LICORICE PIZZA (2021) -Parte 1/3-

LICORICE PIZZA (2021) -Parte 1/3-

PAUL THOMAS ANDERSON

 

 

 

3/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Me ha costado encontrar, en mi desconcierto, el pleno sentido a la película. El análisis profundo ayudó, pero no ha sido fácil en esta obra que no me entusiasma ni me disgusta, pero que resulta bastante notable. Y es que hablamos de uno de los grandes autores cinematográficos, si no el más notable de todos, desde los años 90.

¿Lo que me cuenta Anderson es simplemente lo que parece o esconde algo más de lo que se me está escapando el significado? ¿Esta historia deslavazada y dispersa es lo que pretende o hay alguna cohesión que le dé sentido? Y, en caso de ser lo primero, ¿es un desastre o algo lúcido?

Claro, tratándose de Anderson, decir que ha hecho un desastre es muy osado, por tanto toca analizar, pero sin sobreanalizar…

Y lo primero que me hice fue una serie de preguntas. ¿Cuánto tiempo pasa en la película? Se supone que es un verano de 1973, pero a veces parece que han pasado años, o meses, quizá semanas, pero lo mismo fueron días… Esas elipsis temporales, indeterminadas, con los protagonistas alejándose y volviendo… Gary no puede conducir, pero luego ya sí…

¿Por qué cambia los nombres de esos referentes artísticos reales, de los personajes famosos? ¿Cuestión de derechos u otra cosa?

¿Por qué no termina ninguna de las tramas secundarias que plantea? No es algo excepcional, abandona a esos personajes de la misma forma en la que los introdujo, de forma abrupta. ¿Por qué desaparecen estos personajes y cuándo lo hacen? Si esto no es una excepción (pasa con todos), sino que es la norma, sería lógico pensar que se busca algo…

Otra. ¿Por qué los años 70… otra vez? Anderson parece sentir predilección por esta década, la de su infancia, en la que ha ambientado varias películas…

¿Pretende ser una película realista, o esas salidas de tono histriónicas y ese tono algo onírico de la iluminación pretenden otra cosa más metafórica?

¿De qué habla la película? ¿O qué retrata o pretende retratar? Su ausencia de trama parece voluntaria y buscada, más allá de exponer la cambiante relación de los dos protagonistas.

 

 

La película tiene una estructura interesante, que muy posiblemente desconcierte a muchos (entre los que me incluyo, antes de buscar los lazos que dan sentido al todo). Mucha culpa de esto la tienen las elipsis, que nos desorientan sobre el paso del tiempo, hurtándonos a su vez cosas que han pasado y de las que se hará referencia vagamente en ocasiones (sabremos de las peticiones de masturbación de Gary a través de los ojos de Alana, cuando se entere por una camarera, Frisbee, interpretada por Destry Allyn Spielberg). Se nos oculta y sólo se revelan cuando otro las descubre, si es que lo hace, como de pasada… Es un punto de vista subjetivo pero aleatorio, donde vemos lo que ven Gary y Alana… a veces.

 

 

Es decir, se usa una especie de punto de vista subjetivo doble, pero si uno no sabe lo que ha hecho el otro, nosotros tampoco nos enteraremos o nos enteraremos junto al que había permanecido ignorante, como el mencionado caso de la camarera masturbadora… Es un funcionamiento similar al de los recuerdos. Recuerdos de un verano.

Paul Thomas Anderson es un director virtuoso y depuradísimo, además de muy personal. Podemos ver guiños en su cine a Scorsese, Tarantino, Altman… Esta película, ambientada una vez más en la década de los 70, en 1973 concretamente, parece además una película sesentera/setentera en su esencia. Tiene esa misma sensación de libertad y un aroma a cierto cine francés de los 60 y también 70, al Truffaut de “Jules y Jim” (1962), por ejemplo, pero también al americano de Altman o de Hal Ashby de “Harold y Maude” (1971).

Aunque a algunos les ha parecido un viaje nostálgico (cada vez que se ve un relato de décadas anteriores que puede interpretarse como referente personal del autor la crítica incluye la palabra), no tiene en absoluto un tono nostálgico. Es vivaz e impresionista. No son, por tanto, desacertadas, las comparaciones con el último Tarantino, “Érase una vez en… Hollywood” (2019), donde proponía una relato en apariencia disperso, en apariencia nostálgico (que lo era), pero absolutamente personal, impresionista y distinto.

También nos puede venir a la cabeza Richard Linklater en esos retratos generacionales que tan bien se le dan al director estadounidense, del estilo de “Movida del 76” (1993). No es raro que algunos recuerden a “American Graffiti” (1973) de George Lucas

Sí, Anderson tiene auténticos monumentos cinematográficos repletos de clasicismo dentro de un estilo absolutamente personal, y propuestas arriesgadas y extraterrestres, de un humor muy “especialito” y particular, que puede desconcertar a muchos, entusiasmar o aborrecer.

En su filmografía podemos encontrar genialidades como “Magnolia” (1999), “Boogie Nights” (1997), “Pozos de Ambición” (2007), “El Hilo Invisible” (2017)… donde el clasicismo reluce dentro de un estilo personal, viendo retazos de Altman, Scorsese, Nicholas Ray, Douglas Sirk, George Stevens, Ingmar Bergman… Y luego pasar a cosas más excéntricas y extraterrestres como “Embriagado de Amor” (2002) o “Puro Vicio” (2014)… Esta “Licorice Pizza” tiene algo de ambos mundos, dentro de su aparente ligereza.

En “Licorice Pizza” hay un canto a la belleza de reencontrarse. Sus personajes no dejan de correr, sobre todo Cooper Hoffman, el pobre… Una obra infinitamente más ligera que las anteriores del director, tremendamente densas (Pozos de Ambición, The Master, El Hilo Invisible), con la salvedad de esa rareza en honor de Thomas Pynchon que fue “Puro Vicio”, de las pocas adaptaciones en las que se embarcó.

Aquí se retrata más que la nostalgia, la felicidad y la vivacidad de la adolescencia, resaltada con esa excelente y colorista fotografía, chispeante, obra del propio director y de Michael Bauman. Y como en buena parte de los momentos felices, todo es caos.

Anderson propone una narrativa caótica, deslavazada y dispersa, que lo sería uno de los defectos del film (y lo será para muchos), pero que, en realidad, es justo lo que pretende el director. Un deambular feliz e imprevisible, donde no se sabe qué acontecerá en la secuencia siguiente… como la vida adolescente.

 

 

Es necesario entender que el personaje vertebral de la película es Alana, que es un personaje paradigmático del cine de Paul Thomas Anderson. Esos seres desubicados. Personas que no terminan de encajar en el mundo que los contiene, pero van sobreviviendo, buscando, incluso desde la genialidad, en ocasiones, o la frustración de los anhelos incumplidos.

Alana se siente en medio de todo y de ninguna parte. Entre el mundo adolescente y el adulto. Entre la resignación y la esperanza. Incluso en su familia aparece aislada, en su cuarto, enfrentada a todos. Aislada y despreciada, verá a Lance, el joven actor, como una vía de escape…

 

 

¿Crees que es raro que salga tanto con Gary y sus amigos?

No.

Yo creo que sí.

Es lo que tú creas que es.

Yo creo que es raro que salga tanto con Gary y sus amigos de 15 años.

Hay algo que va más allá de lo personal. Es algo casi familiar lo que tiene la realización de la película. Desde la variadas labores a las que se ha dedicado Anderson (director, productor, guionista, director de fotografía junto a Michael Bauman), al hecho de que participe gente como Sasha y Destry Allyn Spielberg (hijas de Steven Spielberg), la familia Haim al completo, (recordemos que las hermanas forman el exitoso grupo musical Haim), o el papi de Leonardo DiCaprio (George DiCaprio). Y, sobre todo, que el protagonista sea el hijo de su amigo y habitual colaborador, Philip Seymour Hoffman.

 

 

Es, seguramente, este motivo, quizá una promesa a su padre, el que ha impulsado a Anderson a hacer esta película con un propósito claro, como es el de poner en forma a Cooper Hoffman. Al pobre le vemos corriendo en todas direcciones, sin un rumbo muy claro, a lo largo de toda la película. No carreritas pequeñas, sino en plano secuencia, para que sude, a lo Forrest Gump. Parece su entrenador personal…

 

 

 

¿El absurdo? Peter Pan

Paul Thomas Anderson es capaz del clasicismo más profundo como de la excentricidad más aguda. En esta película intenta equilibrar ambos mundos, aunque no sé si de la manera más satisfactoria.

Su humor extraterrestre, que podríamos entroncarlo con aquel de “Doctor en Alaska”, el de Wes Anderson, Tarantino, los Coen o Lynch, es para paladares muy concretos. En ocasiones es tremendamente hilarante, en otras es desconcertante.

¿Qué busca con esos extraños episodios y momentos aquí? No queda muy claro y aumentan la sensación de dispersión y narrativa deslavazada de la película. En función de lo explicado antes, ese punto de vista subjetivo y con dos cabezas, las de Gary y Alana, sólo importa lo que ven ellos y durante el tiempo que lo ven… y eso sólo a veces. Es como la idea de un recuerdo, donde sólo nos quedamos con aquello que nos marca, los “grandes éxitos”, no los tiempos muertos ni las escenas accesorias. No hay hilo narrativo, es un torrente de anécdotas. Cuando a Alana y Gary pierden de vista algo o deja de interesarles, desaparece de la historia. Y huyen. Siempre huyen.

 

 

Ahí tenemos a Jerry, el personaje que interpreta John Michael Higgins, siempre emparejado con mujeres japonesas, a las que intercambia como cromos, que parece traducir lo que ellas dicen… hasta que reconoce que no tiene idea de japonés. O cuando se comunica con ellas, que lo hace en perfecto inglés pero poniendo un absurdo acento japonés.

No lo sé, no hablo japonés”.

 

 

Anderson plantea la película en dos sentidos. El río que supone la relación Gary-Alana y la intermitencia con estructura de set-pieces donde aparecen secundarios que se relacionan con ellos de una u otra forma.

Ambos son como “Peter Panes”, sobre todo Alana. La religión, el mundo de los sueños, el laboral, el político, el compromiso… El mundo adulto al que Alana, en realidad, no quiere pertenecer. Todo representado en los distintos personajes que aparecen en la vida de ella, especialmente, y de Gary.

Tenemos a Lance (Skyler Gisondo) y su ateísmo, primer “amorcico” que se echará Alana tras conocer a Gary. Tras un coqueteo en el avión, Alana dejará de lado a Gary, al que “finge” no tomar en serio en cuanto le sale otra opción. De hecho lo conocerá por él. Se resuelve en dos breves escenas sin corte en la misma secuencia.

 

 

La segunda relación con elemento excéntrico y surrealista, aparentemente deslavazado, es la del casting que Alana pasa para Jack Holden (Sean Penn). Alana queda embelesada por la posibilidad, aunque es consciente de que todo es fachada, de ser una estrella gracias al encanto e influencia de ese William Holden camuflado. Por cierto, no sólo cambian el nombre a Holden, también lo hacen con la película que se cita, que no es “Los Puentes de Toko-San”, sino “Los Puentes de Toko-Ri” (Mark Robson, 1954), de la que podéis leer el análisis en la web pulsando el título.

Ella usa esta “set-piece” para dar celos a Gary, que los siente, desde luego, como los sintió ella en otros momentos.

 

 

La secuencia más hilarante la protagoniza Bradley Cooper (y su amanerado asistente), que interpreta a Jon Peters (este sí es real), marido de Barbra Streisand. Un papel desfasado en el que Cooper, a buen seguro, se lo pasó pira destrozando cosas y diciendo burradas.

¿Sabes cuántos polvos echo? Todos. Todos los echo yo”. “Os voy a matar a ti y a tu familia… como jodáis la casa”. “A tu hermano lo voy a estrangular delante de ti”.

 

 

Un Cooper absolutamente desquiciado. Su aparición, y toda la secuencia, es delirante. Venganzas, reapariciones imposibles, escasez de gasolina, reencuentros, un imposible descenso conductor marcha atrás… Es pura anarquía, como esa última aparición de Cooper, tras Alana, una vez llegaron a salvo en su temeraria condución, destrozando escaparates e interrumpiendo su violencia ante la aparición de dos bellas tenistas. Violencia y sexo como definición del personaje.

 

 

La última aparición y relación significativa es la del concejal Joel Wachs (Benny Safdie). Un tipo en apariencia íntegro, centrado en su trabajo, al que no se le conocen relaciones, pero porque su condición sexual sería mal recibida. Es decir, resulta una decepción para Alana

Todo estará bien siempre y cuando nadie descubra quién soy”.

Esta última trama, que no tiene nada que ver con nada, une a Alana con Brian y Joel Wachs en la carrera política de éste último. Esta no es tan hilarante, pero sorprende por su imprevisibilidad dentro de la historia. Incluso ese tipo extraño que entra en la sede y luego observa desde el exterior, como si de un Travis Bickle hippie se tratara, y que parece perseguir homosexuales, entra dentro de unos patrones más normales.

 

 

¿Dónde me dejáis la detención de Gary? Sin explicación ni aparente sentido. Se le apresa con la misma arbitrariedad que se le deja libre. Confundido con un asesino.

Surrealista es la entrevista, con un currículo inventadísimo diseñado por Gary, con Mary (una brillante Harriet Sansom Harris). Puramente lyncheana. Los diálogos son tan absurdos como hilarantes.

Tenemos a una especie de Lucille Ball en ese espectáculo y serie televisiva en la que participa Gary, aunque no se dice que sea ella… ya sabéis.

 

 

Licorice Pizza” es una oda a lo inconcluso, por eso abandonamos tramas y personajes como olvidan los adolescentes los amores y las preocupaciones cuando llegan otros… hasta que se encuentran responsabilidades o aquello que de verdad nos importa. Es la adolescencia lo que importa de verdad es ser aceptado, experimentar, descubrir, hacer…

 

 

 

Lee aquí la 2ª Parte del análisis.

Lee aquí la Última Parte del análisis.

 

sambo

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