MEMORIAS DE UNA BUTACA: El cine que (no) veíamos en la tele

MEMORIAS DE UNA BUTACA: El cine que (no) veíamos en la tele

CINE

 

 

Por JUVENAL GARCÍA

 

Hoy en día nuestros hijos ven las películas casi como se ven en una pantalla de cine, muy cerca de la intención artística de quienes las han hecho. Nosotros, que presumimos tanto de haber visto tanto cine, tendríamos que matizar mucho nuestra afirmación: de las películas realizadas entre 1953 y la extensión, a mediados de la década de 2000, de la llamada pantalla panorámica en los hogares, rara vez vimos la versión original fuera de los cines. De ahí la importancia y el éxito de los cineclubes de los que hablé y de los ciclos retrospectivos que muchos cines proyectaban de cuando en cuando.

Y dado que el setenta por ciento o más de nuestra cultura cinematográfica se la debemos a “Sábado Cine” (pelis comerciales), “Cineclub” (pelis de autor) y la peli de los sábados por la tarde (“Sesión de Tarde”, con grandes clásicos del cine fantástico, aventuras y western), resulta que nuestros chavales pueden ver más y mejor cine clásico de lo que nosotros vimos jamás si se ponen a ello. Por supuesto, empleo la expresión “clásico” en su acepción relativa en el tiempo. Hay la misma distancia entre “Tiburón” (Jaws, 1975) y la actualidad que entre “Tiburón” y “El Ángel Azul” (Der Blau Engel, 1930), obra maestra estrenada nueve años antes de “Lo que el Viento se Llevó” (Gone with the Wind, 1939) que, a su vez, se estrenó cuando finalizó la Guerra Española.

Pero dejemos el “mcguffin” de qué viejos somos y expliquemos lo que nosotros veíamos en la tele cuando ponían películas. Para empezar, sólo veíamos con cierta fidelidad las películas anteriores a 1953 porque en los inicios del cine la relación de aspecto, es decir, las dimensiones de las pantallas, se correspondían más o menos con las proporciones de los fotogramas de cine. Al principio eran iguales: 4:3 (es decir, el ancho era al alto lo que 4 es a 3 y sus múltiplos).

Cuando se introdujo la banda sonora en el revelado de las películas, había que hacer un poco de sitio, así que la proporción, que apenas era perceptible, se ensanchó un poco para venir a ser de 5:3. No era un cambio muy grande, así que “Casablanca”, “El Tercer Hombre”, “Ciudadano Kane”, “Laura”, las de Spencer Tracy y Katharine Hepburn y todo el gran cine negro de la posguerra mundial, así como Tarzán, las vimos más o menos como se hicieron. También “La Fiera de mi Niña” (si no lo digo mi anfitrión en este blog seguro que me lesiona).

El problema es que el cine se encontró con la enorme competencia de la televisión por el favor del público. Se anunció el fin de los cines, el cierre de los estudios, la ruina de las estrellas, la concatenación de los exorcismos. En parte fue así: la televisión supuso el fin del star system y del sistema de estudios, que fue languideciendo hasta que Cimino lo remató definitivamente. De modo que la industria de la cinematografía pensó dos cosas:

Una: que podría investigar cómo ofrecer en las salas lo que la gente no tenía en el televisor.

La otra: la amplitud de miras llevada a extremos de espectáculo total mediante la extensión de la gran pantalla. De hecho, el apodo del cine “silver screen” (“pantalla de plata”, por el tejido idóneo de proyección y el nitrato de plata de la emulsión fotográfica) pasó a ser “great screen”, la gran pantalla, por oposición a la TV, la “pequeña pantalla”.

Esto abrió una carrera por el aspecto y la estética, que llegó a alcanzar extremos de grandeza tremendos con sistemas de proyección de tres cámaras sobre pantallas descomunales y ligeramente curvadas (Cinerama) y la gran pantalla gigantesca (Cinemascope o Todd-AO). Cada una tenía su relación de aspecto: Todd-AO: 70 mm (tamaño de fotograma) y relación de 2:21:1, apenas usada una vez pasó la fiebre de las pantallas faraónicas; Cinemascope: 2:35:1, etc… Esto explica que a veces, aunque tengamos una flamante tele 16:9 o “panorámica”, veamos algunas películas con las bandas negras arriba y abajo o, si vemos una clásica, con las bandas negras a los lados. Se llaman mattes, por cierto. Para que presumáis en alguna cena con amigos.

Todo esto viene porque, a diferencia de cuando veíamos esos peliculones proyectados originalmente en aquellas enormes pantallas, la emisión televisada tenía que apañárselas y, en nuestro caso de españolitos, a la censura del régimen se añadía la –involuntaria—censura  tecnológica.

Para empezar, los títulos de crédito de una película como Ben-Hur –de visionado obligado en Semana Santa y Navidad—no se podían poner en la pantalla de la tele porque no se vería completo.

Aspecto original (2:66:1, 16 mm):

 

 

Como entonces no había pantallas de TV grandes y poner las bandas negras (letterboxing) era tecnológicamente imposible y suponía reducir todavía más el tamaño de lo que se veía, lo que hacían era deformar el fotograma:

 

 

Cuando los títulos se sobreimpresionaban sobre personas y animales en movimiento, los cuerpos se estiraban y deformaban de forma cómica.

El problema añadido es que, como sería imposible ver la película con las personas deformadas (aunque en algunas se mantenía algo de la distorsión), los fotogramas volvían a su proporción y, claro, dejabas de ver el fotograma original que se habían currado el director y su dire de foto, de manera que una escena majestuosa como esta:

 

 

La veías tal que así:

 

 

Imaginaos cuando, de pronto, un gran cine de nuestra ciudad reestrenaba estas películas (Cleopatra, Los Diez Mandamientos, Lawrence de Arabia, etc.) a toda pantalla, por ejemplo, en el tristemente demolido Real Cinema en la Plaza de la Ópera de Madrid. Entendíamos entonces la grandeza, la monumentalidad de la obra de los grandes: Wyler, DeMille, Lean…

Sigamos el viaje de lo que veíamos, a veces a escondidas, esquivando los rombos de la esquina de la pantalla o con el permiso culpable de nuestro tío favorito: en la televisión el aspecto a veces eliminaba también la retórica que el director había usado para contar una historia. Así, en la confrontación entre dos personajes, en la tensión de la manipulación de un personaje hacia otro, en la violencia soterrada de un duelo entre el detective y el asesino, podíamos perdernos muchas cosas…

Fijaos en este fotograma de Chinatown (Chinatown, 1973):

 

 

Nicholson cuenta lo que cree que está pasando ante el aburrimiento y el desdén de uno de los policías que no quieren meterse en líos investigando un caso de corrupción en el Ayuntamiento de Los Ángeles.

Esto es lo que veíamos nosotros:

 

 

Además, claro, perdíamos el trabajo cinematográfico y el tratamiento del color (tan setentero) de John A. Alonzo (que también trabajó en Scarface). A lo del color le dedicaremos otro post en el futuro, porque también tiene su cosa.

Con la extensión de los aparatos de reproducción de video la industria llegó a la conclusión de que era incómodo forzar el poner las bandas negras y mostrar el aspecto original del fotograma. Y como la industria estadounidense es eso, una industria, las películas de los ochenta y de primeros de los noventa se rodaban con encuadres “televisivos”, con los personajes y la información esencial en el centro del fotograma. Luego vinieron las benditas televisiones panorámicas y aquí estamos ahora.

Resumiendo, muchos de nosotros veíamos, a veces a escondidas, películas deformadas, censuradas en su texto y sin el color que se trabajaron los realizadores de las películas. Teníamos que esperar, a veces inútilmente, a reposiciones, homenajes o cineclubes para ver las películas más o menos como se hicieron, como querían los realizadores que las viéramos. Igual es por eso tanto cariño al cine en blanco y negro de antes del 53. Igual es porque ese era un cine que vimos casi tal cual era. Antes de la guerra con la televisión.

Antes de que la televisión nos devolviera otra vez el cine.

O casi.

Anónimo

There are 2 comments on this post
  1. Jaime
    octubre 21, 2020, 9:56 am

    Yo vi en 2001 una copia restaurada en 70mm de Lawrence de Arabia en el Egyptian de Los Ángeles. Había visto esa película tres o cuatro veces pero esa fue la primera vez que la vi de verdad.

    Y la había visto en 35mm en la Filmoteca pero ni punto de comparación. De repente, esos planos larguísimos, esos encuadres cobraban todo su sentido.

    • octubre 29, 2020, 12:46 pm

      Eso me pasó a mí en el Cinerama de Ópera. Y con Ben-Hur… Y con algunas más.

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