FIRST MAN (EL PRIMER HOMBRE) (2018)

FIRST MAN (EL PRIMER HOMBRE) (2018)

DAMIEN CHAZELLE

 

 

 

 

4/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

First Man” tiene el que es, posiblemente, el mejor plano del año. Un plano que alcanza lo sublime gracias a toda la narración anterior y que define todo un concepto, una idea y un sentimiento. Y eso, queridos amigos, es realmente difícil. Puro cine.

Es ese encuadre, al final del film, con Armstrong de pie, pisando suelo lunar una vez cumplido el ansiado objetivo, ante un tremendo agujero negro, un bunker, un socavón gigantesco y oscuro que parece observar con detenimiento.

 

 

El mismo socavón, agujero, vacío, que Armstrong lleva en su interior desde que le vemos al inicio de la película perder a su hija. El mismo agujero que la pequeña dejó en su corazón. Por ello lanzará a aquel vacío la pulserita con su nombre, la pulsera de su hija. Un vano intento de rellenar ese vacío. Una promesa cumplida, al alma de la pequeña y a él mismo. Una visualización hermosísima y poética de su dolor, a duras penas compensado en esa obsesiva lucha por alcanzar lo imposible, como si de una promesa silenciosa e íntima se tratara. El espíritu de si hija guardado en su sueño. Una imagen gloriosa.

 

 

Y es que Armstrong es de pocas palabras, todo lo interioriza, enclaustrado en sí mismo, en su dolor y obsesión, como buen personaje de Chazelle. El heroísmo como algo íntimo.

Es por su hija, precisamente, en la única ocasión donde vemos romperse al personaje, que manifiesta sus emociones con un estoicismo y con un hieratismo inmutable (romperá una copa sin querer, por la tensión, cuando se entere de la muerte de sus amigos, como mucho). Ni siquiera tendrá muchos momentos para la distensión, como si se sintiera culpable por el hecho (sólo se permitirá alguna cerveza con sus colegas y algún juego doméstico con sus hijos).

 

 

Pero llorará amargamente en soledad a su hija.

Armstrong se nos presenta como un tipo estoico y sobrio, al que su vida parece tenerlo preso, liberado de ese peso, finalmente, al alcanzar la Luna. Es un personaje que ya se hace más que reconocible en el cine de Chazelle. Obsesivos, perfeccionistas, que persiguen un sueño, pero sobre todo persiguen la perfección. En este caso se plantea un aspecto interesante y distinto, vincular esa obsesión a una pérdida personal. En “Whiplash” (2014) el protagonista renunciaba a lo personal por su sueño, en “La La Land” (2016) lo personal era el vehículo para lograr el sueño, ya que sin su relación no podrían haberlo logrado, y por ello una vez cumplido lo personal deja de tener razón de ser. Aquí es la desgracia personal, inevitable, la que fundamenta un objetivo y obsesión.

Un Armstrong competente y decidido en lo profesional, pero asustadizo e inseguro en lo familiar y personal. Así se escenifica en su discusión con su mujer cuando se prepara para el viaje definitivo, obligado por ella a enfrentarse a sus hijos y explicarle las circunstancias. Bronca mostrada en plano-contraplano para resaltar la crispación y el enfrentamiento.

 

 

Será uno de los momentos más complicados para él, una conversación también sobria y dura, en el que cumplir una obsesión puede costarle la vida, una obsesión que parece priorizar a lo familiar o sentimental… como ya vimos en otras cintas de Chazelle.

 

 

Neil Armstrong tiene un dolor íntimo con el que convive a duras penas. Su lucha parece un viaje de evasión que en cierta manera lo alivia. Chazelle mostrará esa ausencia que siempre sentirá el personaje de manera visual. Esa cama desnuda, ese columpio del vecino que ve al pasar con su colega… Observad como Neil se sumerge en la oscuridad tras esa escena del columpio, blindándose ante su amigo de nuevo, que comprende…

 

 

 

Un aspecto significativo de la puesta en escena de Chazelle, es cómo muestra el entorno cotidiano de los Armstrong. Muestra la casa como si fuera un laberinto, siempre con paredes que separan, puertas que se cierran, personas enmarcadas, planos a distancia… El matrimonio, junto o por separado, aparece en numerosas ocasiones enmarcado, encapsulado, por el decorado, por elementos del mismo, ventanales, puertas, en muchos casos con planos generales, lejanos. De hecho, Chazelle resuelve muchas escenas con un plano general significativo. Así es cuando Neil recibe la llamada en casa para anunciarle que ha sido seleccionado; cuando mira a su hijo pequeño en la cuna y cuenta cosas técnicas a su esposa en la cocina; en el funeral a Elliot; los planos caseros de Janet y su hijo juguetón mientras Neil intenta acoplarse en el espacio… El plano que cierra la conversación de Neil con sus hijos antes de partir…

 

 

Este estilo claustrofóbico, de planos muy cercanos, con el punto de vista de Neil, desde el interior de la nave, en esa casa donde las paredes y tabiques son casi un personaje más… contrasta con la inmensidad de la Luna al final del film, desde donde Neil, ya liberado, mira hacia la Tierra, en un plano espejo de todos esos que vimos anteriormente donde desde la Tierra miraba al ansiado destino.

 

 

Y es que en ese entorno familiar, igualmente estoico y sobrio, se intuye cierta incomunicación por el encierro del protagonista. Una relación basada en los silencios y las miradas cómplices, como en la escena final. Chazelle remarca continuamente esa dualidad entre lo profesional y lo cotidiano, lo uno como evasión de lo otro.

 

 

Una sensacional escena final con ese amor que a la vez tiene algo de incómodo, simbólicamente separados por ese cristal en la cuarentena (27 de julio de 1969), que remarca esa relación estoica y sobria que se entiende sin palabras, con ese algo que parece separarlos, sin que haya fisuras en sus sentimientos…

 

 

Tan sólo la camaradería con su grupo de compañeros parece abrirle o sacarle de su ensimismamiento. La escena donde Ed abre la puerta del despacho de Neil, en ese entorno de puertas cerradas, para lograr unas risas y distracción, es significativa al respecto. Entornos familiares, normalidad, estabilidad… aunque nunca se siente felicidad. Y eso que hay estampas distendidas de felicidad conyugal, cariño y juegos con los niños.

 

 

 

 

Desde el mismo inicio se nos presenta a Neil como un tipo metódico, intentando comprender la enfermedad de su hija, que tiene un tumor. Resultan increíbles los planos que Chazelle consigue con la niña.

 

 

Ryan Gosling tiene una estupenda escena en su llanto a su hija, cerrando esos cuadernos que consultaba obsesivamente, donde anotaba todo tipo de cosas sobre la evolución de la pequeña… cerrando también la parte inicial del film, que desarrolla su psicología.

A partir de aquí se plantea la idea de renacimiento vinculado a ese loco plan de llegar a la Luna. Un nuevo impulso donde Neil será pieza clave tras ser seleccionado para el proyecto Gemini en 1962, un nuevo hogar para su familia… Agosto del 62, 23 de abril del 64… Gemini 5, Gemini 8… 21 de agosto de 1965…

Este es un nuevo comienzo”.

Porque, de alguna forma, la muerte va pisándole los talones, y él sólo conoce un camino para huir de ella. Subir a la Luna. Cruzar el camino que otros no pudieron.

Necesitamos fallar aquí para no fallar allá arriba”.

Perderá a su hija, a un compañero Elliot (Patrick Fugit), al equipo del Apolo, en especial a Ed White (Jason Clarke)… Cada muerte encerrará aún más a Neil, ya de por sí introvertido y blindado, encerrado en sí mismo, evadiéndose en el trabajo con la esperanza de su huida al cielo, donde quizá esté su hija. Un encuadre lejano y bajo una simbólica lluvia, enmarcados los dos amigos en una puerta, retrata la noticia de la muerte de Elliot. Estamos a 21 agosto de 1965, el Gemini 8. Incluso su vida peligrará en varias ocasiones, tanto en Tierra (1968 en el vehículo de investigación de alunizaje) como intentando un acoplamiento…

 

 

Damien Chazelle logra huir el tópico en este brillante biopic (o recreación de la etapa de Armstrong mientras intentaba ir a la Luna), aunque lógica e irremediablemente se trate de su cinta más convencional hasta la fecha.

Y aquí muestra, además de la consabida profundidad y sensibilidad, un poderío visual espléndido, llevándonos literalmente a la Luna en la manera que sucedió, transmitiéndonos las mismas emociones desde el mismo punto de vista, claustrofóbico, convirtiéndonos en astronautas, acompañantes de aquellos pioneros.

Y Chazelle no tarda ni un segundo en marcar ese tono con la brillante secuencia de apertura, donde te mete en la asfixiante cabina mientras se realizan pruebas en el Desierto del Mojave, en California, en 1961. Observad cómo se centra especialmente en los ojos del protagonista, porque lo que veremos será su mirada…

 

 

La cámara se mueve como en el tembleque de la nave, constantemente, haciendo pequeñas panorámicas en planos muy cortos, simulando la mirada del protagonista, sobre indicadores, sobre rostros o partes corporales… la subjetividad de su mirada, como cuando se introduce en la nave para la prueba de salida al espacio, donde terminan perdiendo el control, en otra secuencia escalofriante y tensa. Vemos lo que ve Neil, con contraplanos a su rostro. En esta secuencia vemos una mosca, que me pareció un sutil guiño a esa cinta de Billy Wilder protagonizada por James Stewart, “El Héroe Solitario” (1957), retrato de otro pionero, Charles Lindberg, que cruzó el Atlántico sin escalas. También se cita a Colón o Julio Verne, como pioneros visionarios…

 

 

Un encierro aterrador en una cáscara de nuez de la que oímos casa crujido y gemido agonizante, los sonidos sordos del exterior antes del despegue y a las sufrientes tuercas y los dolidos tornillos en la salida a la atmósfera. Una espeluznante secuencia donde nunca salimos al exterior, en un completo rigor de punto de vista y puesta en escena, donde el sufrimiento no sale de la cabina. Un asfixiante error con la nave dando descontroladas vueltas haciendo perder el sentido al compañero de Neil y casi a él mismo, lo que habría terminado, posiblemente, con sus vidas…

La concepción subjetiva de la puesta en escena plantea insalvables problemas, en el sentido de que no se puede sostener la subjetividad centrada en Neil durante toda la narración, debiendo hacer concesiones, por ejemplo cuando vemos el accidente del Apolo por un simple incendio.

Todos esos recursos y muchos más se subliman para el clímax, el viaje definitivo. Es espectacular y emocionante el despegue del Apolo 11 (Cape Kennedy, 16 de julio de 1969), con la omnipresente mirada de Neil puesta en la Luna, una vez más, el objetivo de su determinación. Un entorno claustrofóbico que además se beneficia en ese último tercio de uno de los elementos técnicos que suelen destacar en el cine del joven director, el montaje, sólo hay que recordar “Whiplash”. Un montaje que te transporta a esa nave, montaje casi sensitivo, donde sientes los temblores, los hierros retorciéndose o chirriando doloridos.

 

 

Un montaje interesante, que recurre al paralelo en determinadas ocasiones, sobre todo incidiendo en una idea clave del film, la dualidad de lo profesional y lo cotidiano: la prueba de desconexión en enero de 1967 con desastroso resultado y la fiesta en la Casa Blanca a la que acude Neil; la tensa escena del acoplamiento y la escenas cotidianas de la esposa escuchando; o ese en la primera parte del film, donde vemos los primeros pasos del proyecto y la cotidianeidad de Janet (Claire Foy) en su nueva casa, vinculando los dos inicios; de reuniones a ruedas de prensa, en este caso un montaje algo más gratuito… En la tonada con las quejas sociales y los progresos del proyecto Apolo (Apolo 8, Apolo 10) en otro montaje paralelo.

 

 

En contraste me gustaría destacar esa elipsis, que tiene algo de brutal, en la muerte de la niña, donde pasamos del tierno momento de las caricias paternales al sonido fúnebre en over del féretro descendiendo, que veremos acto seguido.

 

 

Saca el máximo partido a toda la experiencia, con planos muy cortos de los dispositivos de la nave, de la pequeñísima ventana, único reducto de comunicación directa con el exterior… Esa imponente visión cercana de la Luna, siempre desde la diminuta ventana y a través de los ojos de Neil… El pie que pisará la Luna por primera vez (20 de julio de 1969), los planos sobre el botón de “Abortar”, el tenso sonido de las alarmas, el combustible agonizando… y la fantástica música de Justin Hurwitz en el aterrizaje, tenso y bien montado, otro de los rasgos del cine de Chazelle que suele destacar con luz propia.

 

 

Una banda sonora excelente, ecléctica también, incluso con dejes en alguna composición que nos llevan a “Hasta que llegó su hora” (Sergio Leone, 1968) con esa voz femenina…

Y el primer paso. Pone los pelos de punta cuando la cámara sale de esa claustrofóbica nave a la inmensidad lunar y se hace un ensordecedor e impactante silencio.

Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad”.

 

 

Chazelle es capaz de desarrollar una narración abarcando todos los aspectos del complejo contexto en el que se ambienta. Lo íntimo y familiar y lo épico, lo político y lo social.

No se olvidará de la televisión, los mensajes, la ambición e intereses políticos, el desmesurado coste económico para ese sueño incierto y sin un objetivo, necesidad o beneficio claro, las protestas de una sociedad convulsa.

A las críticas a la Guerra de Vietnam se unen las del uso de dinero público para naves espaciales mientras otros lo necesitan para vivir… Aspecto que también cuestionarán los políticos.

No tengo dinero para pagar el hospital, pero el blanquito está en la Luna. Llevo diez años pagando impuestos… para que el blanquito esté en la Luna. No tengo agua caliente, ni baño ni vida… pero el blanquito está en la Luna”.

 

 

Película rigurosa, que seguramente ha contado con material documental, muy sobria, pero donde hay un evidente talento poético y sensibilidad. Gran trabajo de los actores, sobrio, ajustado. Basada en la novela de James R. Hansen y producida por Steven Spielberg.

Una gran película, que pujó con fuerza y se esperaba fuera de las destacadas, pero ha primado la política, y aunque superior a muchas de las nominadas definitivas al Oscar, se ha quedado fuera de la terna. En cualquier caso, es otro gran trabajo de Damien Chazelle.

 

 

sambo

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