BRADY CORBET

 

 

 

4/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hay que elogiar que se acometan proyectos grandiosos, ambiciosos, absolutos, con el riesgo de pegársela con todo lo que ello conlleva, porque en estos años no abundan. Los grandes presupuestos y las ambiciones van sobre seguro, a películas que revertirán la inversión con casi toda seguridad, al menos con lo seguro que se puede estar en estos años donde el cine lo está pasando muy mal. Películas de superhéroes, también en declive, de efectos especiales o que puedan atraer a la juventud a las salas.

“The Brutalist” no es nada de eso, pero se la ha jugado. Brady Corbet no ha conseguido la obra maestra que pretendía, pero tampoco se la ha pegado. Está complicado lograr en estos tiempos cínicos obras colosales e indiscutibles. Además, “The Brutalist” juega con riesgo, ya que toca temas muy actuales que provocan tanta propensión a adorarla como a odiarla. Como el tema de la inmigración y sus bondades, pero le falta profundidad y hondura para captar todas las aristas del tema si ese fuera su propósito. El sufrimiento judío inmigrante, que otros entenderán como apología sionista para odiar la película…

“The Brutalist” habla de muchas cosas, de demasiadas, con un estilo atrevido, en una ambiciosa propuesta, pero ahí, precisamente, empiezan a surgir las debilidades, ya que la película pierde foco, no termina de concretarse hacia dónde va porque va hacia demasiados sitios a la vez, porque en casi ninguno logra la profundidad que sería deseable y el estilo termina siendo algo difuso al diluirse la coherencia entre tanta propuesta…

Inmigración, el tema judío, la ambición, las relaciones de poder, las consecuencias de la guerra, la crítica al capitalismo… La película se desarrolla una vez terminada la 2ª Guerra Mundial, con las consecuencias para una familia judía que queda desarraigada. A lo largo de varias décadas.

Corbet tiene ciertos rasgos de estilo para vertebrar la película que funcionan muy bien. Desde el uso del verde, una genialidad, matizado con el rojo, a la voz over para situar contextos en los sucesivos capítulos de la película con cierto sentido alegórico.

Voz over de Erzsébet a la llegada de Tóth a Estados Unidos; de los soldados sobre la asustada Zsófia; hablando de Albert B. Chandler y Babe Ruth y su llegada a un nuevo cargo; el establecimiento del estado de Israel en la radio a la vez que Tóth comienza a diseñar sus primeros muebles; cantando las grandezas de Pensilvania en varias ocasiones; la carta de Tóth a su mujer; hay una doble voz over poco antes del intermedio, una que canta las virtudes de Pensilvania y su acero de nuevo, y la otra de Erzsébet contestando la carta que mandó su marido, todo sobre imágenes de construcción; noticias sobre el lanzamiento de un misil a la vez que un enviado llega buscando a Tóth para reemprender el proyecto en 1958 en un solo plano; el relato del amigo anarquista de Tóth, en over, mientras suben a la cantera de mármol; en over escuchamos la carta que Erzsébet escribe a Zsófia (Raffey Cassidy) sobre los cambios de Tóth tras su paso por Italia sobre planos de la construcción del templo… como veis va más allá de ser un mero recurso o un aspecto casual.

Son capas narrativas y dramáticas usadas por Corbert para desarrollar su narración de manera un tanto alegórica, fundiendo el dolor de los personajes con los contextos en los que están metidos.

Además, como bien sabréis, es una película larguísima, de tres horas y media, que ha necesitado de un intermedio. La foto de la boda, donde se ve a László Tóth y a Erzsébet juntos, marcará ese intermedio.

Además, en general, Corbet aplica una narración tranquila, pero de buen ritmo, si bien todo va de más a menos, con una primera parte bastante notable y una segunda que se cae más con la llegada de la mujer del protagonista. Monta planos bastante largos, resolviendo muchas escenas sin corte y sin necesidad de hacer mucho alarde con la cámara. La segunda parte se hace más enrarecida, carnal y sexual.

 

 

Por ejemplo, en la tienda de muebles de Attila, la entrada será en plano secuencia, que sólo se cortará cuando hablen de la herida en la nariz de Tóth… y cuando los primos traten sus cosas personales.

Montajes ideológicos que muestran lujosos bolsos en un autobús contrastados con la modesta bolsa de comida de Tóth. Corbet mezcla texturas en su epílogo, dando un toque casi documental al mismo.

La arquitectura brutalista es un estilo minimalista, donde la decoración es secundaria respecto a lo estructural, con materiales de construcción vistos, ladrillos u hormigón, dando primacía a las angulaciones y lo geométrico. Un estilo muy puro y desnudo… Eso propone László Tóth (Adrien Brody) en la película.

“The Brutalist” se divide en tres partes y un epílogo. 1ª El Enigma de la Llegada (1947-1952). Fechas concretas como el 29 de noviembre de 1947; el jueves 7 de noviembre de 1950 cuando trabaja en una obra en Filadelfia. 2ª El Intenso Núcleo de la Belleza. (1953-1960). Fechas concretas como el 23 de noviembre de 1958. Epílogo. Primera Bienal de Arquitectura (1980).

 

 

 

Inmigración y La Odisea.

La película comienza como la primera secuela de “El Padrino” (Francis Ford Coppola, 1974). Un extraordinario plano secuencia, sobre el que sobrevuela una voz over, nos muestra la llegada de un barco de inmigrantes a los soñados Estados Unidos. Un contrapicado sobre los agentes en la aduana marca su autoridad. Y un travelling nos retrata a los inmigrantes recibiendo las instrucciones, el dinero que recibirán para viajar a buscarse la vida…

Si bien, como dicen los Coen, casi todas las historias remiten a “La Odisea”, en “The Brutalist” tenemos una primera parte que casi la calca.

Tóth es un hombre que lucha por reunirse con su mujer. El mar llevará a Tóth, como llevó a Odiseo, hasta una isla de grandes placeres y oportunidades. En vez de ser Ogigia y la ninfa Calipso, se encontrará en Estados Unidos y un mecenas llamado Harrison Lee Van Buren (Guy Pearce). Al final habrá reunión, no sin antes duros suplicios y pruebas… Reunión que posibilitará el propio Van Buren en este caso.

Como reflexión sobre el tema de la inmigración, que también lo es la película, ya que no es baladí que se estrene en estos tiempos y con estas ambiciones, “The Brutalist” queda muy coja y superficial, tratando el tema de la forma más manida, dejando fuera casi todas las aristas.

 

 

Observad el estilo extraño que utiliza Corbet en esa escena de la comida navideña. Un extraño ensimismamiento con Tóth contando su vida (Harrison, a su vez, también contará una historia)… Y luego, en una suerte de hipnotismo lujoso, una cadencia como embriagada, la seducción de ninfas y sirenas, con cámaras lentas, planos insertados y extrañamente ralentizados… Tóth sucumbirá a todas esas promesa y atenciones que le traerían riqueza y a su familia… Dinero, un lugar para vivir, su familia, un gran proyecto… Absorbido por la familia Van Buren.

László Tóth (Adrien Brody) era un arquitecto húngaro de gran prestigio en Budapest, estudiante en Bauhaus, Dessau (Alemania). Erzsébet, por su parte, es una mujer cultivada, que estudió periodismo en Oxford y que, gracias también a Van Buren, logrará un trabajo en una revista de moda, algo lejos de sus méritos, pero lucrativo… Erzsébet (Felicity Jones) es firme, decidida y franca. Sentirá la soledad, una vez consolidada en un trabajo estable (ella misma hablará de los padecimientos y mendicidad que sufrió), cuando su sobrina se marche a Jerusalén con su marido y Tóth regrese al proyecto de Harrison…

 

 

 

Un aspecto que me gustó en el retrato de Erzsébet es su carnalidad dentro del problema de osteoporosis que tiene. Perdonará a Tóth, que se siente culpable, por las infidelidades que ha cometido a la vez que masturba, y querrá sexo todo el rato. Sí, va cachonda… En la primera escena de cama, estará desenfocada hasta hacerse carne.

Es la idea de que en Estados Unidos sólo puedes ser alguien relativamente. Como icono incluso, pero siempre que te integres o confundas con el ambiente, con la idea, ya que se te valora por lo que das, no por quién eres. No importan tu vida ni circunstancias, sólo lo que puedes producir, si eres rentable.

Así lo aprecia Tóth, que ve cómo otros inmigrantes que han renunciado a su esencia medran y son considerados uno más de la comunidad de pleno derecho, pero otros, como él, sólo logran alzar la cabeza por méritos, mientras son rentables a los anteriores…

Tóth, inmigrante húngaro que huye del infierno del holocausto, llega a la tierra de los sueños y vive el “sueño americano”, no exento de sufrimientos y suplicios, obviamente. Vivirá con miseria, penurias, de la beneficencia, será rechazado, violentado… Del mismo modo que recibirá cariño, bondad, ayuda, reconocimiento… ¿Hasta qué punto es sincero todo esto?

 

 

Su escena de presentación es excepcional, como digo. Plano secuencia en el barco de inmigrantes que llega a América. Un opresivo barco, donde de nuevo una voz over sitúa la llegada de Tóth a Estados Unidos. Es la carta de su mujer, Erzsébet, lo que oímos. Al salir a cubierta, como en una liberación, veremos la Estatua de la Libertad invertida, volteada, en un evidente plano simbólico que nos indica por donde irán las cosas en “The Brutalist”.

Tóth llega a Pensilvania. Una voz over de contexto nos loa un poco su historia de libertad, progreso e industria. Tóth comenzará a entender junto a su primo Attila en qué consiste su lugar en el mundo y la inmigración allí. Estados Unidos, país de inmigrantes en esencia. Inmigración que come inmigración. Y la mastica en muchos casos.

Attila (Alessandro Nivola) tiene una tienda de muebles con la que se gana decentemente la vida… tras desnaturalizarse por completo, confundiéndose en el ambiente. Es un judío, como Tóth, pero en realidad no.

–Attila: Yo soy Miller.

–László: No. Tú eres Molnár.

“Somos católicos”.

 

 

Tóth va muy desencaminado respecto a su primo, que entendió rápido cómo funcionan las cosas allí. Un mundo de mentiras y apariencias. Attila pone a su tienda el nombre de “Miller e hijos”. Pero él no se llama Miller ni tiene hijos… Un judío emprendedor…

“Para eso está aquí, maestro”.

En esa conversación, Corbet montará los primeros planos mucho más cercanos a Tóth que a Attila. Autenticidad-impostura.

 

 

Mientras Tóth es útil a Attila, mientras es rentable, se deshará en generosidades y detalles. Lo acogerá como familia en su casa y se valdrá de su talento como arquitecto y diseñador. Logrará un contrato de dos mil dólares para una biblioteca en la casa de una familia adinerada, pero cuando la cosa no salga bien por un accidente, Attila no tardará en echarlo. Tóth no le es rentable, por tanto, saldrá de su vida. Así entenderá Tóth el proceder allí, del cual su primo ha sido imbuido.

Corbet usa un recurso expresionista para el despido de Attila a Tóth. Es después de una especie de sueño, donde la cámara se muestra inestable. El rostro de Attila permanece ensombrecido en todo momento en su discurso. Despersonalizado una vez que se quita toda la fachada y la parafernalia comercial… Es una idea que también se usará con Van Buren al final de la película en otro sentido. Los personajes, representantes de ese capitalismo que la película critica, desaparecen en cuanto se muestran sus costuras. De hecho, no volveremos a ver a Attila en toda la película.

“No tiene belleza”.

 

 

Harrison Lee Van Buren (Guy Pearce) es fiel representante del capitalismo estadounidense. De familia inmigrante, pero absolutamente establecido allí. En él veremos el canto de sirenas, lo positivo, y también el infierno, lo negativo. Su presentación es tremebunda. Una irrupción iracunda al ver el proyecto que Tóth está acometiendo en su mansión y del que no sabía nada…

Van Buren tiene un talento especial. No es un creador, ni un artista, pero sabe reconocer el talento de otros y captarlo. Se disculpará con Tóth y acudirá a la obra donde trabaja, donde estará en inferioridad respecto al arquitecto venido a menos, ahora barbado.

Van Buren contará una historia sobre cómo gestionó la mendicidad que veía en unos familiares. En esa misma conversación, Tóth hablará de su ambiciosa y también poética elección por la arquitectura.

Tóth cae en manos de esta gente porque la ambición y la aspiración a lo máximo le seducen. Y es que la tentación de volver a Israel está presente, incluso se plantea de distintas maneras, ya sea por el deseo de su sobrina de volver una vez casada y embarazada (aquí también recibe Zsófia la oposición leve de Erzsébet, que está cómoda en un trabajo), o de su propia mujer al final de la película. Él se resistirá embriagado por su proyecto… ¿Regreso a casa o quedarse en la tierra de acogida con los logros conquistados con tanto esfuerzo?

 

 

 

El proyecto en el que se ocupará Tóth durante años, dedicado a la madre de Harrison, se venderá como un proyecto solidario, pero en realidad será a imagen y semejanza de su impulsor.

“No sé nadar”.

Van Buren, a partir de la segunda parte del film, va dejando elementos inquietantes. Por ejemplo, esos gestos despreciativos hacia Tóth, que el hombre aguanta con dignidad, en la comida de bienvenida a Erzsébet.

De ser mecenas a ser dueño. Parecerá que lo defiende, pero por detrás comienza a actuar de otra forma, como cuando gestiona la trifulca entre Tóth y el arquitecto contratado para controlar el proyecto.

“Lo toleramos”.

El propio Harry Lee (Joe Alwyn) tratará de poner a Tóth con los pies en la tierra constantemente, dejándole claro lo que es para él y su familia. Un simple medio a utilizar. Un instrumento… mientras sea rentable.

 

 

Cuando suceda el accidente del tren, pura culpa suya para ahorrar dinero, Van Buren volverá a mostrar su lado iracundo, cerrando el proyecto por completo (escena con salto de eje, por cierto). Una escena extraña con montaje paralelo junto a un oficio religioso. Y ligado a los dolores insoportables de Erzsébet. Las capas dramáticas usadas por Corbet.

El momento culminante llega con la violación de Harrison a Tóth. Acto de dominación extrema, de sometimiento, que también es extensible como reflexión sobre el sufrimiento judío.

“No somos nada”. “Somos menos que nada”. “La gente no nos quiere aquí”.

La situación se hará insostenible, tanto que la droga también será usada para aliviar el dolor de Erzsébet, que volverá a vincularse con el sexo, cayendo en la sobredosis y el peligro de muerte, desencadenante de su regreso a Israel…

Lázsló Tóth se sentirá extranjero en todos lados, pero le costará renunciar a la que es su creación.

 

 

 

La desaparición de Van Buren también es simbólica. Uno de los elementos que más han intrigado y desconcertado a los espectadores. Un recurso para que el espectador imagine lo ocurrido con la idea que dar más impacto a la situación y al concepto.

“Creo que tenemos algo aquí, teniente”.

Van Buren desaparecerá cuando Erzsébet desvela la verdad, su realidad. Él, como Attila, son pura fachada, mentira, por lo que cuando se desvela la verdad ya no tienen razón de ser ni de existir. Por eso desaparecen. Esta metáfora se relaciona con esa crítica al capitalismo que he venido comentando.

Si bien es cierto que Tóth también desaparece, ya que es Erzsébet quien da la cara, reaparecerá en el epílogo. Es como la muerte metafórica también de aquel que fue, redimido en los 80. Góndola, Venecia y música ochentera.

El epílogo define la reflexión completa de la película. Y la reflexión sobre el tema de la inmigración, donde Tóth perdura. De hecho, en su discurso, su sobrina, Zsófia (interpretada de adulta por Ariane Labed, quedando Raffey Cassidy como su hija, haciendo, por tanto, un doble papel), hablará de esa ambición. “Trascender el tiempo”. Esto es un eco de lo que el amigo italiano anarquista de Tóth le comenta sobre el mármol…

Y es que László Tóth imaginó su proyecto con Van Buren como una expiación del sufrimiento ocurrido en el campo de concentración en el que estuvo, Buchenwald.

“Se trata del destino, no del viaje”.

 

 

Es el legado final, donde Harrison Van Buren cae en el olvido, mientras que las obras, el arte, permanecen, más allá de los calvarios o bonanzas que se vivieran en su momento. Una victoria final. El viaje fue malo, pero en el destino sólo él y su obra permanecen.

“László Tóth. La presencia del pasado”. Iglesia Episcopal, Greenwich, 1973. Sinagoga reformista, Wilton, 1976. Unidad habitacional, Budapest, Hungría, 1937… “Intenso núcleo de la belleza”.

 

 

 

Lee aquí la Última Parte del análisis.

 

Leave a reply