UN LARGO CAMINO

UN LARGO CAMINO

RELATO

 

 

 

 

Me costaba muchísimo subir aquella montaña. Todos aquellos empinados y primaverales kilómetros hacia la casa de mis abuelos parecían una gesta imposible, por eso me ponían contento mis pequeños logros, cuando podía hacer mayor distancia cada vez sin necesidad de bajarme de la bicicleta en ese prefijado y seguro camino.

Aquel es mi terreno, donde estoy protegido y a salvo. Mis dominios. Conozco cada rincón y cada lugar donde puedo descansar o pararme a juguetear. La verdad es que una vez dominado aquel camino, lo que quiero es sacarle partido y alargar el trayecto distrayéndome con cualquier cosa que encuentro o me invento.

Todo me llama la atención, todo me fascina y entretiene, en todo me fijo y todo lo absorbo. Todo merece mi tiempo en ese preciso instante…

Desde la cima las vistas son tremendas e invitan a ser exploradas. Era cuestión de tiempo ceder a la tentación. Esos senderos, floridos, frescos, bellos, llenos de colores y embriagadores aromas, me piden velocidad y desenfreno. Un descenso entusiasmado e inconsciente del que gozo junto a todo aquel que quiere acompañarme, ya sean mis sucesivas y preciosas novias, los amigos y conocidos o en la más estricta soledad, consumiendo toda clase de cosas y pegándome buenos golpes en no pocos accidentes. Accidentes que me hacen sufrir mucho, aunque por poco tiempo. En ese histérico viaje en picado conozco a un montón de gente de todos lados, de todas condiciones. Un frenesí veraniego en el que me alegra haber fortalecido las piernas en aquellas subidas infantiles.

Ahora no hay un lugar al que llegar, el objetivo es disfrutar el camino, exprimirlo a toda velocidad, tomando las curvas como un kamikaze en la delirante locura que da la libertad. No tengo que esperar a nadie y acepto a todo el que se suma a mi desquiciada carrera, sobre todo si son chicas… pero si no me siguen el ritmo quedarán rezagados sin compasión, como me pasó a mí en otras ocasiones.

No puedo detenerme, la frenética carretera me hace caer, no tengo tiempo para pararme a mirar nada, no hay tiempo para descansar ni mirar atrás…

Tanta velocidad, tantas caídas y tantas curvas retorcidas me van obligando a pausar el ritmo y relajar el ánimo cuando el descenso termina y acude el camino llano. Saciado y desahogado por el estallido de energía, las ansias y la necesidad por correr van perdiendo sentido. Sin darme cuenta voy bajando el ritmo en esa eterna llanura, obligándome a mirar y a tener más cuidado. La ruta se torna incómoda y promiscua, una infiel vereda que ofrece múltiples desvíos.

Me veo obligado a elegir muchas sendas distintas. En algunas sólo encuentro pinchazos, empujones, baches e incomodidades en un terreno demasiado transitado en el que ya no se puede correr y casi no cabes, donde toca dar o recibir codazos para hacerse hueco en el pelotón, confundiéndote entre la multitud sin encontrar un desvío que te alivie…  En otras, en cambio, permiten paladear las cosas con calma, disfrutar del paisaje, del viaje… Compañías a veces gratas y otras no tanto, unas que me acompañan largo trecho y otras que abandonan pronto…

En esos momentos de modorra, donde los suaves rayos del sol y la brisa tenue adormecen el atardecer otoñal, rodando sobre el asfalto enmantado de rojas resbaladizas, ya no me apetecen tantas carreras. Empiezo a tomarle gusto a la pausa, a la espera, a mis dos acompañantes, los únicos que me siguen el ritmo, los únicos por los que decidí parar, el pequeño con el triciclo y ella…

Uno se cansa de tanta velocidad y quiere reposo con el pasar de las horas, y del inconsciente transitar pedaleando sin pensar el rumbo a tomar, dedicarse a meditar sobre el camino correcto para regresar.

Ya no merece la pena correr, sólo llevarlos a casa a salvo, dejarse llevar y mecer, relajar el cuerpo mientras las ruedas avanzan en relajado fluir.

Al final del día, con la luz menguante y el ritmo cansado, atisbo los últimos kilómetros, que suelen apetecerme acompañado, aunque no siempre el propósito es logrado. Lo que antes eran tumultos y aglomeraciones, ahora suele ser soledad o rehuida compañía, donde antes se sumaban aunque no quisiera ahora no acuden aunque lo pida. Supliendo ausencias con recuerdos, miradas atrás y la esperanza de ver a alguien llegar.

En la meta, exhausto y entumecido, con los miembros rígidos y algo torpes, me tumbo en el gélido manto que la nieve ha encanecido y miro el cielo estrellado, dejando que la fresca noche invernal alivie mis sofocos, pensando en el largo camino recorrido junto a la fiel bicicleta que yace a mi lado en el jardín… Y la puerta de la casa, como aquella por la que salí esta mañana, parece saludarme presta para cobijarme en un merecido descanso.

 

sambo

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