RELATO

Estaba destinado a ser un desecho social. Con el tiempo me sorprendió lo pronto que fui consciente de ello. Estaba enfadado con todo y con todos y eso no podía acabar bien, así que fui consecuente. Era un auténtico cabrón desde bien pequeño. A lo largo de mi infancia muchos probaron suerte con mi adopción, pero raro era el que llegaba a la semana sin mandarme de vuelta. Ya me lo tomaba como un reto personal.
Estaba cómodo en el centro. Tenía mis colegas, mi rutina, mi ambiente y, además, con el paso del tiempo, me hice el jefe. Me gustaba recibir a los que llegaban nuevos, hacerles pasar por pruebas, apadrinar al que lo merecía y hacer un poco la vida imposible al que se me cruzaba.
Era una buena vida. Estaba bien cuidado, intentaban enseñarte cosas que me interesaban poco, hice amistades y me conciencié para cuando me tuviera que convertir en ese desecho una vez alcanzara los dieciocho. Quizá elegí comportarme así por temor al rechazo, a que el rechazo fuese real, que no les gustase sin más, y no por merecerlo, por lo que hacía.
Entonces llegó él. Sinceramente, parecía el más pánfilo de cuantos tantearon mi adopción. Un panoli de manual, un blando que no me iba a durar ni unas pocas horas, salvo que quisiera divertirme con él. Amable, educado, tranquilo. No caí de entrada en que había que tenerlos bien puestos para plantearse siquiera adoptar a un adolescente como yo. Ella era igual, aunque sólo pude conocerla durante poco más de un año. Estaba enferma, aunque no lo parecía.
Hacía tiempo que nadie lo intentaba, supongo que mi fama echaba a todos para atrás, por eso me sorprendió tanto, ya que di por hecho que los viajecitos fuera del centro habían terminado para siempre. Y eso que en las últimas ocasiones les daba un voto de confianza, más que nada por cambiar de ambiente y la curiosidad de ver sus casas y sus entornos.
Eso mismo hice con él. Y pronto descubrí que era diferente. Nunca se alteraba, pero no por frialdad. Aguantaba estoicamente mis desplantes, mis faltas de respeto y siempre tenía una réplica aguda e ingeniosa que me desarmaba. Yo tenía que fingir estar ofendido, aunque no tuviera motivo, claro, pero él también lo sabía. Le puteé a conciencia, creedme, de todas las formas posibles, aunque no me voy a extender con eso porque el espacio aquí es limitado, pero las semanas pasaban. Nunca se rindió, era como pegarse contra una montaña.
Recuerdo el día en el que todo cambió. Fue en el hospital, recuperándome del accidente. Nunca me había sentido tan solo, y el hecho de que él estuviera allí, en silencio, sin juzgarme, como siempre, tras todo lo pasado, fue un alivio. A mí me daba igual cómo se sintiera él con lo que le hacía, pero en esa ocasión lo que había hecho me había puesto al límite, así que desde el egoísmo llegó el cambio… Al mirarlo adormilado en una silla imposible entendí que quería que estuviera allí. No sólo es que lo viera de otra forma, sino que empecé a interesarme por cómo era y lo que hacía, aunque con disimulo.
Resulta que el tío era una especie de genio. Informático, de esos capaces de hacer videojuegos, programación y esas historias. Por ahí, poco a poco, por el tema de los ordenadores, las consolas, los videojuegos, empezó nuestro vínculo. Y por el Atleti.
Nunca imponía nada, ni obligaba, pero todo lo que me enseñaba me parecía fascinante, todo lo que creaba resultaba especial y la forma en la que lo transmitía lo hacía irresistible. No fue flor de un día, pasaron muchos meses, pero me fue imbuyendo el gusanillo de lo creativo, hasta el punto de que comencé a hacer cursos sobre edición de video, informática… hasta que terminé en audiovisuales.
Los días de partido se convirtieron en una tradición de la que yo era el más entusiasta. Estuviéramos donde estuviéramos, teníamos que reunirnos para ver el partido del Atleti. Poco a poco fuimos definiendo nuestro ritual, que yo organizaba porque soy un poco supersticioso. Si se retrasaba, lo llamaba para apremiarlo, si yo había salido, interrumpía lo que fuera para volver con tiempo. En el salón, cada uno en su sitio, gritábamos, dábamos instrucciones y nos desesperábamos. Era la única vez donde él perdía la compostura. Y me encantaba.
Cuando se puso enfermo, se apoderó de mí un pánico incontrolable. El corazón, temas neurológicos… El primer día que me confundió con otro, volví a sentir aquella soledad que se encaró conmigo en aquel hospital. Fue demasiado rápido, tan sólo había consuelo con los partidos del Atlético. Podía olvidar hasta su nombre, pero siempre estaba pendiente del partido del fin de semana, del partido de Copa de Europa…
Preguntaba las fechas, las horas, los rivales, insistentemente. Era 2014. El acontecimiento esperado, ese que jamás pensamos que viviríamos. Se pasó un mes entero preguntando por el día, por la hora.
Faltando una semana se me ocurrió la gran idea. Pasara lo que pasara, el Atlético iba a tener su Champions por mis cojones. Me aseguré de que no la viera hasta estar seguro de lo que pasaba, le mentí sobre cuándo era la final, que retrasé un día. Luego, con paciencia y mucho esmero, manipulé aquel partido con un detallito aquí y otro allá, de manera que Ramos nunca marcó ese gol y los jugadores atléticos festejaron el título por todo lo alto. Se me escapaba una estúpida sonrisa mientras iba reordenando las imágenes, pensando en lo que iba a ver y a sentir.
Ni os imagináis lo que fue ver la felicidad que plasmaba aquella derrota en su rostro. Aquello lo compensaba todo. Me miraba con los ojos vidriosos, tras la tensión, seguramente sin reconocerme, o quizá sí, señalando la pantalla sin poder decir nada, pero diciéndolo todo, siendo él plenamente, convertido en puro gozo.
Desgraciadamente no pudo ver como ganábamos la Champions que volvimos a perder dos años después, pero la mentira y la derrota le dieron a mi padre la mejor victoria, ese último recuerdo que llevarse como un regalo al que mirar a los ojos y en el que me cobijo desde entonces.






