CLINT BENTLEY
3/5
Verde y marrón
Desde lo visual, tenemos que destacar cómo se define la progresión dramática con dos colores especialmente. El verde y el marrón, los colores de un árbol. Clint Bentley juega a la perfección con esos dos colores en función del desarrollo dramático de la historia, detalles que son de agradecer y que convierten una película sencilla en algo de calidad.
Robert estará siempre rodeado de verdes. Observad ese prólogo de presentación. Pero él, en concreto, se identificará especialmente con el marrón de los troncos de los árboles, como enfatiza un plano donde aparece apoyado a uno mientras lo enmarca el verde de la frondosidad.
La aparición de Gladis y su hija salpicará su existencia de algunos colores, el amarillo de las flores, el rojo de la pasión, pero el verde será el color de la película, junto con el marrón. El rojo y el anaranjado, tonos cálidos que se van matizando, definen el atuendo de Robert. Gladis (Felicity Jones) es como las margaritas.
Y es que Robert es como un árbol. Un ser vivo que parece limitar su existencia a la espera y que parece manifestar su felicidad con el nacimiento de sus hojas o flores. Así nos cuentan su naturaleza. Llegado a Fry, Idaho, con 6 o 7 años, huérfano, sin que nos expliquen quiénes lo cuidaron o criaron, abandonó la escuela en la adolescencia y vivió veinte años sin motivación ni interés alguno hasta que Gladis regó de amor su existencia.



Robert, tanto en su descanso hogareño como en sus temporadas de tala, estará enmarcado a menudo por el color verde de la naturaleza y los bosques. Siempre de fondo.
Junto a Gladis vivirá su intimidad en la naturaleza, apegado a ella. Un picado muestra los planes de su futura casa en esa tupida superficie de césped verde. Bentley recurrirá a muchos picados y, sobre todo, contrapicados sobre majestuosos árboles.
Verde será el primer vestidito de la hija, esperando a hacerse una foto con sus padres siendo un bebé. El rojo aparece especialmente vinculado a la niña (es una monada). También la veremos con una rebequita azul. Allí, en su lugar de estabilidad, ejercerá la paternidad… un poco. Kate, la hija, aparece muchas veces ligada al agua, la vida.
“Siempre que la veo es como una persona distinta”.
Con la pérdida de su familia desaparecerán los verdes de la pantalla. Los tonos de su atuendo se confundirán más que nunca con los de la madera y los entornos quemados. El marrón y la falta de colorido gobernarán esa parte de la película. Bentley usará los recuerdos de Robert como contraste, con Gladis integrada en la naturaleza floreciente, de amarillo, como las flores que la rodean.




A través de la amistad y el apoyo de una serie de personajes, los verdes volverán a aparecer. Ignatius Jack (Nathaniel Arcand), Claire (Kerry Condon). De hecho, observad cuándo ocurre. Es justo tras la aparición de los perretes. Al plano siguiente, veremos rastros verdosos, todavía tímidos, pero incipientes, ya presentes. Reconstrucción, tanto física como emocional, de la cabaña y de sí mismo. El duelo.
La madera ya no será destruida, sino transformada en hogar. Y con ello vendrán las primeras risas tras el dolor junto a Ignatius.






Claire, el personaje que interpreta Kerry Condon, será un alivio en la vida de Robert. Su confidente. Con ella se confesará como con ninguna otra persona, hablando de su perdida y su posible locura. Bien, si os fijáis, Claire es un personaje vinculado al verde, la esperanza que hará soportable la vida de Robert. El interior del mirador donde trabaja Claire será verde, del mismo modo que las frondosas vistas.
Claire es una sanadora, personaje interesante. No en balde fue enfermera en la Gran Guerra (ahora en el servicio forestal para prevenir incendios), recién terminada. Intrépida y decidida. Es el personaje que trae paz, cura y seguridad, por tanto, a nuestro protagonista. El diálogo con confesiones mutuas entre Robert y ella tiene un algo hipnótico.







Robert unido al todo al final de la película, con ese plano simbólico de su cuerpo yacente abrigado por la naturaleza. Una concepción panteísta.
El blanco parece poner un punto y aparte en la vida de Robert. Justo después de su delirio febril donde parece ver cómo sucedió la tragedia que se llevó a su familia, despertará, con un marcado recurso de estilo en un picado con panorámica, llevándonos al paraje nevado exterior. Los sucesivos planos también serán en la nieve, con toques verdes, pero sobre todo nieve por todos lados. De alguna manera se retrata la superación del duelo, como el adiós, en cierto sentido, a aquel dolor. Acto seguido tendremos la escena donde Robert vista a Claire, con un picado sobre el césped verde de la zona, iniciando una redención, recomposición.








Bentley, en la intimidad familiar, apostará por tonos cálidos, ocres, en el interior de la casa, iluminada básicamente por velas.
El drama familiar también tiene una sutil progresión. De la felicidad pura, llena de estampas tranquilas e idealizadas, pescando y disfrutando de la paz con la familia, pasaremos a un segundo paso cotidiano de Robert, donde, aunque se mantiene esa sensación de felicidad familiar (sexo, risas, juegos), se menciona cómo afecta su ausencia, buscando soluciones para ese tema. La mella que hace el tiempo separados.
“Sólo buscaba una solución”.




Robert buscará trabajos más cercanos, pero mal remunerados, para no tener que alejarse de ellos. Su época más feliz, insinuando veladamente la narración que vendrán mal dadas.
Clint Bentley apuesta por un tono sosegado, pausado, literario incluso, lírico y suave, con ciertos rasgos estilísticos que hay que mencionar.
Dentro de la sutileza de la propuesta, mezcla planos fijos, encuadres cuidados, con otros en cámara al hombro donde se aprecia una ligera inestabilidad. El montaje salta del plano corto al general para concluir escenas en muchas ocasiones.
Observad ese recurso de estilo, el zoom, y cómo lo usa. En varias ocasiones, Bentley planificará la escena con un plano corto que se va abriendo en un zoom de retroceso. Ligado a Arn (William H. Macy) y sus historias, por ejemplo. Otro ejemplo lo tenemos con Robert en el desolado paraje donde tenía su hogar, sentado en un tronco quemado en retrato de su soledad. En cambio, variará esa planificación en la presentación de Claire, mientras charla con Robert en su carro, con un zoom que se acerca a ella mientras relata sus reflexiones.
Es fácil entender que el primer uso de ese recurso del zoom se vincula a la muerte y el segundo a la vida y la esperanza.






Hay varios recursos de estilo y detalles sutiles de dirección que merecen la pena ser destacados. A los ya mencionados podemos añadir esa elipsis al final de la película, por ejemplo, uno de los detalles que más me gustaron, con Robert sentado en su cama, esperando. El mismo plano con un corte lleno de significado en un suspiro que explica a la perfección cómo es su vida. Mismo plano en años distintos. Con ese recurso, Bentley explica todo… Es una pena que durante el resto de la película incida tanto visual y verbalmente en esa misma idea. La espera, esa ajenidad a la existencia que parece definir al personaje. Lastrando el ritmo.
Los elementos oníricos que tiene la película, muy contrastados. Pesadillas, con trenes en la noche, fuego, personas en la vía (también vinculados a los delirios de la enfermedad, que lleva a Robert a rememorar la tragedia); ensoñaciones evasivas y nostálgicas, que llevan a Robert a pensar en Gladis y su hija… O la presencia fantasmal del oriental al que lanzaron por el puente que construían… Un aspecto que entronca bien con el tono lírico de la película sin caer en un abuso excesivo, aunque quizá algo reiterativo también.






Los planos de vías muertas, troncos solitarios o talados, paisajes… subrayan visualmente esa idea de pérdida y ciclo eterno. En los interiores también Bentley recurre a planos vacíos, muy en la línea de Robert Bresson, donde esos vacíos retratan a la perfección los sentimientos del protagonista o los presagian. A menudo se usan a modo de insertos.
El florecimiento en la vida de Robert junto a Gladis y su hija en la primera parte de la película, en el primer cuarto de hora, deja secuencias excesivamente alargadas que exponen esa dicha y esa felicidad. Parecen creadas para marcar tono y atmósfera más que para contar nada. Un bache narrativo. Ensimismamiento. Estampas sucesivas de felicidad cotidiana, unas más alargadas y reflexivas, otras impresionistas. Tan solo la insinuación de la pesadilla rompe ese flujo.
Hay un par de vínculos visuales significativos. Como flashes que le vienen a Robert a la cabeza al ver algo, vinculados a la familia, claro. La desoladora lluvia en la parcela que fue su casa y un recuerdo regando flores con su hija y su mujer. Y el disparo de Jack para cazar que nos lleva a otro que hizo Gladis…
Hay cuatro animales significativos. Un carnero de doble cabeza, un colosal pez pescado, un oso y unos perros.
Los primeros parecen resaltar su particularidad, su excepcionalidad. El oso, que también parece identificarse con él, aparece por primera vez en el paraje quemado donde Robert tenía su hogar, desorientado, desconcertado… Y luego muerto en la nueva temporada de tala. Como si hubiera un renacimiento una vez murió aquel que fue.




Los perros, la fidelidad, traerán nuevos tonos verdes a la vida de Robert. De hecho, rememorará a través de ellos las palabras de Gladis referidas a los cachorros de perro.
Lo efímero
En esa concepción panteísta de la película, la idea de lo efímero es esencial. Como cuando hablaba de la metafórica madera. El ciclo de la vida, lo efímero como esencia misma de ella, será ese misterio que desconcierta a Robert. Trabajará y regresará a casa, viendo intermitentemente el crecimiento de su hija. Contrastando las efímeras, breves y ocasionales relaciones en las temporadas de tala por su trabajo, con la estabilidad y solidez del hogar. Pero en realidad todo es efímero, nada queda y nada para, como descubrirá un día cualquiera a su regreso.
“¡Qué rápido crece todo!”.
“Todo está entrelazado”. Esta frase la dicen Arn y Claire.
–¿Yo soy un ermitaño?
–Bueno, los dos lo somos a nuestra manera. Esperando a ver para qué seguimos aquí.
“Pasó el resto de sus días esperando para estar presente si un día regresaba”.



Y es que el mundo laboral de Grainier es efímero. Pequeñas dosis de personas, de relaciones en su rutina. Nuevos compañeros cada vez, cada año, que van y vienen. Unas relaciones le marcan más, otras pasan indiferentes, unas se recuerdan, otras se olvidan… Todo ello, como digo, contrasta con la estabilidad del hogar. Pero tanto él como ese hogar también son efímeros.
Ese mismo sentido explica la reacción del grupo de trabajadores ante el asesinato de ese hermano vengador al “Apóstol Frank”, cuando les apela. Temor e indiferencia en relaciones superficiales. Y lo imprevisto, la muerte sobrevenida, sin avisar, repentina, sin ese aparente sentido que queremos encontrar en todo.
Algo parecido le pasará cuando se haga transportista. Aumentará su contacto social del mismo modo que se acentúa su sensación de soledad. Dosis de personas que comparten un breve viaje con él para, en la mayoría de ocasiones, desaparecer de su vida.
Efímero será también el mundo de Robert. A través de su existencia vemos los cambios sociales que suceden a su alrededor, esos que le importan poco y le son ajenos. Trenes más modernos, innovaciones en las temporadas de tala (esas sierras mecánicas, le llaman abuelo), el deterioro físico donde le cuesta seguir el ritmo, el efecto del tiempo en viejos conocidos… Y, por supuesto, en ese final con su viaje a la ciudad, donde se entera del viaje a la Luna ya en los años 60.





Las voces de su familia que escucha en el bosque, ejemplo de su obsesión, pero también metáfora de lo efímero de las existencias que nacen para ser olvido, permaneciendo como un leve eco muy poco tiempo después de irse.
La película está repleta de esos elementos que resaltan el concepto de efímero, como la mención a ese cometa que fascina a Robert y a todo el pueblo y que se irá como ha venido… El fin de los tiempos.
En esa misma línea está ese extraño episodio con la aparición de esa chica herida y desfallecida que Robert llega a creer que es su hija Kate. Una aparición, real o imaginada, sorprendente y extraña, igual que su posterior desaparición. ¿Y si es? Además, su misma extrañeza lo relaciona con esos elementos oníricos que salpimientan la película.
Robert no entiende la existencia, ni la suya ni la de nadie, hasta que ve que todo está conectado, la lógica y la ilógica, la vida y la muerte, que la importancia y trascendencia que le damos a unas cosas y obviamos de otras no tiene por qué ser el punto de vista correcto.
Hay varias referencias a la inmigración, tema que, como sabréis, parece obligado. Deportación de chinos, racismo y ese plano en un túnel con la silueta de los trabajadores que los iguala a todos, estadounidenses, orientales…


Está lejos de ser una obra maestra. Lo cierto es que no es una película que termine de desgarrar o conmover hondamente, quizá por un exceso poético o esa suavidad, tranquilidad o sutileza con la que desenvuelve su historia de pérdida y duelo, pero lo que es indudable e indiscutible es que el guión, especialmente, y ciertos elementos visuales, están muy bien desarrollados dramáticamente, con una buena progresión y evolución. Con todo, es lógico que al querer plasmar la vulgaridad de una vida, su rutina repetitiva y cotidiana, se caiga en la redundancia, en la repetición.
Joel Edgerton hace un trabajo formidable y la voz over de Will Patton también funciona bien en su lirismo literario.
Película sencilla, de buena factura y calidad, con una gran interpretación de Joel Edgerton, calidad literaria y buena progresión desde el guión y lo visual. Un trabajo sutil y esmerado con sus defectos y lastres.
Lee aquí la 1ª Parte del Análisis.
3/5




