LA TRASTIENDA

LA TRASTIENDA

RELATO




 



Llegar a casa tras el duro día de Navidad siempre resulta algo sensacional. La adrenalina mantiene mi euforia, la satisfacción del deber cumplido, de la felicidad provocada, de la emoción sincera, pero a la vez el cuerpo pide el merecido descanso, la relajación tras el esfuerzo, el reposo necesario. Son emociones puras, pero un elemento de inquietud e incertidumbre me sorprende todos los años antes de abrir la puerta para entrar, aunque esté avisado.

El encuentro con mi mujer siempre es tenso, ausentarme en día tan señalado, aunque me llame el deber, es algo que nunca ha llevado bien, y aunque es cierto suele utilizar una táctica agresivo-pasiva de gestos, silencios y miradas reprobadoras, la sangre nunca ha llegado al río… pero en la última ocasión, al cerrar la puerta a mis espaldas, tuve la seguridad de que iba a ser distinto.

Ella suele esperarme plácidamente sentada ante la chimenea, leyendo alguna revista de moda o de animales, le gustan especialmente las de renos, subiendo y bajando la pierna en un gesto nervioso que estoy seguro comienza nada más oír la llave en la entrada.

Siempre me recibía algo fría, haciéndome notar cierto disgusto, pero sin culpabilizarme directamente, siendo correcta y cortés, hasta que la tensión quedaba engullida por el silencio y la rutina, pero se ve que en esta ocasión esa tensión se sentía exhibicionista y poco pudorosa.

Avancé por el pasillo con un extraño sigilo inconsciente, como si temiendo la tormenta quisiera pasar desapercibido absurdamente, ya que iba justo a su encuentro… Al entrar en la salita no la encontré sentada como esperaba, sino de pie y con la mirada encendida, apoyada en la pierna derecha y con una mano en la cintura, como si hubiera estado ensayando esa pose durante bastante tiempo. Notaba la tensión en la nuca a cada paso que daba, mirándome de reojo, como esperando una señal para desahogarse arrojándose despiadadamente sobre mí.

— ¿Qué tal la nochecita?— fue su primera intervención.

—¡Estupendamente!— contesté lo más jovialmente que pude. —Creo que hicimos un gran trabajo una vez más.

Pronto me quedó claro que mi tono efusivo no fue el más adecuado para la situación.

—Nicolás, esto no puede seguir así. —Cuando utilizaba mi nombre de pila no era buena señal—. Parece que no te das cuenta. Mientras tengas tu baño de masas y tu dosis de gloria te da igual cómo estemos los demás, ¿verdad?

—Eso no es así, cariño —respondí casi escandalizado—. Esto es mérito de todos, ¡siempre os lo digo!

—Lo dices, pero el que se lleva la gloria, los elogios y las satisfacciones sólo eres tú, mientras nos tienes a los demás trabajando para ti.

—Eso no es justo. Sabes bien que te valoro muchísimo y sé lo mucho que hacéis, aunque tenéis que reconocer que mi labor es indispensable y sacrificada.

—¿Sacrificada? —chilló estridentemente, como si no estuviera muy de acuerdo—. Recojo los encargos, me preocupo de la gestión de recursos, superviso el material y a los trabajadores, administro los distintos departamentos, llevo las cuentas, colaboro en el trabajo artesanal… ¡A diario!

—Es una labor magnífica, sin du…

—¡Y tan magnífica! —me interrumpió violentamente—. ¡Como que lo es todo!

—Hombre, todo…

—¡TODO! —me espetó con furia, fuera de sus casillas—. ¡Para que luego tú te dediques a repartirlo en una noche, pongas pose de estrella y te lleves todos los honores!

—Mujer, no sólo hago eso, tamb…

—¡Claro que sólo haces eso! El resto del año te lo pasas echando tripa en el sofá viendo partidos, farfullando quejas sobre tus rivales cuando te has bebido alguna cerveza de más, maldiciendo a la competencia, que si «ellos son más», que si «no tienen tanto carisma», que si «a ellos no les patrocina la Coca-Cola»… hasta que llega el día de lucirse. Entonces te pones tu trajecito rojo, que según dices te queda mejor que el verde, y te dejas agasajar, mientras yo me quedo aquí a verlas venir tras partirme los cuernos.

—Ho ho ho —sólo pude emitir esa risilla nerviosa.

—Sólo tienes ojos para tu trineo. ¡Ni siquiera das de comer a los renos!

—No te enfades mujer, si quieres puedes venir de copiloto el próximo año…

—¿De copiloto? ¿Por qué de copiloto?

—A ver, creo que estaremos de acuerdo en que yo conduzco mejor, es una de esas cosas que se nos dan mejor a los hombres… Bueno, es que de hecho tú no sabes conducir…

—¿¡Cómo?! ¡Ya estamos con los tópicos sobre conductores! ¡Te has convertido en un obsoleto cliché hetero-patriarcal!

—Pero, ¿qué?

—¡Ni «pero» ni «qué» ni nada!

El habitual color rojizo de mi pequeña nariz y mis encantadoras mejillas se fue extendiendo al resto del rostro, un tono como de hierro candente antes de ser golpeado por Hefesto, como pude ver en el espejo mientras mi vista vagaba perdida por la estancia buscando una salida. Era una mezcla de ira, frustración y vergüenza tras ese golpe bajo e inesperado.

—¡Soy un icono, represento la tradición, soy lo que la gente espera ver!

—¿Y eso te impide ayudar en las demás tareas que tenemos que hacer?

 

 

 

Tras unos segundos de desconcierto, intentando reponerme de sus acometidas sin freno, azorado, abochornado y consternado, mi perturbación y desorientación ablandaron a mi mujer, que se apiadó de mí e intentó reconducir la bronca hacia terrenos más amables y de concordia.

El caso es que este año no voy a poder seguir los partidos porque me comprometí a ayudar en las labores de gestión, además de dedicar largas horas a enseñar cómo se conduce el trineo a mi querida esposa. Hay dos renos con magulladuras y Rudolph tiene un esguince en la pata delantera derecha, pero saldremos adelante…

sambo

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