VIDAS PASADAS (2023) -Última Parte-

VIDAS PASADAS (2023) -Última Parte-

CELINE SONG

 

 

5/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sutileza profunda

Celine Song nos deleita con una dirección tan sutil como brillante, que rinde pleitesía a los grandes del cine oriental, a la vez que no los desmerece.

Tanto en el primer acto como en el tercero, los encuentros íntimos de la pareja serán siempre en tránsito. Fijaos cómo usa los elementos del decorado, sumado al hecho de que en la mayor parte del tiempo los capta paseando, andando… en tránsito también. Y andan mucho en la película…

De chavales los vemos subir escaleras. En la primera ocasión, discuten sobre las notas, si bien él logrará limar asperezas. La siguiente será para la despedida. En silencio, con un plano general en el que se separan los caminos en una perfecta y sencilla imagen metafórica.

No será el único elemento simbólico de tránsito que comparta la pareja. En su reencuentro en Nueva York habrá muchos. Un puente, una orilla, la noria, un barco… Irán de orilla a orilla hablando de sus parejas y demás.

Song utiliza también los decorados con intención simbólica o metafórica. La pareja estará vinculada al agua en todo momento, como explicaré, cercana a una orilla, sumado a los elementos de tránsito citados, pero en su quedada, Nora llevará a Hae Sung a una noria. Lugar donde ha ido con su marido muchas veces… Allí, en una barandilla, mientras charlan de sus parejas, tendrán a otra besándose al lado… No se da puntada sin hilo.

 

 

Finalmente, se sentarán frente a la noria, charlando en plano fijo y frontal, fiel retrato de la esencia conceptual de la película y su relación de vaivenes vertebrada en el destino juguetón… o de tradición oriental con el in-yun.

Esos decorados tan abiertos en los que se mueve la pareja, contrastan con aquellos en los que aparece Arthur, sobre todo en su casa. A Arthur se le coge a menudo en interiores, sobre todo con la venida de Hae Sung. En su casa además aparece constreñido, separado por algún elemento del decorado. Así es cuando Nora llega de su quedada con Hae Sung (juega a videojuegos) y, posteriormente, cuando la pareja llega a casa tras su segunda quedada (donde amigo y novio chapurrearán unas palabras en el idioma del otro como cortesía).

 

 

Cuando Hae Sung se despide y va con Nora en busca de su Uber, Arthur vuelve a quedar casi constreñido en esa casa, lejano, desde el pasillo que encuadra la entrada, solo una vez más.

 

 

La película me captó de inmediato con la primera secuencia, ese juego clásico sobre inventar historias de los desconocidos que ves o con los que te cruzas. Las voces en off de dos personas elucubran sobre las otras tres que tienen enfrente, que aún no sabemos que son nuestros protagonistas. Lo fantástico de la escena, es que, con la sutileza de las interpretaciones y dirección de actores, puedes predecir, efectivamente, los vínculos que tienen cada uno con el resto. Incluso esas voces aciertan determinados aspectos… Hasta que Nora nos mira a cámara, como interrogándonos tras el zoom que se ha acercado a ella. Os aseguro que, viendo el lenguaje corporal de cada uno, acerté.

Observad con que sutileza mueve la cámara en las escenas donde se pierde la conexión o cuando los intentos e insinuaciones de que uno viaje no terminan de fructificar. Los planos comienzan a ser más lejanos, se les coge de espaldas o la cámara se aleja suavemente… Vemos a Hae Sung tras un cristal algo difuminado, a ella encuadrada sólo desde la mitad de la cara centrándose en su cadena con una estrella al cuello. La Nora niña también llevaba una estrella en su camiseta el día que se despide de Hae Sung.

Leves panorámicas que muestras entornos y a sus componentes, como la que retrata a los padres de Nora preparando la mudanza antes de que entren sus hijas, o esa de ida y vuelta sobre los amigos de Hae Sung cuando anuncia sus vacaciones a Nueva York.

 

 

Los planos fijos, donde la cámara, como mucho, se mueve levemente, muy en la onda de Ozu, donde los personajes se acercan o se alejan de ella, abundan en la película. Song sólo corta cuando es indispensable. Gusta de rematar las escenas sin corte.

Las panorámicas también pueden ser grandiosas. Una vez se han reencontrado físicamente y han roto la timidez, Song los unirá siempre en plano, en ocasiones en planos generales, lejanos, sostenidos en panorámicas, mientras se desarrolla su charla. Dos personas separadas, pero vinculadas, en las que, aunque el dolor las impida relacionarse un tiempo, siguieron interesándose por el otro (vía redes, es de suponer). Hablarán de los motivos, las incógnitas, los quizá… en el crepúsculo. Además, esas panorámicas con planos generales, se ejecutan como esos otros planos citados con anterioridad, donde los personajes, desde la lejanía, acaban acercándose a cámara… sin que medie corte alguno.

Ya no somos niños”.

 

 

Cortinas y ventanas

Uno de los aspectos que me entusiasmaron fue como Song mete ciertos simbolismos tan sutiles, por ejemplo, las cortinas y las ventanas. Observad la escena en la que Nora habla con su madre de buscar chicos de su pasado. El encuadre coge una ventana que mece un poco una cortina, para luego ir haciendo una corrección hacia Nora de espaldas. Acto seguido decidirán busca a Hae Sung.

Cuando Hae Sung indague sobre si Nora iría a Seúl, Song encuadrará otras cortinas, muy suavemente mecidas, como ante una ventana casi cerrada y ante la que cambiará la luz, apagándose. El símbolo de algo que se cierra… La duda.

Y ese plano adquiere su sentido sólo por el contraste con otro plano posterior de una ventana y sus cortinas. Es cuando en la residencia de artistas de Montauk, llega Arthur. Cortinas que marcan una despedida y una llegada. Fijaos, porque el plano es maravilloso. Como se inflan las cortinas y, en el plano siguiente, vemos esa llegada del taxi con ese muchacho que baja.

 

 

Cortinas de nuevo, en la llegada de Hae Sung a Nueva York. Las descorre en su habitación de hotel ante una ventana cerrada esta vez, que enmarca lluvia.

Hay una última cortina con ventanas. En el hotel de Nueva York, en la noche tras la primera quedada entre Hae Sung y Nora. Una panorámica que va de él a su reflejo en la ventana cerrada que enmarcan unas cortinas.

 

 

Además de las cortinas, hay muchas ventanas que también transmiten sutilezas sobre los personajes y sus sentimientos. Cristales que difuminan el rostro de los personajes en los momentos de zozobra o dudas, reflejos que los distorsionan… Ventanas cerradas como símbolo de lo que pudo ser. O abiertas, transmitiendo un nuevo inicio o una esperanza, como las del coche por las que mira Hae Sung de niño y al final de la película.

Una luz del sol se filtra entre edificios, entra por una ventana cuando Nora rompe con Hae Sung… y tras la emoción de ambos. A través de ventanas vemos los taxis que llegan a la residencia de artistas… Vemos mirar a los personajes en Nueva York… o en Seúl. O desde las ventanillas de los coches…

Hay un último reflejo significativo. Es en el bar que vemos al inicio y al final de la película. De nuevo Nora y Hae Sung juntos, desde el punto de vista inverso al del inicio de la película, tras verlos en un reflejo en la mesa, hablando de las vidas pasadas, como si ese reflejo fuera un eco de las mismas… o lo fueran ellos.

También hay reflejos vinculados al agua…

 

 

El agua.

Dentro de las sutilezas, es francamente hermoso y delicado ver cómo vincula Song a los dos personajes a través del agua. Lo hace de tal forma que casi pasa inadvertido en muchas ocasiones.

La lluvia lo hace por primera vez. Es en esa cita de despedida, donde juegan con sus paraguas y en esas construcciones de piedra, para terminar en un viaje en coche donde ella duerme sobre el hombro de él.

Un vaso de agua, del que beberá inmediatamente, tapará la cabeza de Hae Sung en el despertar, poco antes de ver el mensaje de contestación de Nora a su búsqueda por internet.

Nora tomará otro vaso de agua en la escena donde habla con Arthur de su encuentro con Hae Sung. Un vaso de agua que le ha preparado Arthur, que se toma el suyo propio. Nora beberá cuando Arthur se va. Luego se acercará a él. En la ventana, en su apartamento, cuando habla con su madre, también hay un vaso de agua, justo antes de buscar a Hae Sung.

 

 

En una de sus muchas charlas por videollamada, veremos el reflejo de la lluvia en las paredes de la casa de Nora.

Cuando Hae Sung va de vacaciones a Nueva York, anunciarán lluvias severas durante toda su estancia. No será para tanto. Podría leerse como un mal presagio, pero no lo es en realidad.

En Nueva York veremos charcos y agua enfangada en la reunión física de la pareja, Nora y Hae Sung. También un reflejo borroso en el agua embarrada del puerto donde Nora y Hae Sung cogerán un barco.

Las quedadas que Nora y Hae Sung comparten en Nueva York solos están siempre ligadas al agua.

Allí, en Nueva York, quedarán de nuevo vinculados al agua y al tránsito en su viaje en barco a la Estatua de la Libertad, lugar donde Nora nunca estuvo con Arthur (John Magaro)…

En la escena en la cama entre Arthur y Nora, Song introduce, para rematarla, un plano de la noria, a la orilla del mar, cuando ésta se apaga. Una noria, vinculada a Hae Sung, que se apaga en la noche. Es Nora renunciando a lo que podría ser…

 

 

Detalles de estilo significativos en la brillante dirección de Celine Song. Hae Sung convertido en reflejo y silueta tras llegar solo al hotel tras su primer encuentro físico con Nora en Nueva York. Tendrá una continuación esta idea visual, con una curiosa panorámica que va de él a su reflejo. Retrato de una decepción y una soledad.

Las escenas donde Arthur muestra su inseguridad, también tienen una dirección magnífica. La primera, en la cocina, es especialmente notable. Antes de entrar en el plano-contraplano, Song encuadra en plano fijo la escena. Nora y Arthur se mantienen separados por el decorado, él en la cocina, ella en el baño. Cuando Arthur se mueve, se refleja en el espejo también, como Nora en el del baño. Ambos a la vez. Marca así la incertidumbre en la pareja, sobre todo en el chico.

Te conozco”.

En la otra escena, con Nora y Arthur en la cama y las reflexiones de metaficción del segundo, donde se ve como “el villano” de esta historia, empieza con un plano picado diagonal con ambos en cuadro. De ahí pasaremos al plano y contraplano cuando de la metaficción mencionada de la conversación se pasa a la hipótesis real sobre su vida. Las dudas. Ahí hablarán de esa parte algo desarraigada de ella, entre dos mundos, su tierra de nacimiento y la tierra donde ha desarrollado su vida adulta. Perfecto uso del lenguaje clásico.

 

 

Volveremos al plano frontal conjunto, ahora cara a cara, cuando Arthur menciona que Nora sueña en coreano, su misma esencia. La escena concluye con el mencionado plano de la noria y la orilla donde quedaron Nora y Hae Sung, ahora nocturna, con la luz del lugar apagándose.

Como dije, esa inseguridad en Arthur le humaniza.

 

 

En el desarrollo de la secuencia con la que comienza la película, ya hacia el final, Song pasará a los planos y contraplanos de Hae Sung y Nora hablando en coreano, con algún inserto de Arthur cuando se hace referencia a él. Luego plantea un frontal algo distante, pero sólo con los dos amigos de infancia en cuadro, mientras se hacen confidencias íntimas y hablan de sus sentimientos… Los insertos sobre el solitario Arthur retratan su incomodidad y asilamiento a la perfección. Que se haga sobre la pregunta en off de Hae Sung, “¿Y si hubiera venido a Nueva York hace 12 años?”, es una genialidad.

Tras ello, cambiando el eje, primeros planos íntimos sobre lo que pudo ser. Las vidas pasadas…

 

 

Otra pequeña sutileza. Ese plano algo lejano para Arthur y Hae Sung cuando quedan solos en el bar, de espaldas a nosotros. Hay una pequeña distancia entre ellos, el hueco que deja Nora, aspecto que no puede ser más simbólico. Ninguno se acercará al otro, pero buscarán la comprensión del otro hablando, además, del in-yun.

 

 

En ese juego de paralelismos, tendremos los dos encuentros de los personajes frente a unas construcciones de piedra. De niños ante una que representa una cara deconstruida, con ojos y orejas. Ya de adultos, otra construcción en piedra enmarca su reencuentro y abrazo. De hecho, en el momento del reencuentro físico ante dicha construcción, Song meterá un inserto de los “yoes” de niño de los personajes ante la otra. Encantadores son los nervios de Hae Sung en la soledad de la espera antes de que llegue Nora.

Otro paralelismo sutil. A la vuelta de su cita de despedida en la infancia, Nora duerme sobre el hombre de Hae Sung. En el aeropuerto, camino de Canadá, la hermana pequeña de Nora es quien duerme sobre su hombro…

Este me encanta. Nora y Hae Sung cogidos de la mano en el coche tras su cita infantil (momento encantador). Ella duerme en su hombro, él disfruta el momento y mira por la ventana… Una mirada por la ventana desde un coche que se replica al final de la película.

Song mueve la cámara con la misma delicadeza que narra la historia. Una panorámica muestra a los padres de Nora ordenando sus cosas para hacer la mudanza. Películas, cds, libros y tabaco… antes de la entrada de sus hijas con sus cuitas sobre nombres occidentales.

 

 

Y nada hay más sutil que los silencios. Desde el mismo inicio, la pareja comparte silencios sin el menor problema. Son silencios cómplices, reflexivos, que aquí pueden parecer incómodos, pero que, en realidad, no son.

En el reencuentro, tras un primer reconocimiento, llegará el abrazo con una cámara que se queda con él, aunque luego irá hacia ella, yendo y viniendo. Otra vez volverán los silencios contemplativos, de sonrisas tímidas, que podrían parecer incómodos aquí, pero que no lo son. De inmediato la charla comenzará como si no hubieran pasado 12 años. Las sonrisas en esta peli…

En el metro, enmarcados, en un silencio de miradas sonrientes y manos que se resisten a rozarse en la barra del vagón, en lo que es uno de los grandes momentos de la película.

 

 

 

 

Y la sublimación con el juego de los silencios en esa bellísimas secuencia final. Inolvidable y perfecta.

Nora acompañará a Hae Sung a coger su Uber. Desde que salen de la casa hasta que llegan al lugar donde ha quedado, pasan casi minuto y medio en silencio. ¡Qué bien guardan los silencios! Y es especialmente conmovedor porque es un espejo perfecto de aquellos paseos infantiles, también silenciosos, que vimos al inicio de la película. Simplemente cómplices, como lo eran de niños. Y mientras esperan los 2 minutos que el coche tardará en llegar, otro minuto y medio de silencio, frente a frente, de miradas, de ensimismamiento y deseo interrumpidos. Tres minutos de pura magia cinematográfica.

¿Y si esta también fuera una vida pasada… y ya fuéramos algo más para el otro en la siguiente vida?

Cuando Hae Sung se vuelve para despedirse de Nora y hacer una última reflexión vital, Song monta un plano nocturno de los dos personajes de niños, en esa encrucijada donde siempre se separaban. Donde ahora es él quien se va…

Cuando Nora regresa, en otro travelling frontal y lejano sin corte, por donde fue con Hae Sung, y rompe a llorar en el hombro de su marido, podemos sentir el desgarro de la separación de una forma tan honda como sutil. Todo rezuma autenticidad.

 

 

Algo que contrasta con la serenidad de Hae Sung en su marcha, de nuevo por un puente, el tránsito, de nuevo mirando por la ventanilla de un coche.

De alguna forma, en ese final de viaje que propone la película se da la vuelta a los personajes, donde Nora se encierra en esa casa y Hae Sung parece liberarse.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es una película sencilla y pequeña, casi remota, que susurra un eco que seguro es familiar a casi todo el mundo, lo que la hace especialmente cálida y acogedora. Así que si te dejas envolver por su atmósfera saldrás muy reconfortado. Una película redonda que llega justo donde pretende. Una gozada.

 

 

 

Lee aquí la 1ª Parte del análisis.

 

sambo

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