MEMORIAS DE UNA BUTACA: El Tamaño Importa

MEMORIAS DE UNA BUTACA: El Tamaño Importa

CINE

 

 

 

Por JUVENAL GARCÍA

 

 

 

 

Quienes tenemos exactamente mi edad, entre los culturetas de nuestros familiares y amigos más creciditos y nuestros hermanos pequeños, que se convirtieron en los paso-de-todo, debemos aclarar un malentendido: el cine de autor, el cine para intelectuales, el que trataba la infinitud del individuo frente al cosmos y tal, no lo veíamos en salas de cine.

En realidad el cine de autor durante el último franquismo no se abrió paso en las salas, sino en los cine-clubes de barrio –normalmente sostenido por una asociación de vecinos normalmente regentada por gente del PCE– y en la 2, donde los miércoles había un programa que se llamaba precisamente así: Cine-Club. En algunas casas también había gente que tenía libros, discos y películas prohibidas por la censura que atravesaban las fronteras.

La sociedad y el régimen se llevaban mal con este cine por varias razones: normalmente estaba fuertemente politizado, normalmente trataba temas sociales que a la dictadura no le gustaban y, para colmo, solía haber teta y a veces hasta pililas. Motivo por el cual muchos veíamos Cine-Club. Perdón, quería decir “motivos por los cuales”.

Hasta finales de los setenta lo de ir al Alphaville, Renoir, etc. (en Madrid) no fue una cosa extendida entre la mayoría minoritaria de los que queríamos ligar por el lado de la labia. En los cines de la Gran Vía o “del centro” tuvimos que esperar bastante hasta poder ver en gran formato A Clockword Orange (La Naranja Mecánica), Paths of Glory (Senderos de Gloria) y otros éxitos del cine de autor fetén, mientras que tuvimos que ver en pequeño formato maravillas como Die Blechtrommel (El Tambor de Hojalata, Volker Schlöndorff, 1979).

Yo creo que somos muchos los que dormimos con Bergman, a Renoir o a Fassbinder en aulas incomodísimas de institutos de barrio o en salones de actos inmundos en nuestros barrios de la periferia. Muchísimas veces en salones parroquiales: era la época de los curas obreros y la Teología de la Liberación.

 

 

Muchos veíamos con una mezcla de envidia y fastidio a todas esas personas que se embobaban igual con las diapositivas de Juan Salvador Gaviota que con Persona (Persona, 1966), deseando volver a quedar con los amigos para ver en el Lope de Vega, en el Avenida o en el Palacio de la Prensa Tiburón (Jaws), Rocky o The planet of the Apes (El Planeta de los Simios). Es posible que no tuviésemos edad ni ganas de aguantar películas con dos personas que pasaban minutos enteros sin hablar o que tardaban lo que parecía un mes en dar una réplica. Para muchos de nosotros ver a Werner Herzog hacer un papel secundario en The Mandalorian a las órdenes de Jon Favreau ha representado una manera oscura, tortuosa, casi culpable, de ver cómo el tiempo hace justicia por habernos hecho ver Fitzcarraldo o haber rehecho sin que mediara provocación alguna Nosferatu, la obra maestra de F. W. Murnau.

Es cierto que vimos todo aquello y que probablemente nos dio una cultura y una mirada y todas esas cosas. El cine de los países del este nos enseñó que se podía hacer un cine comprometido con la realidad de la clase trabajadora y tal… aunque su obra maestra fuese Solaris, peli excelente que no trataba precisamente de marineros sublevados ni de agricultores que pintan el tractor comunitario.

Para nuestra generación –vuelvo a lo que quería decir tras tanto mcguffin– la división del cine intelectual, de autor, bueno y aburrido, digo independiente, se asoció, por tanto, ineluctable y eternamente con las pantallas pequeñas de cineclubes, minicines y hasta superochos. Sin embargo, el gran cine, el cine-cine, el tocho, era para las grandes pantallas.

De ahí, probablemente, la clásica y graciosísima distinción que parodió el maestro Forges entre pinículas y flims, distinción que también había (y conseguimos endiñar a las generaciones venideras) entre tema y canción. Para nosotros, las pinículas, a lo grande, cinerama o 75 mm. Los flims para las pequeñas salas. Lo de cinta ya era para salir corriendo y no voy ni a mencionarlo.

Y siempre, siempre con alguien con quien demostrar que éramos de lo que Chandler llamaba “Cofradía de la Mano Errabunda”. Pero esa es otra historia que también contaremos.

 

Anónimo

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