PREVENGE (2016)

PREVENGE (2016)

ALICE LOWE

 

 

 

3/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Curiosa y difícil mezcla entre comedia y thriller de serial killer con elementos de terror, suspense y algún toque gore donde una mujer embarazada va cargándose a un selecto grupo de gente a las órdenes de su hijo no nato, con el que mantiene macabros diálogos.

El bebé tiene el control”. “El bebé te dirá qué hacer”. Estas frases, que se las dice la médico a la protagonista, funcionan como clave de la trama, pero también como metáfora. La doctora interpretada por Jo Hartley es encantadora, por cierto.

 

 

Una pequeña y particular peliculilla, muy cortita (no llega a hora y media), en la que con elementos del cine comercial y la serie B, con los socorridos asesinos en serie, se pretende algo original, con ciertas ínfulas artísticas en la dirección, en plan indie, transgresor, distinto, pero lo cierto es que su particular premisa no da para mucho ni para alejarse de los habituales tópicos, resultando todo demasiado obvio, superficial y sencillo, aunque con sus indudables aciertos en la manera de contarlo y en ese inicial planteamiento mencionado.

 

 

Una comedia con toques esperpénticos y grotescos, paródicos, cotidianos y estrafalarios, un terror de arrebatos gore en una sucesión repetitiva de muertes variadas. Para evitar esa sensación de reiteración se va dando información con cuentagotas en cada uno de los crímenes sobre el cebo principal, aunque se nota mucho… Posee un excéntrico y repentino humor mezclado entre la truculencia.

Nuestra embarazada amiga Ruth, de alguna manera, parece en el inicio una exterminadora puritana, vengadora de los desprecios femeninos sufridos y contra hombres egoístas y sin escrúpulos alérgicos al compromiso, como el DJ Dan (Tom Davis)… pero eso se irá matizando según vayamos descubriendo sus verdaderas motivaciones, que se irán desvelando poco a poco en una narración impresionista, manteniendo así, con ese recurso, cierto interés en el espectador, que va comprendiendo la lógica interna lentamente. Ese es uno de los cebos: saber qué ocurrió con el padre de ese bebé que aún no ha nacido.

 

 

La maternidad como catalizador de horror, el miedo a la maternidad, a la soledad ante la incertidumbre de tener un bebé, la lamentable necesidad de filtrar nuestra propia basura a través de los hijos, justificarla a través de ellos… aspectos que la entroncarían en cierta medida con la genial opera prima de David Lynch, “Cabeza borradora” (1977).

 

 

 

 

 

Ruth ha decidido despojarse de personalidad, de ahí que asuma sus propias pulsiones a través de las supuestas órdenes que le da su hijo, al que ella dota de personalidad. O interpretando distintos papeles con distintas personalidades en la ejecución de los asesinatos ante sus víctimas.

La dirección se esfuerza con un estilo algo alegórico, artístico, para darle algo de enjundia, misterio y sensación de profundidad al conjunto de esta sencilla historia que habla sobre el miedo a la maternidad. Abundan los planos lánguidos y los encuadres escindidos en un gusto algo new age que contrasta con los repentinos arranques truculentos. Así se logra una aceptable atmósfera donde se usan ciertas metáforas, como las gotas de agua sobre la barriga embarazada de la protagonista, la vida, en contraste con los planos de muerte iniciales. Lo mismo ocurre en la tienda de animales e insectos, donde estos se usa de manera hábil como subtexto sexual y amenazante, las pulsiones sexuales del vendedor y la amenaza que supone nuestra embarazadísima asesina (una araña embarazada, la serpiente como la tentación…).

 

 

La soledad, los anhelos, lo que ya no podrá ser, el padre que no tendrá su hijo.

La fiesta de disfraces de Halloween a la que acude Ruth para matar a Tom, que va a ser padre, también es simbólica. Un universo monstruoso en consonancia con lo que comenta el bebé, en lo que ella misma se ha convertido. La veremos con cornamenta, efecto con un elemento del decorado que parece desenfocado, ante el espejo, que le revela su naturaleza, de ahí que rompa aguas en ese preciso momento… Es frente a Tom cuando asumirá la realidad de la que era su relación (a punto del desastre), el engaño en el que está sumida, la no aceptación, preámbulo del parto.

 

 

Ese acantilado simbólico que aparece al inicio del film y al final (más algún plano fugaz entremedias), acaba definiéndose como la manifestación de la locura de la protagonista, mientras nos indica con planos escindidos y muy cortos lo que allí ocurrió: una muerte, un asesinato o un accidente. O ese siniestro túnel que atraviesa, como si saliera de un parto, donde toma las contracciones como amenazas de su hijo para que cometa los crímenes.

 

 

 

Hay un par de detalles curiosos. El bebé mencionará a los unicornios, dirá: “Un alma amable es tan rara como un unicornio”. En la consulta de la entrañable doctora veremos un peluche de unicornio, suponemos que porque es el alma amable. Por otro lado, vemos dar a Ruth varios besos a sus víctimas, incluso a la madre de una de ellas, como un signo de cierto instinto maternal incipiente. La película que ve Ruth y de la que aparecen varios planos es “Crime without passion” (Ben Hecht, Charles MacArthur, 1934), una cinta cortita interpretada por Claude Rains en la que un abogado mata a su novia infiel y trata de ocultarlo…

 

 

El mencionado acantilado está plenamente vinculado a ella, ya que ese hecho, la muerte de su novio en una escalada en la que sus compañeros decidieron soltarle para salvar la vida del grupo, es el que motivará sus actos. Y es que los paralelismos con sus complejos, anhelos, faltas, también se van desvelando en sus enfrentamientos con sus víctimas, con las que tiene ciertas semejanzas. La sexualidad del vendedor de animales; el infantilismo del DJ, que habla del amor de madre; a la ejecutiva, Ella (Kate Dickie), y sus reproches por las dificultades que las empresas ponen a las madres embarazadas y las renuncias que deben hacer si quieren alcanzar un puesto como el suyo…

 

 

Una mujer que encauza su odio a través de su futuro hijo, una mujer embarazada y sola al haber perdido a su pareja. Ese es su tormento, que no sabe gestionar salvo cayendo en la psicopatía. Un hijo malhablado, sociópata, vengativo y sádico que deja tremendos diálogos con su madre, tan tétricos como hilarantes. Así se filtrarán flashes del día de la muerte del novio cuando dude o titubee para espolearla. Se convencerá a través del bebé de que Josh (Mike Wozniak), el inocente compañero de Zac (Tom Meeten), que es a quien buscaba asesinar, no era la víctima inocente que evidentemente sí era.

Es curioso ese librito con dibujos infantiles, como hecho por un niño, nueva muestra de su desdoblamiento, que hace las veces de lista de víctimas, de catarsis artística.

 

 

Finalmente, por si había dudas, la última escena desvelará la verdadera naturaleza psicópata de Ruth, ya sin la carga de su bebé en su interior. Ruth ataca a Tom, que fue quién le mostró su realidad de cara, esa que pudo enmascarar mientras estaba embarazada. Paga con él su odio a su ex, a quien vemos fugazmente en un flash.

Los niños de estos tiempos estáis realmente mimados, en plan: Mamá, quiero la Play Station, mamá, quiero que mates a ese hombre…”.

 

 

Ruth, en muchos casos, aprovecha la ocasión, pero en otros actúa por puro frenesí, un impulso incontrolable. A veces parece insinuarse que puede sentir una especie de relación de amor-odio con sus víctimas, donde aparecerá la debilidad cuando se comporten amablemente con ella, como en el caso del compañero con bigote de Zac, que es a quien en realidad busca; quizá complicidad y atracción con el profesor de montañismo, Tom (Kayvan Novak), con el que se encontrará en dos ocasiones sin poder matarlo, entre otras cosas porque va a ser padre; cierta resignación con el DJ Dan, como si tuviera la sensación de que no podría aspirar a nada mejor…

 

 

El sexo está íntimamente ligado a la protagonista y sus traumas. En casi todas sus actividades tendrá importancia. Esos diálogos con segundas intenciones en la tienda de animales, insectos y reptiles; el polvo en la habitación de al lado mientras ella “habla” con su bebé; las menciones al sexo a la ejecutiva que termina asesinando…

 

 

 

 

 

El esperpento aparece salpicando el metraje. El mejor ejemplo es el segundo asesinato al pinchadiscos setentero del bar al que va Ruth, nuestra protagonista, con un humor estrafalario en ese truculento ligoteo. Un horondo flipado que se cree un seductor irresistible, que en realidad es asqueroso, repelente y repulsivo, que vive con su madre a la que tiene como a una mascota maltratada. Una misión de asesinato a la que se obliga y que le lleva al llanto. Aguantará resignadamente desprecios y humillaciones de este tipo para conseguir su propósito, aguantará besos con lengua tras vómitos y las hilarantes apariciones de la madre, una vez lleguen a la casa del tipo, hasta llegar a un gore sexual cuando Ruth corte el adorado objeto del propio deseo del DJ Dan (Tom Davis)…

 

 

En otros casos el humor es más costumbrista, negro o paródico, sin perder el toque esperpéntico, como en la escena del enfrentamiento de Ruth con Len (Gemma Whelan), la chica montañista que pretende asesinar. Una rival complicada, más que nada porque está en forma con eso del alpinismo, y que se dispone a boxear con Ruth. De nuevo se mezcla truculencia y humor con un poco de realismo. Se entiende regular que baje la guardia y se ponga a charlar ante una loca con cuchillo que ha entrado en su casa. El esperpento aparece con gracia cuando los pechos de Ruth desborden leche ante el agudo sonido de las sirenas que escucha, como le advirtió su médico que podría ocurrir. Cierto suspense y muerte menos gore.

 

 

La música de sintetizador logra aumentar esa sensación de locura, de histeria, que embarga a la protagonista, siempre unida a ella. Además se menciona a “Dirty dancing” (Emile Ardolino, 1987), “Grease” (Randal Kleiser, 1978), “Elton John” o “Glass house” de Billy Joel, supongo.

Prevenge” es una pasable comedia negra o cinta de horror cómico con un tono entre realista y esperpéntico que pretende ciertas reflexiones sin trascender en ninguna de ellas, ni siquiera en su reiterada premisa con la sucesión de asesinatos. Correcta.

 

 

 

sambo

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