INFILTRADO EN EL KKKlan (2018)

INFILTRADO EN EL KKKlan (2018)

SPIKE LEE

 

 

 

3/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Película obvia hasta pedir súplica. Otra de las infames sorpresas en las nominaciones de este año al Oscar. Pero parece claro que si metes alguna crítica contra Trump y/o trama antirracista o proafroamericana te llueven las nominaciones a mansalva, independientemente de la calidad de la creación artística, que es lo que debería predominar.

No es una mala película, ojo, pero tampoco buena. Es correcta, cumple, pasa sin pena ni gloria y, desde luego, resulta casi insultante que se la considere como una de las mejores del año (lo digo por su nominación al Oscar), privilegio que tiene única y exclusivamente por su tema y, sobre todo, por las escenas finales de archivo que zurran a Trump, ingrediente indispensable para recibir más honores de los merecidos…

Lee usa la frontalidad con intenciones humorísticas, cómicas, para la ironía o la sátira, pero su sutileza es nula. Lo comparamos con el tratamiento que hace un Wes Anderson, por ejemplo, por ser un director de estilo geométrico, y dan ganas de llorar.

 

 

Un ejemplo evidente lo tenemos en el inicio, con esa introducción que pretende ser una especie de sátira y provocar la sonrisa o el humor, dentro de un aparente realismo, que es desesperante en su obviedad, alargada sin necesidad. Todo en tomas frontales y con mención a “Lo que el Viento se Llevó” (Victor Fleming, 1939), como también se mencionará a “El Nacimiento de una Nación” (D. W. Griffith, 1915) en otro momento del film. Obras maestras de cariz racista.

 

 

Si se pretende la sátira, el retrato irónico, la hilaridad o la sonrisa cómplice, (codazo, codazo) con el espectador, es un fracaso absoluto. El visionado de “El Nacimiento de una Nación”, así como su idea, queda clara sin necesidad de alargar y reiterar la secuencia en ese montaje paralelo que vemos…

También tenemos frontalidad en la presentación del protagonista, en esa entrevista laboral. Frontalidad que crea una especie de sensación paródica al enfrentarse los actores directamente al espectador. Y que tampoco hace la más mínima gracia.

Largos discursos de atroz obviedad que se alargan inmisericordemente para mostrar fanatismo, como en la primera secuencia de Alec Baldwin, o reivindicación, como en el mitin del líder afroamericano al que asiste el protagonista, que también usa la frontalidad como encuadre principal.

Digresiones soporíferas que si al menos hicieran algo de gracia tendrían un pase…

 

 

En contraste, los planos que dedica a ese líder del Klan, o de la Organización, son oblicuos, angulados, como queriendo resaltar su perturbación fanática. Esto denota, al menos, una concepción clara de su idea en la puesta en escena, bien planificada.

 

 

En pleno afianzamiento de los derechos civiles, a principios de los años 70, donde el racismo imperante debía transformarse y ponerse otras máscaras, donde las políticas de cuotas comenzaban a desarrollarse, es donde Lee ambienta esta sorprendente y curiosa historia basada en hechos reales. Cuotas que justifican la propia trama, como vemos en la secuencia de presentación, en plano frontal, del protagonista.

Un policía negro que logró infiltrarse y ser un miembro importante dentro de Ku Klux Klan, dirigiendo la investigación desde la sombra y utilizando un compañero para que le sustituyera en los momentos presenciales.

 

 

 

La búsqueda del racismo institucionalizado, encubierto, como ya ocurrió con la mafia, cuando los mafiosos comenzaron a vestir trajes. Y es aquí, con diálogos y frases que no destacan, precisamente, por su sutileza, como ya hemos dicho, como Lee, que tampoco creo lo pretenda, desvela y descubre su única intención: las críticas a Trump.

Otra forma de vender el odio”. “El odio lo camufla en esos problemas. Los ciudadanos pueden ir asimilándolo, apoyándolo… hasta que al final, un buen día, llegue a la Casa Blanca alguien que lo represente”.

Muchos creen que odio a los negros, pero… no. La Organización tampoco los odia… Pero deben estar con los suyos”.

 

 

 

Un protagonista, Ron (John David Washington), que es pura iniciativa y desparpajo, lo que resulta simpático, por ejemplo en la escena en la que llama al Klan haciéndose pasar por un blanco racista radical. Quizá el momento más entonado en lo pretendido por Lee.

Lee pretende con este personaje escenificar el necesario comportamiento en esa época de calma tensa, de racismo amordazado por el qué dirán, de condescendencia formalista. Un personaje que se mueve a la perfección por esos difíciles contornos.

Lo cierto es que el compañero, Flip (Adam Driver), presenta las mismas cualidades, moviéndose con desenvoltura entre los miembros del Ku Klux Klan, incluidos los más pirados.

 

 

Es evidente que Lee quiere huir del maniqueísmo racial, algo que hace de forma obvia también, con esa normalizada integración del protagonista en el cuerpo policial y junto a sus compañeros. Es más, el compañero racista y malote recibirá su merecido al final con la colaboración del resto, todos ellos blancos. Para que no se diga.

 

 

Allí en la comisaría le tratan estupendamente y le tienen en consideración, liderando el grupo contra el Ku Klux Klan. Una camaradería mostrada también en base a digresiones que se hacen bastante eternas (las clases del protagonista a su compañero para que hable como él).

El hecho de que ordenen a Ron (John David Washington) proteger al líder del Klan, David Duke (Topher Grace), puede parecer un riesgo innecesario, pero se asemeja más a una provocación o vacile a ese tipo racista desde el gremio policial.

Incluso algún miembro del Klan está tratado con humanidad, con una mirada más o menos amable en todo lo que no tiene que ver con su ideología racista. También, en esa chica que sale con el protagonista, Patrice (Laura Harrier), parece poner cierto acento en la intolerancia de los afroamericanos, cierto fanatismo ideológico también, diversidades y divergencias que, de hecho, se dieron entre los grandes altavoces de los derechos civiles de años anteriores: Martin Luther King, Malcom X

¿Crees que todos son racistas?” “Yo no uso esa palabra”.

 

 

 

Una chica obsesionada con la política, aunque siempre la veremos relacionada con el protagonista en momentos de evasión (discoteca, comida, paseos por un puente). También peca por sus prejuicios y su intolerancia.

Con ella, Spike Lee hará una apología de la creciente cultura afroamericana: Cleopatra Jones, Bernie Casey, Pam Grier, Tamara Dobson, Ron O’Neal, Richard Roundtree, “Coffy” (Jack Hill, 1973), personajes como “Shaft” (Gordon Parks, 1971) o “Super Fly” (Gordon Parks Jr., 1972)… También hay otras referencias menos afroamericanas, como la mención a “La Última Película” (Peter Bogdanovich, 1971) y Cybill Sheperd.

 

 

Esa ama de casa regordeta, más racista que casi todos los miembros del Klan, que sirve tentempiés con una sonrisa bonachona y que terminará intentando poner una bomba, ese racismo filtrado en lo cotidiano, en el pueblo llano y normal, es un guiño simpático.

¡Hay un puto negro zulú en nuestro jardín!

 

 

Y es que Lee, más que contar una historia simpática o curiosa, quiere lanzar su discurso. Lo cual es loable, incluso apenas se pueden poner pegas al fondo, el problema es que se nota demasiado, y más que una narración artística parece un video dogmático. Nos advierte de la institucionalización del racismo en aquellos 70, su peligro soterrado y bien educado… que, por supuesto, ha llegado a nuestros días en la persona de Donald Trump, objetivo último de la película…

Vamos, que el racismo es malo e intolerante. Idea nunca tratada, sobre la que nunca se ha reflexionado, que nunca se ha denunciado y que jamás ha tenido grandes obras reivindicativas que lo tocaran con profundidad y enjundia…

Las escenas racistas que se pretenden resolver con humor, ni hacen gracia ni causan el menor impacto, mil veces vistas con mucho mejor resultado. Ese policía racista que le pide documentos al protagonista adjetivando a los delincuentes negros; el policía racista que se sobrepasa con la chica; los comentarios y reivindicaciones de los miembros del Klan; los comentarios que niegan el Holocausto… Hay más transgresión, carga de profundidad, ambigüedad, inteligencia e intensidad en el discurso de DiCaprio en “Django desencadenado” (Quentin Tarantino, 2012) que en toda esta película, por poner un ejemplo reciente.

 

 

Esos enfáticos montajes paralelos que buscan relacionar el fanatismo racista (el acto de la Organización) con las consecuencias de su pasado (el relato del anciano), son de una obviedad casi infantil. Por supuesto, toda aparición o retrato de gente racista o del Ku Klux Klan se vinculará a un presidente republicano. Aquí vemos fotos de Nixon, presidente en esas fechas.

 

 

 

 

 

 

Una cinta pesimista a pesar del aparente final feliz, donde el sistema se las ingenia para dejar en nada las evidencias y llegar al malvado Trump, porque el racismo se lleva imponiendo durante décadas… Eso sí, que sea una nación donde el anterior presidente fuera negro, saliendo reelegido y con tanto solo un 12% de población afroamericana en los Estados Unidos, se da de tortas con esto, pero eso son minucias…

 

 

 

Las reflexiones que se intuyen sobre la identidad, terminan difuminadas entre tanta digresión y búsqueda de un tono distendido, ya sea sobre la raza negra o sobre la creencia judía, personificada esta última en el personaje de Adam Driver.

 

 

 

Por tanto, si tenemos una película que plantea una reflexión obvia, carente de cualquier tipo de originalidad en su planteamiento, concepción, desarrollo o ideas, que no muestra nada que remueva al espectador o al menos le haga gracia cuando lo pretende, ¿qué nos queda? Pues poca cosa. La película no funciona como comedia, pero tampoco como thriller, carente de suspense, sólo mostrando algo de nervio (muy tenue) con la aparición de ese psicópata, Felix, que encarna Jasper Pääkkönen.

Todos estos elementos, comedia y thriller, parecen querer aglutinarse en la parte final, con la reunión de la Organización y la presencia de todos los personajes en un mismo entorno, pero se hace evidente el manifiesto fracaso del objetivo. No por falta de calidad o porque resulte incoherente o desmañado, sino por falta de nervio, de verdadera decisión cómica o talento para el suspense, de emoción… Produce frialdad, indiferencia en el espectador, que no percibe amenaza por culpa de ese tono frívolo generalizado, pero tampoco se entrega al registro cómico porque la cinta no se decide a caer nunca con claridad en él.

Hay problemas de tono, con ese toque de comedia que luego se vuelve reivindicación racial con un largo discurso de un activista afroamericano o dramático con el tremebundo relato del anciano contando su experiencia… Cambios desconcertantes sin mucho criterio…

 

 

Una cinta correcta, que pasa el expediente con su curiosa historia, pero que se olvida al mismo ritmo que se ve.

Correctos trabajos de los actores. El protagonista, con su pelo de micrófono, y su avatar blanco, Adam Driver.

No es que sea una mala película, ni siquiera exactamente aburrida, pero sí se hace algo costosa de digerir por las mencionadas digresiones y por la obviedad de todo. Sólo pasa el expediente, como tantas otras.

 

 

sambo

There are 2 comments on this post
  1. febrero 22, 2019, 7:39 am

    Esta es una de esas películas que me frenan, por muchas nominaciones que tenga, y después de leerte, mucho más, así que, seguramente no la veré aunque se lleve todas las estatuillas.

    HemosVisto!

    • sambo
      febrero 22, 2019, 1:51 pm

      No te pierdes nada, querido amigo. Un abrazo.

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