REGALO OLVIDADO

REGALO OLVIDADO

RELATO

 

 

 

 

 

Él nunca tuvo hijos, era un mujeriego empedernido con fobia al compromiso. De cualquier tipo. Pero tenía devoción por su sobrina. Era un tío que se lo curraba mucho, ciertamente. Si ella venía, cualquier otro plan quedaba en segundo plano. Por buena que estuviera…

Aquello duró unos ocho años.

Una de las tradiciones estrella que tenía con su sobrina, era la de esconder los regalos de Reyes cuando venía de visita. Los escondía por la casa y ella tenía que encontrarlos, pero si no lo hacía… allí se quedarían “para siempre”. Nunca pasó, siempre logró encontrarlos todos, hasta que dejó de ir, claro.

A la niña le encantaba pasar el rato con su tío. Él le permitía todo, le hacía caso, jugaba con ella, era extremadamente cariñoso y le hacía reír a carcajadas. Con ella él resultaba otra persona, completamente desconocido para todo aquel que le conocía. De hecho, él mismo no se reconocía, pero en esos ratos era feliz. Aquel cínico vicioso y depredador quedaba convertido en un mimoso oso de peluche.

El día de Reyes, la pequeña entraba a la carrera en la casa hasta encontrarse con él con cara interrogante. Cuando él parecía confirmar que los Reyes habían pasado por allí y que había oído una, dos o tres expediciones, ella se convertía en una concienzuda exploradora. Podía pasar horas hasta recibir su ansiado premio. Su peluche favorito aparecía en un armario. La bicicleta con la que se dio sus primeros porrazos la encontró en la bañera. Una pulsera de su personaje favorito surgió de un cajón cuando ya casi se daba por vencida…

Luego llegaron los problemas. El motivo del enfado da lo mismo, el hecho fue que la niña no volvió a pisar su casa. De hecho, no volvió a hablar con ella. Se mudaron. Sin despedida. Fue drástico y brusco. Una crueldad para la que no estaba preparado.

Él siempre dio una imagen frívola. Quizá por eso algunos pensaban que aquello no le afectaría especialmente, o que si lo hacía se le pasaría pronto. Vivió su vida sin que nadie le conociera en realidad. Quizá fue su sobrina quien vio y asimiló su versión más auténtica, aunque desde la ingenuidad y la inocencia.

No penséis que no intentó verla. La vio de hecho. Tras varios años rezongando en el orgullo, aprovechaba sus vacaciones para viajar y verla. Era en la otra punta del país, pero le merecía la pena. Lo curioso es que su carácter descarado se llevaba la contraria en lo que respecta a su sobrina, como le pasaba siempre. Nunca se atrevió a acercarse para hablar con ella. Había crecido mucho desde la última vez que la vio y le paralizaba el miedo al rechazo, a ver un gesto de extrañeza o desagrado en aquella niña que lo fue todo. Y también porque nunca supo si aquella forma de ser con ella se debía a él mismo o a lo que consumía. ¿Y si ahora no era igual? Ese miedo… La vio crecer, año a año, desde la distancia.

Pero, ¿y ella? Los niños tienden a superar más fácilmente las cosas. Los dos o tres primeros años preguntó por él, lógicamente, por los juegos en Navidad y todas esas cosas, pero las cortantes respuestas de sus padres la disuadieron de intentar resolver sus dudas. Aunque nunca se olvidó del todo.

Cuando regresó a aquella casa ya era mayor de edad. Toda una mujer. Quiso ir sola. Su tío le había dejado lo que tenía en testamento. La casa le dio un polvoriento mazazo en la memoria. Estaba todo parecido a como ella recordaba, aunque más pequeño.

Pasó dos días enteros allí, explorando la casa, viviendo recuerdos y recuperando olvidos. Durmió en la cama de su tío, comió en su mesa y siguió sus pasos por el pasillo. Y entonces encontró el regalo. Aquel último regalo de una Navidad que no llegó. Y muchas cartas.

Era una pequeña muñeca que en su día debió estar de moda, que descansaba sobre un montón de sobres llenos y nunca enviados encerrados en un armarito de una salita. Esas hojas relataban la ausencia. Explicaban por qué no había más regalos, la ignorancia de lo que cambiaba, de lo que podía gustarle. Allí estaban los viajes que la vieron de lejos y todas las palabras que no dijo. Sus miedos y debilidades.

Aquella muñeca era el custodio de un pedazo de vida a destiempo que ahora entregaba a su legítima dueña.

 

El Puzle

 

sambo

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