JOKER (2019) -Parte 1/4-

JOKER (2019) -Parte 1/4-

TODD PHILLIPS

 

 

 

 

4/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Joker” es una buena película, pero no sorprenderá a quien haya visto un poco de cine. “Taxi Driver”, “El Rey de la Comedia”, Scorsese, o sea. Un buen título de calidad que dar a las nuevas generaciones con referentes que sí son obras maestras y a los que esta cinta de Phillips no alcanza, ni mucho menos. Eso sí, es un cine añejo, adulto, complejo, ambiguo, que obliga a reflexionar, del que se estila menos, y quizá por ello impacte más. Hacen falta más películas de este tipo. No es raro que se ofreciera el proyecto a Scorsese… tampoco que lo rechazara, ya había hecho esto hace 40 años… Scorsese ha afirmado que sabe perfectamente de su influencia en “Joker”.

 

 

Joker” es un excelente retrato de un personaje, al que se hace evolucionar magníficamente, exponiendo su complejidad… como otras muchas grandes películas que además se permiten el lujo de dibujar, definir y hacer evolucionar otros personajes dentro del film, además de exponer otros muchos aspectos en una mirada amplia. Esto para poner en dimensión lo que aquí tenemos. Lo que eleva el film es el gran trabajo de su actor, sobre todo dando vida a un personaje icónico. Un tremendo gesto de valentía el de Phoenix, teniendo fresco todo el mundo el recuerdo de Heath Ledger, unánimemente elogiado. Un riesgo que es un añadido más al valor de su interpretación, que no sería raro le valiera el Oscar (Joker sería el único personaje que recuerde, junto al de Vito Corleone, en dar Oscars a actores distintos). Eso sí, es muy probable que si la película se llamara Arthur o Joaquin, no habría tenido ni los elogios, ni la taquilla, ni la repercusión de esta.

Arthur Fleck es como una de esas piezas de puzle para niños pequeños que tienen forma de círculo, cuadrado, estrella, medialuna… Él es un círculo que pretende encajar en el hueco de la estrella o de la medialuna… que son la sociedad. A veces finge que entiende el puzle, pero en realidad le es completamente ajeno, sólo sabe que no encaja, que todo ese puzle le es hostil, un enigma indescifrable ante el que sólo puede responder simulando y aislándose. La soledad, la perturbación y la imitación son sus débiles muletas para intentar manejarse, a duras penas, por esa sociedad que le vapulea o no admite en ninguno de sus huecos.

Y la risa es la mejor manera, coherente con el personaje, de escenificar todo eso. Entre sus colegas actores, uno de ellos cuenta un chiste que hace gracia a todos, así que él reirá estridentemente, pero una vez se vuelva y cruce el pasillo, cortará esa falta risa impostada que simulaba para integrarse, confundirse con el ambiente, con la que simulaba entender dónde estaba la gracia.

 

 

Un ejemplo aún mejor lo tenemos cuando asiste a un espectáculo de monologuistas. Allí observa cómo la gente reacciona a las bromas y chistes del humorista, que él en realidad no capta, por eso se ríe siempre a destiempo, anotando infantilmente los recursos utilizados. Siempre ríe tarde, desacompasadamente, patéticamente, en una simulación tan dolorosa como los incontrolados arranques de carcajadas que tiene… cuando la situación le sobrepasa, le amenaza o le hace sentir mal.

Porque sí, Arthur también se ríe, pero de nuevo cuando no debe, sin sentido, porque sigue siendo la estrella que intenta encajar en la luna. Cuando se siente herido y atacado por una madre que defiende a su hijo, le sobreviene una risa que no puede controlar, una reacción que choca con lo normalizado en la sociedad. Cuando unos yuppies se meten con una chica en el metro, el miedo y la frustración le harán pasar por lo mismo. Es una risa dolorosa, triste, llorosa, patética, frustrante.

Son las reacciones de alguien que está averiado según los estándares de la sociedad, por una enfermedad mental, que lucha por integrarse en un ejercicio imposible… Hasta que descubre, como lo hacía Travis Bickle, algo que le hace confundirse con el ambiente, ser aceptado, sobresalir y llamar la atención en esa sociedad que lo ataca inmisericordemente. La violencia.

Hasta hace poco parecía que era invisible, ni yo sabía si realmente existía”.

 

 

El equilibrio de la afrenta, motivación primigenia, el ojo por ojo, puede entenderse como una de las motivaciones de Arthur, si bien es algo simplista, habida cuenta de su obviedad. Arthur se percata de que con la violencia consigue todo lo que no conseguía, le tratan como no le trataban, logra lo que se mantenía fuera de su alcance. Con la violencia y la transgresión consigue que le hagan caso, adquirir notoriedad, respeto, vítores, admiración, reacciones, un documento médico, hablar con un supuesto padre anhelado, saciar su frustración, sacar su rabia…

Arthur cede a su intrínseca personalidad, abandonando la medicación. En definitiva, saca su personalidad porque todo le conduce a ello. La medicación le convierte en quién no es, de hecho es cuando se siente mal, pidiendo que le suban la dosis incluso… Cuando deja de tomarla se siente bien, feliz, es él mismo, pero un peligro para los demás…

No me quiero sentir mal”. “Creo que podía pedirle al médico que me aumente la medicación”.

Prefería su encierro en el psiquiátrico (no se nos explica el porqué de su encierro), donde no debía luchar contra ese mundo que le es hostil.

 

 

Tiene sus sueños, sus anhelos, sus ídolos… que no son tan extraños, que en realidad sólo pretenden la normalidad. Hay un claro componente egocéntrico, incluso exhibicionista, en Arthur. Todo su periplo e intenciones son vertebrados en su propia necesidad (lo que no es malo per se), en su propio padecimiento, que es lo único que le importa. De ahí se inicia una revuelta social que le da igual, pero que aprovecha a conciencia y que disfruta, ya que sacia ese anhelo de visibilidad. De hecho, él se cree gracioso de verdad, le ofende que no lo vea el resto.

Yo no quiero morir y que la gente me pase por encima. Quiero que la gente me vea”.

Le acabo de decir que me he pasado toda la vida sin saber si realmente existía… pero existo. Y la gente está empezando a darse cuenta”.

Siempre centrará todo en clave personal, utilizando los tumultos y el componente social formado en su favor. Es un individualista, apolítico, anárquico. Se comparará con los tres chicos a los que mató, autocompadeciéndose, recordando aquellas palabras escritas en su diario, diciendo que si el muerto hubiera sido él, nadie le hubiera mirado. Ese es su problema, los conflictos personales, que luego amplia.

¿Te parezco un payaso capaz de iniciar un movimiento?”.

Si hubiera muerto yo en la calle habríais pasado por encima de mí. Nadie sabe ni que existo. Pero esos tres, ¿por qué? ¿Porque Thomas Wayne ha salido por la tele lamentando su pérdida?

 

 

 

Papá Scorsese

Como le ocurría a Travis Bickle, no se da cuenta de que su forma no encaja con la de la sociedad. Aquel, en la cinta de Scorsese, uno de los referentes scorsesianos que se recogen en esta cinta, logra una cita con una mujer y no se le ocurre otra cosa que llevarla a ver una película porno… Él cree que es lo normal, no entiende qué ha podido fallar. Algo que para cualquiera es obvio, se escapa a su entendimiento. No ve nada de malo, de raro, en esa perturbación o esa opción que no está bien vista o normalizada en la sociedad.

Lo mismo le ocurre a Arthur. Finge sus risas.

 

 

Esa Gotham sucia y corrupta, es la misma que el Nueva York fantasmal de Scorsese. La trama política de supuestos idealistas que lo resolverán todo (en “Joker” la mirada positiva y esperanzada, con matices, sería hacia Thomas Wayne, el salvador de Gotham), es un nuevo paralelismo entre ambos films.

El retrato de la soledad urbana, tema muy scorsesiano en sus primeras obras, que lleva a la perturbación psicológica, aislamiento y rabia, son puntos obvios y comunes en ambos films. Arthur no tiene amigos, su buzón suele estar vacío, sus andares siempre serán solitarios, su tiempo libre lo pasa cuidando a su madre (paulatinos cuidados observamos, la baña, le da de comer, la entretiene y acomoda)… como un solitario justiciero es Travis. Ambos tienen una repetitiva e insatisfactoria rutina que les acaba impulsando a la perturbación.

 

 

Como homenaje definitorio, tenemos ese gesto que Arthur comparte con su vecina, el de dispararse con el dedo en la sien. Idéntico al de Travis tras su catarsis violenta en “Taxi Driver” (1976).

 

 

La idolatría del protagonista hacia una estrella de televisión, nos sumerge de lleno en “El rey de la comedia” (1982), de nuevo de Scorsese. Esta cinta es una influencia absoluta y casi plena para “Joker”.

Lo mismo ocurre con esas simulaciones e imitaciones, ensayos, que hace en la intimidad. Desde luego recordarán al “You talking to me?” de “Taxi Driver”, pero su principal referente en este sentido es “El Rey de la Comedia”. Lo vemos fingiendo una escena manejando la pistola y apuntado al sofá de su madre; cuando ensaya para el programa de Murray Franklyn al que ha sido invitado, de nuevo es imposible obviar los referentes scorsesianos, sobre todo con el impulso violento que pretende un suicidio, sobre el que cambiará de opinión…

 

 

 

Hay contexto político o social, reducido aquí, pero que también remite a “Taxi Driver”. La obsesión, la necesidad de ser visto, de figurar, de recibir atención, aplauso y reconocimiento, nos lleva de lleno a “El rey de la comedia”. Y la perturbación, ausencia de escrúpulos y moral en su evolución está recogida de ambos títulos, con una marcada influencia de “El rey de la comedia” en “Joker” en toda la parte centrada en Robert De Niro.

La soledad urbana y la falta de cultura, están presentes. Era un punto excelente del retrato visual y psicológico en “Taxi Driver”, que también aparece aquí: la televisión, los personajes no leen ni tienen libros, sólo ven la televisión, casi el único compañero, especialmente de Travis, pero también Rupert Pupkin, absolutamente obsesionado con ser uno de esos que salen en ella…

 

 

También es fácil reconocer toques de “Network, un mundo implacable” (Sidney Lumet, 1976), “Malas Calles” (Martin Scorsese, 1973), “Érase una vez en América” (Sergio Leone, 1984)…

Hay referencias al mundo Batman, más allá de los obvios, a los cómics, unas directas, otras quizá más camufladas… y quizá muchas que pueda perderme. En la película se menciona una plaga de ratas que vienen al viento de la basura de la ciudad (que Murray, el personaje de De Niro, combatiría con supergatos), lo que podría ser una velada referencia al “Cazador de Ratas”, un supervillano del universo DC, de Batman, llamado Otis Flannegan.

Hay más referencias u homenajes al universo Batman. La muerte de los Wayne, con el collar de perlas de la madre saltando por los aires. El asesinato en directo, que se asemeja al cómic “Dark Night Returns”, su tercer libro, “A la Caza del Señor de la Noche”, de Frank Miller. “La Broma Asesina”, de Alan Moore y Brian Bolland, ha sido citada como una importante referencia, donde también sale el manicomio de Arkham.

 

 

Tres películas sitúan el año del film, 1981: “Amor sin fin” (Franco Zeffirelli), “Estos zorros… locos, locos, locos” (Peter Medak) e “Impacto” (Brian De Palma).

 

 

El problema de esto, es que se aleja muy poco de lo expuesto por Scorsese, a la vez que su universo es mucho más limitado que el de las obras del maestro a las que casi calca. La originalidad de “Joker” radica, básicamente, en que se centra en un villano (y esto no es ninguna originalidad ya que hay muchas que lo hacen), y que este villano es un icono del mundo del cómic… que como originalidad es débil. Sí, el tratamiento a ese universo que remite al cómic es distinto, alejado del cine de superhéroes, pero no podemos fliparnos, obviamente.

Es decir, la historia, el contexto, el sostén y desarrollo psicológico, el contenido profundo e incluso superficial de la trama y su protagonista, calca al de los referentes scorsesianos. Estamos ante una historia donde se trata muy mal a un personaje por distintos motivos y desde distintos lugares, llevándole a una airada reacción… Tampoco es lo nunca visto.

Joker” es una buena película, notable en sus ambiciones, lo que no es poco. Su apuesta es examinar un personaje peculiar y desarrollarlo. El personaje es muy bueno, como lo es su desarrollo. Al final se le da cierto contexto social, que va salpicando la narración, para completar dicho retrato. Es, por tanto, elogiable el trabajo de guión, mucho más que el de dirección, que no tiene excesivos elementos reseñables, o interpretativo, ya no hay secundarios u otros roles protagónicos verdaderamente destacables, más allá de ese cegador trabajo de Joaquin Phoenix, que está magnífico en un registro similar al que exploró Paul Thomas Anderson en “The Master” (2012), cinta que en tono y ambiciones tiene sus paralelismos con esta. Que Phoenix esté en ambas y Scorsese esté como nexo influyente en las dos no es una casualidad.

También podríamos mencionar “En realidad, nunca estuviste aquí” (Lynne Ramsay, 2017), también scorsesiana.

Los personajes que orbitan alrededor de Arthur, son meras piezas para completar, desarrollar, justificar y motivar los comportamientos del protagonista, única luz de enjundia de la cinta. Ninguno tiene entidad propia. Es decir, el foco es claro y definido en un solo punto.

 

Mato, luego existo. Un Descartes truculento

Arthur se convence de que es invisible, de que no le importa a nadie, de que nadie lo ve. Él mismo se cuestiona su propia existencia, lo verbaliza. Puede que así sea, que nadie lo ve… Pero cuando mate, esa idea cambiará. Matar lo hace visible. Existe.

A través de la muerte alcanza su verdadero yo. Arthur transita por un endeble alambre, una medicada ficción de control con unos pilares que comenzarán, uno a uno, a desmoronarse por completo. Lo familiar, lo personal, lo laboral, lo idealizado. Sus decepciones en cada uno de esos campos irán derribando esos débiles pilares.

 

Lo laboral se vendrá abajo al llevar un arma a un hospital infantil, ser traicionado por quien se lo dio, Randall (de motivaciones poco claras, donde puede que incluso no mienta si concluimos que Arthur inventa o idealiza ciertos aspectos), y ser despedido. Lo familiar se derrumbará cuando descubra la verdad sobre su madre. Lo personal e idealizado caerá cuando su relación se descubra inventada, sus monólogos fracasados y sus anhelos de una figura paterna resulten humillados y rechazados.

Su progresión dramática tiene que ver con el despojamiento. Según elimina capas que él interpreta impuestas por la sociedad, todo lo que le anula su verdadero ser, va depurando su auténtica personalidad. No es tanto una conversión por injusticias sociales como una liberación sobre lo que lo tenía atenuado o amordazado con obligaciones y medicamentos.

 

 

Esto se plasma además con varias escenas también progresivas que van adquiriendo sentido en su repetición y variantes. Por ejemplo: Primero será apaleado por unos jovenzuelos que le roban y destrozan el cartel con el que trabajaba. Después, en una segunda secuencia, volverá a ser apaleado, en esta ocasión por adultos jóvenes, en el metro, pero ahora se defenderá, primero en un acto casi reflejo, luego matando a sangre fría al último de ellos. Es un eco de la primera paliza donde todo cambia… para eso consiguió el revólver. Por último, de nuevo en el metro, es perseguido por la policía, pero una vez aceptado su rol, descendiendo al territorio del caos, los apaleados serán los agentes (aunque sobrevivirán)…

 

 

O los bailes. En el baño, tras el triple asesinato, bailará complacido asimilando el poder que adquirió con el revólver, exactamente como hacía en su casa, en la intimidad, cuando aquello sólo era potencia y no acto. Un eco de aquel cebo. Finalmente bailará bajando las escaleras hacia su verdadero yo.

Es un paso evolutivo, verse capaz de hacerlo, confirmar su poder. Y su impunidad. Es lo que le impulsa, mentalmente, a la ensoñación con su vecina (la secuencia acaba ante un espejo, desdoblamiento). Se cree capaz de todo, de conseguir una vida normal cayendo en el caos. Que no es otra cosa que su normalidad.

 

 

Un renacimiento y aprendizaje donde renuncia al pasado y a sus fetiches (la foto materna que destruye), definiendo su personalidad definitiva (maquillándose de nuevo) con la única escena de violencia salvaje (el asesinato de Randall), una reacción impulsiva e incontrolada, pero voluntaria, no en defensa propia o refleja (coge unas tijeras, debemos suponer que por precaución, pero dispuesto a usarlas). El asesinato a la madre también es consciente, más frío incluso, pero menos brutal. Asesinar, matar, dejar salir esa impulsividad, le hace sentirse vivo, real, alguien… Existe.

 

 

Su retrato siempre es sórdido y siniestro, asfixiante, claustrofóbico, como si vagáramos por su mente perturbada, lo que se escenifica en cada aparición, cuando lo acompañamos siempre por túneles, pasillos, muchas veces iluminados escasamente o con luces intermitentes que simbolizan esas desconexiones, como vericuetos de su enfermo cerebro. Casi siempre encuadrado de espaldas… Un tortuoso infierno personal.

 

 

Los cristales también distorsionan su imagen, en el metro tras una pintada, destrozando el de la cabina con un cabezazo… mostrándose así su resquebrajada psicología. Se estampa contra uno en el hospital al no detectarle la máquina, como si no existiera. O con su reflejo en sucesivos espejos que muestran su paulatino alejamiento de la realidad.

 

 

 

 

 

Casi siempre encerrado en cubículos o transitando por ese tipo de zonas encerradas. Su piso, donde puede expresar sentimientos encerrados, sobre todo cuando se siente con poder una vez adquiere un revólver, bailar o reír incontroladamente compadeciéndose de su infierno. Andando por las sucias calles, enmarcado en basura y pintadas en las paredes (cubierto de grises con ocasionales focos de luz, como su cabeza). En la ambulancia donde va con su madre; en el frigorífico donde busca protegerse tras su supuesto encuentro con Thomas Wayne… Son cascarones que debe romper. Siempre como subterráneo, soterrado.

 

 

 

 

Soltando su rabia en callejones mientras pasa el metro; atravesando el pasillo de su bloque que da a su casa, algo que veremos hacer en múltiples ocasiones, ya sea despidiéndose con el gesto que recuerda a “Taxi Driver” del disparo en la sien hacia su vecina o cuando va a casa de ésta en su ensoñación, en una cámara lenta que enfatiza la idealización del momento… o cuando sale de su casa tras el brutal asesinato a Randall, perfectamente engalanado como Joker y encuadrado de espaldas. O cuando llega a casa tras ver a Bruce Wayne (cogido de espaldas) y luego va con su madre dentro de una ambulancia atravesando un túnel (la desgracia). O tras salir del apartamento de su vecina tras descubrir su ficción mental, en contrapicado. O el último, paseando tranquilamente con esos pies ensangrentados que insinúan lo que ha debido hacer a la doctora que lo atendía en la última escena del film (también cogido de espaldas).

 

 

Los túneles son frecuentes también en los paseos de Arthur, por ejemplo a la carrera cuando acaba de cometer el triple asesinato en el metro. O cuando se dirige al programa de Murray al final del film… Es una obvia escenificación de su caída, voluntaria, al pozo liberador.

En el metro y en otras estancias, como el baño en el que se refugia tras el triple asesinato (donde asimila la ejecución de su poder), donde las luces serán intermitentes, escenificando de nuevo su errático comportamiento, su desorden mental y psicológico. Su perturbación.

 

 

 

 

Con todo, hay una especie de lógica o moral en sus asesinatos o impulsos que se dirigen hacia aquel que lo ha dañado (madre y sus mentiras, Murray y sus humillaciones, Randall (Glenn Fleshler) y sus traiciones, los chicos del metro y sus agresiones), “disculpando” o “perdonando” a los que lo tratan con amabilidad, como el caso de Gary (Leigh Gill), el enano.

En cualquier caso, esa supuesta inteligencia suprema que tiene el Joker, aquí ni se intuye. En realidad resulta alguien limitado, incluso, que no ve ni por donde le vienen. Sus crímenes son burdos, toscos, brutales, sucios, impulsivos, nada elaborados, fáciles para cualquiera, vulgares, sencillos para cualquier detective, sin coartada ni plan… Quizá adquiera esa inteligencia tras la película…

El mismo último acto, donde planea suicidarse en directo, vuelve a ser impulsivo. Lo vemos apuntándose con el arma en el camerino, dispuesto a ejecutar su plan, pero cuando ve la frase anotada en su diario (que leyó la doctora en una de las secuencias iniciales), cambiará de opinión y hará otra cosa completamente distinta.

No imagino que mi muerte me traiga más dolores que mi vida”.

Si la muerte va a ser igual que la vida… ¿para qué morir?

¿Sabes lo que pasa cuando a un enfermo mental la sociedad le da de lado y lo trata como si fuera escoria? Yo te diré lo que pasa. Que tienes lo que te mereces, cabrón”.

 

 

 

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sambo

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