DAN GILROY

 

 

4/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En toda película, pero especialmente en las de suspense o terror, el gran reto está en hacer olvidar la naturaleza del artificio, del propio artificio que es hacer una película, del artificio de esa película que estás viendo, porque se corre el riesgo de que el espectador se haga excesivamente consciente de él y tire por tierra toda la intención de la película. Es un riesgo y una gran virtud conseguirlo: hacer que te olvides el artificio, de que alguien lleva una cámara mientras uno asesina a otros y te identifiques con el director morboso y voyeur, haciéndote cómplice de su mirada y generándote las sensaciones y emociones que pretende.

Esa idea se convierte en metalingüística en esta espléndida película de Dan Gilroy. Una película, es decir, un artificio, que cuenta la historia de alguien que graba hechos reales (para el personaje), truculentos, de sucesos (asesinatos o accidentes), aunque para él apenas signifiquen nada, puro negocio, asumiéndolos como puro artificio e incluso arte finalmente. Hechos reales para él que en realidad son elementos de una película, es decir, un artificio…

La cámara de Lou Bloom (Jake Gyllenhaal) retrata lo escabroso y morboso de la ciudad seguido por la cámara de Gilroy y por nosotros mismos. Una cámara que retrata los hechos y se mantiene al margen, como los directores y espectadores de películas.

 

 

Otra de esas películas que por sus ambiciones contracorrientes, su tono oscuro y su aliento independiente, acaba siendo ignorada por la Academia y poco conocida por el público. Esta “Nightcrawler” se mereció más atención y premios en su año, un año bastante mediocre en general que regaló loas y nominaciones a títulos pobres y prescindibles, obviando otros muy apreciables como este que nos ocupa.

Un poco de “Taxi Driver” (Martin Scorsese, 1976) con un protagonista perturbado y sin filtros que vagabundea por una ciudad desquiciada con su coche; otro poco de “Crash” (David Cronenberg, 1996) en esa observación morbosa de la muerte y los accidentes, especialmente de coches, en su frialdad; y otro poco más de “El Ojo Público” (Howard Franklin, 1992), con ese pseudoperiodista que se anticipa a todos para ser el primero en llevar la noticia y la foto, incluso poniendo en escena. Incluso estamos cerca de “El Show de Truman” (Peter Weir, 1998), con ese morboso juego y crítica a los medios de comunicación y una sociedad podrida.

Unos referentes que han podido perjudicarla en la valoración general, por verla muy parecida a los títulos citados, recogiendo las mismas tesis sin poner unos puntos de vista novedosos.

Lo escabroso, los sucesos, los accidentes, las muertes, los asesinatos, la sangre… noticias que siempre venden bien y atraen al público, son utilizadas sin escrúpulos y medida en beneficio propio, eliminando cualquier atisbo de sentimiento o moralidad hasta convertirlos en una apariencia de sí mismos, una banalización de ellos, una imitación efímera para que creamos que no nos estamos deshumanizando.

 

 

Los primeros planos de la película muestran lugares solitarios que van urbanizándose paulatinamente, como si nos acercáramos a un lugar cada vez más sofisticado y moderno… donde descubriremos una amoral jungla. Se hace hincapié en un cartel de circo con dos equilibristas. El puro espectáculo, que será la base del morbo truculento en que se basa la historia.

El guión utiliza inteligentemente en contexto de la crisis para retratar a su protagonista, su forma de moverse, de maquinar, y a la sociedad de la que se sirve y le da cabida, que lo ha creado. Donde desde la frialdad y falta de escrúpulos, sin sentimiento de culpa, usará los vicios, la hipocresía y las necesidades de esa misma sociedad putrefacta para medrar usando como vehículo los medios de comunicación y el periodismo freelance, un nombre guay para llamar a los autónomos de siempre.

 

 

Por ello, en la radio oiremos menciones a la crisis, sin necesidad de subrayados posteriores, definido todo a la perfección en el soberbio guión de Dan Gilroy.

Un Príncipe maquiavélico moderno y urbano en una sociedad putrefacta.

La progresión y el desarrollo del personaje protagonista están realizados de una manera excepcional desde el guión y la puesta en escena con sutiles detalles y trazos precisos. Un desarrollo de un personaje que está íntimamente ligado a una demoledora crítica social a través de esos morbosos medios de comunicación que simplemente entregan la miserable carnaza que la gente anhela, una audiencia sedienta de emociones fuertes y, a ser posible, reales para consumirla desde la tranquilidad de su sofá, diluida, matizada y reblandecida por la pantalla de su televisor.

Una progresión manejada con maestría por Gilroy desde que recoge a su protagonista robando cobre y valla metálica hasta que lo abandona en la cima de su éxito.

 

 

Uno de los aspectos más brillantes e inteligentes del guión y la película, haciendo virtud de la economía de medios y del menos es más, es la forma en la que se retrata y critica a la putrefacta sociedad que da cabida al periodismo del morbo y a seres como Lou Bloom. Y es brillante porque no se la muestra en ningún momento, sólo se la entiende como cómplice y causa del progreso del protagonista. Si el protagonista nos resulta despreciable y le vemos medrar es gracias a esa audiencia que consume sus grabaciones, a esa sociedad putrefacta.

La intimidad ha dejado de importar. Ahora es un objetivo a conquistar, a pervertir, a desenmascarar, en una espiral amoral sin límite aparente.

Tanto Lou como Nina son despreciables, pero ellos tienen cabida y sentido porque no son los únicos despreciables, encuentran un gran caldo de cultivo en la gente, tan despreciable, por tanto, como ellos.

Nina y Lou los entienden y conocen a la perfección, por ello saben que la mezcla de efectismo y sensiblería es la combinación perfecta.

 

 

En esa sociedad, un personaje como Lou Bloom tiene perfecta cabida. Reivindicará su talento autodidacta, sus cursos de internet y de emprendedores progresarán, competirá como el que más, irá más allá, llegará donde ninguno. Un hombre competente en lo suyo, el mejor. Sumando punto a punto, éxito a éxito… Demostrará una ambición a prueba de bombas, una determinación total y absoluta y una gran verborrea… Se impondrá a cualquiera, incluso a la cínica Nina (Rene Russo). Es manipulador, pero no miente en exceso, calcula mucho cuándo y cómo hacerlo (por ejemplo con su formación).

No se cortará el solitario Lou y propondrá una relación personal, casi como una oferta de trabajo, a Nina, recurriendo a la presión y el chantaje. Rodado con planos traseros. Cita que conseguirá.

Sus reportajes morbosos terminarán extendiéndose por todas las televisiones, especialmente cuanto más explícitos y retorcidos sean. El morbo viral que tantas veces sufrimos en nuestras carnes y que se desvanece tan rápido como llega…

 

 

Por su parte, Joe Loder (Bill Paxton), otro freelance que rechazó a Lou como colaborador, propondrá a nuestro protagonista aliarse con él para abarcar más territorio, pero ahora será rechazado por él.

“Me paso el día en el ordenador. No he recibido una educación formal pero se puede encontrar de todo si se busca bien”.

Es maravilloso el plano donde Nina y Lou se dan la mano ante un gran e irreal mural de la ciudad que los nutre, de la que se sirven, la pútrida ciudad. Cuando va a sentarse en el lugar del locutor, en soledad, vemos a Lou desenfocado en primera instancia en el visor de la cámara, para quedar definido al tomar asiento. Es una imagen que me lleva a “Taxi Driver” y el famoso momento de Robert De Niro ante el espejo.

“En la televisión parece tan real”.

 

 

Hay otro momento entre Nina y Lou francamente brillante y terrorífico, también con un foco visual de fondo. Es al final, con una entregada, admirada y sensual conversación entre esos dos psicópatas ante el rostro agonizante del desventurado Rick.

–Frank (Kevin Rahm): ¡Dios, te pareces a Lou!

–Nina: Lou nos ha inspirado a todos para llegar a cotas más altas.

Sí, son tal para cual.

Una psicopatía inteligente y muy consciente, que se manifestará cuando se vea superado por la competencia, por ejemplo por el personaje de Paxton, algo que pagará con su ayudante, al considerarle responsable de llegar tarde al accidente aéreo en cuestión. Su estallido de locura ante el espejo es escalofriante.

 

 

–Así, la progresión de ese Príncipe maquiavélico que interpreta Jake Gyllenhaal se inicia desde lo más bajo, cuando le vemos robando cobre y valla metálica para venderlos, atacando y robando a un guarda de seguridad sin los más mínimos escrúpulos y con escalofriante frialdad. Una venta donde ya muestra su seguridad en sí mismo, negociando con soltura y sinceridad, reivindicando sus virtudes sin tapar sus lagunas. Una escena enmarcada en las vías del tren, con trenes pasando, en perfecto símbolo del destino y el tránsito vital al que asistiremos.

“Mi lema es: Si quieres ganar la lotería consigue el dinero para comprarla”.

“No pienso contratar a un puto ladrón”.

El rechazo del chatarrero a la petición de trabajo de Lou ejemplifica a la perfección esa hipocresía de una sociedad podrida. Es decir, accede y negocia por su mercancía robada, se sirve de él, pero luego le recrimina su actividad, que le proporcione ese material siendo robado… Una pescadilla que se muerde la cola para Lou, que roba por no tener trabajo, pero no consigue ese trabajo por robar…

 

 

–Una fantasmagórica visión, que nos sitúa casi en el mundo de la excepcional “Crash” de David Cronenberg (1996), inspirará a Lou Bloom para lo que será su futuro. Un accidente, medios morbosos como buitres en busca de carroña muerta, la venta del video y la noticia… el mundo periodístico freelance.

Aquí la ironía se hace brillantísima. Lo que no aceptan los de la construcción y la chatarra, con su hipocresía pero ciertos filtros, sí lo aceptarán felizmente y con alborozo los medios de comunicación… A ese lobo con piel de cordero. Lou Bloom.

–La televisión está muy presente en la vida de Bloom, siempre encendida. Descubrirá su importancia, cómo sirve de altavoz a la noticia que presenció el día anterior una vez fue vendida. Su apartamento está bastante aseado. No queda claro cómo se lo permite.

En la televisión verá una película de Danny Kaye, “El Bufón de la Corte” (Melvin Frank y Norman Panama, 1956), con la que se reirá a gusto.

 

 

–El robo, que ya vimos no es ajeno al protagonista, le proporcionará la bicicleta que cambiará por una cámara y un receptor de radio… comenzando su nueva profesión de retratista del morbo (fantástica elipsis). Bloom se recogerá el pelo cada vez que vaya a entrar en acción. Le veremos vender su bicicleta con un plano fijo del dependiente con Bloom entrando y saliendo de cuadro a pedal…

 

 

–Sus primeros intentos para conseguir material morboso y exclusivo serán torpes, inseguros, cometiendo fallos, pero aprendiendo de ellos y sobre la marcha. Es consciente de la competencia y se ata los machos para ser el mejor… Aprendiendo a ser más eficaz. Irá a la televisión a vender su producto, sus imágenes, y conocerá a la horma de su zapato, Nina (Rene Russo), una mujer sin escrúpulos que lleva uno de los programas que se surte del material freelance. Un vínculo entre dos personas condenadas a entenderse, que entienden a la perfección cómo funciona el medio. Dos personas sin filtros.

Cuanta más sangre, cuanto más gráfico, mejor. Dar ese paso, ese reportaje que va un poco más allá enseñando más, siendo más explícito, va marcando un punto de no retorno. Accidentes, violencia, víctimas, crímenes… lo más gráfico posible. Pero debe quedar claro, que no son sólo ellos los despreciables…

“La mejor forma que se me ocurre de que entiendas la esencia de lo que emitimos es que imagines nuestro telediario como una mujer corriendo por la calle con el cuello rajado”.

Toda esta conversación, la que sella el vínculo, está rodada en un travelling sin corte por la redacción.

 

 

Lee aquí la Última Parte del análisis.

 

Leave a reply