LA VOZ DE UN ÁNGEL

LA VOZ DE UN ÁNGEL

MÚSICA

 

 

 

 

 

 

Se ha dicho de él que es “La Voz” (Jon Bon Jovi), que era “una voz entre un millón” (Brian May, que tras aseverar esto dijo que él sabía bastante de buenos cantantes), que “aparte de Robert Plant, no hay otro cantante que se acerque a Perry” (Randy Jackson), que “posiblemente es uno de los mejores cantantes de todos los tiempos” (Neal Schon o Chris Jericho), que “posiblemente era el mejor cantante de su generación” (Geoff Nicholls)…

Steve Perry es un rara avis en esto del Rock y su historia una de las más bellas. Podría ser el guión de una estupenda y hermosa película de Hollywood, pero por ahora sólo es la realidad. Perry es como una excepción rockera, sin aparente ego. Nunca necesitó de todos esos focos, de los que escapó en cuanto su cegadora luz se le hizo insoportable. Ni siquiera cuando en 2017 Journey fueron incluidos en el Salón de la Fama del Rock and Roll quiso eclipsar a nadie, dejando que fuera Arnel Pineda, actual cantante de la banda, el que ejecutara en la actuación pertinente en el evento aquellos himnos que él creó.

Durante muchos años creí la versión que sostenía que Perry se alejó de Journey y la música por un tumor de garganta, unos pólipos… tenía incluso sentido en la argumentación que daban por la dificultad de mantener el nivel en una banda con unas composiciones tan exigentes como Journey (que se lo digan al bueno de Steve Augery), pero eso nunca fue verdad. Nunca fue cuestión de enfermedad o incapacidad.

Eran tan bueno haciendo cosas que nadie más podía hacer…” (Neal Schon).

Steve Perry era uno de los reyes del mundo. Cuando se sumó al viaje de Journey, una gran banda de éxito moderado, de inmensa calidad, que mezclaba Jazz y Rock, de tintes progresivos y temas instrumentales, todo cambió. Journey se convirtió en el referente del AOR clásico, el grupo más elegante en la escena rockera, un derroche de calidad y ventas millonarias (superan los 80 millones de discos vendidos).

 

 

 

 

Infinity”, el disco de 1978, fue el debut de Perry con Journey, a los que acompañó hasta 1998, tras la publicación en 1996 de esa obra maestra que es “Trial By Fire” (que traje en su día al blog), que incluso tuvo una nominación al Grammy por el tema “When You Love A Woman”, con lo difícil que era eso en este mundo musical para un grupo AOR contracorriente ya en aquella época.

Un talento desmesurado, colonizador, que transformó la banda y la hizo suya, de hecho álbumes como “Raised on Radio” o “Trial by Fire” tienen su inconfundible sello, son puro Perry.

Steve Perry sonó en el mundo del Rock con una sublime elegancia, en unos registros tan altos como cálidos, tan líricos como matizados, esas notas que casi nadie lograba y que, desde luego, nadie ejecutaba de esa forma, que al juntarse con las teclas de Cain y la prodigiosa guitarra de Schon (es uno de mis guitarristas favoritos) llevaron a la banda a un inexorable e inevitable éxito total y a interminables giras que acabaron con su energía… en 1987. Ni ha habido ni hay un cantante como él, algunos lo han intentado imitar, todos ellos excelentes, pero Perry es otra cosa.

Sí, ya sé que volvió con el “Trial By Fire”, que sacó su “For the Love of Strange Medicine” en el 94, pero ya no saldría más con Journey de gira (la fatalidad de su problema de cadera impidió que lo hiciera para promocionar “Trial by fire”).

 

 

 

Mucho se habló sobre la salida del cantante de la formación. Discrepancias artísticas, malos modos tras la lesión de cadera de Perry, problemas de garganta producto de un tumor… Perry se fue, se apartó de todo porque estaba asqueado, harto. Desapareció.

¿Qué diablos pasó?

Esa idea de aislarse, de desaparecer, ocultarse y protegerse, parece un reducto de su infancia, cuando tras el divorcio de sus padres procuraba apartarse de la vista de los demás… Pero el rincón donde aquella evasión se hizo más confortable y feliz fue la música. Ahí tenemos el caldo de cultivo de una sensibilidad especial.

Aquel refugio fue su ventana y liberación, el germen de su incipiente vocación en una adolescencia que, como a casi todos, se le marcó a fuego en la alegría de una pasión reconfortante y redentora.

Perry desapareció dentro de sí mismo, decidió neutralizarse, anularse para el mundo. Ha comentado que ni siquiera podía escuchar música en la radio tras dejar la banda, síntoma de un estado psicológico lamentable. Tenía que volver a huir, buscar sus antiguos refugios, pero sin la música.

No se convirtió exactamente en un asceta, un ermitaño, un anacoreta, pero también hubo algo de eso. Sus apariciones públicas eran escasas, casi nulas, y cuando sucedían eran casi obligadas.

Vivió su soledad como un tipo normal, una vida cómoda, como la de cualquiera, sin ajetreos, sin tensiones, aislado y alejado de todo, especialmente de la fama. Un recluso preso en sí mismo, ajeno voluntariamente a todo lo que pudiera concernirle, sorprendiéndole sus éxitos repentinos “viralizados” por las nuevas generaciones y tecnologías.

De hecho se negó al uso del “Don’t Stop Believin” en “Los Soprano”, tuvieron que convencerle enseñándole cómo la usarían en la famosa escena, lo que le convirtió en una de las pocas personas fuera de sus responsables en conocer el polémico final de la serie. Lo que ha ocurrido con ese tema, el más descargado de iTunes, un éxito en su día, un clásico absoluto, fue tremendo, siendo usado en tal cantidad de cintas, series y anuncios que es complicado seguir la cuenta (Glee, Los Soprano, Monster, Los Simpson, Padre de Familia, Rock of ages…).

 

 

 

No fue hasta mucho tiempo después, en 2014, cuando el bueno de Perry volvió a enfrentarse a la música junto a Mark Oliver Everett, líder de Eels… mucho tiempo… Pero, ¿por qué? ¿Qué pasó? ¿Qué le impulsó a volver?

Todo cambió cuando Perry conoció a Patty Jenkins, que también requirió sus servicios para colocar la mítica “Don’t Stop Believin” en su película “Monster” (2003), protagonizada por Charlize Theron, título que le dio el Oscar a la actriz. Jenkins, que ahora tiene más fama y prestigio aún tras su éxito con “Wonder Woman” (2017), sacó del cascarón al bueno de Perry, iniciándose una entrañable amistad. Fue a través de ella que Perry volviera a acercarse al mundo de la música tras presentarle al líder de Eels, Mark Oliver Everett, con el que congenió enseguida y terminó colaborando, pero sobre todo fue quien le acercó a Kellie Nash.

Jenkins rodaba su parte para el telefilm “Cinco” (2011), como una de las directoras junto a Jennifer Aniston, Demi Moore, Alicia Keys y Penelope Spheeris. Un proyecto que trataba sobre el cáncer de mama y cómo afectaba este a las mujeres en cinco cortometrajes. Jenkins montaba una escena en la que aparecían enfermos reales de cáncer que hacían las veces de extras cuando Perry la vio… Fue un flechazo. El cantante huidizo, que se había mantenido al margen de todo, que se mantenía cerrado ante todo el mundo, encriptado, hermético e impenetrable, pareció volver a la vida y le pidió a Jenkins que mandara un correo electrónico a aquella chica que había visto en pantalla para poder conocerla. La sorpresa de la directora fue mayúscula, por lo que le advirtió y puso los pies en el suelo: “Tiene cáncer en los huesos y los pulmones. Lucha por su vida”.

Perry sabía que lo normal y recomendable, lo que dictaba la razón, era haberse mantenido al margen, a salvo en su confortable vida, sin buscar complicaciones ni problemas… pero Perry no es muy normal. El mail fue enviado. Y fue una de las mejores decisiones de su vida.

Una llamada, largas horas de conversación, madrugadas eternas, noches de confidencias, una complicidad inmediata, una corta amistad, un romance floreciente y el amor… Año y medio de relación, de largas charlas hasta el amanecer para consolarse, risas para hacerla dormir, compañía y conversaciones nocturnas como bálsamo a los dolores, físicos y de los otros, escritos y canciones, la voz de un ángel… Steve ha dicho que Nash es la cosa más grande que le ha pasado.

 

Ella lo rescató, como una Eurídice sacando del limbo a su Orfeo, pero él a ella también del dolor solitario de la enfermedad y la angustia, de la lucha sin descanso. Se salvaron ambos en toda una vida de dos años.

Una efímera felicidad, pero más que suficiente. Cuando en 2012 los dolores en la cabeza de Kellie eran insoportables, cuando el cáncer se había extendido al cerebro, hizo prometer a Steve que nunca más se recluiría, que nunca más se aislaría ni dejaría que volviera aquella soledad. Que hiciera que aquel tiempo significara algo. Ella falleció a los 40 años, un 14 de diciembre de 2012. Y lo curó de algo que seguramente no sabía que padecía.

 

 

 

 

 

Y tras la desoladora pérdida, que aún le emociona al recordarla, Steve, el recluso, se liberó del todo y siguió escribiendo en sus diarios sus vivencias con ella, empezó a componer y dejó que le vieran cantar otra vez. Escribió y escribió… y ahora ha sacado un disco, 22 años después de “Trial By Fire“. Ese fue el motivo de que Steve aceptara la invitación de Jenkins y Mark Oliver Everett para comenzar a abrirse a la música.

No me podéis negar que es bonito. Quizá, en este mundo cínico de hoy, suene cursi, pero es una realidad. El amor es redentor. Me parece especialmente bello y reconfortante que se lanzara a esa aventura, siendo como es Steve, sabiendo la complicadísima situación de ella.

Cuando estás enamorado de una psicóloga recibes mucha ayuda”.

Este nuevo trabajo, “Traces”, es la consecuencia y a la vez expiación de todo aquello. El derramamiento artístico de una experiencia vital y amorosa, de una promesa cumplida que salió a la luz el 5 de octubre para compartirse con todos nosotros.

Un trabajo excelente, a contracorriente, repleto de sensibilidad y melodías exquisitas, que poco tiene que ver con Journey, pero que satisface enormemente y ha recibido alabanzas justas, aunque seguramente no será un éxito.

Al final Steve Perry no pudo dejar de creer, abrió los brazos para cumplir fielmente aquella promesa al amor y su recuerdo.

 

 

 

 

sambo

Leave a reply