MEJORES PELÍCULAS: 1922-1923

MEJORES PELÍCULAS: 1922-1923

CINE

 

 

 

 

 

Hoy tocaremos otros dos destacados años de la década de los 20, aquellos que encumbraron a Fritz Lang y, sobre todo, F. W. Murnau a la eternidad. La inmortal historia de Drácula fue llevada a la gran pantalla por el director alemán con una fuerza que aún hoy no ha sido superada, donde lo estético se fundía con asombrosa precisión y coherencia con lo “ético”, con el fondo, revolucionando, depurando y definiendo una estética, la expresionista, que luego sería recogida en todo el mundo. Juegos de luces y sombras, contrastes lumínicos, sombras que se retorcían para generar pavor y expresar el lado más oscuro de los personajes… Las vanguardias, tan en boga, alcanzando cotas sublimes en su arte.

Lang, por su parte, nos regala el primer episodio de su imprescindible trilogía sobre el maquiavélico Doctor Mabuse, que a su vez está dividido en dos, donde sentaba las bases del thriller, del serial negro. No se pierdan ninguna de las tres porque son realmente asombrosas, llenas de imaginativos hallazgos visuales, autenticas obras maestras.

Esas son las dos películas más destacadas de estos dos años, pero hay mucho más con una calidad extraordinaria.

 

1922

 

EL DOCTOR MABUSE (Dr. MABUSE, EL GRAN JUGADOR/EL INFIERNO) (1922), de Fritz Lang. Dividida en dos partes, “El gran jugador” y “El infierno”, supone uno de los grandes ejemplos expresionistas del que es uno de los más grandes realizadores de todos los tiempos. Obra capital que Lang iría depurando posteriormente.

 

 

 

 

ÉRASE UNA VEZ (1922), de Carl Theodor Dreyer. Nueva adaptación de la historia de Holger Drachmann, dirigida esta vez por el maestro Dreyer en uno de sus primeros trabajos. No es, ni de lejos, una obra reseñable en su excelsa filmografía, pero sí agradable en su romanticismo juguetón.

 

 

 

 

ESPOSAS FRÍVOLAS (1922), de Erich von Stroheim. La hipocresía de la alta sociedad retratada con toda la fuerza por Stroheim, que vio esta obra cercenada desgraciadamente. Un título que para Renoir definió su carrera.

 

 

 

 

LA MUJER DEL FARAÓN (1922), de Ernst Lubitsch. El clímax del Lubitsch histórico. Una superproducción espectacular, la mayor hasta la fecha en Europa, con colosales decorados y ambientación. Es un Lubitsch superficial, más forma que fondo.

 

 

 

 

LA TIERRA EN LLAMAS (1922), de F. W. Murnau. Una reflexión sobre la codicia donde Murnau contrasta lo auténtico con lo mezquino en un drama que contiene aspectos estéticos expresionistas.

 

 

 

 

LOS ESTIGMATIZADOS (1922), de Carl Theodor Dreyer. Desconocidísima obra del maestro Dreyer, realmente sugerente, que tras mucho tiempo perdida ahora está a disposición de los cinéfilos que quieran conocer la obra de este magistral autor.

 

 

 

 

NOSFERATU (1922), de F. W. Murnau. Simplemente un título imprescindible para todo aquel que presuma de cinéfilo, que quiera entender las raíces de elementos estéticos que siguen vigentes en la actualidad. Revolucionaria.

 

 

 

 

PHANTOM (EL NUEVO FANTOMAS) (1922), de F. W. Murnau. De nuevo los mundos contrastados en Murnau. Un joven honesto y humilde que conoce a la joven hija de un rico comerciante, cayendo en una espiral de locura y maldad. Un interesante drama psicológico en una película recuperada hace no tanto (2002).

 

 

 

 

ROBÍN DE LOS BOSQUES (1922), de Allan Dwan. Una fantástica versión, más completa en su desarrollo que la afamada y excepcional de Curtiz y Flynn (1938), donde podemos ver los motivos por los que Robin se convirtió en un proscrito. Protagonizada por el indispensable Douglas Fairbanks.

 

 

 

 

SANGRE Y ARENA (1922), de Fred Niblo. La novela de Blasco Ibáñez, que él mismo ya había llevado al cine en 1916, con Rodolfo Valentino como protagonista. Valentino era la estrella más grande del mundo, el primer mito y sex symbol. No es un trabajo excepcional, ni de lo mejor de Niblo, pero sí curiosa.

 

 

1923

 

CORAZÓN FIEL (1923), de Jean Epstein. Una de las grandes películas de estos años. Una obra de excepcional belleza realista, lirismo descorazonado y nostálgico y un uso y sentido de la cámara espléndido y original, distinto. Lástima que no sea tan conocida, pero para eso estamos.

 

 

 

 

EL JOROBADO DE NOTRE DAME (1923), de Wallace Worsley. Lon Chaney y Worsley con la primera adaptación de este clásico de la literatura francesa.

 

 

 

 

LA CALLE (1923), de Karl Grune. Aunque con elementos expresionistas, no podríamos considerarla un exponente global del estilo, pero sí una gran obra, no tan conocida ni tan brillante como los grandes clásicos, pero que merece la pena. Desarrollada en una sola noche tiene, tiene connotaciones metafóricas, navegando entre el drama y el sutil thriller.

 

 

 

 

LA RUEDA (1923), de Abel Gance. Una gran maestro, un avanzado del lenguaje cinematográfico en la época. Aquí nos deja otra obra extraordinaria, de obvias referencias mitológicas en las que englobar un magnífico melodrama. Película muy larga, bella, de una calidad técnica apabullante y superior para la época.

 

 

 

 

LOS DIEZ MANDAMIENTOS (1923), de Cecil B. DeMille. El gran director de las grandes producciones, el manejo de masas y los taquillazos. Hubo un tiempo en el que DeMille era el director por antonomasia, el mainstream en estado puro. En 1923 rodó una primera versión de esta película que posteriormente, en 1956, y también bajo su dirección, protagonizaría Charlton Heston. Nada que ver. Aquí la historia se divide en dos, con una buena parte contemporánea. Eso sí, tenemos una gelatinosa división de los mares.

 

 

 

 

ROSITA, LA CANTANTE CALLEJERA (1923), de Ernst Lubitsch. La primera obra de Lubitsch en los Estados Unidos. Una cinta de la que Mary Pickford (aquí hace de española) prohibió su proyección durante mucho tiempo, hasta que en 1977 fue presentada en el Festival de Berlín. De nuevo destacan los aspectos técnicos, desde los decorados a la iluminación y los vestuarios, si bien es irregular en su desarrollo. Transición a la chispa definitiva, ese toque especial, que sería marca del maestro.

 

 

 

 

SOMBRAS (1923), de Arthur Robison. Promocionada como el primer film ocultista de la historia, Robison, de la mano de Albin Grau, productor de Nosferatu, plantea una lucha entre la razón y los bajos instintos con la estética expresionista predominando.

 

 

 

 

UNA MUJER DE PARÍS (1923), de Charles Chaplin. El gran largo de Chaplin del año 23, el primer melodrama rodado por el maestro.

 

 

 

 

Podemos destacar ilustres adaptaciones como “Oliver Twist” (Frank Lloyd, 1922), “Sherlock Holmes” (1922), de Albert Parker,  o la franco-italiana “Cyrano de Bergerac” (Augusto Genina, 1923).

 

 

 

 

Buster Keaton seguía protagonizando joyas con su humor hierático como “La Ley de la Hospitalidad” (1923) o “Las Tres Edades” (1923), que fue su primer largo, parodiando “Intolerancia” (1916) de Griffith, entre otras muchas.

 

 

 

 

Harold Lloyd también seguía entregando joyas, especialmente “El Hombre Mosca” (1923), uno de sus títulos más célebres y una de las cumbres del cine cómico, con unos hallazgos visuales excelsos. No se la pierdan.

Y, por supuesto, Chaplin seguía siendo una cita indispensable con sus cortos o mediometrajes.

 

 

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