HIJO MÍO

HIJO MÍO

RELATO

 

 

 

 

 

 

Me cogía la mano con una fuerza sorprendente, a pesar de sus muchos años. Estaba muy asustada por la situación, por aquel caos y todo ese ajetreo de enfermos que se acumulaban y médicos y enfermeros que iban de un lado para otro con urgencia.

“Hijo mío, no me dejes”, fue lo único que me dijo, aferrada a mí, cuando intenté alejarme para seguir atendiendo a otros pacientes… Tras calmarla y prometerle que volvería en un rato, la dejé allí, sola, en una de tantas camas. Ese mismo día comenzaron nuestras noches de complicidad.

Su sonrisa al verme hacía desaparecer todas sus arrugas e incertidumbres. Cada noche me sentaba a su lado y dejaba que me cogiera la mano. Allí, como en un confesionario, me preguntaba qué había estado haciendo, si había comido y cenado, me reprendía si no lo había hecho o si me notaba cansado, me explicaba lo que debería hacer…

Cada día era más duro que el anterior, la acumulación de desgracias dejaba demasiadas huellas, por lo que vi en aquellos ratos nocturnos un oasis. Le contaba cosas positivas, abandonaba toda la tristeza y desgracia que había estado cargando durante todo el día, una catarsis depuradora que me aliviaba y calmaba. Incluso me inventaba historias si no tenía buenas noticias que dar… Me fui haciendo cada vez más creativo, hasta el punto de que casi todo lo que le contaba era inventado o, cuanto menos, bellamente adornado.

Le gustaban esas historias, por eso cada vez me recreaba más en ellas. Atendía con una mirada despierta y serena, con un profundo interés, expectante, como si siguiera una telenovela, esperando la feliz resolución… aunque lo que más le gustaba era contarme historias a mí.

Me las relataba con una pasión que se desbordaba por esos pequeños ojos tan vivarachos, como si estuviera presenciando los acontecimientos en directo, en el puro presente, y se limitara a describirlos. “Mira, mira lo que haces”, me decía…

Pasaba mucho tiempo sola, incluso antes de llegar a esa cama de hospital, así que poder desahogarse y compartir todos esos recuerdos era para ella una liberación. Casi se precipitaba, se asfixiaba en un ansia sin límites, ni filtros ni medidas. Sus preferidas, y las mías, eran sobre la infancia. Me decía que había sido un niño estupendo, pero muy travieso, me relataba anécdotas en las que protagonizaba algunos desastres caseros, como aquella vez en la que sembré el salón con pequeños montoncitos de arena porque quería hacer crecer un jardín allí mismo, o los destrozos con mis juegos más salvajes que terminaron con numerosas víctimas en combate, jarrones, ceniceros, cuadros, incluso la televisión…

Así nos aislábamos de los ronquidos, los pitidos de los monitores, las toses, las ruedas de las camillas, las bandejas de ida y vuelta… Me agobiaba que pasaran los días y no mejorara, que cada vez le costara más respirar sin que yo pudiera cumplir la promesa de traerle el respirador que necesitaba.

Me angustiaba ver cómo con el paso de los días cada vez le costaba más hablarme, necesitaba más tiempo para recuperar el resuello, aunque insistía en terminar sus historias. Cuando me veía preocupado me consolaba diciéndome, casi con indiferencia, que era normal que los jóvenes tuvieran prioridad… Esa actitud, en la que se limitaba a disfrutar de nuestros momentos y abandonarse a todo lo demás, me generaba una profunda impotencia que me costaba disimular.

Hacia el final, cuando apenas podía hablar seguido, era yo el que le contaba las historias de mi infancia, esas que me había estado relatando, sus favoritas, incluso permitiéndome añadir algún aspecto calculado, inventado, sobre lo que pensaba o sentía en tal o cual situación, lo que casi siempre lograba hacerle reír.

Le gustaba que le preguntara cosas de aquella época, de mi juventud o de la suya, hacerle recordar algún matiz, el color de una prenda, algunos gestos o expresiones características, algún pensamiento íntimo o secreto… Era como lanzar una ráfaga de luz a un mundo que permanecía en sombras mientras otros muchos se iban desmoronando alrededor. Yo veía, desolado, cómo ese universo lleno de experiencias se iba desvaneciendo, derrumbándose, al tiempo que se hacía especialmente vívido dentro de esa arrugada cabeza, un universo al que ponía a salvo compartiéndolo conmigo, como en un desesperado rescate de un naufragio en el que poner a buen recaudo unos pocos tesoros en forma de recuerdos.

Fue un viernes cuando se dio cuenta de que yo no era su hijo. Llegué tremendamente cansado, con esa sensación que siempre tenía de no estar nunca despierto del todo. Había sido un día muy duro, con muchos pacientes nuevos, demasiadas lágrimas y mucho dolor que despreciar para poder seguir adelante. Llegué allí, a mi refugio, buscando curar un poco mis heridas. Le estuve contando cómo había sido el día en bellas y falsas estampas, hasta que vi el pánico en sus ojos, su desconcierto. No me reconocía, no creo ni que entendiera qué hacía allí. Pensé que todo había acabado, aquella ficción que llegué a necesitar más que ella llegaba a su fin, a su despertar.

Le pregunté qué le ocurría, si estaba bien. Le cogí la mano, le hablé con calma… y la llamé mamá… Poco a poco fue tranquilizándose, su rostro se suavizó y pareció recobrar su tono habitual. Nunca sabré si volvió a sumirse en su plácida ensoñación o decidió que seguir compartiendo nuestras mentiras era la mejor forma de despedirse, que lo que necesitaba en ese momento era un hijo. O quizá comprendió que lo que yo necesitaba era una madre.

Aunque conocí a María aquel día en el que se aferraba aterrada a mi mano, fue mi madre durante dos semanas en las que puse a buen recaudo todos y cada uno de los recuerdos que compartimos, toda una vida, contándoselos, con mucho detalle, a su hijo…

 

sambo

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