LA DESPEDIDA

LA DESPEDIDA

RELATO

 

 

 

 

 

Era la época en la que los niños jugaban al fútbol en el parque. El columpio del que solía colgar una rueda para mecerse hacía las veces de portería. En la otra valía con un árbol y un montón de arena para hacer los postes. A veces definían con las manos una línea en la tierra, aplanándola, de poste a poste para que nadie escamoteara un gol… Yo no jugué nunca con ellos.

Era un niño enfermizo con una madre enfermiza que vivía con angustia que me alejara de su vista o de la de Teresa, por lo que salir a la calle era una quimera. Mi padre viajaba por todo el mundo por trabajo. Apenas lo veía, salvo en sus breves paradas entre destino y destino.

Fue una época difícil. Pasé muchas semanas en cama sin poder salir a la calle. Lo pillaba todo, hasta una poliomielitis… Serían mis ganas de relacionarme con alguien… o algo. Sólo tenía un amigo. Esto, para un niño de mi edad, era bastante deprimente.

Mi amigo tampoco era demasiado popular. Tenía movimientos torpones y lentos, un cuerpo fofo y regordete y estatura media. Casi siempre se quedaba fuera de los grupos que se formaban, pero tenía un tesoro. Un balón. Ese objeto redondo ha hecho más por la integración infantil que cualquier otra cosa. Tampoco era muy bueno jugando, pero le ponía empeño.

Tardó varios días en darse cuenta de que le observaba. Distraído, con la mirada perdida vagando por las ventanas de mi bloque, reparó en mí. Me puse nervioso, pero en el fondo quería que me viera. Me hice el despistado. Él hizo lo mismo, aunque miraba de reojo disimulando torpemente, aún más que yo. Fueron momentos incómodos y entrañables, sobre todo cuando en nuestros esfuerzos por evitar que el otro nos descubriera, tropezábamos nuestras miradas constantemente.

Poco después, como suele ocurrir con los niños, sobre todo solitarios, éramos más que amigos. Apenas podíamos hablar porque no me dejaban abrir las ventanas a causa de mi molesta tendencia a enfermar. No importaba. Con gestos, miradas y risas lo entendíamos todo. Y cuando la vigilancia de mi madre y Teresa se relajaba, la ventana se abría.

No tardó en pedirme que bajara, pero tuve que disculparme por mi enfermedad y la de mi madre. Pareció decepcionado, pero le complació saber que lo observaría y animaría cuando jugara partidos. Si por alguna extraña razón marcaba un gol, levantaba efusivamente los brazos con sincero orgullo desde mi ventana. Cuando le daba por hacer algo que él consideraba meritorio, me miraba de inmediato, más pendiente de mi ventana que del juego, con vibrante expectación para recibir mi aprobación, que nunca faltaba.

Al finalizar, se acercaba y, si se podía, manteníamos una distendida charla en la que yo daba consejos, hacía correcciones y nos enorgullecíamos de nosotros mismos. Un saludo con la mano ponía fin a la reunión concisamente. Fueron unas semanas estupendas.

Luego todo cambió. Al morir mi madre, mi padre tuvo que hacerse cargo. Nos marchamos enseguida. Él no podía quedarse mucho tiempo, por lo que despidió a Teresa, nuestra cuidadora, y lo preparó todo para llevarme con él.

Nunca pude despedirme de Daniel, que pasaría semanas buscando en una ventana vacía aquel apoyo que le hacía sentir menos solo y más alegre. Con el funeral y la rapidez de la marcha no pude asomarme a aquella ventana, al menos cuando jugaba…

Viajando con mi padre fui recuperándome de mis constantes achaques hasta hacerme un muchacho fornido y saludable. No fui un turista convencional, me integraba con facilidad infantil en las zonas más genuinas de cada pueblo. Mientras maduraba, probé una musaca en Grecia que no se parecía a ninguna que hubiera comido antes; me ofrecieron mole casero hecho en metate en Cholula, chile en nogada en un septiembre de Puebla y tomé un café exquisito en Cuetzalan; follé en el Magreb y en un iglú; trabaje con las manos en Saskatchewan y tuve un pequeño negocio en Brisbane…

Tuve muchas casas y demasiadas compañías, tuve borracheras de amigos que sólo dejaron la resaca y dulces despedidas fácilmente olvidadas. Muchos años viajando, como necesitado de una redención de aquella infancia sedentaria y solitaria. Lo que no podía negar es que, recordando veranos, aquel junto a Daniel era el que me venía con más cariño a la cabeza.

Cuarenta años después regresé a aquel parque gigante que ahora me parecía diminuto. Aunque reconocible, el paisaje había cambiado. Era mucho más civilizado. Paseos asfaltados, zonas de juegos, grupos de amigos sentados en bancos, paseantes con perros… No había chavales inventando mundos y competiciones en la arena ni partidos de fútbol.

Paseé por allí hasta que decidí sentarme en un banco. Miré, convertido en Daniel, la ventana de la que fue mi casa. Aquel día me quedé bastante tiempo. Deseaba que la persiana se izara y tras ella apareciera algo reconocible, de un pasado inaprensible que sentía como presente, donde las evidentes diferencias no mermaban la extraña sensación de que en realidad nada había cambiado, aunque casi todo fuera distinto. Estar allí me hacía sentir que Daniel aparecería como si tal cosa con su balón y andar torpón.

Regresé a diario a ese lugar que me fue robado, que deseé como ninguna cosa, que me mostró un pequeño mundo que nunca tuve, que ya nunca tendría y que por eso amaba. Nada había que me hiciera volver a aquel lugar de ausencias, faltas y anhelos, pero lo añoraba. Sin haberlo pensado, al llegar allí decidí quedarme. Era algo absurdo y sin sentido. Rememorar esas pasiones infantiles cuando nada tenía, cuando conformarse era rutina, cuando un gesto todo lo conseguía. Remembranza de unas pocas sensaciones genuinas provocadas por una necesidad, una expectación nunca satisfecha y la decepción de una despedida frustrada a un cariño sincero que nunca volví a sentir igual.

Porque el hogar que nunca abandonamos es la infancia, ese lugar del que no nos despedimos jamás, sea esta una mansión lujosa o una chabola cochambrosa.

 

sambo

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