ILUSIÓN

ILUSIÓN

RELATO

 

 

 

Hizo los últimos preparativos antes de irse a la cama. En la pequeña cocina llenó los vasos de leche y colocó con esmero las galletitas en un amplio plato verdoso. Lo llevó todo a la salita donde lo depositó en la mesa baja y redonda situada frente el árbol de Navidad. No era un árbol de verdad, lo había estado dibujando durante varios días, como hacía todos los años. En esta ocasión había logrado hacerlo muy alto, como los de verdad, uniendo muchas cartulinas blancas.

Se sentó en el deteriorado sofá marrón a contemplar su obra mientras pensaba que, quizá, este año sí tendría su regalo. Todo había quedado perfecto.

Se levantó con mucho sigilo y atravesó el oscuro pasillo hasta la habitación de su madre. Dormía profundamente. Al menos había dejado de toser. Cerró la puerta y se dirigió a su habitación. Allí, en la soledad de su guarida, se metió en la cama, encendió la lamparita y cogió el libro que había comenzado aquella mañana.

Era una historia que le había atrapado. Papá Noel había perdido un regalo al levantar el vuelo con su trineo desde una terraza, pero un niño, que traviesamente se había quedado haciendo guardia para ver si lo descubría, lo vio caer en la solitaria calle que cruzaba frente a su ventana.

En un impulso tan repentino como aquel suceso, se abrigó en una manta y corrió escaleras abajo. Salió de casa procurando hacer el menor ruido posible y se escabulló hasta aquel regalo perdido y solitario. ¡No podía dejarlo allí!

Lo recogió del suelo y furtivamente lo subió a su habitación. Quiso abrirlo muchas veces, incluso al día siguiente, cuando repartieron los regalos junto a sus compañeros de orfanato, pero resistió heroicamente la tentación.

Mirando la caja, que estaba abollada por una de las esquinas, pensaba en el niño que esperaba aquel regalo y la decepción que sentiría al ver que no llegó. ¿Qué podía hacer? Había tomado la determinación de no abrirlo porque no le pertenecía, pero temía que otro chico lo descubriera y lo hiciera…

Aquello se convirtió en una obsesión en los meses siguientes. Imaginó muchas historias sobre  el dueño del regalo, imaginó muchos regalos distintos tras aquella envoltura… y tomó una decisión. Debía viajar a Laponia.

Estuvo semanas preparándolo todo, recopilando lo necesario para su aventura, documentándose sobre dónde estaba la casa de Papa Noel y cuál era la mejor ruta para llegar, consiguiendo dinero con picardía… Y una noche, poco antes de Navidad, emprendió su viaje.

No era una misión fácil para un chico tan pequeño. Muchos peligros lo amenazaban, por lo que debía tener mucho cuidado y aplicar todo el ingenio que tenía. Aunque muy joven, siempre fue un niño decidido y con recursos.

Aceptó la caridad de la buena gente que encontró, sabía sacar el lado generoso de aquellos que viajaban a los lugares que le interesaban, administró sus recursos con sabiduría, procuró evitar problemas y lugares conflictivos. Hizo un viaje práctico cuidando concienzudamente de su equipaje. Le atormentaba la idea de perder el regalo tras lanzarse a esa aventura, con todas aquellas dificultades, pero era lo que tenía que hacer.

Sabía que debía ser cauteloso al acercarse a los lugareños buscando quien pudiera llevarle a la morada de Papa Noel, ya que parecían algo suspicaces. Todos miraban curiosos a ese extraño y sorprendente niño que había llegado hasta allí, pero un hombre algo misterioso, bajito y de extrañas orejas, el único que parecía entenderlo de los allí presentes, se ofreció a ayudarlo una vez el chico le explicó su propósito. Soltó una sonora carcajada y lo invitó a su rústico vehículo.

Llegaron en un santiamén. Aquel lugar imponía mucho al pequeño. Era un sitio de apariencia humilde, con madera por todos lados, montones de juguetes y mucha gente trabajando y yendo de un lado a otro.

El bajito hombre misterioso entró por una gran puerta y al poco tiempo salió pidiéndole que lo acompañara. Allí estaba él. Papa Noel.

–Mi amigo me ha dicho que tienes algo que darme. ¿Es así?

El crío, tímido y titubeante, asintió con la cabeza y sacó el paquete de su equipaje.

–Se le cayó frente a mi calle el año pasado. Se lo traigo para que pueda entregárselo a su dueño –dijo casi en un susurro.

Papa Noel miró muy serio y meditabundo al niño.

–Creo que tenemos un problema– dijo atusándose la barba– y tú me vas a ayudar a resolverlo… si quieres.

El pequeño asintió entusiastamente. ¡Papa Noel necesitaba ayuda!

Pasó unos días hospedado en casa de Papa Noel, viendo todos aquellos preparativos para el gran día, que en la víspera eran frenéticos. Su sorpresa llegó cuando, en Nochebuena, Papa Noel le dijo que lo acompañara en su trineo, que tenían una misión muy importante que hacer.

Durante toda aquella mágica noche no pudo cerrar la boca. Papa Noel lo llevó a los confines del mundo con su trineo volador y sus renos, dejando regalos en todas las casas. Las horas pasaron como segundos, hasta que aquel orondo hombre le dijo al oído…

–Creo que ha llegado el momento de que cumplamos con nuestra misión…

 

 

El trineo aterrizó en lo alto de un edificio. Papa Noel le pidió que sacara de una gran bolsa el último regalo que quedaba, aquel que tenía una esquina abollada. Sin darse cuenta se vio dentro de una pequeña casita, oscura y silenciosa…

Papa Noel se detuvo ante una mesa baja y redonda que estaba en la salita. Allí comió varias de las galletitas que encontró en un amplio plato verdoso y le dijo a su pequeño acompañante que las probara.

El crío le dio el regalo que había depositado en el suelo y obedeció, sentándose en un deteriorado sofá marrón mientras Papa Noel colocaba el paquete a los pies de un árbol de Navidad pintado en varias cartulinas. Al marcharse, escucharon una tos y vieron una luz al fondo del pasillo, pero su misión ya estaba cumplida.

 

sambo

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