RAY BRADBURY: La Feria de las Tinieblas

RAY BRADBURY: La Feria de las Tinieblas

LITERATURA

 

 

 

 

 

 

 

No sé qué tienen las ferias, los feriantes (también los circos, los parques de atracciones). Un halo de misterio, inquietante, mágico, oscuro incluso, que algunos autores literarios y también de la gran pantalla han sabido captar y transmitir. Lugares de misterio, de horror, donde todo puede cambiar, donde las atracciones acaban siendo simbólicas con los espejos, el carrusel, la noria, los monstruos…

Ese mundo creado por adultos para los niños, para que los adultos se vuelvan a sentir niños, posee una contradicción inherente, una maldad intrínseca y soterrada, una paradoja infausta… Algo que sólo se desvela a través de la mirada infantil. Una mirada infantil que es amenazada con pervertirse.

La mirada infantil, que también han recogido muchos autores del fantástico, está muy presente en algunas de las novelas del autor, de manera directa (“El vino del estilo”, “La feria de las tinieblas”) o en la esencia fascinada de sus relatos (“Crónicas marcianas”, “451º Fahrenheit”). No es raro que Spielberg vea en Bradbury casi a una figura paterna, un mentor, pudiendo reinterpretar al propio Bradbury como un Spielberg literario en ese niño de 12 años que nunca dejó de ser.

Sí, esa mirada es vertebral en la novela, es la que la define. La mirada fascinada, curiosa, insaciable, de la infancia y la adolescencia, anhelante por descubrir. Ese efecto que produjo en un joven Bradbury de doce años un espectáculo feriante, el del Sr. Eléctrico, que le ordenó “vivir eternamente”. Ese es el impacto, la capacidad de sugerencia que tiene ese particular universo de la feria.

La feria, esa hermana pequeña del parque de atracciones o el circo, que tiene una inmediatez, una relación más directa con la gente, que es más participativa, envolviéndose en una extraña confianza y complicidad, donde parece que podemos fundirnos con los juegos, las atracciones, las diversiones, alejada de cualquier formalismo y orden, que es donde los parques de atracciones y los circos se encuentran más a gusto, marcando su jerarquía… La feria hace que el visitante se confíe, que crea que tiene el control…

De todo esto y más habla “La feria de las tinieblas”, un pequeño libro referente, pero que en absoluto situaría entre lo más destacado de su autor. “La feria de las tinieblas” es profundamente alegórico, algo que en su arbitrio fantástico aleja al lector más lógico o menos infantil. Conjuros, magias, trucos… esos elementos tan arraigados a la infancia que empiezan a perder sentido o van adquiriendo otros significados en el paso a la adolescencia, la etapa de la incertidumbre, y la edad adulta. “La feria de las tinieblas” fue la tercera novela de Bradbury, escrita en 1962 (las anteriores fueron “451º Fahrenheit” en 1953 y “El vino del estío” en 1957), alejándose de los cuentos o relatos cortos de los que tanto disfrutaba.

 

 

 

Es una especie de revisión del mito de Fausto, donde el siniestro Sr. Dark colecciona tatuajes por cada persona que capta atraída por la idea de vivir sus fantasías más secretas, obligándoles luego a servir en la feria.

Bradbury nos habla del bien y el mal, lo fácil que parece distinguirlos y cómo eso se va complicando o simplificando con el tiempo. Nos habla de la juventud que se va y el anhelo de recuperarla, del miedo a envejecer, con ese padre que se desvive y protege a sus curiosos hijos. Un padre que es el lado luminoso que se opone al Sr. Dark, como dos fuerzas, al estilo de “Star Wars”, que pujan por llevar al lado oscuro o al lado luminoso a las criaturas inocentes, que en este caso son los dos niños protagonistas, Jim y William.

A través de William y Jim iremos descubriendo los pasos hacia la edad adulta, la asunción de los miedos y la responsabilidad, el amor paterno, el sacrificio, la aventura y la curiosidad, así como una moraleja donde el amor mata la oscuridad. Esa feria metafórica que desnuda los complejos y miedos más ocultos de los personajes, adultos y niños, que personifica la oscuridad vital, el abismo al que nos vemos abocados por nuestras decisiones, y al que sólo puede oponerse el amor.

Es evidente que Stephen King ha mamado mucho de Bradbury, no sólo de esta novela que aquí os traigo, sino de otras muchas, como “El país de octubre”, donde la mirada infantil que descubre la muerte, el miedo, lo oscuro, en ese paso hacia la madurez, también es muy recurrente.

Autores como Stephen King (“It”, “Joyland”), William Lindsay Gresham (“El callejón de las almas perdidas”, que fue llevada al cine en 1947 por Emund Goulding) o el propio Ray Bradbury vieron ese potencial inquietante en las ferias o similares. Y no sólo en la literatura, también en el cine es fácil recordar “Big” (Penny Marshall, 1988) o en la televisión la magnífica serie “Carnivale”. Sin recordar ese lado oscuro y siniestro en el que pueden tornar los circos, como en “Freaks” (1932) y “Garras humanas” (1927), ambas de Tod Browning, “El gabinete del Doctor Caligari” (Robert Wiene, 1920) o la feria en la reciente “Nosotros” (Jordan Peele, 2019)… Esta misma novela tuvo su adaptación con un clásico del género con Jack Clayton en la dirección, “El carnaval de las tinieblas” (1983).

Desde luego es una novela con elementos inquietantes, pero que en su alegoría y recursos mágicos no termina de convencer, debiendo aceptar el lector muchas de las ocurrencias o giros planteados porque sí, con una lógica muy particular, efectiva para los más jóvenes. Un buen título para recomendar a los adolescentes e intentar meterles en la lectura. Una buena manera de conocer a Bradbury, aunque sin duda tiene mejores obras.

 

 

sambo

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