¡MAMÁ, TENEMOS QUE VER ESTO!

¡MAMÁ, TENEMOS QUE VER ESTO!

LITERATURA

 

 

 

Es el mejor momento del año. Con diferencia. Ver las caras de esos entrañables monstruitos, que parecen dedicar sus esfuerzos a no dejarte dormir y maquinar todo tipo de situaciones para tenerte con el corazón en un puño, cuando descubren el salón lleno de regalos y su entusiasmo al abrir cada uno de los paquetes, con arranques descontrolados de euforia cuando encuentran algo que han pedido y cuando encuentran algo que no…

Me siento a verlo con una irreprimible sonrisa en el rostro, con cierto embeleso, tras comprobar que su padre está grabándolo todo con el móvil, ya que yo habré dejado el mío en cualquier lado, como de costumbre.

Me encanta oír el sonido de los papeles rasgándose con los tirones frenéticos para ver lo que ocultan y los chillidos de alegría justo antes de lanzarnos una mirada de fascinación. Es pura magia.

Cuando los estertores de la ilusión van cesando, recojo los papeles para tirarlos a la basura y preparar el desayuno… En ese momento, mi hija mayor, Marta, decidió volverlo todo del revés.

“¡Mamá, espera! ¡Tenemos que ver esto!”.

Yo no quería esperar nada. ¿Qué había que esperar? Estábamos todos bien, felices, contentos con nuestros regalos, con ganas de tomar un buen desayuno… ¿Qué necesidad había?

No lo vi venir de inmediato. Cuando mi hija sacó mi móvil, escondido tras unos marcos de fotos que teníamos en una mesita, y me lo enseñó con su rostro iluminado y satisfecho, la miré con la sonriente tranquilidad de quien va a recuperar algo perdido. Cuando dijo “he grabado a Papá Noel”, mi sonrisa se fue convirtiendo en un gesto enfermizo y pálido.

Miré a mi marido, que volvió la cabeza, abrió la boca y observó la escena con cara alelada y un punto de orgullo por la ocurrencia. Ni un gesto de complicidad, empatía o alarma ante la situación. Estaba claro que por ese lado no podía esperar ayuda alguna.

Lo primero que pensé, para consolarme y tranquilizarme, es que quizá el móvil se habría quedado sin batería antes de grabar lo que no debía. O que el archivo ocuparía demasiado para guardarse por completo… Pero vi que la dichosa niña de las narices lo había enchufado para asegurarse de que lo primero no ocurriera y, desgraciadamente, el móvil era casi nuevo, por lo que tenía mucha capacidad de almacenamiento casi intacta…

Mientras ella toqueteaba mi móvil con la habilidad de los malditos niños de su edad, mi cerebro procesaba opciones a toda velocidad para intentar evitar la catástrofe. Necesitaba de todo mi ingenio, inteligencia y lucidez. De estas agudas elucubraciones surgieron dos grandes ideas: Pedirle un momento el móvil, distraerla y lanzarlo por la ventana aprovechando que estábamos ventilando o, más eficaz, forcejear con ella y quitárselo a la fuerza.

El caso es que pensaba mucho pero no podía moverme. Las imágenes de mi marido, entre bostezos, colocando regalos debajo del árbol con ese pantalón de pijama que se le caía a cada paso, me perturbaban sobremanera.

Mi hija, con la mirada fija en la pantalla, parecía ir buscando el momento cumbre donde esperaba ver a Papá Noel. Aquello parecía irreversible. Yo movía mi cabeza de ella hacia mi marido, que seguía “empanao” mirando la escena con la boca abierta, como el que ha visto un ovni.

Me dirigí hacia ella sin saber muy bien para qué, temiendo que llegara al punto que destruiría su inocencia de la peor manera.

Iba a hablar, pero entonces vi cómo su rostro iba cambiando… A la vez que yo bajaba la cabeza por la vergüenza y se me caía el alma a los pies pensando ya en la explicación que tendría que dar, a ella le subía la decepción a su inocente rostro.

Con la cara descompuesta y la desilusión instalada en sus ojos, me miró casi escandalizada, ofendida. No era para menos. Entonces dijo…

“¡Papá Noel ha entrado aquí sin mascarilla!”.

sambo

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