MEMORIAS DE UNA BUTACA: Eastwood

MEMORIAS DE UNA BUTACA: Eastwood

CINE

 

 

Por JUVENAL GARCÍA

 

 

 

La intención de los posts bajo este título no es otra que dar a la memoria de quienes no estuvieron en la época en la que el cine había muerto y resucitó, unos cuantos bocados de recuerdo. Memorias, por tanto, de una época en la que Spielberg no era Spielberg; en la que vimos el estreno de «La Guerra de las Galaxias» o en la que a Clint Eastwood se le calificaba de actor inexpresivo que sólo valía para hacer spaghetti western y películas de corte y mensaje fascista como «Harry el Sucio».

Precisamente vamos a empezar por Clint.

Los que andamos entre las cosecha del 60-66 empezamos a ver películas de dos maneras. La primera, escondiéndonos detrás de la puerta del pasillo cuando nuestros padres ponían las películas de por la noche. Se supone que nosotros teníamos que irnos a la cama cuando lo decía la familia Telerín: una cortinilla animada de niños que se iban a la cama cantando una bonita canción que los abuelos de ahora aún cantan a sus nietos.

La otra manera era a partir de los once o doce años, cuando nuestra pandilla de barrio iba dejando o compaginando canicas, peonzas y chapas (de las de refresco) con ir a los cines de barrio, en los que por un precio muy razonable pasaban dos películas que cambiaban cada dos o tres semanas. Y es que, queridos niños, cuando nosotros éramos así de pequeñajos había en las grandes ciudades cines por todas partes. Los de estreno, claro está, estaban en el centro, pero en los barrios teníamos cines “de sesión continua”, en los que una entrada te servía para ver aquellas dos películas (y cortos de animación en medio) durante horas… y quizá entrenar en ciertos juegos misteriosos.

En esos cines conocimos a Clint. Un actor que apenas tenía, entre todos los westerns que hizo por entonces, cinco folios de texto. Que mantenía un gesto sobrio, enigmático. Que se movía con unos andares peculiares, con la dificultad de mover esos casi dos metros por las llanuras del Valle de la Muerte… almeriense.

 

 

Los chavales que nos criamos con su imagen icónica y que luego le vimos ejercer (injustamente) la justicia por su mano o ganarse la vida peleando por los Estados Unidos acompañado de un orangután y de Geoffrey Lewis, apreciamos a un actor diferente, sin artificios, sin tics que siempre recordaban a la persona detrás de la máscara, honesto y capaz de emocionar con historias muy sencillas: quizá fuese también un pionero a la hora de mostrar la grandeza de personajes pequeños; la épica de héroes que no buscan serlo; el pecado de quienes sólo persiguen la virtud pero acaban en el infierno…

Muchos tuvimos que defender a Eastwood de los culturetas de Bergman y Wenders (que luego, pecadores, se pasaron a Lynch), para quienes Eastwood era un fachoide de Hollywood sin ninguna virtud interpretativa ni talento como director.

Y así fue hasta que hizo «Sin Perdón» (1992): una obra maestra en la que no sólo homenajeaba su trabajo con Sergio Leone y en otros westerns setenteros, sino que recuperó el Western clásico con un pulso y una capacidad narrativa que rindió incluso a los más conspicuos críticos europeos. Se apoyó en el trabajo ingente de Gene Hackman y de Richard Harris –otros dos actores que fueron reivindicados con el tiempo, más el primero que el segundo— y demostró que aquél hierático, inexpresivo fachoide, tenía más cine en cinco minutos de aquel peliculón que casi todo lo que se hizo en los ochenta.

Ahora Eastwood es celebrado como un gran intérprete y uno de los mejores cineastas de todos los tiempos.

Pero es ahora. En la época de la sesión continua muchos le adorábamos en minoría.

 

 

Anónimo

There are 3 comments on this post
  1. Rocío
    febrero 18, 2020, 1:29 pm

    Sin duda esa fue una época enriquecedora en muchos aspectos, no en todos. Ahora llevamos una carga terrible de capitalismo encima que hace que todo se corrompa, incluyendo el arte y la gestión del mismo. Cierran cines pero podemos ver las pelis por internet (no creo que esta sea ninguna ventaja). Todo a golpe de botón llega a nuestra casa (hasta los menús que comemos). La cibersociedad cada vez más individualizada y menos socializada, más ego y menos tribu. Eso es lo que se pretende y lo que se consigue.
    Clint, es para mi uno de los grandes en el cine. A esto llegué a partir de que vi «Los puentes de Madison». Las de sus orígenes que citas de Harry el sucio y demás me parecían horrorosas y desde luego no a la altura de lo que luego fue creando como director.
    De todas formas me genera sentimientos contrapuestos porque no sé cómo un cineasta de este calibre puede votar al Partido Republicano de su país.
    Gracias Juvenal por este fresco artículo que nos transporta a lo que ha sido y ya no es.

  2. Amalia
    febrero 19, 2020, 7:08 am

    Mis recuerdos y vivencias son las tuyas a este respecto y me ha encantado revivirlos. Me veía corriendo para hacer fila media hora para entrar en el cine. En valladolid había una sesión los sábados por la mañana. La petabamos los chavales.

  3. Juvenal
    febrero 19, 2020, 3:48 pm

    Gracias por vuestros comentarios. o solo vota Republicano: fue alcalde de su pueblo, Carmel, CA. Eso sí: quizá defienda valores mucho más democráticos y profundamente solidarios que muchos falsos demócratas de nuestro entorno. Por ejemplo, ahí tenéis su opinión sobre la eutanasia y Million Dollar Baby.

Leave a reply