LA COLECCIÓN

LA COLECCIÓN

RELATO

 

 

 

 

 

 

Siempre fue un gran tipo. Curioso, lector, melómano, caótico y poco práctico. Y muy orgulloso, que no se me olvide mencionarlo. Era brillante en todo aquello que no servía para nada. Le venía de familia. Sus padres eran unos bohemios románticos de pura cepa. Encima era enamoradizo, aunque no promiscuo.

Desde muy jovencito, y por influencia de sus padres, le apasionó todo lo que tenía que ver con la cultura, si bien cultivó sus propios gustos. Fue haciendo una colección grandiosa de discos, películas y, posteriormente, libros. Algunos los heredó de sus padres y otros se añadieron en regalos y adquisiciones. Eran su mundo. Conocía la formación completa de los grupos, la entrada de ese solo de guitarra en el quinto tema del segundo álbum de tal banda, lo que pensaba aquel actor en una perdida escena de una película olvidada y revivida en su cabeza… Podía pasar horas y horas viendo pelis, escuchando discos, leyendo, dando la brasa a colegas sobre todo ello o, simplemente, pensando en lo nuevo que estaba por venir…

Luego se enamoró. Sí, hay chicas que ven en esa verborrea y esas pasiones algo inconteniblemente atractivo y contagioso, pero sin un trabajo decente e intentando seguir sus estudios, lo de tener novia se le iba del presupuesto, porque a esas edades el amor endeuda.

Tuvo que ver algo realmente especial en ella, porque aunque era enamoradizo, nunca dio prioridad a sus relaciones sobre sus pasiones. No lo pasó bien al principio. Se mostraba esquivo cuando ella proponía hacer actividades que costaran dinero. Era muy orgulloso para dejarse invitar y también sabía que no iba a poder compensar. Ella era extremadamente inteligente y, sabedora de lo que ocurría, lo fue llevando a la perfección, como hizo toda su vida. Pasaron varios meses en este tenso tira y afloja para él. Ella, con todo, lo encontraba divertido y con un punto encantador.

Ni me imagino lo que debió costarle decidirse, pero me impresiona que terminara haciendo ese sacrificio por mantener su relación. Tenía que estar muy seguro y convencido.

Conocía todas las tiendas donde vendían películas, discos, libros o cualquier cosa cultural, cuanto más rara mejor, pero era bastante asiduo a una que además compraba el material que ya no interesaba a la gente para revenderlo. Cada cita con su novia eran unos cuantos discos, cada cena varias películas, cada pequeño detalle unos buenos libros…

El dueño de la tienda estaba encantado con él. Sus cosas se vendían muy bien y le proporcionaba tanto material como para abrir otra tienda. Él, por su parte, intentó conservar sus tesoros más preciados, pero llegó un punto en el que no hubo otra opción. Regalos especiales o que había compartido con ella, ediciones de lujo, ediciones firmadas… Ahora se convertían en tiempo y experiencias juntos.

Ella se dio cuenta enseguida del cambio, pero en su discreción se limitó a disfrutarlo sin mencionar un hecho que podía herir su ego, su orgullo y su seguridad. Y es que aquella colección dio para más de un año. En ese tiempo pudo conseguir un mejor trabajo y conservar alguna cosilla que no había vendido aún, aunque la mayoría voló.

Fue en las fechas navideñas cuando ella, ya independizada, le invitó a su casa. Pensó mucho en cómo hacerlo, cómo decírselo, porque lo que estaba claro es que tenía que hacerlo.

Llegó por la mañana. Había estado allí varias veces, pero aún no vivían juntos. Era una casa grande, de cierto lujo. Tomaron algo, comieron, vieron una película y, antes de marcharse, ella le dijo que tenía que enseñarle algo. Abrió la puerta de una habitación que siempre había estado cerrada en sus visitas. Allí, en un perfecto orden, con pequeños letreros con fechas, estaba toda la colección que él había ido vendiendo. Era una estancia muy amplia, con estantes y columnas por todos lados… Los objetos se amontonaban hasta el techo. No tenían ni una mota de polvo y en los letreros venían las fechas en las que él vendió cada lote y en la que ella los recompró.

Fue a la tienda a los pocos días de olerse lo que ocurría y le explicó todo al dueño, con la promesa solemne y por escrito de que jamás le diría nada. Sólo vendió un par de cosas antes de que ella fuera. Consiguió recuperar toda la colección, que mantuvo limpia y mimada como si fuera suya.

Me contaron que él se quedó sin habla al ver aquella habitación, que intentó disimular su lloriqueo de forma lamentable y que tardó un par de horas en recomponerse…

En cualquier caso, esto sólo os lo he contado como contexto, para que entendierais de donde procedía mi emoción y fascinación. Porque lo que de verdad me derrumbó de toda aquella historia, fue que mi pasión por aquellos grupos, películas y demás cosas que había en esa colección, no me la inculcó él, sino ella, mi madre, que me hablaba de los guitarristas, las curiosidades y las anécdotas con la misma pasión que a ella se las había contado mi padre en aquel noviazgo… Y que mi afición a la velocidad, que me inculcó mi padre, era en realidad una de las pasiones de juventud de mi madre. Esa manera de fusionarse, de beber al otro en su misma esencia, me conmovió especialmente.

Ahora disfruto escuchando alguno de esos discos en mis auriculares mientras aprieto el acelerador de mi moto por una carretera desierta, cantando al legado a grito pelado.

 

Regalo Olvidado

 

sambo

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