MI PRIMER CONTACTO CON 2001

MI PRIMER CONTACTO CON 2001

CINE

 

 

 

 

 

 

No ha sido fácil mi relación con el clásico de Kubrick, desde bien jovencito hubo problemas. En tres o cuatro ocasiones me dispuse a verla con concienzudo interés sin lograr terminarla, de los pocos casos en los que me ha ocurrido. Dos de ellos, al menos, fue por una inconsciente pérdida de interés…

Soy maniático, no admito interrupciones ni distracciones durante los visionados, rompiendo los intentos con un aspaviento, al menos cuando no tenía acceso al botón de pausa, lo más rápido posible. Pero por alguna razón con “2001: Una odisea del espacio” (Stanley Kubrick, 1968) la distracción llegaba sola… De repente, una conversación de mi hermano con mi madre u otra cosa parecida, terminaba llevando mi atención de la música de Strauss a eso otro que aconteciera… casi como si fuera bienvenida la distracción, deseada…

Me costó, sí, me costó hasta conseguir una grabación, encerrarme en mi habitación a oscuras y disfrutar así por fin de la hipnótica narración kubrickiana.

La anécdota de este articulito viene a contar el origen de mi maldición, rota hace años como explico, con esta película. El primer intento interrumpido, si se puede llamar así, de verla.

Yo era un mico obsesionado con Star Wars. “La guerra de las galaxias” era el súmmum de todo cuanto una mente infantil podía esperar en términos galácticos. Como ya he comentado en ocasiones, vi plasmados mis propios sueños en celuloide con ella, ¡esos “dinosaurios” robóticos de “El imperio contraataca” (Irvin Kershner, 1980) los había pensado yo! No había nada que lo pudiera igualar, qué decir superar… ¿Qué podía haber más grande que un dinosaurio y más poderoso que un robot? ¡Imposible!

Qué tierna inocencia, cuando no sabía ni cuantas películas de Star Wars había, yendo, tras ver la primera, esperando encontrar más. Y esto sin ser un fanático devorador de todo su universo, que conste.

Sabiendo esto, mi madre leyó en una revistita una noticia que vendría a echar un jarro de agua fría en mi entusiasmo galáctico, a la vez que reconducirlo hacia algo inexplorado que expendiera mi fascinación por otros títulos. La revista aseguraba que “Star Wars” no era la mejor película de ciencia ficción, que había otra mejor.

Yo, que ya sabía leer y todo eso, consideraba ciencia ficción todo aquello en lo que salían naves, claro, por lo que la noticia me perturbó. ¿Qué podía ser mejor que Star Wars? ¿Qué podía ser más imaginativo, grande e impactante que unos dinosaurios robóticos? ¿Qué demonios saldría en esa desconocida película para ser mejor que la trilogía de Lucas? ¿Cómo sería aquello? Recuerdo que hasta dediqué tiempo a pensar cosas imposibles que pudieran incluirse en una película que superara a aquello que había visto en Star Wars… y nada se me ocurría.

Leí la revista. Recuerdo hasta dónde y cómo. Tumbado en el sofá del salón. “2001: Una Odisea del espacio”. No sé si habría oído hablar de la película ya, quizá sí, pero desde luego no sabía nada de ella.

Acto seguido, y como poseído por una necesidad delirante, cogí a mi padre, arrebatado perdido, y le pedí que trajera esa película con urgencia: ¡2001! ¡Una odisea del espacio! ¡Rápido, por Dios!

Mi padre solía sumergirse en su mundo de concentración, por lo que seguramente tendría que repetírselo, pero me aseguró, cuando se percató de mi presencia, que la traería sin falta en cuanto fuera al videoclub. Y así lo hizo.

Normalmente se traían más películas los fines de semana, por aquello del tiempo libre, pero recuerdo que casi siempre solía haber alguna por allí. El caso es que el bueno de Kubrick no tardó en aterrizar en mi casa con su nave al ritmo de Strauss… Aunque no capté muy bien yo la cosa en aquel momento.

Cuando vi que tenía la película a mi disposición, que simplemente tenía que introducirla en el video y darle a rebobinar, porque casi nadie le daba aunque se pedía por activa y por pasiva, no pude esperar. Y es ahí donde comenzaron mis dificultades con este clásico.

Pedí poner la cinta un breve instante, sólo para recibir un primer impacto sobre lo que me esperaba. Quería ver alguna imagen al azar para hacerme una idea de aquello tan increíble que ofrecería esa película que superaba a Star Wars, eso que no era capaz de imaginar, antes de verla completa. Rebobinar, pararla en un momento al azar y ver unos segundos…

No sé si hizo falta rebobinar o la rebobinamos entera, pero aún recuerdo aquel momento. Mi padre y yo de pie ante la televisión adelantando la imagen hacia el comienzo para ver fugazmente sus imágenes. Me ponía los pelos de punta recordar cómo comenzaba Star Wars, con ese crucero atravesando la pantalla sin fin y los rayos láser disparándose. ¿Cómo superarían eso?

Con unos monos.

Sí, de repente las primeras imágenes que pusimos casi al azar en los inicios de la cinta, nos mostraban a unos monos… que no parecían monos del todo… Allí jugueteaban y hacían sus cosas, sin que nadie dijera nada. Los monos no hablan, pensaréis, ¿quién iba a decir algo? Pues el presentador del documental, por ejemplo. Ya lo entenderéis.

Aunque avanzábamos ligeramente la película, los monos no se iban, por lo que la decepción cayó como un jarro de agua fría… No entendía nada.

Mi suerte, como la de todo crío, es que mi padre puso luz al asunto, iluminó mi intriga, como hacen siempre nuestros mayores: “A ver. Esto es que se han confundido y han puesto un documental de animales en vez de la película… o peor, que han grabado encima, como ocurrió aquella vez…”. Sí, como lo leen, mi padre convirtió “2001: Una odisea del espacio” en un documental sobre naturaleza por una incompetencia del dueño del videoclub, que ya era sospechoso y reincidente.

Mi sensación es que en mi fuero interno yo sabía que aquello no era un documental, pero las expectativas se me vinieron muy abajo y pasó bastante tiempo hasta que intenté verla de nuevo, ya que en esa ocasión no lo hice y la urgencia con la que la pedí cesó en ese mismo instante…

De lo que nunca he estado seguro es de la veracidad de la respuesta de mi padre. En su juventud era muy cinéfilo, aficionado a las sesiones de Arte y Ensayo… ¿Creyó mi padre, en realidad, que aquello podía ser un error del videoclub ante mi insistencia de que era una película de Ciencia Ficción aún más genial que Star Wars mientras que en pantalla salían monos, o sabía demasiado bien lo que le esperaba ante la televisión esa noche y como un último y desesperado recurso para evitar lo que podía ser una velada de tedio exasperante inventó la excusa? ¿Sabía mi padre que iba a tener que tragarse esas imágenes psicodélicas que la llevaron al éxito cuando jóvenes colocados y seducidos por ellas en la sesión golfa evitaron el fracaso al que parecía destinado irremediablemente el film? ¿Sabía mi padre que iba a ver monos, naves danzarinas al ritmo de Strauss, planos con colorcitos, monolitos negros que aparecen de repente, silencios eternos, máquinas cantarinas y bebés rarunos? Una duda irresoluble, porque él ni siquiera se acuerda de esto…

Es una incógnita, mucho más inquietante y codificada que la que Kubrick escondió en el monolito, que cuando llegue a Cinemelodic quedará, como no, desentrañada sin problema.

 

sambo

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