SUMERGIDO

SUMERGIDO

RELATO

 

 

 

Se detuvo en el lugar donde se suponía debía estar. La superficie estaba calma. Apagó el motor de la embarcación, dio seguros pasos por la borda y se preparó. Se desnudó y se puso el traje de neopreno. Probó todo el material. Las linternas, las botellas, las gafas…

Se sentó en el borde del bote y se lanzó de espaldas al agua. Comenzó a descender. En teoría debería encontrar los primeros edificios en poco tiempo. A los pocos segundos, tras su inmersión, observó los primeros tejados, poco después las calles se hicieron visibles. Empezó a reconocer aquello. Los parques, las tiendas, la zona, las cosas. Pronto se vio flotando por los lugares donde una vez caminó o paseó en coche. Se sentía absolutamente libre con su cuerpo flotando, moviéndose en cualquier dirección sin que nada lo sostuviera o apresara. Libre, como fue toda su vida, en la que nunca sintió responsabilidad alguna, hacia su mujer, hacia su hijo… hacia su familia.

Aquellos edificios, viejos conocidos que le devolvían la mirada, parecían oscuros, desconfiados, tímidos, como si sintieran ultrajada su húmeda desnudez, que creían intimidad secreta y definitiva. Era como estar sumergiéndose en un olvido que abruptamente tomaba consciencia de que había dejado de serlo.

Llegó a la que fue su casa, aunque por poco tiempo. Habían cambiado cosas, pero recordaba todo. Nadó por las estancias, abrió cajones, apartó objetos que flotaban junto a él. Fue recopilando todo lo que quería en una bolsa. Sin detenerse mucho a mirar.

Subió la escalera hacia la habitación de su mujer, los baños y el cuarto de su hijo. Aquello se conservaba casi igual. Miró cada objeto, cada rincón… En aquel abismo se veía espiando el eco de un recuerdo quedo. Allí estaban todas las historias que se perdió, todos los regalos que no le compró, todas las ayudas que nunca prestó… porque quiso dedicárselas a sí mismo. Ahora, cuando nada quedaba, sentía ese patético impulso promovido por la añoranza. O la mala conciencia.

Salió de su ensimismamiento y bajó por donde había venido, mirando aquello por última vez, como si fuera una foto que se movía y deterioraba a cámara lenta con un filtro azulado, indiferente a su presencia.

Salir por la puerta fue como renacer, dejar atrás el vientre del remordimiento en un vano intento de redención. Quedaba poco aire en la botella, por lo que se apresuró a subir, aunque le hubiera gustado vagar por aquellas calles inertes que estuvieron llenas de vida no hace tanto tiempo.

Emergió a pocos metros de su embarcación, que alcanzó nadando tranquilamente. Subió a bordo, se deshizo de la botella, de las gafas, se quitó el traje de neopreno, se secó y se cambió de ropa.

Miró tímidamente a la bolsa que había traído, como si no se atreviera a abrirla, como si en el fondo no quisiera saber todo lo que contenía.

Tras unos minutos se sintió con fuerza suficiente. La abrió y sacó todo su contenido. Allí había muchas fotos, que es lo que más buscaba. Muchas fotos que gritaban su ausencia.

Se le veía feliz. Fotos cotidianas, junto a su madre, junto a mucha gente que no conocía. Fotos jugando al fútbol, tocando la guitarra, en la playa, con amigos… Y ahí estaba él.

De alguna forma o por algún motivo, había conservado aquella foto. Salía él con su hijo en el agua, la vez que lo llevó a bucear, la única vez que hicieron algo juntos, en realidad.

Y lloró. Cuando todo se había arruinado, cuando ya no quedaba nada y todo era irreversible, sólo le quedaba cobijarse en el recuerdo, en el fetiche, en lo que pudo ser… pequeños anzuelos para no hundirse del todo.

 

sambo

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