PASTILLAS

PASTILLAS

RELATO

 

 

 

Era la primera Navidad que pasaba sola. Miraba las pastillas con las que jugueteaba entre los dedos. Desde luego era una imagen deprimente.

No eran medicamentos ni drogas. Al menos eso decía mi hija. Eran su regalo de Navidad. Las había enviado en una elegante cajita del tamaño de un paquete de tabaco. En su interior venía un papel con unas precisas instrucciones y las dos pastillas, una azul y otra amarilla, incrustadas en dos pequeños huecos.

Las adquirió en un sitio raro. Le gustaba indagar por tiendas extrañas donde vendían cosas exóticas… Decía que me proporcionaría una experiencia inolvidable… Todo me sonaba a droga, pero en el texto insistía vehementemente en que no tenía nada que ver.

Desgranaba con precisión cómo debía tomarlas. Por la noche, al irme a dormir, debía elegir una y, si me complacía, tomarme la otra al día siguiente con las mismas pautas. Era un regalo efímero. Todo acabaría al despertar, pero permanecería. Era misterioso y extraño, pero había logrado crearme una inmensa curiosidad.

A las doce me senté en la cama. Cogí la pastilla azul. Tras mirarla durante un rato, me la metí en la boca y tragué con un sorbo de agua. Tumbada bocarriba, esperé con los ojos cerrados. Entonces comenzó…

Ahí estaba él. Lo veía con asombrosa nitidez. Parecía real. Lo sentía todo, podía escucharlo, verlo, incluso olerlo. Lo único que no podía hacer era tocarlo.

Fernando falleció el año pasado. Llevábamos treinta y dos años casados. En aquellas imágenes se le veía exultante, feliz, en situaciones que desconocía. Aquello me fue relajando… De repente, Fernando ya no era el que conocía, sino un niño.

Le vi en la cuna sonriendo, en su sexto cumpleaños corriendo frenéticamente con los amigos, encestando de espaldas una pelota de tenis en una papelera sin que nadie lo viera, aquel partido en el que marcó cuatro goles, aquella primera chica que le gustó y le devolvió la sonrisa, su reacción al darme la vuelta el día que nos conocimos, lo mucho que disfrutaba cuando me hacía reír…

Le vi mirándome mientras dormía, sus cabezadas cuando velaba mi sueño en la convalecencia por aquella neumonía. Le escuché hablar de mí con pasión a mis espaldas. Aquellas ocurrencias que me contaba orgulloso donde todos rieron, aunque nunca fue gracioso. Vi su sonrisa al comprar ese regalo que tanta ilusión me hizo, traviesa, en un momento de sublime inspiración clandestina. Sentí su satisfacción al terminar con sus propias manos el armario donde guardamos nuestras ropas…

Le vi emocionarse con nuestros hijos. Vi sus esfuerzos por disimularlo. Vi cómo callaba para proteger a su amigo y mentía para proteger a su hija… Reconocí todos aquellos gestos que me enamoraron y otros muchos que me habrían conquistado… Allí estaba todo lo bueno, lo malo no tenía cabida. Ni la infidelidad, ni las discusiones o los desplantes, que también los hubo, pero que tan poco significaban ahora.

Aquella pastilla desvelaba todos aquellos pequeños éxitos, intimidades gloriosas, grandes logros y hazañas cotidianas que lo definieron, instantes infinitos que lo hicieron feliz y que nadie más apreció, ni siquiera yo. Asistía a la felicidad de aquel hombre al que tanto quería. Su felicidad destilada. Aquellos momentos fueron los que le hicieron sentir, vivir, muchos ya perdidos en su recuerdo cuando aún recordaba, rescatados por una minúscula cápsula para protegerlos del olvido. Cosas que le gustaba rememorar, aunque a nadie más importara, aunque se olvidaran. Y esas otras que seguro le hubiera gustado revivir y que ahora yo era capaz de sentir cómo le emocionaron a él.

Cuando desperté me sentí completamente descansada, con el alma barnizada. Descubrí que era algo que necesitaba, como si hubiera tomado un remedio para algo que no era consciente que padecía.

Las personas que quería jamás se verían reducidas al olvido, a la ignorancia, a un vulgar y superficial comentario que poco tendría que ver con ellos, como los que escuchaba cuando se referían a aquel abuelo o bisabuelo.

Mi hija me dijo que sólo hablaríamos cuando tomara la otra pastilla… En ese momento me di cuenta de que tenía miedo. Temí lo que pudiera ver porque lo sospechaba, pero la tentación era demasiado fuerte… Pasaron las horas con una lentitud exasperante. Mis nervios parecían ralentizar las manecillas del reloj… Nada más tragar la segunda pastilla me tumbé en la cama…

Lo que temía, y también deseaba, no tardó en aparecer. Era mi hijo. Marco. Allí estaba su sonrisa de bebé que recordaba perfectamente. Me complació y tranquilizó de inmediato, pero luego… lo vi pedaleando un triciclo mientras lo perseguía. Oía su risa nerviosa y eufórica, temeroso de que lo alcanzara… Oí con absoluta nitidez su primera palabra. Su primer “mamá”. Aquello me desconcertó.

Allí estaba soplando unas velas, jugando en el parque, haciendo sus primeros amigos, dando sus primeras clases… Estaba viendo su infancia al completo.

Sufrí con sus desengaños amorosos, me emocioné con su boda, lamenté su fracaso académico y me entusiasmé con el éxito de su negocio. Saboreé hasta el más mínimo detalle de las escenas donde estábamos juntos, en la intimidad, mirando el tiempo pasar, escuchando las confidencias del otro. Notaba sus caricias, los besos perdidos. No quería que terminara.

Me estaban regalando cada segundo, minuto, hora, todo el tiempo que hubiera compartido con él, sentía cada instante en su plenitud, como si realmente hubiera ocurrido. La pastilla hizo que su pérdida fuera real, pero también una vivencia. Me permitió vivir y sentir a mi hijo, que la posibilidad y la expectativa se transformaran en recuerdos.

Notaba cómo aquellos momentos, todos los años que Marco no vivió tras morir a los pocos meses, se asentaban en mi cabeza. Al despertar supe que me había convertido en otra persona, mucho más parecida a la que deseaba.

Después de desayunar, llamé a mi hija…

–Ahora sí, mamá. Yo conocí a Marco unos días antes que tú.

Aquella era la primera Navidad que pasaba sola… y en la que la compañía fue todo aquello que necesitaba.

 

sambo

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