LOS MISTERIOSOS ASESINATOS DE LIMEHOUSE (2016)

LOS MISTERIOSOS ASESINATOS DE LIMEHOUSE (2016)

JUAN CARLOS MEDINA

 

 

 

3/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Me enamoré de la estética del film al ver el tráiler, y maldije que no se le sacara más partido en el mismo, en esos exteriores tenebrosos, oscuros, nublados, realmente fascinantes, que prometían una atmósfera extraordinaria para una película de asesinatos decimonónicos. Desgraciadamente, esos pocos planos de exteriores, ese poco partido que se les sacaba en el trailer, tenían una justificación: tampoco se les saca partido en el film al ser una cinta de predominantes interiores.

Esto supuso una decepción, ya que aunque la película no hubiera sido extraordinaria, el aliciente estético era un evidente punto a favor, pero que finalmente queda minimizado. No es que sea una mala película, con sus ingredientes sirve sin duda como aceptable entretenimiento, pero no puede evitar en su esquematismo y convencionalismo investigativo, decepcionar.

Grandes ingredientes para un guión flojo y un resultado insulso, con poca fuerza, esforzándose por resultar convencional donde podía haber sido perturbadora, adictiva y atractiva.

 

 

 

En un contexto con referencias a unos asesinatos reales cometidos en 1811, “los asesinatos de la carretera Rafcliffe”, cometidos, parece ser, por John Williams, la película versará sobre unos nuevos crímenes que en forma de eco parecen rememorar aquellos. Un asesino despiadado, “El Golem”, que crea el pánico en las londinenses calles antes de la llegada de Jack, El Destripador. Entre los sospechosos, en simpático guiño, tendremos a algún icono cultural de la época, como Karl Marx. No es la única referencia cultural en la película, desde Alexander Pope a Thomas de Quincey y su “Del asesinato considerado como una de las bellas artes”, referencias coherentes y con sentido respecto a la trama, otro aliciente más de la película.

 

 

Junto a estos asesinatos, una mujer será acusada de envenenar a su marido, por lo que será juzgada y condenada a la pena de muerte, motivo por el que el detective Kildare tendrá que apresurarse para demostrar su inocencia.

La estructura genera cierto interés en el espectador, al presentar a unos personajes que luego veremos en roles completamente distintos, como esa María Valverde de doncella en casa de la protagonista, convertida en gran señora, a las que luego veremos en sus labores como actrices…

 

 

 

Desgraciadamente la película divaga en su relato detectivesco, guiñando a un terror gótico que se convierte en un melodrama con triángulo amoroso en el ámbito artístico, que parece querer saludar de lejos a “Eva al desnudo” (Joseph L. Mankiewicz, 1950) con esos entornos de salas de variedades y actores y actrices ambiciosos o no, que se repelen o envidian, con esa chica ambiciosa y su duelo con otra, para luego pasar por un drama o thriller judicial entre “Las dos caras de la verdad” (Gregory Hoblit, 1996) o cintas como “Testigo de cargo” (Billy Wilder, 1957) o la hitchcockiana “El proceso Paradine” (Alfred Hitchcock, 1947). Esto sin mencionar las intrigas decimonónicas de estética gótica de las que ésta sería un ejemplo del montón. Una trama que se antoja cada vez menos atractiva, donde se encaminan las sospechas hacia un personaje (John Cree) para llegar a un supuesto giro final.

 

 

Asesinatos con mensaje en una excelente atmósfera, truculentos, sin aparente conexión, en la presentación, donde vemos el sangriento resultado. Y es que aunque son los exteriores lo que más atrae, Juan Carlos Medina no descuida en absoluto los interiores, en especial los que retratan escenas de crímenes o pretenden tensión, con una gran recreación de ambientes, sucia, naturalista, tenebrista. Hay momentos donde la fotografía destaca sobremanera en esos góticos exteriores e interiores. Bien es cierto que en la mayor parte del metraje apuesta por lo convencional, una correcta representación de época, y se asfixia en esos interiores, saliendo poco a unos exteriores que piden a gritos que les saquen partido.

 

 

Curiosamente, esos escasos exteriores que tanto deseo ver, son escenario de escenas algo artificiosas, como ese extraño corte donde vemos la conversación entre Lizzie y John Cree, con segundas intenciones, que de repente continúa en el muelle sin justificación alguna. Luego es una lástima que algunas escenas en exteriores duren tan poco, como ese seguimiento por las calles a Gissing (Morgan Watkins). Un trabajo estupendo, en cualquier caso, el de Simon Dennis en la fotografía.

 

 

 

 

 

Desde este punto de vista estético, Medina se recrea en las escenas de asesinato, visualizaciones de lo ocurrido. Primero el cinco de septiembre de 1880 a una prostituta, en la noche, y con una distorsionada voz de ultratumba para hacerlo todo más impactante; el que vemos cometer a Karl Marx, también truculento; el tercero con Gissing como protagonista asesino; el cuarto con Leno… En cada asesinato veremos el rostro de un responsable distinto, según se sucedan los sospechosos. El gran problema de esto es que no hay suspense, la previsibilidad, porque sabes perfectamente que el crimen se cometió y, por tanto, se va a cometer, sin sorpresa, por lo que todo ese efectismo queda muy minimizado… Visualizaciones impactantes, efectivas, pero poco resolutivas y emocionantes. No son muchos los recursos visuales utilizados en la película, más centrada en la investigación convencional de entrevistas a sospechosos y en la trama de triángulo amoroso entre Aveline, Lizzie y el protector John Cree que en enfatizar el suspense. Sí habrá picados en la muerte, en varias ocasiones, y algunos movimientos sinuosos de cámara en la presentación de las escenas, travellings de exposición retratando entornos. Una sobriedad clásica.

 

 

Como excepción al tono estético general, tendríamos la escena en el piso de “El Tío” (Eddie Marsan), muy colorido para definir a un personaje pervertido y siniestro.

 

 

Sí dedica, en cambio, muchos planos a Olivia Cooke, la protagonista, con mucho aire a un lado del encuadre con algo a su espalda, unos particulares encuadres que van desvelando la naturaleza de su personaje. También usa con ella espejos, especialmente hacia el final del film, retratando su falsedad. Con el personaje de Leno también aparecen, sucios además, pero aquí quedan en el mero retrato de un actor puro, de vocación. El punto de vista subjetivo pretende ser riguroso, al tratarse de un flashback con los recuerdos de Lizzie, y cumple su cometido en líneas generales.

 

 

 

Desde lo conceptual, se aprecia, sutilmente, una insinuación feminista, cierta reivindicación, a la que el agudo espectador iría estando vigilante. No sé si este elemento estará más subrayado en la novela de Peter Ackroyd que se adapta, pero aquí aparece, sin darle especial importancia, con naturalidad, pero definitivamente presente. Una reivindicación asesina. Esas historias horrendas que Leno presenta en sus funciones, donde él mismo se disfraza de mujer, esa batalla donde los celos y la competencia hacen rivalizar a Lizzie con Aveline (María Valverde), la aspiración final de Lizzie

 

 

El ego defenestrado y el afán de notoriedad, el orgullo convertido en ira, la manipulación, la ambición sin escrúpulos, la fama como esencia vital, la aspiración de trascender, la mentira y la traición como principios de conducta, la representación como huella de eternidad (son numerosas las escenas de interpretación, en el teatro donde la protagonista da sus primeros pasos junto al exitoso Dan Leno que interpreta Douglas Booth)… son algunos de los temas que se plasman en esta correctita cinta.

Sin perder de atención a ninguno de los personajes en la investigación detectivesca clásica, son dos los que tienen principal importancia. El detective John Kildare, encarnado por Bill Nighy, y la actriz Lizzie Cree, que interpreta Olivia Cooke. Los dos actores dejan las interpretaciones más destacadas. También mencionaré a Douglas Booth como Dan Leno.

 

 

El detective es solitario, se insinúa que homosexual, lo que genera ciertos resquemores, y es utilizado como cabeza de turco asignándole un caso polémico y difícil, un chivo expiatorio para proteger al inspector estrella, aspecto que no se le escapa a Kildare.

Para la señora Cree, acusada de envenenar a su marido, nos adentraremos incluso en su infausta infancia. Su historia vertebra la narración en esa cuenta atrás del detective Kildare por salvarla, acudiendo a sucesivos flashbacks. La muerte de la madre, el “sellado” de su sexualidad, su fascinación por las salas de variedades, su vocación, su relación con Leno y los primeros pasos en las tablas…

El giro sorpresa tiene poco de sorprendente. Una adicción a la fama, que relacionaríamos con las menciones a un escrito de Alexander Pope, que encuentra su medio y vehículo de salida.

 

 

Con Leno extraña que no tenga pareja ni se insinúe, un personaje algo extraño y cada vez más indefinido conforme avanza la narración. Sería un hombre solamente entregado a su arte. El personaje de Aveline, interpretado por nuestra María Valverde, que tiene a bien enseñarnos su estupendo cuerpo desnudo, es poco sutil, en una dirección de actores cuestionable.

Tenemos ciertos aspectos muy forzados, desde que Aveline acepte el puesto de doncella de su odiada Lizzie, aunque sea para ser amante de Cree, con lo que conlleva de humillante, así como que se lo ofrezca la propia Lizzie, a lo mucho que tardan en encontrar un escrito de un escritor como es John Cree… algo francamente absurdo. Ese forzadísimo triángulo amoroso que se desencadena en la parte final, quiere servir para justificar ciertas motivaciones y dirigir ciertas sospechas, en elementos algo contradictorios, casi como la propia protagonista.

 

 

Prometía, ciertamente, pero su atmósfera no tiene la fuerza esperada, queda lánguida y arbitraria en ocasiones, resultando una tópica cinta de detectives decimonónica del montón, algo manipuladora, quizá tramposilla en ciertos aspectos. Tampoco funciona desde lo dramático en esa repentina afinidad del detective con la chica protagonista, en otro elemento de guión más que cuestionable.

Dedicada a la memoria de Alan Rickman. Para una tarde que os pille aburridos por casa.

 

 

 

 

sambo

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