EL VICIO DEL PODER (2018) -Parte 1/2-

EL VICIO DEL PODER (2018) -Parte 1/2-

ADAM MCKAY

 

 

 

2/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La crítica al poder desde el arte, desde el cine, el teatro, la música… es un ejercicio de lo más sano y refrescante. Tener al poder alerta, controlado para que no se despendole, para concienciar a la gente, para que asuma su obligación y verdadera labor, que es servir a los demás… Algo que cualquier cinta política, incluida este obvio docudrama, debe tener como objetivo, siempre loable.

Nada, absolutamente nada que objetar a las opiniones y a muchos de los hechos que aquí se exponen, ni a la opinión de la película. Todo que objetar a la forma de mostrarlo (técnicamente y conceptualmente), por su inseguridad e incoherencia en el primero de los casos, por su manipulación inconsistente e incómoda, innecesaria incluso, por el tufo de superioridad moral y totalitarismo ideológico (a lo ideológico global, no a la opinión o inclinación de la película y sus autores, que son absolutamente respetables, que quede bien claro), en el segundo. Es decir, puedes ser demócrata o republicano (en el mundo del cine casi siempre de los primeros para tocar la política), pero no llames estúpidos a todo el que no lo sea o no esté de acuerdo contigo.

Quede claro que mi opinión sobre este señor, Dick Cheney, no difiere mucho de la que puedan tener los responsables del film…

 

 

Los grandes problemas de la película son los elementos que muchos han querido destacar o por lo que enganchará a otros, subterfugios narrativos que harán gracia, pero que resultan burdos, cuando no ridículos en buena parte de las ocasiones (lo de los diálogos shakespearianos es para mear y no echar gota, por poner uno de los muchos ejemplos). Otras no. Aspectos que nada tienen que ver con la ideología o posicionamiento político, ni con la intención trasgresora, sarcástica o crítica, totalmente lícitos y en absoluto criticables. Criticables son las maneras, torticeras, o las manipulaciones.

 

 

Esos recursos constantes que delatan inseguridad pretendiendo originalidad, como ese montaje ideológico (el montaje ideológico es ese en el que se filtran imágenes que aparentemente no tienen que ver con la narración, pero sirven para subrayar o incitar ideas a través de la metáforas, por ejemplo cuando aquí vemos esas estampas de pesca cuando Cheney trata de llevar a Bush a su terreno; o el tigre que caza al antílope, que son muy tópicos), que tiene más años que el bosque, aunque en ocasiones funcione correctamente… Personajes a tutiplén que no importan lo más mínimo y aparecen no se sabe muy bien para qué a pesar que de que a menudo se insinúa que tienen una importancia extrema; cameos insustanciales y absurdos que no aportan nada salvo entretener al espectador y volver a delatar la inseguridad; escenificaciones interpretadas de las divagaciones del narrador en over (el chef que presenta su menú de tropelías ilegales); escenificaciones interpretadas con intención irónica de los sentimientos que los personajes ocultan (diálogos shakespearianos, propuestas absurdas); continuos insertos en un montaje histérico y digresivo con el sentido explicado anteriormente (montaje ideológico) o para aligerar la trama; narrador en over absurdo y casi ofensivo (lo de la donación y la metáfora del corazón llega al ridículo, por mucho guiño que queramos encontrar a “El Crepúsculo de los Dioses”, 1950, de Billy Wilder); se mezcla realidad, ficción, suposiciones, hechos contrastados, deseos y juicios de valor… haciéndolo pasar por un todo… en lo que podría describirse como la pura definición de la manipulación; ciertas faltas de rigor en las propias concepciones, como cuando Bale rompe la cuarta pared, aspecto destinado al narrador exclusivamente hasta ese momento, sin sentido alguno, por puro efectismo; que se use la voz over de Cheney (que indicaría un punto de vista subjetivo), para que no vuelva a aparecer y, desde luego, sin sentido en un relato que no es ni psicológico ni subjetivo (desde el punto de vista del protagonista, se entiende); personajes reales que aparecen representados por actores mientras que a otros los vemos en imágenes documentales reales según convenga y sin justificación alguna (¿para qué aparece Bush padre en esa escena? ¿Tan importante es? ¿Por qué no Reagan haciendo cualquier otra confidencia?); tono incoherente, arbitrario y sin sentido, que nos lleva de la sátira salvaje y descarnada, a ponernos trascendentes, dramáticos o intensitos… sin que el espectador sepa muy bien qué debe esperar…

 

 

 

Una narrativa desastrosa y deslavazada que se detiene en momentos intrascendentes durante largos minutos y luego suelta datos importantes como una ametralladora sin dar descanso y oportunidad al espectador para asimilarlos… resolviendo las situaciones apresuradamente, sin desarrollo y obviando cualquier tipo de contexto, maduración o reflexión…

 

 

 

 

Nixon, su dimisión; el Watergate (y la oportunidad republicana que ve Cheney); la búsqueda de enfrentamiento contra los soviéticos; Kissinger, Camboya; la creación de la FOX para manipular masas; la teoría del “ejecutivo unitario”; derrota electoral republicana; la posterior victoria; energías renovables (demócratas en el poder); la presidencia del pendenciero Bush, presidente pelele, su victoria polémica ante Gore en 2000; el Bush padre, vicepresidente (1981-1989), la hija gay de Cheney; la llegada a la Casa Blanca junto a Rumsfeld, la nueva llegada como presidente en la sombra; el reparto de los pozos petrolíferos iraquís; la intervención en Irak, las mentiras, las armas de destrucción masiva, el gusto iraquí por las películas norteamericanas de los 80, como “El muñeco diabólico”, de Tom Holland en 1988); bajadas de impuestos a rentas altas; impuesto sobre la muerte; el 11-S; las torturas legalizadas; la privacidad invadida; el ISIS… Zas, zas…

¿En qué creemos?

Todo con muchos nombres y datos fugaces sin contexto. Una sutileza nula. Aaron Sorkin ve esto y, no sé…

Al final tenemos más de dos horas de metraje supuestamente dedicados a la figura de un personaje del que no comprendemos absolutamente nada, ni siquiera una de sus motivaciones. Un retrato psicológico nulo.

Es caótica, arbitraria, incoherente en su propio estilo deslavazado… Es como un video de programa humorístico político, pero alargado durante dos horas, algo así como “El Intermedio” de aquí. Parece surgida de una improvisación donde sectarios hechos narrados reciben el chascarrillo de una voz over del humorista “estrella” de turno, voz over sin la que McKay parece incapaz de narrar su película… o sin esos recursos constantes que sólo buscan disimular su intrascendencia y falta de seguridad. Le pasaba lo mismo en “La gran apuesta” (Adam McKay, 2015), y eso que funcionaba mejor.

Un panfleto, en suma. Cinta de propaganda encubierta en cinta de denuncia. Una pretendida transgresión que busca disimular con su dinamismo, digresiones y contantes elementos efectistas su falta de consistencia, mezclando investigación y hechos consabidos con múltiples suposiciones, invenciones o deseos de los autores, juicios de valor, fantasías y contextos mostrados de manera arbitraria…

Porque resulta muy gracioso que se utilice o argumente sobre el uso del eufemismo, por ejemplo, para criticar a los republicanos, en global, como si ese recurso de propaganda, del cual la izquierda en todo tiempo y lugar han sido maestros, ¡lo hubieran inventado ellos en aquel momento! Lenin debe estar partiéndose de risa.

Parece pretenderse hacer creer que las técnicas de comunicación y manipulación de masas se inventaron con Cheney (ese genio que en realidad dicen es tonto, o al revés); que nadie antes intentó hacerse con el mayor poder posible ingeniándoselas de cualquier manera dentro de la democracia; que se hicieran estudios de opinión para manejar tácticas políticas; ni nadie hiciera estudios de campo para vender mejor su mercancía (no sólo en política); el uso de la mentira o camuflaje de la verdad etc. etc. etc. ¿Ingenuos?

Película de pura y dura ingeniería social, o consecuencia de la misma. De manual, tendenciosa, manipuladora, sectaria en su concepción histórica y global. Y eso que tiene material de sobra para dar caña con el tipo en concreto, pero la tentación de generalizar es mucha…

La escena extra vuelve a demostrar la insufrible inseguridad de McKay, plenamente consciente de haber derrochado todo su odio y, por supuesto, carga ideológica, pero intentando convencernos de que en realidad no… y de nuevo juzgando a su público, concretamente al que no vota lo que a él le gusta o le aplaude… Con mención a “Fast & Furious”.

 

 

Porque la película no se limita a hacer un juicio o valoración crítica de una administración concreta o de un tipo concreto dentro de ella (la tentación, como digo, es mucha), sino que con esa excusa, y tratándolo desde el cinismo (como se permite el lujo de exhibir en la escena final extra), generaliza, filtrando, sugiriendo, que el cambio bueno siempre será demócrata, mientras que la parte que se opone al cambio, esa gente que vota otra cosa, son pobres tontitos sin sentido, cultura, compromiso o un mínimo aceptable para entender nada… Tipos que se dejan engañar. Lamentables consecuencias de la democracia a los que el director trata con una insoportable condescendencia y superioridad moral.

La gente que no vota demócrata es tontita, se dejó engañar e influir por sesudos creadores de opinión de derechas, muy ricos y bien pagados por millonarios que quieren pagar menos impuestos, que sólo se manejan entre los republicanos, mentes perversas que conquistan a los más limitados (por ende republicanos), para manipularles a su antojo…

Es esa parte donde llegamos a los 80 durante la narración, “los jodidos años 80”, y se pone al presidente mejor valorado por los norteamericanos como careta de todo eso, Ronald Reagan, personificación de “los conservadores blancos”, que vendría a frenar perversamente los avances demócratas (que deben ser todos afroamericanos) simbolizados de manera ridícula y patética en esos paneles solares que se ponen y quitan…

 

 

 

 

Ni cuestiono ni critico muchas cosas de las que aparecen en la película, muchos hechos, ni siquiera la opinión o posicionamiento hacia el personaje, ni la valoración moral hacia el mismo. Nada de eso. Cuestiono que se valga de ello para obviar, manipular, filtrar, sus concepciones ideológicas que, básicamente, se limitan a manifestar su desprecio por la ideología que no es la suya o no es la que le gusta.

Le sobra tiempo para, además de sus invectivas hacia todo lo que huela a republicano, meter mensaje feminista o ecologista. Que está muy bien, pero no sé a qué viene. Por ejemplo en ese discurso de presentación del personaje de Rumsfeld (Steve Carell), en ese entorno endogámico y machista de la política, haciendo mención a las pocas mujeres presentes… aunque antes no había ninguna. O las enseñanzas de Lynne (Amy Adams) a sus hijas.

 

 

 

 

sambo

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