RACLETTE, una cena redentora

RACLETTE, una cena redentora

TEATRO

 

 

 

 

 

Anoche pude disfrutar de una estupenda velada gracias a La Kimera Teatro y su puesta en escena de “Raclette” en los Teatros Luchana de Madrid. Una obra que anunciamos en nuestras Carteleras. Pero más allá del estupendo trabajo de la compañía, quedé encantado con la numerosa presencia de espectadores tanto a esta como a otras obras que se iban a escenificar. Gente joven, sobre todo, con ganas de disfrutar de teatro, de cultura, de que les cuenten una historia. Me congratuló muchísimo ver ese ambiente tras todo lo que ha pasado. Terrazas llenas, sonrisas, comentarios en las colas sobre las obras que se iban a ver … Madrid va recuperando la vida, pero aún falta.

Y es que esta gente lo merece, los que dedican muchas horas y trabajo a levantar proyectos, grandes y pequeños, lejos de tantos focos y tanta fama. Teatro puro y duro.

Dos cenas en una

Fui sin expectativas y sin informarme mucho sobre el concepto de la obra, más allá de una leve sinopsis. Temí incluso que no hubiera mucha gente, pero la sala se llenó, como el resto de las que había, por lo que pude ver.

Con una escenificación tremendamente sencilla, la obra daba comienzo antes de sentarte en tu butaca. Uno de los anfitriones esperaba, copa de vino en mano, a sus “invitados”. Él es Mario (Miguel Rascón), y esta idea no es baladí, tiene un aspecto simbólico que explicaré.

 

 

 

Lo que veremos en “Raclette” son dos cenas distintas que se suceden al mismo tiempo, fusionándose en una unidad de espacio, es decir, las dos tendrán lugar en el mismo sitio, nuestro escenario, compartiendo mesa. Esta idea puede desconcertar de inicio, pero enseguida se capta y se sigue con naturalidad.

Dos cenas que son un puzle que vemos completarse, un juego de espejos donde habrá simpáticos guiños que las van vinculando hasta que confluyen finalmente. Así, una cena será entre Mario y Miriam (María Linares), que sólo hablarán entre ellos (menos al final), y la otra entre Paula (Elena González) y Raúl (Héctor González), que han invitado a Vero (Ángela Chica) por un asunto de trabajo. Estos tres sólo hablarán entre ellos también, como es lógico, salvo al final.

En escena sólo estarán los personajes y una mesa que todos compartirán en algún momento, sentándose alrededor de un “raclette”, en otra idea simbólica. Y cenarán, asistiremos a su preparación y a cómo se ponen como el “Quico”, sobre todo uno, ¿verdad, Héctor?

Me sorprendió, gratamente, la naturalidad que aprecié nada más comenzar la obra. Los gestos, la manera de declamar el texto, de moverse por la escena (Paula y Raúl)… Asistimos realmente a una cena y su preparación, como si miráramos por una mirilla unas intimidades que podrían ser las nuestras.

La dirección de David Ramiro Rueda es sutil, casi invisible, pero deja algunos aspectos que quiero señalar porque me parecen lúcidos y brillantes.

El comienzo de la cena plantea tensiones y desavenencias, insinúa los motivos de conflicto de las dos parejas, es por ello que se mantendrán de pie la mayor parte del tiempo (o al menos uno de ellos), saliendo, entrando o moviéndose por la escena… Este planteamiento de puesta en escena se recuperará al final de la obra, en el último tercio, cuando la tensión vuelva a saltar.

En cambio, durante el desarrollo de la obra, en la fase de exposición, la tensión se rebajará, dando lugar conversaciones más o menos placenteras donde los personajes explican sus motivaciones, van conociéndose o llegando a pequeños acuerdos o comprensiones. Es una fase más ligera en lo dramático (no en lo conceptual), necesaria para definir y comprender a los personajes, que tendrá lugar mientras comen, donde veremos a los cinco personajes sentados plácidamente alrededor del “raclette”. Se marca así un contraste, como digo, muy sutil y clásico, que nos identifica en todo momento con los sentimientos y la tensión que contiene o no la escena.

Otro aspecto de dirección, también muy sutil, son los cambios de iluminación, un recurso expresionista que aparece ocasionalmente, en momentos muy concretos de la obra, pero siempre con sentido. Una luz que se hace tenue, disminuyendo la intensidad natural general, remarcando momentos particularmente emocionales de alguno de los personajes y/o acciones físicas significativas. Tres ejemplos: La actuación de Héctor ante Vero como cobaya, la escena de sexo o el final.

La idea del raclette, que además se explica durante la obra, es muy buena. Vemos las relaciones, las miserias y los dolores de esos personajes cocinarse a fuego lento y derretirse hasta una necesaria redención, como el queso. Es en esa comunión que favorece el raclette donde surge cierto entendimiento y superación.

Sólo habrá un personaje que no avanzará. Mario. Ya os dije que al entrar en la sala él estaba allí, como si nos esperara a nosotros además de a su invitada. Pasea, bebe vino, lee, espera… Como comenté antes, esa idea tiene algo de simbólica, porque cuando al final suba la música y todos los personajes avancen, abandonen en una u otra dirección la escena, él se quedará allí, anclado, en el mismo lugar donde comenzó la obra. Él era el personaje que más hacía por superar la idea, por afrontar el hecho, pero cuando de improviso se le dé la opción, se verá incapaz.

 

 

Más allá de estos aspectos, es obvio que “Raclette” es una obra de actores. Los cinco están realmente bien, pero como he venido a mojarme, quiero destacar a Elena González, que encarna a Paula. Fantástica en su naturalidad, transmitía esa fuerza de mujer emprendedora y decidida, acostumbrada a gestionar, del mismo modo que sabía mostrar sutiles vulnerabilidades o inseguridades cuando veía que no controlaba algo. Es cierto que en algún momento se aceleraba declamando el texto y se la entendía regular, pero la actuación fue estupenda.

 

 

Miguel Rascón, que interpreta a Mario, fue nuestro anfitrión. Merece un gran aplauso no ya por lo matizado de su trabajo, sino por cómo lo acompañó con su lenguaje corporal. Esa pose elegante, con un toque displicente, sobre todo cuando espera antes de comenzar o en la escena inicial, mientras guarda silencio, es un acierto pleno para el dibujo de su personaje.

Héctor González tiene el papel más goloso como Raúl. Los mejores momentos de humor, las frases más ácidas son suyas. Borde, macarra, visceral, hace también un gran trabajo físico. Creo que oiré hablar bastante de él…

Ángela Chica tiene en su Vero el que es, quizá, el personaje más matizado. Transmite cierta ambigüedad desde ese esnobismo algo friki y aparentemente inocente, que se va transformando y mostrando otros rasgos, desde la pasión a cierto retorcimiento y vulnerabilidad.

María Linares tiene el papel menos lucido, aunque a priori esa madre doliente que es Miriam podía dar mucho juego. Queda algo difuminada respecto al resto, quizá porque su pesar se aprecia menos, en parte por el propio concepto del texto (su negación a enfrentarse al hecho). Es un papel complejo que resuelve con una serenidad muy reseñable, en cualquier caso.

El texto de Santiago Cortegoso, que me ha gustado bastante, deja pequeños guiños vinculadores entre ambas historias, pero sin dar excesivas pistas sobre hacia dónde va la cosa ni cuál es el vínculo definitivo. Frases o palabras en una cena que dan perfecta entrada al diálogo de la otra, el uso del raclette, por supuesto, que lo enciende y apaga uno de los personajes para desconcierto de la otra cena… o esas conversaciones finales, donde presenciamos un contacto físico entre dos madres.

Redención e insatisfacción

“Raclette” plantea una historia de redención a través de unos personajes heridos, insatisfechos, desorientados, víctimas del azar de la vida moderna. Todos ellos buscan con ansiedad un cobijo, creando andamiajes artificiosos sobre los que crear un sucedáneo de autenticidad. La obra plasma una sociedad necesitada de algún asidero que le conecte con lo auténtico.

Los personajes buscan una redención, pero no saben que lo hacen. Quizá el único consciente de ese propósito es Mario, que quiere hablar de su tragedia, tratarla para superarla. Es el único que plantea la opción. Su pareja, Miriam, huye de todo eso. Prefiere esconder su dolor y todo lo que le recuerda su desgracia, como expone desde su llegada al ver el raclette… Raúl lleva al límite su pasión y vocación, despreciando todo aquello que no encaja en sus parámetros. Una víctima incomprendida. El teatro es lo único auténtico, lo demás, como la televisión en la que trabaja Paula, es justo lo que abomina. Paula, precisamente, pretende reivindicar la calidad y autenticidad de su trabajo, pero desde una mirada más práctica. Y Vero, a la que su pareja no acompaña, intenta redimirse a la vez que redimir a su hijo. Ella pretende una autenticidad con los aspectos externos de la vida, lo ecológico, pero vive en una contradicción de la que no tiene claro cómo salir.

Todos ellos verbalizan explícitamente su insatisfacción laboral. En algún caso hacen lo que quieren, pero sólo pueden contar experiencias negativas (los más vocacionales). Así, Héctor, un actor que reniega de la televisión por considerarla comercial y poco auténtica, dedicado al teatro experimental, se encuentra sin trabajo, sin sustento. Miriam, que trabaja con animales, relata un día de horror con numerosos accidentes…

Paula está, precisamente, trabajando en una serie televisiva, causa de la cena a la que asistiremos y que será el desencadenante de la resolución al trauma central. Mario, por su parte, reniega enfáticamente del periodismo, desencantado y escéptico con la sociedad en la que vive… como Héctor.

Vero usará otras muletas. Vegetariana, maniática de la pureza alimenticia y lo ecológico, usa todo ello para intentar entroncar con la pureza en una sociedad mercantilizada e hipermoderna… Es lógica, en cierto sentido, la afinidad que ella y Héctor tienen desde un principio, sobre todo por parte de ella, que ve en ese aura primitiva y visceral de él eso que en realidad busca.

 

 

Mario llegó un a punto en el que parece renegar de la sociedad de pleno, de su cinismo, de su falta de autenticidad. Él también pretende una huida. Miriam, por el contrario, tiene una vocación, trabajando con animales, lo que la acerca a esa autenticidad, pero cuando se abre, reconoce que todo aquello ya no la satisface, que llega a sentir odio, desprecio, tanto por su trabajo como por los que van a verlo…

En sus conversaciones comenzarán a salir rencores, resquemores, miserias, heridas no superadas, inseguridades… Hay un desencanto generalizado donde se buscan excusas, muletas, justificaciones para esa insatisfacción hasta que la realidad, lo importante, la vida en su pureza, bella y trágica, les golpea de frente.

En las diferencias entre los personajes encontramos algunos de estos elementos de conflicto. Esa búsqueda de autenticidad donde cada uno la ve de distinta forma. Todos buscan, aunque no sean del todo conscientes, ni si quiera de qué es lo que buscan, o huyen, para salir de su insatisfacción.

La culpa y la pérdida terminan siendo los catalizadores de la catarsis, de la redención definitiva.

Los veinte minutos finales son intensos, sorprenden. Sorprenden por varios motivos. Por los descubrimientos y por las reacciones. Esa comprensión final, esa comunión que llega a buen puerto, puede desconcertar, pero tiene sentido en el fondo de la obra. Cuando lo que de verdad importa aparece, se hace reconocible para todos y las demás preocupaciones y cosas que parecían tan imprescindibles se desvanecen. Allí se conocen un poco a sí mismos, porque a menudo pasamos por la vida sin lograr hacerlo por no vivir determinadas experiencias. Así, los que querían encarar su tragedia se verán incapaces, los que huían darán la cara y los que manipulaban o mentían se abrirán en canal….

Además de los temas principales mencionados, se hacen agudas reflexiones políticas y sociales, con lucidez y humor. Son necesarios para la comprensión de todo el contexto, su entorno social. Y alguna referencia cultural: Luis Tosar, Van Morrison, Los Soprano, Maribel Verdú…

Una obra muy recomendable, por lo que no tenéis excusa. Id, se cuidan todas las medidas de seguridad. No lo dudéis. Pasaos por el teatro. En 70 minutos disfrutaréis de un estupendo trabajo y a buen precio.

 

FICHA

Sala: Teatros Luchana, Madrid

Género: Tragicomedia

Autor: Santiago Cortegoso

Director: David Ramiro Rueda

Intérpretes: Héctor González, María Linares, Angela Chica, Miguel Rascón y Elena González.

Escenografía: 4foreverything

Producción: LaKimera Teatro

 

Sinopsis: Miriam y Mario son una pareja que se enfrenta, junto a otros acontecimientos frustrantes, a la pérdida de un ser imprescindible en sus vidas. Por otro lado, Paula y Raúl, cuya relación no está en su mejor momento, invitan a cenar a Vero y Adolfo para cerrar un acuerdo laboral con el que no todos los comensales están de acuerdo. Todos cenarán raclette esta noche, pero nadie puede imaginar qué rumbo tomarán sus vidas al final de la velada.

 

sambo

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