WIND RIVER (2017)

WIND RIVER (2017)

TAYLOR SHERIDAN

 

 

 

4/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una gratísima sorpresa, uno de esos títulos que cada año aparecen casi en secreto, en silencio, desprendiendo calidad a raudales y que en algunas ocasiones consiguen colarse entre las candidatas a premios, a pesar de no tener la esperanza de conquistarlos, aunque bien lo merecieran.

Esta “Wind river” bien podría ser la “Comanchería” de 2017, con un toque a “Lone Star” (John Sayles, 1996) también, sin llegar al nivel extraordinario de aquellas, pero digna de su referencia. No en balde, el director de la cinta que aquí nos ocupa fue el guionista de “Comanchería” (David Mackenzie, 2016), Taylor Sheridan, y muestra un gran desparpajo también en las lides de dirección.

Wind river” es seca y húmeda, gélida e intimista, un dialogo continuo de contradicciones, abrupto, como el rojo en la pura y blanca nieve. Una película que además sirve como cine de denuncia sin pretenderlo ni parecerlo: No hay registro de desapariciones de mujeres nativas americanas…

Basada en hechos reales, “Wind river” cuenta la historia de un asesinato cometido en una reserva de nativos americanos. Un rastreador experimentado encontrará el cadáver y ayudará a la agente del FBI asignada al caso en su investigación. Estamos en Lander, Wyoming.

 

 

Wind river” corresponde a esa tradición que fusiona el thriller y el western, el Noir, ahora moderno, con el cine del oeste, los dos géneros, en definitiva, más completos del Séptimo Arte, como hacía la mencionada “Lone star” (John Sayles, 1996) o la propia “Comanchería”, por poner algún ejemplo de prestigio. Del mismo modo, es una película que entronca con ese thriller gélido, nevado, de estética blanquecina ambientado en la nieve, que también tiene grandes referentes. Hacen buena pareja el thriller y la nieve. Como en “Fargo” (Joel y Ethan Coen, 1996)… o hace poco, en otro sentido, en la mediocre “El muñeco de nieve” (Tomas Alfredson, 2017).

 

 

Esas tramas de frontera, de mestizaje, de vaqueros y nativos, de resquemores raciales, rencores enquistados… Allí nos adentramos, en una reserva que pasa por ser una purísima y blanca escenificación del infierno, donde vemos una bandera americana invertida, donde el aislamiento y la falta de esperanza, la claustrofobia, parecen haber invadido a las personas que allí habitan, pero donde tendremos muchos matices… Un infierno, palabra que cito en frecuentes ocasiones porque varios personajes hacen referencia a ella durante el metraje para referirse al lugar nevado en el que se mueven.

 

 

Y es que no podemos interpretar de otra forma que no sea simbólica los elementos que vertebran la película en su bellísima y fascinante estética blanca. La nieve, el rastreador. Un mundo inamovible, congelado, donde nada parece tener verdadera vida ni la esperanza de salir de allí tiene cabida, pero donde todo ello es impulsado por la misma gente que allí vive, como verbalizará el protagonista, el rastreador. Y donde al mismo tiempo es imprevisible, con tormentas repentinas que cesan igual que vienen, como el comportamiento humano… La caza parece una metáfora continua en la película, donde depredadores, presas y supervivientes parecen luchar sin descanso.

 

 

Cory, ese rastreador, agente de pesca y fauna silvestre (investiga caza ilegal, vigila posibles apariciones de depredadores), que encarna brillantemente Jeremy Renner, es puro estoicismo. Hay algo en la mirada de su personaje que transmite la lucidez del que ha estado en el infierno, lo conoce y ha vuelto de él redimido y más sabio. Un hombre que padeció y aceptó el dolor. Un hombre que no puede sortear cierto sentimiento de culpa por no evitar lo inevitable, que en las fotos, ese refugio donde se resguardan los recuerdos, conserva su humanidad y el vínculo con su hija fallecida. Él conoce todos los caminos, es el guía porque estuvo allí antes que los demás y se enfrentó a ello. Desde la primera secuencia sabemos o intuimos los aspectos más reseñables de su vida: una relación complicada con su mujer, seguramente divorciado, a causa de la muerte de su hija, víctima de aquel infierno, para el que no encontró respuestas… Vínculo y enlace entre dos mundos, el de los nativos americanos (casado con una, integrado a la perfección) y ese mundo moderno y amenazante que se eleva más allá de la reserva. Él será el que encuentre el rastro de la nueva víctima, chica a la que conocía, el que haga de mentor con la inexperta joven del FBI, el que dé consuelo al padre de la víctima, el que haga justicia… Un personaje que se alza alegórico en aquel Hades, como un Orfeo terrenal o invernal.

“… si un día tienes hijos, no puedes ni parpadear”.

 

 

 

Será nexo de unión, a la vez que está ajeno a incidencias burocráticas, en los absurdos conflictos jurisdiccionales y competenciales entre policía tribal, FBI y demás. Él está en otro nivel, en el hecho real y efectivo. Su relación con la familia nativa de su mujer, su comprensión hacia esa novata, su amor por su hijo y su día truncado junto a él, recordando a la hija-hermana fallecida, definen también a la perfección al personaje.

 

 

 

 

 

Es por ello que Cory recriminará al hermano de la chica asesinada su actitud, su victimismo, un reproche extensible a todos los que allí habitan. Alega el chico su falta de oportunidades y opciones, representante de una juventud atrapada en el infierno terrenal, algo que Cory no acepta, porque aunque pueda ser una juventud atrapada en un evidente entorno hostil, difícil, infernal incluso, que requiere una lucha que no todos pueden o están dispuestos a enfrentar, él sabe que hay opción y elección, exponiéndole claramente las opciones que tenía, desde la universidad hasta el ejército.

 

 

Y desde su figura y los valores que manifiesta, con su propio ejemplo,  se desarrolla una de las principales ideas del film. Rendirse o sobrevivir. Él es el guía de la supervivencia. Es brillante la reflexión del personaje a este respecto, sobre la humanidad y la individualidad, capaz, desde el sentido cívico, civilizado, intelectual, de imponerse al lado animal al que tan fácil es ceder, al que siempre se pretende comprender y tratar con paternalismo. Él predica con el ejemplo, un hombre que no cedió al dolor y vengará a quién tampoco lo hizo, castigando a los que prefirieron entregarse al lado animal, cazadores cazados. Aplicará su ley cumpliendo venganza. Nunca será policía, sino cazador.

No debe confundirse esto nunca con intolerancia. Cory entiende y comprende todo, pero no exculpa ni trata de justificar lo que son actos de la propia voluntad, de elección. Tan sólo existe la obligación de elegir. Una elección que está en cada uno. Un sabio lobo estepario.

La suerte no existe aquí”. “Aquí sobrevives o te rindes. Eso es todo. Eso lo determina tu fuerza y espíritu”. “… decidí pelear contra ese sentimiento, porque de otra forma el mundo ganaría”.

 

 

Su relación con Jane (Elizabeth Olsen) es interesante, carente de elemento romántico en apariencia. Ella entra con buena voluntad y mal pie en un mundo de prejuicios que la ve como una intrusa, una extraña, una amenaza, personificación de aquello que genera sus males. La juzgarán por ser mujer, por usar tanga… Su desconocimiento de las particularidades de la zona, de la cultura, serán su hándicap, lo que contrasta con el conocimiento de sus gentes, de sus huellas, de sus manías, de lo autóctono que tiene el rastreador, quien no tiene la carga del prejuicio, liberado de todo ello.

 

 

Esa función de mentor, unido a su filosofía de supervivencia, de guía de la chica, tiene un bellísimo momento como rúbrica a todo ello en la relación de la pareja CoryJane: el llanto de ella una vez asume el tremebundo e inhumano esfuerzo de la chica muerta, que corrió diez kilómetros descalza sobre la nieve…

Esa figura de guía que tiene Cory, esa reflexión sobre la supervivencia, sobre elegir vivir o rendirte, se define por completo en la conclusión, cuando el hermano de la chica muerta, hijo de su fiel amigo Martin, Chip (Martin Sensmeier), llama por fin a su padre cuando éste lo daba por perdido, entregado a las drogas y la delincuencia, tras la constructiva charla que tuvo con Cory. El mismo Martin confiesa que estaba a punto de rendirse… concluyendo así el por qué merece la pena resistir, luchar… Unas veces esa lucha sale mal o es en balde (la chica fallecida que recorrió los 10 kilómetros, Natalie, interpretada por Kelsey Asbille), pero otras bien, como ocurre con el padre de ella, Martin, y su otro hijo, Chip. Por lo que ante la duda, merece la pena.

Es un final emotivo, una preciosa conclusión con ese plano final de Cory y Martin, con este último redimido, juntos en camaradería.

 

 

La película tiene un estilo eminentemente sobrio, directo, seco incluso, a la par que sutil, íntimo, sincero. Uno de los aspectos más destacados es el gran uso del plano general que muestra Sheridan, oxigenando la película, haciendo de los entornos, nevados siempre, un elemento esencial de la misma, casi un personaje más. Esos planos sobre ovejas y lobos, como un preámbulo simbólico que marca las dos presencias en ese pequeño infierno nevado, las víctimas y los verdugos, los cazadores y las presas.

 

 

 

 

Las angulaciones siempre tienen justificación en la absoluta sobriedad de la dirección, como vemos desde el mismo inicio. Observen el picado cuando el protagonista llama a su hijo, que está en el piso de arriba, en la primera secuencia, recurso que pide la misma puesta en escena. La cámara se mueve ligeramente, sin molestar, enfatizando una pretendida naturalidad.

 

 

 

La sobriedad, llena de significación, de los encuadres, también es meritoria. Observen cómo mantiene desenfocado en primer plano a Martin (Gil Birmingham), el padre de la chica asesinada, mientras nuestro protagonista, Cory (Jeremy Renner), lo consuela con sus palabras, para luego hacerle cobrar protagonismo, dedicándole todo el encuadre a él, mientras se sincera.

 

 

 

 

Donde más destacan las virtudes de Sheridan es en las escenas de suspense y acción, francamente notables, secas, imprevisibles, contundentes, con un soberbio uso del encuadre y el plano general de nuevo. El primer ejemplo lo tenemos cuando Jane Banner (Elizabeth Olsen), tras ser atacada junto al agente Ben (Graham Greene), entra en la casa donde se encuentra el hermano de la víctima, realmente bien rodada, con un sutil apoyo musical y un gran uso del plano subjetivo y el general.

 

 

 

 

La otra es el tiroteo en la siniestra y blanquísima refinería, la del soberbio flashback. Impactante, contundente, jugando a la perfección con el plano general y el punto de vista, donde el rifle de Cory hace estragos en una repentina orgía de muerte perfectamente modulada.

Los actos imprevisibles de violencia también marcan estas escenas, desde el ataque con el espray de la primera escena reseñada al disparo a quemarropa a través de la puerta en la segunda.

 

 

 

 

Y es que Sheridan mide a la perfección los tiempos, generando una creciente tensión que necesita estallar en violencia, como así ocurre. No ya en los citados ejemplos, sino también en el espléndido flashback, seco y tremebundo, que hace de la violencia algo casi insoportable. Un flashback maravillosamente insertado en la narración, encadenado casi sin darnos cuenta, aspecto que vuelve a vincular la película con “Lone star”, que tenía en sus transiciones del presente al pasado y viceversa uno de sus hallazgos visuales más celebrados.

 

 

Sobriedad y estoicismo como norma en todo, ese tono seco que entronca la película con algunos de los títulos antes mencionados, pero en parajes contrapuestos, nevados.

En definitiva, “Wind river” es una magnífica película, bien interpretada, escrita y dirigida, de esas silenciosas y discretas, de las que pocos hablan y pasan muy desapercibidas salvo que haya suerte y las nominen a algo en algún festival, pero de mayor calidad que la mayoría. Uno de los grandes hallazgos del año. No les defraudará.

 

 

 

sambo

There are 2 comments on this post
  1. diciembre 14, 2019, 6:56 pm

    Buen artículo, me ha dado ganas de ver la película. Saludos!

    • sambo
      diciembre 14, 2019, 7:42 pm

      Gracias, Gilberto 🙂

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