MEMORIAS DE UNA BUTACA: Aquel Escalofrío en el Otoño de 1977

MEMORIAS DE UNA BUTACA: Aquel Escalofrío en el Otoño de 1977

CINE

 

 

Por JUVENAL GARCÍA

 

 

 

 

Es curioso, porque cuando ahora hacemos un repaso de la historia del cine, normalmente se nos viene a la cabeza Casablanca, Lo que el Viento se Llevó, Cantando bajo la Lluvia, El Padrino

Sin embargo, hay una película que es cine y ya. Después de 45 años, es un clásico con todas las de la ley. Y es, también, cine puro. Aunque naciese con las expectativas bajísimas de… bueno, de casi todo el mundo. Sólo un genio vio que aquello iba a ser un antes y un después; probablemente porque él mismo había creado ya otro clásico.

Era probablemente un sábado o domingo de noviembre. En aquella época las películas no se estrenaban un jueves para prensa e invitados y un viernes para el populacho vil, sino que se solían estrenar los lunes porque así el famoseo y la prensa iban al estreno el domingo. No crean que se montaban las que se organizan ahora, ni mucho menos. El caso es que, si la peli se estrenó un lunes siete de noviembre, probablemente yo fui a verla con mis padres y mi hermana el sábado o el domingo siguiente. No iba muy convencido, porque estaba en mis 14 años y andaba en cineclubes de barrio, cines de arte y ensayo (tuve barbita desde temprano y podía colarme en muchos cines) y, en general, estaba en mi etapa “ligar por lo cultureta”.

Y menos convencido que yo iba mi padre, para quien sólo hubo dos películas y media que mereciesen la pena en toda la historia del cine: Seven Brides for Seven Brothers (Siete Novias para Siete Hermanos, 1954), True Lies (Mentiras Arriesgadas, 1994) y los trozos donde Lee Marvin cantaba en Paint your Wagon (La Leyenda de la Ciudad sin Nombre, 1969), especialmente la icónica I Was Born Under A Wandering Star. Además, íbamos a ver una de marcianos, con lo que ni siquiera mi madre iba tampoco muy allá. Imaginaos a un fan de 2001, como yo, esperando que empezase la que los gringos llamaban “la mejor película de la historia”, que llevaba, en USA, más de medio año haciendo un millón de dólares (de la época) cada día.

En el Real Cinema se apagaron las luces. Nosotros estábamos en el centro de la penúltima fila de butacas, cerca de los monitores traseros de la sala, empotrados bajo los balcones del primer anfiteatro de palcos. Salió un cartelito con letras azules con una especie de “érase una vez”. Empezábamos mal: ¿aquello era una película o un cuento para niños? Luego, unas letras que pasaban en rollo y en perspectiva, nos contaban una historia a la que no dimos mucha importancia: ya nos lo contaréis en la película… si es que empieza, rediós. La imagen de un universo estrellado bajaba hacia la superficie de un planeta que parecía desértico…

De pronto, una nave sale de nuestras espaldas y nos sobrevuela, atacada por lo que parecen ser rayos láser. La sala tiembla con los impactos de los cañones y vemos que esa nave, que nos parecía enorme, era perseguida por otra sencillamente gigantesca. El gigante tardó en recorrer la pantalla lo que nos pareció una eternidad.

 

 

Para una generación entera, nacida entre el 50 y el 70, nada volvió a ser lo mismo. Era una película del oeste. Y una de piratas. Y una de marcianos. Y una de romanos. Y una de caballeros y princesas. Y una de terror. Y una de guerra… En esa película estaban todas las películas. Al diablo la precisión científica de 2001, pero también los descuidos y la pobreza de las películas de platillos volantes de serie B y Z. Estábamos viendo un vuelco en la historia del cine. Una película en la que estaban todas las películas. El espíritu de Fairbanks estaba. Pero también el de Kurosawa (nota para los del papel de fumar: el viejo maestro japonés era fan de la saga, que claramente rendía pleitesía a su The Hidden Fortress (La Fortaleza Escondida, 1958)). Y el de Ford, y el de DeMille…

Para nosotros, en esta película estaban también todos los tebeos: Flash Gordon, El Hombre Enmascarado, El Capitán Trueno, El Corsario de Hierro… Y muchos libros: desde Homero a Verne; desde Cervantes a Asimov… Todo, todo lo que habíamos descubierto, lo que nos entusiasmaba, lo que configuraba nuestro universo de lectura, evasión y charlas interminables en medio de la clase de religión o al salir de clase hacia los futbolines estaba en aquella pantalla.

En medio de la convulsión política, de la primavera democrática, de las luchas callejeras, de las amenazas de muerte y los peligros de ser activistas en la España de Martín Villa y Conesa, entramos en aquel mundo a rescatar princesas y acabar con la fortaleza del emperador. Pero es que, además, estábamos viendo naves que luchaban en el espacio sin que se vieran hilos de nylon, sin falsos cohetes hechos con bengalas y petardos. Estábamos viendo espadas láser, naves que volaban, disparaban, abrían sus alas, flotaban sobre la superficie de la tierra…

Estábamos también ante una mística, una fuerza universal, una orden de monjes que renunciaban a todo, como los templarios y los samurái, con tal de defender al débil, atacando gigantes y molinos, concentrándose para defenderse a ciegas o atacar sin computadoras. Los efectos especiales no los habíamos visto así jamás: se nos olvidaron; sólo veíamos su magia. Todo aquello era de verdad. Y lo estábamos viendo por primera vez.

Luego vinieron secuelas, precuelas, series animadas y “de personas”, pero aquella noche de otoño en Madrid sentimos un enorme escalofrío, sabiendo perfectamente que todo había cambiado para siempre a la hora de ver películas, efectos especiales, aventuras… Todo.

Posdata: George Lucas, antes de montar las escenas de efectos especiales, que sustituyó por secuencias de clásicos de guerra, puso un copión de la película a unos amigos directores y productores. Todos se apiadaron de George. Brian de Palma fue durísimo: “es la peor película que se ha hecho jamás”, dijo. Sólo uno discrepó. Steven Spielberg dijo: “será la mayor película de todos los tiempos”, ante la mirada de los demás, entre apiadados por Steven y dudando de su capacidad de juicio.

Lucas se convenció de que la película sería un desastre. Se fue de vacaciones con Spielberg a Hawái para preparar Indiana Jones and The Raiders of the Lost Ark (En Busca del arca Perdida, 1981). Además, aceptó rebajar su salario y sólo pidió un 15% de los ingresos por merchandising. En eso también esta película fue pionera: eso, y no sólo la película, dio a Lucas su fortuna personal.

Que la fuerza os acompañe.

 

sambo

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