SEXO EN EL CINE CLÁSICO -Polvos-

SEXO EN EL CINE CLÁSICO -Polvos-

CINE

 

 

 

 

Los polvos en el Cine Clásico

Este era el fundamento inicial de este artículo, explicar un poco cómo los directores se las ingeniaban para, respetando las reglas censoras, mostrar el sexo, los polvos que se querían escenificar en pantalla, a veces de una manera muy velada, siempre indirecta, metafórica, jugando al ratón y al gato con “los protectores de la moral y las buenas costumbres”. Hemos visto algún ejemplo, pero vamos a indagar en el tema.

Cuando la bellísima e inteligentísima Hedy Lamar nos deleitó con su desnudo y el primer orgasmo en pantalla en primer plano en “Extasis” (Gustav Machatý, 1933), llegó el puritanismo y el Código Hays implantándose con firmeza… así que la imaginación tuvo que hacerse con los mandos.

 

 

 

 

 

Enseñar tetitas y culitos es una cosa, mostrar polvos es otra. Y había que ingeniárselas, porque claro, follar se follaba, y más en géneros como el Cine Negro (esas impagables mujeres fatales, esas Lana Turner; Barbara Stanwyck, que tendrá presencia en esta parte; o Gloria Grahame, la actriz que mejor escenificó la lascivia con su rostro). Lo de que con besitos se dieran a entender ciertas cosas, besos castos, con los labios muy prietos y siempre de moral pulcra en general, limitaba las cosas, pero los grandes directores sabían cómo saltarse las normas para sugerir tanto en tramas como en el sexo.

 

 

 

Películas con símbolos fálicos, armas, lanzas, pistolas, que se usaban para escenificar el sexo o los polvos, más allá de los miembros masculinos. El vino o las telas rasgadas como símbolos de la pérdida de la virginidad…

Vamos, entonces, a ver cómo se escenificaban los polvos metafóricamente cuando hacerlos explícitos era algo que no se podía ni imaginar… Vamos a ver ejemplos clásicos y magistrales de sexo en el cine clásico mostrado sin complejos. Que no por sutiles son menos fogosos, oigan.

Ernst Lubitch, el gran Lubitsch, maestro de maestros, genio de la sutileza, la ironía y la sugerencia, sorteaba cualquier tipo de censura u obviedad con virtuosismo literario y visual, transgrediendo con sus tramas, sus temas y sus escenas con esa capacidad y estilo que quizá sean igualados, pero nunca serán superados.

Infidelidades, parejas compartidas, matrimonios abiertos, pulsiones de todo tipo, son mostradas por el genio con un desparpajo, imaginación y soltura inconmensurables, con un uso de la elipsis temporal y visual, del fuera de campo tras una puerta cerrada, un reloj o un texto de Shakespeare, sencillamente magistrales.

 

 

 

 

 

Os cuento un par de ejemplos de los miles que hay en dos películas suyas no muy conocidas. En “El Teniente Seductor” (1931), una muchacha llama a la puerta con una contraseña prefijada, una puerta que se abre cuando ante otras llamadas no lo hizo, un lámpara apagada que al rato se enciende, para volver a apagarse (elipsis temporal), la chica que vuelve a salir con aspecto relajado, sonriente y satisfecho para marcharse (elipsis visual y uso de puertas, como no)… y plano para el protagonista en la cama, estirándose, sonriente y satisfecho también, rememorando caricias… Vamos, un polvazo en toda regla descrito con una sublime elegancia…

 

 

 

 

 

 

Otro ejemplo perfecto lo tenemos en “Una Hora Contigo” (1932). La pareja llegando a casa tras recibir la bronca del agente. Abren la puerta de su dormitorio, se dedican unas miradas cómplices y pícaras, entran y cierran la puerta… La cámara se acerca a ella y espera unos instantes… ¿Alguien duda lo que ocurre? Sin decir nada lo ha dicho todo. Y ese instante de espera ante la puerta, es el “toque Lubitsch”…

 

 

 

 

 

 

 

–¿Qué tal si nos fijamos en su alumno aventajado y cómo manejaba el sexo en escena? Observen cómo Wilder, alumno privilegiado del maestro de la sugerencia Lubitsch, retrata una escena de sexo, concretamente la incontenible erección de su protagonista en “Con Faldas y a lo Loco” (1959), al estar pasándoselo en grande junto a Marilyn Monroe. Un Tony Curtis que dice, precisamente, no sentir nada ante los estímulos sexuales, vamos, que no tiene las reacciones que debería tener ante los agasajos femeninos, pero cuando la insistente Marilyn no para de besarlo, cada vez con más pasión, hasta el extremo de empañarle las gafas, tumbada sobre él con absoluta devoción, Wilder coloca su cámara de manera que vemos cómo la pierna de Curtis se eleva, se erecta, se eyecta, inevitablemente, en una solución sencillamente genial.

 

 

 

–Qué decir de la magistral y lubitschiana “La Kermesse Heroica” (Jacques Feyder, 1935), en la que no sólo se ven desnudos femeninos, sino que se escenifican violaciones, además de transgresoras escenas violentas (supuestas, imaginadas) y mujeres infieles y “empoderadas” con ganas de fiesta. Aquí tenemos polvos que podría firmar en su retrato el mismo Lubitsch, como digo. Maravillosas metáforas sutiles, como con esa zurcidora lasciva, rodeada de símbolos fálicos de los soldados a los que atiende con devoción (el pendón, la mención al flautín) y el magistral juego con las cortinas de las distintas habitaciones y el sonido: esas cortinas que se corren, señalando la intimidad sexual que acontecerá, y ese tambor que del vigoroso estruendo pasa al silencio poco a poco…

 

 

 

 

– “Secuestro” (Stephen Roberts, 1933), sobre la novela “Santuario” de Faulkner, tiene una sutil escena de violación donde se aprecian unas mazorcas de maíz, aspecto intrascendente, salvo que conozcas la novela… En la novela, la violación se produce con una mazorca, precisamente, ya que el violador es impotente… Unas mazorcas que aparecen en el pajar donde tendrá lugar la violación, que es elíptica, claro. No hacía falta mucho más en una sutileza muy acertada.

 

 

 

 

 

Josef von Sternberg fue otro grande a la hora de sugerir sexualidad. Muy transgresora fue la dominación casi sadomasoquista de “El Ángel Azul” (1930). Las provocaciones de la Dietrich, insinuándose con poco disimulo, desnudándose ante ese moralista profesor. La caída al pozo sin fondo de la depravación, al ridículo y la humillación, pero con el sexo sugerido, sólo latente, no mostrado en metáforas, como era la habitual costumbre. En “Capricho Imperial” (1934), en cambio, tenemos torturas, violaciones y sádicas prácticas donde se pueden apreciar desnudos femeninos, donde a través de la elipsis no se deja lugar a la duda sobre lo que sucederá (esas violaciones, por ejemplo). Y también hay simbolismos sexuales a tutiplén, desde caballos relinchando vigorosos, a cuchillos y espadas fálicas o velos y pañuelos rasgados (pérdida de la virginidad) o sugerentes dentro del tremendo espíritu barroco de la obra. Cineasta de una gran perversión y sensualidad que se beneficiaba el buen hacer de la Dietrich, que tiene en su cine innumerables ejemplos de polvos sugeridos o mostrados con metáforas.

 

 

–Incluyo “Lo que el Viento se Llevó” (Victor Fleming, 1939) en esta lista, aunque no tengo un polvo metafórico exactamente, por la jerarquía de la película y porque la escena que voy a explicar me parece increíble y transgresora al máximo. Y está absolutamente relacionada con el sexo… con esta entrada, especialmente. Es esa donde Vivien Leigh aparece con un sugerente vestido rojo, color simbólico para la pasión, en una escena donde la trifulca se resuelve con un Clark Gable cogiéndola y subiéndola por las escaleras, también rojas, para tener una sesión de sexo salvaje… Hablamos de un sexo rudo, intenso, como mínimo, posiblemente forzado, al menos de inicio… Pero lo transgresor y sugerente es observar el rostro de Escarlata a la mañana siguiente en su cama, en soledad, esa sonrisa pícara, satisfecha, donde parece rememorar con inusitado placer lo acontecido la noche anterior…

 

 

 

 

 

–“Baby Face” (Alfred E. Green, 1933), es otro de esos ejemplos tremendamente transgresores para la época. No sólo tenemos a un tipo que le toca los pechos a Barbara Stanwyck cogiéndola por la espalda, si bien recibirá su merecido, sino que el sexo será abundante y se retratará de una sugerente forma elíptica: una mano enguantada, presentada como amenazadora, suelta el brazo de la chica negra ante la sugerente proposición de la Stanwyck… Tras unas miradas, veremos caer los guantes al suelo (desnudez) y la mano desnuda apagará el farol con el que se iluminaba el vagón. Es transgresora hasta la idea, pagando con sexo para no ser denunciadas… El uso de su sexualidad y atractivo será constante en el film para lograr sus propósitos, como en esa escena donde a través de miradas la vemos prosperar en una empresa, con un plano ascendente por el exterior del edificio… Muy bueno es el polvo con Mr. Brody, donde una llamada insistente al teléfono no recibe contestación en su mesa vacía, que acaba de abandonar para ir al baño con la Stanwyck… ¡A ver quién se negaba! Una mujer fatal que lleva a la perdición a los hombres, un estereotipo del que la Stanwyck logró ejemplos inolvidables. Sexo puro y duro.

 

 

La Pelirroja” (Jack Conway, 1932), con otra mujer que maneja a los hombres a su antojo y para su beneficio, tiene un polvo casi calcado al de “Baby Face”, usando un teléfono que no se descuelga. Hay otro, más duro y seco, donde una llave será el objeto metafórico, ya saben ustedes… Unas miradas, unos gestos consternados y una media colocándose definen el final de otro polvo… Me encanta.

 

 

 

 

 

 

 

También en la onda de “Baby Face” tenemos “Hembra” (Michael Curtiz, William Dieterle y William A. Wellman, 1933), una cinta feminista, más o menos, donde la protagonista es una alta ejecutiva que maneja el poder con la misma frialdad y eficacia que a los hombres, a los que usa y tira.

 

 

–Si hay un maestro al que le gustaba el sexo y las rubias neumáticas con las que gozarlo, ese era Hitchcock, y ha sido de los más imaginativos mostrándolo en pantalla sin ser explícito, por supuesto. Con Hitchcock en plena forma en la actualidad, sólo Dios sabe lo que nos podría haber traído… Son muchos y variados los ejemplos en los que el maestro retrató el sexo, los polvos, en sus películas.

Uno que me encanta y que está en una película que no es muy conocida de su filmografía, entre otras cosas porque se aleja de los géneros frecuentados por él, una comedia, lo tenemos en “Matrimonio Original “(1941). Es su escena final, absolutamente picante y brillante. Observen el juego con los esquís, esa sugerente X que forma Carole Lombard que parece impedir la entrada de él, ese pie que se desengancha y ella engancha buscando atención. Esa X que se deshace dando acceso a Robert Montgomery, que, desapareciendo de plano para gozar de los mimos de ella, deja paso de nuevo a los esquís, que abarrotan el encuadre, volviendo a formar la X, con él dentro… Pero, sobre todo, observen el erótico balanceo de un esquí sobre el otro… Maravilloso polvo.

 

 

Y el mayor fornicador, el más chispeante y dedicado en el cine de Hitchcock, era Cary Grant. Así lo tenemos en plena explosión sexual junto a Grace Kelly en “Atrapa a un Ladrón” (1955), escenificada en la escena de la habitación donde los fuegos artificiales simbolizan el acto sexual y el orgasmo. Que más que fuegos es una brutal orgía de colores y explosiones, en un divertidísimo crescendo que no deja lugar a dudas. O el mítico final de “Con la Muerte en los Talones” (1959) y su “única metáfora”, con ese largo y firme tren introduciéndose en un deseado y, a buen seguro, húmedo túnel…

 

 

 

 

De todos es sabido que los besos más célebres de la historia del cine son los de Hitchcock. En muchos de ellos se vaticinan polvos, obviamente. El larguísimo de “Encadenados” (1946), el circular de “Vértigo” (1958) o el vertical de “Con la Muerte en los Talones” (1959). Porque sí, en “Con la Muerte en los Talones” hay otro polvo anterior al final, ese con el que Eva Marie Saint seduce a Cary Grant. Hitchcock nos lo muestra con un juego de encuadre. Si están atentos, y sin estarlo mucho, observarán en la versión doblada el cambio de dobladores en determinados puntos que fueron censurados, incluido ese beso que está rodado como si estuvieran en una cama, con ellos girando y rodando, algo que podía acarrear problemillas (lo de rodar parejas zozobrando en las camas), por lo que los apoya contra una pared, entre susurros y besos, manteniendo su relación erótica. El largo beso de “Encadenados”, con sucesivas pausas donde Bergman y Grant se dicen cositas cariñosas, es otro juego del maestro para saltarse y a la vez cumplir con los códigos de censura, que no permitían besos largos… Muy bien, doy besos más cortos, pero muchos y sin cortar…

 

 

Esta incomodidad de no poder mostrar parejas encamadas, la sorteó también con ingenio, ironía y simpatía Michael Gordon usando pantallas partidas en comedias como “Confidencias de Medianoche” (Michael Gordon, 1959), con Rock Hudson y Doris Day. Así se les mostraba a los dos en la cama en el mismo plano, pero en estancias distintas…

 

 

–En “Casablanca” (Michael Curtiz, 1941), más allá de los fogosos días de París, que suponemos, tenemos una escena íntima entre Ingrid Bergman y Humphrey Bogart, cuando ella va a su encuentro con intenciones amenazantes, buscando ayudar a Laszlo… Esa escena termina con un apasionado beso cuando ella baje el arma… símbolo fálico. Bogart se acercará al arma, retador, pero ella será incapaz de disparar… Luego el beso y una elipsis significativa… Sexo.

 

 

 

 

 

 

 

–En “La Mujer Pantera” (Jacques Tourneur, 1942), obra maestra del terror expresionista clásico, tenemos una gozosa colección de simbología sexual. Un derroche, de hecho. Una historia que gira en torno a la represión sexual repleta de símbolos y pulsiones incontenibles. Un montón de símbolos fálicos (reglas, espadas, estoques, bastones, llaves), junto con la idea felina de pura sexualidad e instinto. La estatua donde un jinete blande su espada con un felino ensartado en ella es significativa. Las llaves y las cerraduras, otro símbolo evidente, tanto de la sexualidad como de la liberación de esta.

 

 

 

 

 

 

–Fantástico es el polvo sugerido entre Bogart y la bibliotecaria en “El Sueño Eterno” (Howard Hawks, 1946). No hace falta más que una botella de whisky, una puerta cerrada y unas gafas quitadas (desnudez)… Además, obviamente, tenemos la sórdida trama y un magistral juego en los diálogos con los dobles sentidos. Los caballos… “Depende mucho de quién sea el jinete…”. Maravilloso.

 

 

 

 

 

 

 

–“Duelo al Sol” (King Vidor, 1946) es pródiga en polvos. No en balde la dirige King Vidor, además de otros, que, posiblemente, es el director más tórrido del clásico. El primero de ellos se escenifica con un fondo de tormenta (el símbolo), un polvo tempestuoso con la inicial resistencia de ella, fogosa Jennifer Jones, hasta caer en la irremediable pasión… Otro, en la orilla de una laguna. Primero se muestra con las ondulantes y suaves olas que provoca el colgante (metáfora de la pureza) que lanza Gregory Peck al agua y luego con un fundido a una hoguera (de nuevo el fuego como símbolo)… Este último recurso, la elipsis visual desde el beso apasionado a un fuego/hoguera, es un clásico de la metáfora sexual.

 

 

 

 

 

–En “Retorno al Pasado” (Jacques Tourneur, 1947)”, la obra maestra absoluta del Cine Negro, tenemos una de las metáforas más hermosas, y explícitas, para el sexo puro y duro. Un polvo, sabrosísimo, representado con una lámpara cayendo y una puerta abriéndose repentinamente ante la tempestad, mientras la cámara sale al exterior para ver la lluvia cayendo en un entorno tan tempestuoso como bello y, sobre todo, húmedo. Hay pocos ejemplos tan sensuales, líricos y sugerentes en la historia del cine. De los más bellos. Por cierto, también hay un polvo en la playa, con las olas al final de la escena como elemento simbólico… como en “De Aquí a la Eternidad” (1953).

 

 

 

 

 

– “Un Tranvía Llamado Deseo” (Eliza Kazan, 1951), muestra simbólicamente la violación de Stanley a Blanche a través de un espejo roto y el reflejo partido de ella desvanecida. Como en tantas otras ocasiones, esto podría pasar desapercibido para el público, aunque en realidad estaba más acostumbrado y atento a estos matices significativos que el actual, pero es un claro símbolo visual de lo relatado en la obra de Tennessee Williams. Además, la masculinidad retratada en el personaje de Marlon Brando es innovadora. Brusca, varonil, violenta, franca, explícita, sin ambages ni complejos, que se convierte en estereotipo de pura naturaleza instintiva.

 

 

 

 

 

 

–La obra maestra de Fred Zinnemann, “De Aquí a la Eternidad” (1953), trae otro magnífico polvo escenificado con uno de los símbolos clásicos para tan gozoso menester, que aquí se sublimó y constituyó con solidez. Tremendo sexo playero entre Burt Lancaster y Deborah Kerr. El agua acariciando la cálida arena en un sensual vaivén, las olas rompiendo contra las rocas y los húmedos cuerpos de los actores, que se besan extasiados y apasionados, es una bella metáfora sexual, muy imitada y socorrida. Lo erótico de esta, sabedores de que la metáfora de las olas es habitual, es que el agua baña a los actores, los envuelve en su humedad, mientras ellos, ajenos, siguen gozándolo…

En “La Noche de la Iguana” (1964), el sexo también está vinculado al agua, lo vemos con Burton y Sue Lyon o con Ava Gardner y sus amigos con maracas…

 

 

 

–No todo van a ser polvazos, también tenemos escenificaciones de impotencias o gatillazos. Uno de los que me resultan más divertidos en un clásico lo tenemos en “Mientras Nueva York Duerme” (Fritz Lang, 1956). Una Rhonda Fleming que se exhibe y ejercita por la casa ligera de ropa en los ratos en los que no es infiel, mientras su marido, interpretado por Vincent Price, juega al golf con su palo, símbolo fálico, intentando, sin éxito, embocar alguna bola… Me parece una genialidad…

 

 

 

 

Así, como han podido comprobar, el sexo lo ha sobrevolado todo a los largo de la historia del cine, no dejando indiferente a nadie, condicionado las narraciones y lo que se permitía ver en pantalla, haciendo cambiar narrativas, pero, sobre todo, excitando la creatividad, la inventiva, la provocación, la capacidad de sugerencia… Un mundo fascinante retratado de múltiples maneras, todas ellas interesantes. Como la vida misma.

 

 

 

SEXO EN EL CINE CLÁSICO -Evolución-

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