KINGSMAN: EL CÍRCULO DE ORO (2017)

KINGSMAN: EL CÍRCULO DE ORO (2017)

MATTHEW VAUGHN

 

 

2/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esperada secuela tras el éxito de “Kingsman: Servicio secreto” (2014), que con una mezcla de desfase estilo cómic (adapta al creado por Mark Millar y Dave Gibbons), violencia explícita pero asumible, humor gamberro, descaro y acción virtuosa (mítica ya la escena en la iglesia) entusiasmó a un nutrido grupo de fans.

Supongo que esta secuela, que apuesta por los mismos elementos, también gustará a muchos de ellos, pero supone una decepción global, un quiero y no puedo acomplejado por la original. “Kingman” ha pasado de versión gamberra de Bond a parodia.

 

 

Los elementos estilísticos también son los mismos, por ejemplo en la acción y peleas, con esas cámaras lentas y planos secuencia trucados que deleitaron en la primera parte. Aquí, con todo, el resultado me resulta mucho menos acertado. No es que estén mal rodadas, sino que van algo desfasadas, como la secuencia inicial con la pelea en el coche. Es estilosa, pero no convence en esa exageración y con unos efectos que no son del todo creíbles. Por lo demás tenemos esos planos sostenidos y sin corte en unas aceptables coreografías. El clímax, también rodado sin aparente corte, sigue las mismas premisas: parones en cámara lenta para que se vea bien algún detalle y la cámara flotando por la acción, dedicada a la indudable brillantez visual.

 

 

Conceptualmente se pretenden ciertas gamberradas y sugerencias respecto a la actualidad, donde al poner al presiente de los Estados Unidos como un genocida descerebrado y desquiciado ya sabemos por dónde irán los tiros. Un gobierno más peligroso aún que el Cartel comandado por Julianne Moore. Lo cierto es que la reacción del presidente al chantaje y el trabajo de Bruce Greenwood son divertidos.

Luego tenemos algunas gamberradas simpáticas. Por ejemplo con esa villana que interpreta Julianne Moore. Una sádica que parece colocada de todo, pero con cierta coherencia en su ambiciosa locura. Naíf, superficial, cruel, parece una digievolución de un personaje sacado de “El Gran Lebowski” (Los hermanos Coen, 1998), cinta en la que Moore también participó. De hecho, en su pequeño y secreto complejo veremos una bolera… Se ha forrado vendiendo droga, en cambio es una “picada” de la salud y una vegana que hace hamburguesas con carne humana.

 

 

 

Estos contrastes parecen querer marcar cierto mensaje encubierto, “Viva las veganas”, y sutil a favor del veganismo y en contra de los omnívoros de toda condición, al que luego se da la vuelta poniendo esas ideologías y aficiones en boca de una psicópata perturbada. Es por ello un guiño divertido ver que en el cine que tiene acomodado allí Popy (Julianne Moore) se proyecta una cinta tan “progre” como “Captain fantastic” (Matt Ross, 2016).

Más allá de esto, Julianne Moore está estupenda en su papel de villana loca.

Hay algunas referencias cinéfilas explícitas más: “American graffiti” (George Lucas, 1973), “Grease” (Randal Kleiser, 1978) o la serie “Días felices”… Además tenemos al bueno de Elton John secuestrado haciendo de sí mismo. Ciertamente podría ser divertido, pero resulta pelín ridículo. Lo que en un principio resulta gracioso, luego termina por cansar y caer en lo bochornoso. Sí es curioso, por otra parte, ver a Elton en una película protagonizada por Taron Egerton, que haría de él poco después en «Rocketman» (2019).

 

 

La película se ve sin dificultades en líneas generales, salvo que te chirríe su gamberrismo. Un entretenimiento aseado, lujosa realización, estilizado estilo nervioso y epidérmico que comienza bastante bien, pero que se va hundiendo y diluyendo en absurdeces y un esforzado intento por resultar original, gamberra y distinta… Se agradece ese esfuerzo, pero cuando no se consigue se cae a menudo en el bochorno, por ejemplo en esa escena en la tienda de campaña en el festival musical con el protagonista, Eggsy (Taron Egerton), llamando a su novia para pedirle permiso antes de lanzarse a la vagina de la pareja de un villano…

 

 

 

 

Seguimos teniendo artilugios híper modernos y el juego de disfraces y mascaradas, lo encubierto, como elemento narrativo habitual, aunque ciertamente en esta secuela llama la atención mucho menos. La aparición de ese oculto servicio secreto americano, Statesman, con sus agentes interpretados por Jeff Bridges, Channing Tatum, Hale Berry y Pedro Pascal como Champ, Tequila, Ginger y Whiskey, para dar la réplica a Merlín (Mark Strong) y el reaparecido Harry Hart (Colin Firth) funciona a medio gas.

A Fith se le vincula a las mariposas, símbolo de cambio y transformación, suponemos que por su amnesia sobrevenida…

 

 

 

 

 

El reparto cumple, está cómodo en sus roles, especialmente en sus carcasas caricaturescas. Hay fugaces momentos simpáticos, divertidos o de acción pasable, poco en un conjunto disperso, excesivo, poco definido en una locura que se va de las manos, haciendo perder el interés que pudiera tener la trama.

«Kingman» parecía una versión gamberra de James Bond, así era en la primera. En esta secuela ha pasado de versión gamberra a parodia, y claro, no es lo mismo, sobre todo porque de estas ya ha habido muchas, mucho más definidas, más divertidas y acertadas en su propósito.

 

 

 

sambo

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