METALLICA Y LA DECEPCIÓN

METALLICA Y LA DECEPCIÓN

MÚSICA

 

 

Por @NanookTheEskimo

 

 

 

 

 

 

Hay varios enfoques a elegir para realizar un análisis de lo que se vivió el viernes en Madrid en el concierto de Metallica. Uno de ellos sería el puramente sociológico, que nos llevaría a preguntarnos cuándo dejamos de vivir en el mundo real y comenzamos a hacerlo a través de Matrix, cuyo portal de entrada son las pantallas de los teléfonos móviles.

Una segunda pregunta sería sobre la ausencia de los heavies veteranos, de ésos que siguen llevando sus chalecos con parches, testigos de mil y una batallas, bolos y festivales, aunque ya no cierren, aquéllos que, pese a los estragos de la alopecia, siguen abrazando un corte de pelo que cabalga entre los hermanos de Castro en los 80 y el Doc de Regreso al Futuro. Ambas preguntas están íntimamente relacionadas.

El público ha cambiado, y no precisamente para bien. Sería incapaz de dar una estadística, pero me apuesto mi colección completa de guitarras a que más del 70% de las más de 65000 personas que estuvieron el viernes en IFEMA no responden al canon de fan de Metallica. La estética no parecía contradecir este aserto, pero su actitud se limitaba a confirmarlo. De un concierto así esperas salir con las cervicales hechas polvo a base de headbanging, ronco de corear letras, aunque no te las sepas, pero lo suficiente para dejarte las cuerdas vocales gritando “DIE!” en la parte central de Creeping Death y de bramar “SEEK AND DESTROY” o “MASTER!”. Con harto dolor reconozco que apenas ocurrió nada de eso, salvo en honrosas excepciones que seguro hubo. El referido 70% del público estaba allí por el acontecimiento social, más pendiente de poder contar en sus stories de Instagram que ellos estuvieron viendo a Metallica, por mucho que su conocimiento de su historia sea nulo y que la relación con su música se reduzca a Nothing Else Matters y Enter Sandman. Este tipo de gente va a los conciertos a recibir impactos visuales, sonoros… pero no son en absoluto activos salvo para levantar sus putos móviles para grabar otro puto vídeo para su puto Instagram. Antes de un concierto así suele haber un poco de nerviosismo, de ganas de participar activamente en la fiesta que al final es todo concierto. Esta gente no. No saltan, gritan, berrean ni nada. Como mucho beben o se drogan, pero no forman parte de ese gran todo que es el show, lo que redunda en una atmósfera con una energía enormemente extraña, apática y desganada. Atmósfera de influencers al parecer.

 

 

 

Además de lo anterior, Metallica poco contribuyó a mejorar las perspectivas. Es obvio que una banda con semejante puñado de temazos siempre va a mostrar cosas interesantes en directo, pues precisamente eso tienen las grandes canciones: sonarán como cañones pese a tocarse a medio gas. Me he propuesto no criticar el set list, cosa ardua en extremo, pues, precisamente por lo nutrido del repertorio de la banda, siempre habrá cosas que se queden fuera, pero el coste de oportunidad inherente a tocar algunas cosas inusuales o directamente olvidables (No leaf clover, Lords of Summer o, sobre todo, St. Anger) implicaba obviar Fade to Black, The Four Horsemen, Fuel, Blackened, Battery, Fight Fire with Fire o Ride the Lightning, que sí han sonado en otros shows de la gira. Malo si nos acordamos más de lo que no se tocó que de lo que sí fue interpretado. Bien, ya he hecho lo que me propuse no hacer. Dicho esto, el Disposable Heroes en tercer lugar fue francamente emocionante.

 

 

 

Metallica es la última gran banda de rock. Punto. Quizá estoy equivocado, pero estos señores parecen tener acceso a recursos casi ilimitados a la hora de plantear sus shows. Por ese motivo, me parece imperdonable la pésima calidad de sonido entregada. No cabe en mi pelada cabeza que Metallica suene poco y mal. Desde la pelota informe del primer tema (Hardwired to self destruct), en la que solamente se oía un bombo, hasta los solos inaudibles de Hammett, pasó más de una hora hasta que se pudo percibir cada instrumento por separado, y no siempre. De la parte interpretativa me quedo con la profesionalidad de Trujillo y las ganas de Hetfield. Menciono las ganas, pues había más voluntad que tino. Su voz se notaba tocadilla, y le costó bastante entrar en calor. Cuando lo hizo tampoco es que fuera para volverse loco, pero no fue flagrante, cortesía de las cantidades industriales de Auto tune y compresión que emplea. Ahora viene una pregunta relativa a Lars Ulrich: ¿Por qué? ¿Le ha ocurrido algo para que se le olvide tocar la batería? Estamos de acuerdo en que nunca ha sido un monstruo aunque el sonido de Metallica se debe en gran medida a su peculiar forma de suplir sus múltiples carencias, pero hace tiempo que traspasó el umbral de la desvergüenza. Hacia el año pasado parecía que se entonaba un poco y se ponía en forma, pero lo del viernes fue la constatación de que no sabe tocar, se le ha olvidado lo poco que sabía tocar y, lo que es más grave, no tiene ninguna intención de ponerle remedio. Esto me lleva al siguiente asunto: Metallica como multinacional. No es una hipérbole, no. Metallica, Inc. existe y es una empresa, como todas, cuyo único fin es explotar unos recursos para generar dinero. Metallica hace tiempo que abandonó su imagen de no hacer prisioneros y se convirtió en una máquina de facturar por discos, merchandising, cerveza o cualquier concepto que se nos pueda venir a la cabeza. Un concierto de Metallica ya no es ir a ver a cuatro tipos que tocan música heavy que les gusta y que, en cierto modo, salvan durante un par de horas a la ciudad donde están del reinado de terror del reggaetón y la mierda electrónica. Ya no. Son cuatro millonarios que cobran cien euros por entrada para despachar un show medido al milímetro para tipos más preocupados, repito, de poner morritos en sus selfies, carne de Stories, que de la descarga de rock que tienen detrás. Con semejantes pronunciamientos, la pregunta que surge es triste pero cierta, Sad but True: ¿Metallica quiere fans o quiere clientes? Que lo diga, pero que no nos haga salir de los conciertos con sensación de, como clientes, haber sido estafados.

 

 

Cómo sería el asunto que me quedo casi más con la actuación de Ghost, los teloneros. Unos tipos con el sentido estético de King Diamond, mezclando los ritmos de apisonadora de Rammstein, con un toque melódico digno de Kiss, Iron Maiden y, por momentos, Dokken. Seguidlos y, sobre todo, no os engañéis con su apariencia, os sorprenderán.

Anónimo

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