«LA PALMITAS»

«LA PALMITAS»

RELATO

 

 

 

 

 

Han pasado bastantes años desde aquella pandemia, aunque todos la recuerdan. Lo que no recuerdo es cuando “La Palmitas” comenzó a mostrar ese comportamiento. De repente, estaba así. No hablaba con nadie, dedicaba sonrisas enajenadas a la nada, a destiempo. Estaba tutelada y tenía una hermana que pasaba mucho tiempo con ella, pero lo cierto es que hacía una vida bastante normal, a pesar de todo. Iba a comprar, daba sus paseos, tenía sus programas televisivos favoritos… Antes muchos la miraban, la veían como una excentricidad, se burlaban, la mayoría de las veces a sus espaldas, pero todo eso ya pasó también. Luego sólo yo le prestaba atención.

Su mala fama llegó de improviso, en un día cualquiera, como suele llegar todo. Pasaba muchas mañanas y tardes en el parque del barrio, vagando sin rumbo, sentándose en los bancos a observar, sobre todo a los niños, a los que solía acercarse para intentar jugar con ellos. Esto fue malinterpretado por una madre, que le pidió que dejara de molestar y atosigar a su hijo, a lo que ella hizo oídos sordos, sumida en su mundo… Aquel escándalo de gritos, desprecios e incomprensión sentó un mal precedente entre la gente del barrio, que procuraba mantenerse alejada de ella, sobre todo si tenían niños. Un suceso con el que su comportamiento comenzó a ser más errático o, al menos, se hizo más visible para todos. Apocada y retraída, timorata y acobardada, miraba a los niños con anhelo y ternura, pero desde una prudente distancia ante las desconfiadas miradas… Resignada a no poder tocarlos ni acercarse a ellos, fue supliendo esa falta con comportamientos extravagantes, infantilizados, donde podía pasarse una tarde entera empujando un solitario columpio en el que se balanceaba un niño invisible. Ni siquiera cuando era los niños los que se acercaban a ella al verla jugar sola con un cubo y una pala sentada en la arena del parque ella cedía a la tentación, agitando la cabeza en todas direcciones buscando al adulto que la humillaría, temerosa de otra reprimenda… Nadie parecía recordar a esa mujer a la que años antes aplaudían desde sus balcones.

Antes de su baja, ella era enfermera. Fue una de las muchas que estuvieron al frente de la lucha contra la pandemia. Era una chica normal a la que nadie daba demasiada importancia, pero que repentinamente se convirtió en uno de los referentes de una sociedad necesitada de héroes.

Si bien siempre fue una mujer discreta, conmigo tenía una buena relación. Pude mostrarle mi orgullo por lo que hacía, felicitarla por su labor, antes de que todo cambiara. Estaba separada, como yo, así que nos contábamos nuestras vidas y había cierta complicidad que no pasó a mayores. Conocí a su hijo, con el que me quedé en alguna ocasión antes de que todo empeorara, mientras cumplía alguno de sus exigentes turnos.

Era un niño tímido, muy educado, simpático y amable, orgulloso de esa madre que salvaba vidas, como Wonder Woman, de la que gustaba escuchar historias y también contarlas. También era un chico enfermizo, débil en lo físico, aunque con un ánimo irreductible. Le encantaba presumir de aquellos aplausos que él interpretaba de forma exclusiva, dedicados a su madre, para proceder con entusiasmo a relatar alguno de sus logros, alguno que ella misma le hubiera contado, historias que siempre tenían un final feliz, porque ella lo mantuvo a salvo siempre de cualquier reverso oscuro.

Falleció un tiempo después de que todo acabara. Leucemia.

Había visto morir a mucha gente, había salvado muchas vidas, sobre todo en aquel hospital de campaña al que llegaban enfermos en manadas víctimas de un dichoso virus… Había visto de todo, pero ver morir a un hijo era otra cosa. Ya no había aplausos ni consuelo.

No volvió a ser la misma. Desapareció largo tiempo y cuando regresó era otra persona. Ya no dejó acercarse a nadie. Yo lo intenté, pero me rechazó como si viera un fantasma, como si fuera a contagiarle algo. Me convertí en un desconocido más.

Todo quedó ensordecido en su vida, que decidió interrumpir, encerrarla en el tiempo, como un gif que se repite una y otra vez. Se guareció en esa cápsula porque en un momento dado decidió que salir de allí era demasiado doloroso. Al cobijo de su mente, se sintió a salvo en una ficción que lo hacía todo algo más soportable.

Ella, que veía al suyo en todos esos niños a los que ya no se acercaba, pasaba sus ratos junto a él en el parque, empujando un columpio, metiendo arena en un cubo… y era, más o menos, feliz.

Los chavales del barrio la apodaron “La Palmitas”. En esas tardes por el parque, acostumbraba a aplaudir, de repente, sin venir a cuento ni con motivo aparente. Aplausos torpes, arrítmicos, que sonaban ridículos en la soledad, rompiendo casi obscenamente el silencio, caricatura patética de aquellos que salían desde los balcones muchos años antes… Ahora sonaban absurdos. La mayoría no entendía por qué hacía aquello, achacándolo a su locura, unos pocos sí captaban el eco distorsionado de lo que una vez fue, pero quizá sólo yo entendía que era el íntimo homenaje de alguien roto a unos héroes ausentes, caídos en el olvido. Especialmente a uno.

Sólo me quedaba aplaudir en secreto y en silencio.

 

sambo

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