GASTÓN LEROUX: El Fantasma de la Ópera

GASTÓN LEROUX: El Fantasma de la Ópera

LITERATURA

 

 

 

 

 

Uno de los grandes clásicos góticos. De tremenda influencia, paradigmático, con un montón de adaptaciones a infinidad de medios. Teatro, musicales, películas… Una obra muy interesante, con una curiosa mezcolanza de tonos y géneros.

Una obra de influencia tan grande que entre nuevas versiones, musicales y películas han terminado por diluir, en cierta medida, la obra original, entre otras cosas porque esas otras obras fueron tremendamente exitosas. Muchos conocen más el musical de Andrew Lloyd Weber o las películas que el libro de Gastón Leroux.

Basada en hechos reales, inspirada en la novela, también gótica, Trilby, de George du Maurier, abuelo de Angela y Daphne du Maurier, esta última autora de Rebeca, Los Pájaros, Posada Jamaica o Mi Prima Raquel, “El Fantasma de la ópera” nos deja una maravillosa amalgama de emociones y un personaje inmortal, aunque la obra tenga sus debilidades.

Este clásico tiene ciertas peculiaridades especiales e, incluso, desconcertantes. Su tono o presentación documentalista, de investigación fidedigna, luego novelizada, es bastante curioso, aunque cuestionablemente riguroso, obviamente. Un recurso más que interesante. El otro aspecto llamativo son los cambios de tono, que van desde la comedia al drama romántico infiltrados en el espíritu gótico de investigación y terror. Un aspecto que sirve para destensar y equilibrar, pero que también plantea problemas narrativos.

Muchos momentos que el autor no podría replicar ni siquiera tras entrevistarse con sus personajes, por su obvia novelización. Se pretende una historia sacada de una rigurosa documentación basada en hechos irrefutables o testimonios personales que acaban por ser concluyentes, pero la deriva y el estilo van cambiando, a menudo con una exquisita ironía muy notable y conseguida, a la pura novelización donde se dan escenas y circunstancias que el autor no podría conocer de no haber estado presente o ser confesadas por los protagonistas (algo que no siempre hacen). Escenas y valoraciones sobre sentimientos o pensamientos puramente personales ante los que ocurre lo mismo, escenas en soledad que salvo explicación personal, que luego debería contrastarse más allá del testimonio de la persona que lo viviera, el autor desconocería o debería poner, como mínimo, en duda, sobre todo cuando no hay manifestación de dicha confesión… En general, y dentro de la novelización, se procura cubrir estas lagunas afirmando conocer un testimonio, una carta enviada o un documento explicado, pero aún así…

Siendo una novela puramente de terror, tiene ciertas particularidades tan interesantes como desconcertantes en ocasiones. Aunque los elementos extraños van apareciendo y salpicando la narración, siempre referidos a ese personaje que se mantiene, acertadamente, en un extremo misterio, siempre referenciado por otros, en la extrema ambigüedad de su existencia, llaman la atención los cambios de tono que distancian de esa atmósfera tenebrosa y terrorífica.

 

 

 

En muchos tramos de la narración, se da vueltas sobre lo mismo y no se logra avanzar en la trama amorosa durante la primera mitad del relato. Una trama amorosa que se alarga en demasía para explicar psicológicamente ciertos comportamientos obsesivos de los personajes y justificar ciertas actitudes, pero que resulta reiterativa, estancada en muchos momentos narrativamente. Además, a pesar de esas derivas repetitivas, no se evita que los comportamientos de los personajes resulten extraños, descubriéndose a menudo que lo pretendido era el giro imprevisto o sorpresivo, justificado y acertado en ocasiones, pero artificioso en otras.

Los vaivenes de la pareja terminan cansando en su tono de comedia romántica ocasional o drama psicológico y de romanticismo exacerbado también. Y cansa por lo comentado, su historia no progresa, los encuentros y desencuentros, las explicaciones a los mismos, no desarrollan nada, se repiten una y otra vez en las mismas formas y con las mismas intenciones… intentando crear una extrañeza innecesaria y más que explicada y sugerida.

El Fantasma de la ópera” es una notable reflexión sobre la vocación artística, su anhelo y necesidad, sobre su hipnótico influjo, sobre el talento y el aprendizaje, con la figura del mentor y la alumna, que se acaba bifurcando en una excelente deriva cuando esa vocación y pasión artística se convierte en obsesión. El arte como vehículo de evasión, tanto del dolor como de la propia vida. Una conversión producto de hacer de ello el único fundamento vital, como le ocurre a ese fantasma apartado de todo por su fealdad… Una pasión y devoción que comparten y une a Erik con Christine Daaé, una pasión que obnubila, pero cuando la vida, los sentimientos, más allá del propio arte, se filtran o se descubren como motivación última de los actos e intereses del fantasma terminan pervirtiéndolo todo.

Erik vivía cómodo en su burbuja, hasta que encontró el amor a través de Daaé, por lo que con engaños, artimañas y chantajes intenta conquistar su afecto, aprovechándose del arte, de la pasión compartida, dando lugar, finalmente, a una historia tan trágica y dolorosa como humana y arrebatadora. Profundamente romántica.

Su tono irónico, incluso en esas fases menos inspiradas o más estancadas narrativamente, con los enredos románticos, por ejemplo, resulta un tremendo acierto muy logrado. Y es que en esas partes y en esos raptos, donde se cambia el tono olvidando el terror y la intriga, Leroux se muestra sumamente divertido en determinados momentos, ya sea con los desconcertados directores de la ópera o con el enamorado protagonista, el vizconde Raoul de Chagny.

La parte final, excelente, es puramente de terror gótico, donde la obra se zambulle definitivamente en el estilo que la ha marcado, esa atmósfera gótica, enrarecida, confusa en ocasiones, pero coherente, firme y constante. Un desconcertante torbellino pesadillesco que, junto a la definición del principal personaje, ese misterioso Erik, culmina una potente parte final. Lo mejor de todo ello, junto con los muchos apuntes e intrigas que se van sucediendo a lo largo de la narración, son los juegos de ingenio que propone el fantasma, sus múltiples recursos que parecen obra de poderes fantásticos y mágicos. Buenos juegos de ingenio y soluciones reveladas, aunque alguno pueda parece forzado.

Mención aparte merece Erik, el Fantasma de la Ópera. Un personaje inmortal, extraordinario, clave del éxito y la relevancia de la obra. Un villano profundamente humano y doloroso, al que se llega a comprender, que conmueve, que duele, al que se admira en la misma medida que horripila, que provoca repulsión tanto como compasión. Un personaje de influencia extraordinaria, complejo, con muchas capas, matizado, al que se le debe muchísimo en infinitas obras posteriores en todo género y medio.

Un hombre que es un auténtico villano, pero también tiene mucho de antihéroe, que es un talento excepcional, pero también cruel y brutal, un personaje tan romántico como trágico. Y Leroux le saca todo el partido, con templanza, con tranquilidad, con auténtica seguridad, concretando una tragedia romántica referencial.

Lo más fascinante de esto, es que su definición y construcción está basada en el relato de otros personajes, de manera indirecta, y sin que él esté presente en la narración o en escena de manera efectiva, surgiendo siempre como una sombra, relatado por gente ajena durante casi toda la novela, en contraste con el resto de personajes, mucho menos complejos.

El mundo de la ópera también está fantásticamente retratado, desde el universo de los propios artistas con sus egos, complejos e inseguridades, a las interioridades burocráticas y del propio espacio físico. Magnífico.

Una obra esencial dentro del género, de tremenda influencia, como he comentado, en no pocos aspectos, con ciertos problemillas que le dan a su vez una excepcional particularidad. En definitiva, una de esas obras que deben conocerse y disfrutarse.

 

sambo

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