MI PIONERA

MI PIONERA

RELATO

 

 

 

 

En la primera imagen que recuerdo de ella llevaba una camiseta deshilachada que apenas le cubría los hombros y movía una melena rubia en todas direcciones al ritmo de una melodía ochentera llena de sintetizadores. Raro era el día que no lo hacía. Me lanzaba miradas divertidas y juguetonas que me hacían sonreír. Como tantas chicas de su edad.

Sí, le gustaba bailar y coser, era activa y serena. Pura contradicción. Y pintar. Pintaba a todas horas y casi siempre tenía la ropa y la piel con salpicaduras. Le gustaba mucho la fiesta y nunca dejó de gustarle. A mí me conoció gracias a una… Nada fuera de lo corriente, imagino.

Tenía un carácter afable, sencillo y firme. Nunca la vi alzar la voz ni discutir con nadie, aquello le aburría sobremanera. Huía de los conflictos con la misma determinación con la que dejaba claras sus ideas. No parecía temer a nada y mucho menos a la soledad.

Hablaba horas por teléfono, muchas veces sólo escuchaba. Sabía escuchar. Paseábamos todos los días. Siempre solía llevar el pelo suelto y le gustaba que el aire le diera en la cara. Me contaba todas sus historias y me explicaba todo aquello que sabía sobre lo que íbamos viendo. También escuchaba mis paranoias ilegibles…

Me gustaba verla sumergida en su mundo mientras yo lo estaba en el mío, con la mirada perdida tras una ventana o frente a un libro. Cuando comíamos juntos no había protocolos ni formalidades, aunque no siempre se lo ponía fácil. Era una magnífica cocinera.

Lo compartíamos todo. Me encantaba ver la televisión con ella. Era tremendamente generosa. Casi siempre veíamos lo que yo quería, pero jamás puso una mala cara. Le gustaba dormirse sintiéndome en su pecho.

A menudo las cosas le iban mal, pero jamás perdió aquellas ganas de mover esa melena con la que le gustaba hacerme cosquillas en la cara. Tenía una carcajada entre aguda y sorda. Siempre me miraba con aquel rostro fino y sereno, jamás me transmitió preocupación o angustia. Con ella todo parecía seguro y a todo le daba una caricia.

Antes de conocerla había trabajado en un montón de sitios. Fue cajera y panadera, sirvió copas y soportó babosos. Dejó muchos empleos y la despidieron de otros. Se puso a estudiar a los cuarenta y llevó las cuentas en una pequeña empresa de alimentación durante muchos años. Le echó narices, como tantas otras.

No le gustaba el deporte, era tremendamente perezosa para el ejercicio, pero siempre tuvo un cuerpazo. Se podía tirar una mañana eligiendo la ropa con la que iba a salir. A mí me gustaba como le quedaba todo. La echaba de menos media hora antes de que se fuera y echaba de más la media hora que faltaba para que volviera.

Comenzó muchos viajes, descubrió atajos, cayó en infinitas vías muertas, alcanzó buscados destinos… como han hecho tantos. Con el tiempo nos alejamos, aunque nunca del todo. Con los años fueron otras mujeres las que me acariciaron con sus melenas, aunque de otra forma, pero nunca dejé de verla.

Escuchó a menudo que todo lo que hizo no fue importante, que fue una más de tantas, que era mediocre. Oyó muchas cosas que le daban exactamente igual. Nunca quiso trascender, nunca quiso ser nadie destacado, todo aquello le importaba una mierda. Era un alma libre y, sobre todo, feliz, a la que sólo le importaba lo que quería y lo que le gustaba. Sus ambiciones sólo la saciaban a ella y a los que ella elegía.

No fue especialmente guapa ni brillante, no hizo ninguna hazaña con la que servir de ejemplo. Nunca se consideró especial. Era una más de esos exploradores originales de nuestros propios caminos, esos que nadie pateará antes que nosotros. Solía decir que nunca ganó nada ni fue la primera en ninguna cosa, carecía completamente de presunción, pero para mí era sencillamente excepcional y objetivamente única. Siempre lo fue todo, incluso cuando la abandoné, cuando la hice de menos o me avergoncé de ella…

Cuento estas cosas a menudo, necesito contarlas y recordarlas, y suelen decirme que soy pesado, que no tienen nada de particular, que son recuerdos cotidianos que todos tenemos, aunque pocos mencionan.

Ya no queda nada de aquella melena rubia. Tiene un pelo corto de un blanco puro y brillante que acaricio a diario. Ahora nos miramos con ternura, diciéndonos las cosas sin hablar antes de sonreír. Seguimos viendo la tele, aunque ahora vemos lo que ella quiere, y escuchando música ochentera, pero sin bailes.

Cuando paseamos le cuento todas las historias que sé de aquello que miramos y ella me recuerda las viejas visitas a aquellos lugares de hace años.

Ella fue casi todas mis primeras veces. Fue la primera que me dio de comer y la que me enseñó a cocinar, fue mi primera sonrisa y mi primer consuelo, mi primera voz y mi primer oído. Fue mi primer paso y mi primer apoyo, mi primer suspiro y mi primer beso. Mi primera maestra y mi primera palabra.

Fue mi pionera y es mi madre.

 

sambo

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