DAN KWAN y DANIEL SCHEINERT
3/5
Pero entonces, ¿me recomiendas la película?
No se me ocurriría semejante cosa ni por asomo. Y no porque sea mejor o peor.
Ya hace tiempo que lo de recomendar películas se me hace difícil, salvo que conozca bien los gustos de la otra persona, porque es fácil equivocarse. Cada uno es un mundo. La cosa es que con esta todo se agudiza, porque es, literalmente, una ida de olla. Si entras o te cae simpática te puede gustar o entusiasmar, si no… Si no, lo mismo te acuerdas de los ancestros del que te la recomendó.
“Todo a la Vez en Todas Partes” es una clásica película de culto… que lo mismo gana el Oscar.
Un derroche delirante e imaginativo, un delirio esquizoide que pretende reflexión y filosofía en su aparente caos. Hilarante y excesiva, destinada a ser película de culto, como digo, según se estrenó. Te puede entusiasmar por todos estos elementos o repeler por la misma causa.
Una comedia de acción que también pretende serlo todo… Comedia de acción, Ciencia Ficción, drama emocional, reflexión experimental… rara, divertida, innovadora, absurda, original, sosegada, acelerada, emotiva, escatológica, violenta etc.
Una película que tiene su gran virtud en hacer épico el ridículo. Orgullosa y consciente de su propio absurdo.
Ah, y es repetitiva. Muy repetitiva. Tanto que lo que podría haber contado en hora y media o menos se alarga hasta las dos horas y cuarto… Mucho lío y aparente complicación para una moraleja final bastante sencilla.
Insatisfacción y evasión
“Todo a la Vez en Todas Partes” corresponde a ese tipo de películas de insatisfacción y evasión. Un poco lo de la alienación de clase media que tanto proliferó al final del siglo pasado y comienzos de este… pero no sólo. No estamos tan lejos de “American Beauty” (Sam Mendes, 1999), “La Rosa Púrpura del Cairo” (Woody Allen, 1985), “Mentiras Arriesgadas” (James Cameron, 1994), “El Show de Truman” (Peter Weir, 1998), “La Vida Secreta de Walter Mitty” (Norman Z. McLeod, 1947) o, por supuesto, “Matrix” (hermanas Wachowsky, 1999), de la que recoge bastantes cosas más.
“Tienes muchos objetivos que nunca has logrado, sueños que nunca has seguido. Estás viviendo tu peor versión”.
Insatisfacciones que aquí radican en la resignación, el conformismo, la intolerancia y los conflictos generacionales.
“Tú aquí eres capaz de cualquier cosa, porque eres realmente mala en todo”.
“Todo a la Vez en Todas Partes” es, obviamente, una película que aboga por la tolerancia como mejor manera de vivir la vida. Y la libertad. Por eso, en ese mundo de insatisfacción, lo que predomina es la opresión, simbolizada en los constantes círculos que aparecen como leit motiv.
La presión que siente Evelyn de su padre. Siempre juzgada para mal, sabedora de que su vida no le complace en absoluto… Opresión siente su hija, Joy, incómoda por cómo acepta su madre a su pareja de tres años, otra chica, de la que hace comentarios intolerantes. Evelyn la acepta regular, atemorizada por lo que pensaría su padre, sobre todo. El padre de Joy, marido de Evelyn, Waymond, la acepta sin problemas. Ese punto de racismo, ya que la novia de la hija es blanca y medio mexicana. Tenemos aquí el elemento a superar, la intolerancia.



–Evelyn: No, no es por eso. Es por Gong Gong (James Hong). Él es de otra generación.
–Jobu: Ya no tienes que esconderte detrás de él.
Opresión en un matrimonio que parece hacerla infeliz, hasta el punto de que el marido está dispuesto a divorciarse, dando la impresión de sentirse también atrapado. La opresión estatal, que ahoga en impuestos a nuestros protagonistas haciendo peligrar su negocio…
“Al final, todo se desvanece”. “Quien más ama es quien más se arrepiente”.
–Aquí sólo tendremos escasos momentos en los que todas estas cosas tendrán algo de sentido.
–Entonces disfrutaré de esos escasos momentos.
Y cuando todo oprime o nos aprisiona, la naturaleza busca pequeños resquicios de luz. En Evelyn son esos musicales de Bollywood con los que se queda fascinada. Evelyn parece estar vinculada a lo creativo en muchos de sus universos, en muchos de los que nos enseñan. Le fascina el artisteo, como en ese universo donde es una estrella (incluso se verá a sí misma en una película). Con todo, se verá tentada hacia el hastío, el desapego, la indiferencia absoluta.
“Podemos hacer todo lo que queramos. Nada importa”.




Evelyn, mediante esta excéntrica catarsis, busca un entendimiento con su insatisfactoria vida, hacer las paces con ella.
La aceptación de la vida es la tesis final del film. En todos los universos observamos insatisfacciones, rechazos, desamores, descorazonamiento, pero también momentos de belleza, de complicidad, de amor. En todos ellos. Podemos dedicarnos a lamentarnos, a consumirnos, a ensombrecernos… o a disfrutarlos y aprovecharlos.
Podemos elegir entre no tolerar o sí hacerlo. Entre aceptar o no. Comprender o no. Querer o no. Por ahí va la película, que es una conversación entre delirante, febril y sesuda entre los absolutos y los pequeños detalles.

La vida como un juego de decisiones
Esto, como todos sabemos, no es cierto del todo. Hay veces que las decisiones están muy limitadas o las que hay son inconcebibles para una persona normal. Pero el día a día se forma de decisiones y ese es el juego que los Daniels nos hacen jugar.
No os asustéis porque creáis que os perdéis o no entendéis la película. No es para tanto. La mitología…
Pasados los 13 primeros minutos, tenemos el giro en el film. Aquí vendrán las explicaciones sobre el multiverso en el que nos vamos a introducir. Un giro impactante y sorprendente, con la «muerte» de Evelyn (Michelle Yeoh) y Waymond (Ke Huy Quan). Así encontraremos explicación a las extrañezas iniciales.
Tenemos versosaltos, alfaversos, el primer universo en contactar con los demás, el AlfaWaymond, el velo de Jobu… Conexiones temporales con las consciencias de sus otras versiones en los otros universos, la capacidad de acceder a todos los recuerdos, emociones y habilidades de esas versiones, personajes desdoblados… muchas veces… Muertes de esas distintas versiones precediendo a títulos de crédito… Se complica la cosa, ¿no?



Universos donde Evelyn es una afamada cantante; actriz; universos con cambios evolutivos como ese donde la gente tienen salchichas como dedos y Evelyn una relación lésbica con Deirdre (Jamie Lee Curtis); cocinera que descubre a mapachetouille; anunciante callejera, experta en kung fu con meñique musculado… Diversificada, fragmentada, por distintos universos.
Esto sí es un multiverso de la locura de verdad…
Bueno, pues todo esto, más allá de los apasionados de estos temas y demás, del concepto e idea, no es esencial para asimilar el subtexto y las ideas clave de la película. Es un gran artificio, efectivo y necesario, bajo el que se cuentan varias interesantes reflexiones metafísicas, y lo que le da su sabor y diferencia a la película, sobre todo porque desde esta idea, la libertad creativa es absoluta una vez nos introducimos en esos otros universos. Todo vale.
Tras la presentación de personajes, entramos en la fase expositiva, esa mitología y sus recovecos. Rutas de salto para ir de un universo a otro con un algoritmo que calcula qué acciones estadísticamente improbables facilitan saltar al universo deseado, el versosalto, y allí adquirir información y/o habilidades… Evelyn aprenderá kung fu como en Matrix… rapidito.






Lo más interesante de esta mitología es el personaje de la villana, Yobu Tupaki (Stephanie Hsu). Un ser omniversal, un agente del caos, sin motivos ni deseos reales, que experimenta todos los mundos y posibilidades al mismo tiempo… con el rostro de la hija de Evelyn, Joy. Ha perdido la creencia en la verdad objetiva y su sentido de la moralidad.
“Que nada importa”.

Esa evolución lógica en las circunstancias de Yobu Tupaki, la llevan, en un momento dado, a desear la muerte. A Yobu Tupaki sólo le afecta el tiempo, donde nada tiene sentido, donde nada importa y donde el aburrimiento y la desgana se apoderan de todo. Eso sí, quiere morir con compañía…
Es una evolución lógica. Cuando elegimos el camino de la degeneración, esta se expande, hasta al depravación máxima… hasta agotarse.
Evelyn es la descubridora (y causante), en su versión Alfa, de todo esto, y la inocente elegida para evitar la catástrofe. En esta catarsis, Evelyn tendrá la tentación, muy seductora, del caos y la anarquía, de la inmoralidad pura. Caerá en la asepsia, el hastío, la indiferencia, la anarquía, la desafección, el desapego, el mismo camino que surcó Yobu Tupaki (aquí la “hija” hará de mentora de la “madre”), sólo que ella elegirá, finalmente, una redención, otro camino. Es decir, si nada importa, ¿por qué no elegir lo bueno? ¿por qué no elegir que importe?
Evelyn encontrará entendimiento donde no lo tenía a través de su marido, al que no consideraba… Evelyn aprenderá a apreciar cosas que no veía.
La presentación de la villana en la acción es tan absurda y surrealista como descacharrante e imaginativa.
“Cuando decido ver el lado positivo de las cosas no estoy siendo inocente, es estratégico y necesario. Así aprendí a sobrevivir a cualquier cosa”.
“… porque sé que así es como lucho yo”.
“… por eso, aunque has vuelto a romperme el corazón, quería decirte que, en otra vida, me habría gustado mucho lavar ropa y pagar los impuestos contigo”.
“Cuanto menos sentido tenga, mejor”.
“Tú deberías intentar comer más sano. Estás engordando”.


Cuando todo se ha explorado, todo se ha experimentado, es fácil caer en el hastío, incluso desde la mencionada depravación, exploración de lo oscuro. Esas rocas parlanchinas, uno de los momentos por los que se recordará la película, del sosiego pleno que ve pasar el tiempo sin más, son la consecuencia última… quizá para terminar, quizá para redimir.
“Sólo sé roca”.
De alguna manera, en su reflexión positiva final, el amor y la redención equilibran todos esos universos y rompen el nihilismo subyacente, eligiendo que algo importe… Una redención familiar, además, donde finalmente prima la aceptación y la tolerancia. ¿Quizá mucho lío para esta deseada ingenuidad? No sé, pero de eso se trata.










Estilo y caos
Hay muchas ideas de puesta en escena que no son arbitrarias ni gratuitas, perfectamente meditadas e insertadas en medio del aparente caos. Un caos muy calculado… Es interesante, en este sentido, el juego con los círculos, por ejemplo, así como con los espejos.
Muy bueno ese plano inicial. Una estampa familiar, un karaoke… reflejada en un espejo redondo, como si viniéramos del pasado al presente, para introducirnos en dicho espejo. Como un reflejo de la realidad. Sólo en este posicionamiento ya tenemos para escribir largo y tendido sobre las reflexiones e ideas que subyacen. La naturaleza de la realidad. Sobre la vida como imagen de la realidad o la realidad como imagen de lo soñado. O viceversa.
La película se fragmenta también en 3 partes. Todas las Cosas; En Todas Partes; Todo a la Vez.
Vemos otro espejo y otro círculo (la forma del espejo), en ese zoom inicial y constante que se aproxima a Michelle Yeoh, que está a su espalda, donde aparece un nuevo personaje, el marido, Waymond. Y un ventilador, también redondo, funcionando. Circular es la lámpara de la estancia…



Este juego de apariencias, desdoblamientos, confusión entre la realidad y su imagen, en este inicio, marca magníficamente las intenciones, la concepción filosófica del film y el estilo. En ese primer espejo pasamos de un momento feliz a la rutina insoportable que vemos sufrir a los protagonistas en su lavandería.
Otro círculo, además de los que dan vueltas, se vincula a la hija. El de la lavadora funcionando en la lavandería en su presentación. Todos los personajes principales son presentados en círculos.
Redondas son las galletitas sonrientes que Evelyn y Waymond dan como obsequio a la inspectora del IRS, Deirdre Beaubeirdra (Jamie Lee Curtis).
Deirdre aparece con un círculo en la frente, como Evelyn se pondrá un ojo, como esos que decorarán a las piedras filosóficas en las que transmutarán madre e hija. Con un círculo señalará el recibo la inspectora Deirdre a Evelyn y Waymond.




La escultura que vemos en un despacho, también de forma circular. Y tantos otros que no menciono…
El gran círculo será ese bagel gigante que amenaza con terminar con todo creado por Yobu Tupaki. El bagel del todo.
Estos constantes círculos son el símbolo de una vida, cerrada, opresiva, sin salida, con momentos de felicidad, incluso.
Esos espejos fracturados son metáforas perfectas de la fragmentación de las realidades que nos muestran, así como de la mente fragmentada de la villana… y luego la protagonista.
Los cebos y los ecos son continuos, incluso en detalles nimios. El plano fugaz de Evelyn con un cartel de pizzas; los bagels, que también comen los personajes; el premio de Deirdre que luego acabará en culos; el “jooooder” que dicen madre e hija en momentos distintos…
Daniel Kwan y Daniel Scheinert, los directores, dan un tono dinámico a la narración, a veces demencial en su excentricidad, tanto en los diálogos como en la puesta en escena, sin saturar nunca con excesos de montaje. Esa libertad creativa que se permiten desde el planteamiento, sin complejos, les facilita jugar con infinidad de referencias y texturas audiovisuales, lo que es un gran placer, ciertamente.









Se van filtrando los elementos extraños poco a poco. Una narración hábil para mantener el interés el espectador, que va a ser exigido además, y sostener la capacidad de sorpresa desde los elementos más extraños a los más sutiles. Cito dos relacionados con el marido: Los extraños movimientos que le vemos en la cámara de vigilancia, y su mirada al matrimonio anciano cuando van a tratar el tema de sus impuestos, que denota su angustia y pesar por el suyo…
Dentro del desfase, tenemos muy buenas coreografías para las peleas y las escenas de acción, salpicadas con macarradas desprejuiciadas que van desde matar perritos sin complejos, ajusticiar con consoladores de plastiquete o meterse los objetos más insospechados por el culo (ese premio del que presume Deirdre y que tiene su eco escatológico)…
Los actores están estupendos, creyendo sin fisuras en un proyecto que podía descarrilar por cualquier lado, por cualquiera de sus “universos”. Michelle Yeoh, la más conocida, vuelve a deslumbrar. Ke Huy Quan, tras “Los Goonies” (Richard Donner, 1985) e “Indiana Jones” (Steven Spielberg, 1984), vuelve a la actualidad con un gran trabajo y siendo candidato a los premios más importantes, de los que también ha ganado alguno. Stephanie Hsu también está magnífica en sus distintos tonos y roles, y ha recibido merecidos elogios. Jamie Lee Curtis, en un rol más pequeño, está divertida y acertada, a la vez que desfasada, como corresponde al tono del film.


“Todo a la Vez en Todas Partes”, como ya he ido diciendo, es desfasada, surrealista, irregular, divertida, errática, una locura desenfrenada, un derroche desmesurado de originalidad… pero no es para todos. Repetitiva, alargada, da vueltas sobre lo mismo mucho tiempo, pero, al fin y al cabo, es uno de esos títulos de este año que hay que ver.
3/5




