JOSHUA SAFDIE
4/5
El arte de la mentira
Marty Mauser es un actor, aunque no lo sepa. Se pasa la vida actuando. Un vendedor. Por eso se le da bien vender zapatos. Cuenta historias bonitas para lograr sus propósitos. Al padre de su amigo para conseguir financiación para sus “pelotas especiales”; a Milton Rockwell (Kevin O’Leary) para hacer negocios juntos (incluso esa de los nazis, el artificiero judío y la miel); a Kay (Gwyneth Paltrow) para llevarla a la cama y sacarle dinero; montará el típico truco en el club de ping pong junto a su amigo para sacar los cuartos a los ingenuos que por allí pululan (sorprende lo ingenuos que son en ese lugar de supuestos pillos); vestirá lujosamente para aparentar lo que no es ante quien le interesa; se hará pasar por amigo del hijo de Rockwell para localizarlo; en el clímax de esta idea, corregirá a un actor en el ensayo de la obra de Kay, porque donde quiera que va se hace el protagonista; ante la prensa, con comentarios antisemitas siendo judío, fingirá un papel de excéntrico, transgresor y provocador mintiendo sobre sus orígenes; se convertirá en jugador circense, a lo Globetrotters del ping pong, junto a su amigo para sacar un buen dinero (harán gira por Sarajevo, Atenas, Tánger, El Cairo, Munich, Bruselas…).
“A Marty le gustaría ser actor, pero, por desgracia, no es muy bueno”.
Marty, como dije, encuentra en Rachel (Odessa A’zion) un alma gemela. Son dos comediantes. Juntos intentarán liar al dueño del perro para sacarle dinero como recompensa. Ella fingirá una agresión del marido incluso pintándose un ojo para tocar la fibra de Marty… Juntos representarán una farsa ante Dion como hermano y hermana para quedarse en su casa…


Curiosamente, estos dos personajes comenzarán juntos a despojarse de sus fachadas y disfraces camino de la redención. Rachel confesará a su marido, Ira (Emory Cohen), que el hijo no es suyo y que le fue infiel creando el conflicto doméstico definitivo.
Hay un detalle de vestuario que incide en esta idea de actuación. Si bien Marty gusta de vestir lujoso para sus fachadas, habrá un plano interesante con Rachel en casa de Dion. Es un plano perfecto para esa chica camaleón que muta y camufla según su conveniencia, de forma que su vestido verde se confunde con el decorado, las mantas de la cama, las cortinas…
Ambos, con altibajos (Rachel intentará sacar dinero al dueño del perro timándole, Marty se prestará a la mascarada en Japón), recurrirán a la verdad para cerrar el círculo de su madurez. Así, cuando Marty gane a Koto Endo (Koto Kawaguchi), demostrándose a sí mismo lo que pretendía, se despojará de su última capa egoísta. El hombre que siempre usaba fachadas y mascaradas, se rebela contra la que pretendía humillarle en Japón, destruyéndola y montando un espectáculo (claro), con la verdad (tras perder en un partido de mentira, vencerá sin apoyos, jugándose su futuro, contra todos y sin nada más que ganar que ese set no oficial). Esas pequeñas victorias que son tan grandes, íntimas, porque nadie sabe lo que cuestan y, seguramente, pocos lograrían alcanzarlas.




Así, a su vuelta, asumirá su paternidad y entenderá lo fatuo y vacuo de aquellos anhelos, sintiéndose, por primera vez, acompañado al ver a su hijo, consciente de que trascenderá más allá del ping pong. Dando por concluida su Odisea y viaje de madurez.
“No, no. Soy el padre”.
Todo este periplo de Marty en busca de su obsesión, relaciona la película, otra más, con “La Odisea” homérica, pero también con películas kafkianas como la citada “!Jo, Qué Noche!” (Martin Scorsese, 1985), sólo que la película de Scorsese no cae en el truco del macguffin como le ocurre a “Marty Supreme” con el ping pong. Allí el protagonista simplemente acude a una cita para follar, pero las cosas acaban cogiendo un tinte delirante con una sucesión de circunstancias, peripecias y aventuras que parecen dificultar ese loable propósito, de tal forma que el pobre desgraciado lo único que quiere al final es volver a casa sin más mientras se va encontrando con una sucesión de personajes cada vez más extraños.


Aquí, esa “odisea” que busca un objetivo concreto, hace que la película resulte repetitiva en ocasiones desde el guión, logrando pequeñas victorias que se ven frustradas de inmediato para obligarle a seguir navegando hacia delante. El protagonista de la película scorsesiana tenía suficiente con salir bien parado de cada peripecia en la que se veía metido sin comerlo ni beberlo.
Sí, “Marty Supreme” se sostiene en una estructura de decepciones, con planes que salen bien para verse boicoteados de inmediato (consigo dinero, pero en una tremenda coincidencia me lo roban aquellos a los que timé; consigo un lujoso collar, pero me detienen por pararme a comerle el coño a quien me lo proporcionó…).
Cuando a Marty se le cierra una puerta, se le abre una ventana, pero las ventanas a menudo son de bisutería… Y cuando no encuentra salida, las abre él… Cada cosa que se le ocurre acarreará una peripecia delirante. La huida de su casa y de la policía; la de los timados tras el club de ping pong; la pérdida del perro; el atropello al granjero que les dispara para quedarse con el perro; la caída de la bañera; la nueva huida tras el tiroteo entre los ingenuos mafiosos y el granjero…


A Marty parece impulsarlo un azar continuista, que más que un personaje de Auster parecería uno de Kafka. Donde se cierra un camino se abre otro de la manera más absurda. Huyendo sin dinero, caerá de una bañera sobre la habitación de un mafioso que le pedirá cuidar su perro proporcionándole algo del dinero que le escasea… Por ejemplo… Que el perro se llame Moisés es un detalle simpático a este respecto.
Y todo tiene que ver con el dinero. Robará dinero de la zapatería de su tío, cederá a ser jugador de exhibición para conseguir algo de pasta, seducirá estrellas de cine y secuestrará perros para ver qué logra sacar… se humillará… El dinero, el consuelo a esa soledad e insatisfacción vital arraigada en esa sociedad que retrata Safdie.



Entre el indie y la peli de estudio
La película juega con cierta inteligencia a dos bandas. Su elevado presupuesto sirve para dar ese aspecto lujoso, con una buena recreación de época, característico de una película de estudio, de Hollywood, con una narrativa que coquetea con el biopic clásico, pero donde los rasgos de estilo e intenciones finales se emparentan más con el cine independiente, que es el verdadero origen de la película.
La cámara de Joshua Safdie es muy inmersiva. Los diálogos son muy rápidos y hay una buena variedad de recursos de estilo.
Abundan los travellings de seguimiento, algo lógico en ese periplo que sigue y busca nuestro protagonista, pero son más destacados los planos cortos y los primeros planos, muy cercanos a los rostros, planos Leone. También hay mucho plano, general o medio, donde la gente y los entornos se superponen, tapan a los protagonistas o matizan el fondo. Montones de planos con mucho fondo y algo o alguien que tapa el objetivo ocasionalmente. Encuadres desordenados. Look muy indie.




También abundan los planos de espaldas. Por cierto, hay algo hitchcockiano en ese primer encuentro sexual entre Kay y Marty, cuando la estrella de cine llega en abrigo de piel y ropa interior a la habitación del buscavidas, con ese travellings circular y esa música entre medieval y electrónica. Esa cara de satisfacción de Marty viéndose reflejado en el espejo es sordidez y morbosidad.
Podemos pasar de sobrios planos-contraplanos, muy cercanos, al estilo Leone, como dije, como en la conversación entre Rockwell y Marty sobre un posible negocio en Japón, a que la cámara se mueva frenética e inestable con multitud de angulaciones (picados, contrapicados) en la huida de Marty tras su llegada a Nueva York de Japón…






Extrañamente, y por lo que sea, hay un plano que contradice ese estilo opresivo con planos Leone, muy cortos y próximos al rostro, o esos travellings de seguimiento. Safdie usa repentinamente un plano general en el concesionario de coches en el que están Rachel y Marty tras la conversación telefónica con el dueño del perro. Llama la atención. Quizá al verse sin salida los personajes busque ese cambio de estilo, pero es extraño.
Rasgos característicos de la película. Los diálogos acelerados, hawksianos, de screwball comedy clásica. Diálogos a menudo digresivos, al estilo Tarantino, que dan ritmo y frescura a la película, enfatizando su estilo indie.
Mezcla el humor y el drama Safdie con aparente naturalidad, sin complejo alguno a resultar delirante o absurdo, como en esa escena del derrumbamiento de la bañera en el hostal donde se mete Marty en su huida, que contrasta con el drama de ese perrete atrapado y su dueño herido…
Juega también con distintas texturas. El noticiario japonés que honra a Koto Endo tras su victoria, estilo NODO, es buen ejemplo.




No entiendo muy bien ese uso del montaje paralelo que hace Safdie con el entrenamiento de Marty para su campeonato en Japón y el conflicto doméstico de Rachel…
El ping pong, como dije, es un macguffin. Las coreografías son algo flipadas, pero se ve bien, están bien rodados los duelos, con distintos posicionamientos de cámara y bueno uso del plano general. También hay peloteos en off.
En Londres, Marty avanzará sin problemas, pero se va fijando en un japonés sin rango que parece destrozar a sus contrincantes con una peculiar paleta (gana al número uno por paliza). Llegará a la final ganando a un amigo suyo, judío como él, pero allí el japonés le dará una buena lección con el efecto que logra darle a la bola con su paleta especial. Su obsesión será vencer el campeonato del mundo, vencer a ese rival, pero todo eso quedará en nada (no le permiten participar en el torneo), en una victoria moral no oficial convirtiéndolo todo en un periplo de madurez para el personaje.







Y es que la misma entradilla de la película, con esa fecundación en la trastienda de la zapatería fundiéndose en una pelota de ping pong (en realidad se mantiene la ambigüedad sobre quién es el padre), avanzando el sentido inverso que recorreremos en la película, ya da ciertas pistas.
El detalle anacrónico de la banda sonora, que suena muy ochentera aunque la película se ambiente en los 50, resulta muy indie también. El “Forever Young” de Alpahaville nos presenta la película y el “Everybody Wants to Rule the World” de Tears for Fears la da fin añadiendo sentido a los momentos con su letra. También Peter Gabriel… También se menciona a Fred Astaire, que lo comento por eso de incluir más referencias.
El plano final parece casi un homenaje a aquel mítico de Chalamet en “Call Me By Your Name” (Luca Guadagnino, 2017).
Timothée Chalamet está fantástico, como de costumbre. No sé si le dará para el Oscar, pero el premio no tardará mucho en llegar. Todo el reparto está muy correcto, ciertamente. Por cierto, Abel Ferrara, el mítico director, aparece en un pequeño papel como el mafioso dueño del perrete.





“Marty Supreme” es una película que puede desconcertar un tanto, sobre todo desde las expectativas iniciales, incluso resultar algo reiterativa en ciertos aspectos, que lo es, pero cuando descubres su gema, su perla, resulta un trabajo notable.
Lee aquí la 1ª Parte del análisis.
4/5





