JOHN WICK: PACTO DE SANGRE (2017)

JOHN WICK: PACTO DE SANGRE (2017)

CHAD STAHELSKI

 

 

 

 

 

4/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Secuela de la excelente película de culto de 2014, carne de cañón para el videoclub, pero que el boca-oreja puso en su sitio, que mantiene las mismas constantes que llevaron a aquella al éxito, así como gran parte de sus virtudes. Quizá haya elementos que la hagan inferior a la original en ciertas concepciones estilísticas y conceptuales relacionadas con su puesta en escena, pero mantiene su fuerza y vigor y amplia su universo, atrapando al espectador para que siga los pasos de este espléndido asesino a sueldo y sus próximas entregas…

La coherente estilización y su depurada y sofisticada estética tenían pleno sentido en la original, algo que aquí se ha disipado, conservándose como marca de estilo, pero perdiendo fuerza como subtexto.

La idea de mundo burbuja, contenido pero ajeno al mundo y la sociedad del común de los mortales, mantiene su desarrollo con variados ejemplos, pero ahora ese mundo es más inquietante, se le acaba volviendo en contra al protagonista, hasta sólo poder refugiarse en los límites de ese universo particular, entre elementos independientes… límite donde no parece haber resguardo posible, como comprobaremos en ese final excelente que nos encamina a la tercera parte.

 

 

 

Clandestino, pero es la pura civilización, donde sus centros neurálgicos son lugares neutrales, donde no se permite la violencia, incluso tienen algún detalle retro, como esa centralita que vemos. El hotel de asesinos, el Continental, y su educadísimo y amabilísimo conserje (Lance Reddick); sus comprensivos directores, que en América interpreta Ian McShane y en Italia Franco Nero (que sólo pone como requisito no atentar contra el Papa); el museo donde negocia el mafioso (en una sala con pinturas de batalla llenas de cadáveres, lo que es muy adecuado)… Lugares cotidianos que ofrecen todas las comodidades para asesinos usando este doble lenguaje, donde lo cotidiano se trasfigura en elementos mortíferos: el sumiller o la tienda de costura, la librería; el centro de acogida regentado por Bowery King (Laurence Fishburne), los mendigos… Un mundo paralelo, clandestino, oculto en la trastienda del que conocemos el resto. Por eso se visitan lugares comunes, normales, que esconden siempre algo transgresor, que nada tiene que ver con lo que representan o para lo que funcionan. Basten los ejemplos expuestos, además de los citados en la primera película.

 

 

 

Dos mundos paralelos que conviven con insultante naturalidad, como demuestran algunas escenas concretas: la del concierto en Italia, donde Wick va matando guardaespaldas mientras la indiferente gente sigue disfrutando del espectáculo; los discretos disparos que se dedican Wick y Cassian por la estación rodeados de gente… Al menos en el vagón de metro si saldrá la gente corriendo cuando la pelea se les vaya de las manos…

 

 

Esas diferencias entre las dos cintas se aprecian ya en sus distintos comienzos. De la asombrosa calma y seguridad narrativa con la que empieza la cinta original, pasamos a una trepidante persecución y una alargadísima escena de acción como preludio en esta, donde la nocturnidad iluminada, con esos magníficos picados generales que ya disfrutamos en la anterior, lo gobierna todo. Una escena en la que en su primera parte, la de la persecución entre coche y moto, se nos omite el rostro de Wick.

 

 

 

Una secuencia que deja algunos detalles interesantes y que parecen rendir tributo a la película original antes de desviarse a la trama que definirá esta secuela. Ese guiño metalingüístico con la película reflejada en el edificio, que sirve de eco y repetición al accidente que veremos en escena. Esos verdes y rojos que dan ese look tan especial al film, esa excelente presentación, surgiendo de las sombras, tras verle actuar sin rostro mientras se vuelve a crear su aura legendaria…

 

 

Se vuelve a crear en la voz del villano, tío del ladrón del coche de la primera película, el aura mítica de nuestro protagonista, que busca obstinadamente su coche (que terminará destrozado), y que también tiene una camisa roja, como el villano principal de la anterior (Michael Nyqvist), hermano de éste. Incluso se repetirán las palabras sobre la hazaña asesina de Wick de matar a tres tipos con un lápiz, algo que veremos recreado de manera similar en una escena posterior, y su voluntad y determinación pura.

 

 

 

 

En cuanto a los momentos de pelea, persecuciones, tiroteos y cuerpo a cuerpo en esta escena, son muy buenos, aunque debo poner dos “peros”: la manera en la que Wick deja K.O al tipo anterior a ese al que dispara a las piernas y el fallo de raccord (el primero desaparece repentinamente), así como que ninguno lleve una miserable pistola en los momentos más críticos…

Es en la secuencia posterior cuando nos reencontraremos con la nostalgia que embargaba a Wick al inicio de la anterior cinta. Rodeado de su coche, su perro, fotos de recuerdos, el video del móvil con su esposa, la lluvia, su casa y el pasado intentando ser enterrado de nuevo… pero sabemos que eso no puede ser.

 

 

La mitología de John Wick y ese mundo burbuja que expliqué en el análisis de la anterior cinta, se desarrolla aquí un poco más, sin grandes alicientes en ese sentido, además de reencontrarnos con lo ya conocido. Ese mundo burbuja en el que Wick se encontraba a gusto, ahora será ambivalente, tan amenazante como protector.

 

 

 

 

 

 

Hay una especie de flagelación en Wick, un personaje voluntariamente sufriente o maldito. Es el samurái de “El silencio de un hombre” (1967) de Melville, que decidió comprometerse, que formó una familia y la perdió, que necesita de la venganza cuando se desestabiliza. Podría evitar todo lo que le ocurre aceptando (más bien cumpliendo), la petición de Santino, un jefe mafioso, en honor al “Pacto de Sangre” al que se comprometió. Wick sabe de las consecuencias, pero parece darle igual. Y es un sinsentido, porque si pretende huir de ese mundo, incumplir lo sumergirá de lleno en él y de la peor forma. ¿Por qué se niega pues? ¿Y por qué de esos malos modos, sin explicaciones?

 

 

 

Él se niega a cumplir unas reglas firmes de esa sociedad a la que pertenece, clandestina, ajena a la sociedad común, que tiene sus propios códigos, que bien conoce. Wick rompe las normas y tradiciones de ese mundo oculto de particulares códigos morales. Sabe que su rechazo le condenará, y pasará de perder unos recuerdos a perder su santuario. Santino, al final de la película, dará en las claves del sentir de Wick.

 

 

 

 

 

Se nos explican así nuevas claves de esa sociedad que conocimos en la cinta original, desarrollando su mitología con los “pactos de sangre”, la “Mesa de honor” (con la mafia, la camorra, la ‘Ndrangheta, los chinos, los rusos…). Un mundo, eso sí, francamente educado y elegante. ¡Y qué servicio!

 

 

 

 

 

 

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El mundo de John Wick, esa ficción de nostalgia o ese mundo ajeno a la burbuja en la que era el rey, quedará reducido a cenizas, como si a este ángel caído no le estuviera permitida la paz, la tranquilidad, la normalidad. Es por eso que está maldito. A la pérdida de su mujer, el azar sumará una anécdota para que dé rienda suelta a su verdadera naturaleza, esa que pretende negar. Matar a su perro y robar su coche lo pondrá en camino de aquello que decía renegar, pero que en realidad es la savia de su existencia. Ese entorno destruido escenifica su derrumbe moral, cayendo en la red de lo que mejor sabe hacer, en una interminable espiral una vez lo perdió todo.

 

 

Es por ello que Wick está destinado a convertirse en un personaje en el limbo, en continua fuga, en tránsito infinito, perdiendo hasta el escudo de Winston, con una recompensa de 14 millones a quien lo mate de alcance internacional y un sello que podría ayudarle, obsequio del propio Winston… perfecto planteamiento para la tercera.

Los mataré a todos”.

Es cierto que procurará redimirse, cumpliendo el pacto y la misión que le encarga Santino (Riccardo Scamarcio) de matar a su propia hermana, pero servirá de poco, porque Wick volverá a ceder a sus impulsos finalmente para caer en la perdición. Hay algo de “Gran Hermano” en ese mundo donde Wick parece estar siempre vigilado y controlado, algo que se potenciará con el planteamiento que se deja para la tercera entrega.

 

 

Hay detallismo en determinados aspectos, como esos nudillos heridos en Wick o cómo éste planifica sus misiones. Dejar armas en los pasadizos, estratégicamente colocadas, es un ejemplo, aunque sorprende que los villanos que le siguen no las descubran… Se ve que no son tan cuidadosos como él.

 

 

La dirección de Chad Stahelski mantiene su depurada estética y su sobriedad descriptiva con medidos movimientos de cámara y elaboradísimas coreografías en plano secuencia para sacar todo el partido a la acción y puntos fuertes del film. Focos lumínicos laterales, salpicados o de fondo, externos, creando atmósferas con algo de vampírico o demoniaco, saturaciones de luz de diversos colores… Se usa la fragmentación para las fases de planificación o planteamiento, como cuando Wick se equipa. Reflejos varios, aunque sin excesivo contenido. Planos bajos, ligeras angulaciones, pero en general lo que prima es la sobriedad.

 

 

 

Hay elementos del decorado que tienen algo de simbólico, como ya vimos en la anterior película. Fondos en decorados, estatuas, como esa de muchos brazos, de reminiscencias hindúes, a la espalda de Santino y Winston (Ian McShane), en contrapicado, una angulación que usa Stahelski en ocasiones. Una estatua de un Cristo armado. Estatuas aladas y palomas vinculadas al protagonista…

 

 

 

 

La atmósfera se cuida en todo momento con esa sobriedad estilística, no ya en la acción disparada, sino también en las escenas que sirven para su preparación o preámbulo, con tempos muy medidos, truculenta sensualidad incluso, como la de la ejecución de la víctima italiana de Wick, de un gran esteticismo.

 

 

 

 

Los puntos fuertes de la película vuelven a ser las escenas de acción, magníficamente coreografiadas. Una de las más destacadas viene tras el asesinato de la hermana de Santino (una mujer sobrada y sensual interpretada por Claudia Gerini), donde tenemos una trepidante escena de acción en tres partes que dura 10 minutos. Una primera donde Wick se carga a 19 (que haya contado) en medio de los efectos audiovisuales y muchos neones de un concierto, otra en los pasadizos con una atmósfera expresionista donde se carga a 43 (que haya contado), y una final en una gran pelea cuerpo a cuerpo con Cassian (Common) que termina a lo Ford con los dos tomando una copa. Una dirección magnífica, con planos muy largos, sin apenas cortes, muy de videojuego estilo shooter, y un gran uso del plano general. El defecto volveríamos a encontrarlo en la falta de armas de muchos de los guardaespaldas y que vayan temerariamente al cuerpo a cuerpo con Wick… En la parte de los pasadizos el tema de las armas se cuida mejor.

 

 

Wick y Cassin volverán a encontrarse en el metro, donde Wick zurrará bien a su antagonista y lo dejará cruelmente vivo por “cortesía profesional”. Es otra de las escenas de acción del film, colofón a la colección de asesinos a sueldo que buscan la recompensa de 7 millones de Santoni por la cabeza de Wick, en un montaje fragmentado donde todos caerán. Ni siquiera el clímax, con grandes, virtuosas y estéticas coreografías, llegará al nivel de la escena en Italia.

 

 

Un clímax al que Wick se enfrentará con una pistola y siete balas, lo que le suministra un Fishburne en plan Burt Lancaster con los pajaritos. Es «el rey de los mendigos», con un pasado en común con Wick, que le perdonó la vida por “cortesía profesional”, una frase que se repite varias veces.

 

 

La violencia hecha arte estético, y nada mejor que un museo para acometer el clímax. Todas las virtudes mencionadas en la realización de este tipo de escenas se vuelven a dar cita, con algunos elementos interesantes que se añaden. La falta de armamento no es problema, se recarga con las de sus víctimas, a las que les roba pistolas y munición; la sala de los espejos de la exposición “Reflejos del alma” en el museo de Nueva York nos retrotrae a “La dama de Shanghai” (Orson Welles, 1947); el enfrentamiento con esa sicaria mudita (Ruby Rose) a la que tanto carisma se pretende dar (como a todos los sicarios), aunque no le dura apenas nada y no la veremos morir… En el debe tenemos la ordenada aparición de los malos, que a menudo surgen justo cuando se carga al anterior, aunque esto es así… Hasta que llega a Santino en este clímax se carga a 42 (que haya contado).

 

 

 

 

John Wick: Pacto de sangre” es una estupenda secuela, quizá no a la altura de la original en cuanto a cohesión y originalidad, pero con planteamientos nuevos y expansivos que dejan ganas de encontrarnos con la tercera parte que… ya ha llegado.

 

 

Lee aquí el análisis de la 1ª Entrega

 

 

 

sambo

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