.

Los desvelos. No dormir a penas porque se te despierta un sentido arácnido que detecta cualquier movimiento anormal, cualquier ruido, cualquier quejido o molestia… Los paseos a urgencias ante la duda o la fiebre. Verlo llorar eran puñales despiadados. Verlo dormir plácidamente una recompensa.

Todo me daba miedo. Un atragantamiento, una tos, un llanto, una molestia. Era un estado de tensión constante, de incertidumbre permanente, un miedo que no conseguía despegarme de la piel. No saber si lo que hacía estaba bien o mal, si lo que creía que estaba bien era equivocado y lo que creía que estaba mal era lo adecuado. Caía a menudo en la desolación. Y gritaba, echaba broncas injustas, me cabreaba… desahogos vanos que me hacían sentir mal.

Todo ese malestar era irreal, fugaces desalientos, porque ver su vulnerabilidad, su desamparo, su dependencia, a veces su tristeza, otras su consuelo, hacía constatar la insignificancia de todos esos sentimientos.

Y esos momentos… Ver su desánimo desaparecer al verme entrar en la habitación, sus miedos atenuarse al sentir mi mano, sus males aliviarse con mis caricias o susurros… Esos pequeños momentos que al final lo eran todo. Seguro que muchos sabéis de lo que hablo. Es cuando llega era sonrisa de complicidad en los momentos más comprometidos… o en los más tranquillos. Esa risa descontrolada cuando todo es un caos. Cuando me coge la mano como si quisiera agradecerlo todo en un apretón. Desarrollamos un lenguaje propio y privado de miradas y sonrisas, donde no hacía falta hablar para entendernos, a gusto en los silencios.

Cuando veo esa disculpa eterna en sus ojos, la vergüenza mal disimulada, la súplica porque no puede o no llega, ¿cómo va a durar un mal sentimiento que no sucumba a la ternura?

Al verlo mejorar en todo, alcanzaba una satisfacción plena, la evidencia de que había merecido la pena. Convertir poco a poco sus balbuceos, esa verborrea ininteligible que sólo entendía yo a duras penas y por el contexto, en palabras con cierto sentido y, finalmente, en una vocalización casi cristalina; cuando por fin ves que coge el tenedor para llevárselo a la boca él solo sin que se le caiga nada; cuando ves orgulloso que se pone en pie con un esfuerzo sobrehumano para dar sus primeros pasos…

No me entendáis mal, prefería mi vida anterior sin lugar a dudas, la de la libertad, la despreocupación y el desenfreno, sobre todo porque no pude elegir, pero esto me ha dado otra perspectiva, una plenitud que me ha hecho replantearme muchas cosas sobre la paternidad.

Jamás pensé que sería capaz de llevar esto adelante. No tengo hijos, ni siquiera quería tenerlos, pero tras estos años cuidando a mi padre, recordando cuando era yo el que recibía sus cuidados, arropándolo cada noche tras los abrazos más sinceros que me han dado en la vida, me veo capaz de ello, pero no como un reto, sino como algo que da la más pura de las satisfacciones.

 

Leave a reply