RUBEN ÖSTLUND
3/5
“El Triángulo de la Tristeza” es una de esas sátiras que gustan a parte de la crítica y a cierto público que pretende poner luz en la sociedad actual y que, en general, acaban diciendo siempre lo mismo. Otra de esas cintas metafóricas no muy sutiles… Esta tiene toques negros, a veces resulta lúcida, otras obvia, otras tosca, torpe o burda, a veces es elíptica y otras escatológica… Y al final deja un mensaje que no sé si es el pretendido, ya sea por voluntad del director o por ignorancia. Es lo más interesante, porque en realidad iría contracorriente.
La película de Ruben Östlund cae sin complejos en el esperpento, el simplismo, el tópico y lo obvio, pero tiene ramalazos de ingenio muy divertidos. Esto de los ricos son malos, superficiales y lo peor, está más que visto, pero la lectura final, obviando tópicos superficiales, da una conclusión desoladora en su último tercio que, claro, es el que menos ha gustado a algunos, pero que es el que se saldría del estereotipo y lo manido.
De hecho, son varios títulos recientes los que inciden en esta época del postureo (que no es exclusividad de ricos, nada más lejos de la realidad) para criticarlo desde la condena a los ricos… Es como si la clase media o, incluso, medio baja, no tuviera hijos adictos al tik-tok, a Instagram o al postureo de redes o lo que les permite la economía… Claro, es una crítica al sistema que provoca eso y tal… Aunque en islas para millonarios. “Puñales por la Espalda: Glass Onion” (Rian Johnson, 2022), “El Menú” (Mark Mylod, 2022), “Parásitos” (Bong Joon-ho, 2019), “The White Lotus”, “Sucession”, “Nine Perfect Strangers”…
Como si los youtubers, los frikis de la gastronomía o los ricachones que van de vacaciones fueran la élite o el problema. No, ellos no son las élites. Las élites son otros y están en otros sitios y pretenden otras cosas. Y a esto algunos lo llaman “teorías de la conspiración” y esas cosas.
Esta especie de “El Señor de las Moscas” del postureo termina por ser confusa y/o contradictoria dependiendo de las intenciones de su director y guionista. Y no, no es por su final abierto, que es lo de menos (y para el que el propio director no tiene solución concreta).
Sí, con el último tercio del film, lo que se plasma es que el capitalismo, las jerarquías de poder y las clases, vienen a ser el estado natural del ser humano, a lo que tiende irremediablemente.
Sí, Abigail, la chica de mantenimiento, repite el sistema de clases y se comporta exactamente igual que el que ostentaba el puesto de poder anteriormente. Algunos alegan que ella lo logra por méritos, como si no hubiera ricos meritorios o pobres incompetentes, pero la clave está en que Abigail no se presta a enseñar lo que sabe, no procura a cada uno el saber para que puedan subsistir y sobrevivir por sus propios medios. Ella somete, ordena y manda ya que es la que sabe crear esos medios de subsistencia, el capital (pesca, hace fuego…), que los demás necesitan. Eso le da a ella el poder, la seguridad y, por tanto, la define como una clase distinta, dirigente sobre sus súbditos. Así, ella misma se declarará capitana en esa isla, marcando su rango y distinción sobre el resto.
A ella no le interesa que eso cambie porque está en la gloria… Si de repente todos aprendieran a cocinar, pescar, hacer fuego, perdería su hegemonía, su jerarquía y su poder. Es lo que teme, precisamente, al final del film.
Sí, podemos caer en obcecaciones ideológicas y pensar que los empresarios no trabajan o que el dueño de un bar nunca puso o pone copas, que lo que uno vende no es porque el otro lo demanda y otro lo crea, sea mierda, bombas, comida, ropa o bebida…

Política y clases
En realidad, la película se puede ver en su totalidad en clave política, claro. Más allá del duelo entre comunistas y capitalistas. Retrata jerarquías y luchas de poder como base de toda ordenación social.
Si os dais cuenta, Östlund plantea numerosas escenas desde la idea de “pastores y ovejas”. Unos mandan, pastorean, ordenan, otros obedecen, ceden, asumen… Así lo vemos en la primera secuencia, con esos chavales siendo vacilados por un periodista y dando paseos sin camiseta.
Lo volveremos a ver en el pase de modelos, cuando unos ordenan dónde y cómo sentarse y otros obedecen diligentemente. Incluso en la isla, donde los que no saben hacer nada obedecerán las normas obedientemente.
En la segunda parte, El Yate, tendremos el desarrollo del meollo con el conflicto de clases y los rollos políticos.
Los ricos, o estos ricos a los que se pretende poner de ejemplo, serán retratados como seres incompetentes, ridículos, inservibles.


En el yate tendremos tres tipos de personas o clases. Los clientes, millonarios. La tripulación, servicio que recibirá buenas propinas y se desvivirá por sus clientes cumpliendo cualquier petición. Y los trabajadores de servicio que, básicamente, reciben órdenes, limpian los desastres y obedecen sin rédito alguno más allá de un suelo seguramente miserable.
“Sí, señor. Sí, señora”. Dinero.
La escena en la que se nos presenta a la tripulación, con la jefa, Paula (Vicki Berlin), explicando cómo proceder para recibir las cuantiosas propinas al final del crucero, deja otra de esas “sutilezas” que contiene la película, cuando en un clímax de euforia gritando por el dinero que vendrá, Östlund monta un plano de la gente de servicio en la planta inferior, por supuesto.
“¿Por qué hablas con la tripulación?”.



Se muestra con bastante acierto, dentro del tono de sátira, ese mundo de jerarquías y clases aceptado y asumido en el mundo actual. Un absurdo curioso.
Carl y Yaya toman el sol, con el Ulises de Joyce en mano tras hacer unas fotitos para Instagram, pero se ven importunados, al menos Carl, con la presencia de uno de los trabajadores, barbudo, que además tiene la osadía de quitarse la camiseta. A ambos les parece sexy, lo que es un problema, claro. Carl protestará a la tripulación y el tipo será despedido de inmediato… Es lo que tiene pagar por ciertos servicios… Eso sí, despertará una breve mala conciencia en Carl.





También es interesante el retrato transversal. Así vemos a las chicas de la limpieza leyendo revistas de moda, esas que hacen nuestros protagonistas. Su sueño imposible… Esos a los que, como dijo el reportero en la primera secuencia, miran por encima del hombro porque nunca podrán comprar esas cosas.
La parte política más explícita la tenemos en el último tercio de la segunda parte de la película, la que transcurre en el yate. Thomas, un capitán borracho e inoperante, ausente, que sólo es una voz durante la mayor parte de la travesía. Luego tendrá el rostro de Woody Harrelson.
Las jerarquías de poder fluctúan, donde cada clase busca su beneficio o prosperar hasta ingresar en otra clase superior. Ahí, las tensiones de poder se manifiestan de las maneras más absurdas. Por ejemplo, con esa millonaria que, pretendiendo generosidad, quiere que toda la tripulación y servicio se ponga a nadar.
“Te lo ordeno, ¡disfruta el momento!”.


Por supuesto, se verá complacida porque es un juego del que todos participan y todos aceptan. Y es que es muy interesante observar estas relaciones de poder. Asumidas por todos. Tenemos la generosidad condescendiente, que es otra forma de imposición, del que se sabe superior porque la sociedad así lo dicta y todos lo asumen. Conceder diversión para la diversión propia, como la citada mujer que exige que toda la tripulación vaya a nadar y a tirarse por toboganes… A su vez tenemos ese sometimiento voluntario, autoimpuesto, que busca su propio interés también, usando sus artimañas y manipulaciones para conseguir el mayor rédito de esos tipos que tienen el dinero por condena.


Hasta el capitán no se atreverá a negar nada a esa adinerada clase, ni siquiera lo que vaya contra la realidad, como a esa señora que ve las velas sucias en un barco sin velas.
Todo este orden se irá por la borda con la visual y simbólica desestabilización del barco, que lo es también de ese orden y microcosmos.
En la última parte del episodio en el yate, el tema político se hace explícito. Y un tanto cansino al final. Thomas, el capitán, parece ser un comunista (marxista matiza) estadounidense que parece ajeno a todo el caos que se desata en su barco y prefiere zambullirse en un duelo de chistes y aforismos con el ruso capitalista, Dimitry. Ronald Reagan, Mark Twain, Edward Abbey, Magaret Thatcher, Karl Marx, Kennedy, Lenin… Y discursos comunistas por la megafonía a los vomitadores clientes. Impuestos, retahílas críticas del capitán comunista contra su propio país, metal y escatología… Referencias a Noam Chomsky…






Sí, la tripulación limpiando y los millonarios vomitando y cagando. No, como metáfora no es muy sutil que digamos… Y que los que se hicieron millonarios vendiendo explosivos perezca por una granada… un poco burdo.
La inestabilidad social se completa con la revolución, que viene de la mano de unos terroristas que abordan el barco. Todo es tremendamente obvio…
Así llegaremos, unas horas más tarde, a la tercera parte. La isla. Y es que hasta aquí la obviedad prima y sigue los pasos de lo políticamente correcto y progre, pero la cosa aquí da un giro que, como dije, no sé hasta qué punto es consciente.
Tras unos primeros pasos inciertos, con sospechas, acusaciones de racismo, prejuicios, inestabilidad… esa microsociedad irá reordenándose de manera natural. Nuestra pareja protagonista se reencontrará y se unirá a otros supervivientes del naufragio.









No hay luz y la comida escasea más allá de un poco de ella y de bebida encontrada en un bote que arrastró la marea a la orilla. Y cuando urge lo básico se olvidan las formas, como a la pobre mujer con derrame cerebral.
Aquí entra el personaje de Abigail (Dolly de Leon). Una obrera, una de las sirvientes del yate, la clase más humilde. Ella reordenará esa sociedad creando una nueva jerarquía de clases y de poder. Ella sí sabe pescar, hacer fuego, cocinar… Así, gracias a sus méritos y competencia, es capaz de crear los bienes que necesita esa nueva sociedad y que la convierten en indispensable y, por tanto, la que acaparará el poder. El reparto del pulpo será según los méritos, más o menos, así Abigail se quedará con la mitad y repartirá la otra con el resto.
“Yo he pescado el pulpo”. “Hice el fuego”. “Yo cociné”. “Hice todo el trabajo y todo el mundo recibió algo”. “No deberían ser tan perezosos y dependientes de mí”.
No sé si querían retratar el estado comunista, pero no se puede hacer peor. En cambio, si lo que pretendían era exponer las jerarquías de poder y que el capitalismo viene a ser la ordenación natural, funciona mejor… Se subvierte el orden para seguir siendo una sociedad donde unos mandan y otros obedecen porque aceptan esa nueva jerarquía y ordenamiento en función de lo que pueden recibir…
“Tienes que hacer lo que yo diga”. “Aquí soy capitana”. “En el yate encargada de los sanitarios, aquí capitana”.

Por supuesto, aquí no hay emprendedores que se rebelen, que aprendan o quieran se independientes… Aquí la “capitana” dará su recompensa a los delfines según su arbitrio y el control del capital…
“De cada uno según su capacidad a cada uno según sus necesidades”. Aquí tenemos al ruso capitalista recitando conceptos socialistas o comunistas. Un aforismo usado por muchos, incluso en distintas ideologías, que van desde el socialismo utópico al anarquismo.
Puro capitalismo en esencia, donde los que proporcionan los medios que cubren las necesidades, mandan…
Se crea, además, una especie de matriarcado, con tres mujeres en posiciones privilegiadas y unos hombres incompetentes que no logran mantener el fuego encendido y además roban comida, por lo que serán castigados…
Desde aquí, en esa lucha de tensiones y jerarquías de poder, cada uno comerciará con sus armas. Lo primitivo y visceral tendrá predominancia. Esto lo entiende Carl, que comercia con su cuerpo. Y Abigail, que lo hace con comida… Carl se aprovechará de su físico para sacar beneficios de Abigail, que a su vez puede proporcionarle contraprestaciones que le interesan.
“Yo te amo y tú me das comida”. “Te mereces hacer lo que quieras”.


Carl, el semental interesado, no se librará de las burlas de los que no tienen acceso a sus beneficios… Y es que Carl llegará a dudar de qué prefiere, si seguir con Yaya o dejarla por Abigail.
Ya hablé del final, interesante, donde se caen todas las falacias progres y las teorías de moda, empezando por el matriarcado que reivindican y donde nada cambia. Un resort de lujo del que no se habían enterado… El miedo de Abigail a perder su estatus de poder la impulsa al crimen y contrasta con la inercia de Yaya, que, aunque obligada a otro rol, no ha dejado de pensar como pensaba, aliviada por dejar de ser sirviente para recuperar su estatus, en el que, en el fondo, se considera superior a Abigail.
Es indiferente que Abigail ejecute su propósito hacia Yaya o no. Ese comentario final, bienintencionado pero significativo, en el que Yaya ofrece ser su asistente a Abigail, es provocador para la segunda, pero si no se deja llevar por el impulso entenderá que hacerlo no la llevará a nada más que a la desgracia, ya que es cuestión de tiempo que se descubriera todo.
Por cierto, desde que ambas mujeres salen de expedición, se siente que una no volverá. La carrera de Carl es igualmente ambigua. Puede sentir miedo por lo que pueda ocurrir, aunque no se le ve tan lúcido, o sólo va a avisar del descubrimiento.







Problemas del primer mundo y estilo
La primera secuencia, que sirve como preámbulo a la película, es un despiadado retrato del postureo actual y los “problemas” del primer mundo, que deben inventarse para que el negocio no cese. Se nos presenta la película a través de una cámara mientras un reportero cubre un casting de moda masculina.
Un mundo superficial, vacuo, sin fondo, que debe fingirlo para satisfacerse, para intentar darse sentido. Un periodista graciosillo para vender su programilla de influencer entre selfies. Todo ello con buenos diálogos.
“Hoy en día, en la moda no se trata sólo de la superficie. Se trata del interior”.
La película se centra de inicio en el mundo más superficial posible, el de la moda. Masculina, además. Y de ese mundo de superficialidad saldrán unos hashtags supuestamente comprometidos, para que no se diga… El cambio climático, el mundo inclusivo…
Balenciaga, H&M, postureo, mirar por encima del hombro al consumidor que no puede comprarte y falsa trascendencia… Peleles, títeres manejados por necios. Maniquíes sobre los que pintar… Todo en el universo de la película son móviles, fotos, poses y apariencias…

El pase de modelos del inicio del film, donde conocemos a Yaya, reitera esa falsa trascendencia, el postureo pedante, ese universo superficial donde unos tipos con buen físico muestran ropas carísimas, pero con una puesta en escena que incluye iconografía pretendidamente comprometida o ideológica. En este caso feminista.
Es la banalización del fondo, ya sea en la moda, en la gastronomía, en el arte… la pura pretenciosidad.
La primera parte será: Carl y Yaya.
La misma chica que era la estrella en ese pase de modelos que vemos, se hará la tonta cuando llegue la hora de pagar en el restaurante…
Observad cómo dirige Östlund sus escenas juntos. Es una secuencia, con sus distintas fases, muy interesante. Habrá un conflicto entre ambos, precisamente, por el pago de la cuenta, y nunca se les verá juntos en plano…





Cuando él quiera atemperar los ánimos, se levantarán y, ahí sí, coincidirán en el mismo plano… para acto seguido mantenerse aislados de nuevo… para seguir discutiendo, porque el conflicto sigue ahí.






En el coche seguiremos con una planificación análoga. La cámara hará una panorámica en el interior del coche aislándolos de nuevo. El chófer le aconsejará mostrarse más firme con ella…
En el hotel, esas diferencias se marcan de una forma distinta, pero con la misma intención. Él con una capucha, ella en el interior del ascensor. Plano y contraplano con la puerta del ascensor abriéndose y cerrándose intermitentemente. Aislados de nuevo.






“La mierda feminista”.
Cuando Yaya y Carl reaparezcan en el yate, ya en son de paz, los veremos compartiendo plano plácidamente… Escuchando el “Life” de Des’ree.
Contrastes frívolos. En este punto de problemas del primer mundo, tendremos a Carl, que protestará porque un trabajador se quita la camiseta cerca de ellos… antes de dedicar su tiempo a mirar anillos de compromiso carísimos.
Hay otras secuencias interesantes desde la planificación que plantea Östlund. Comiendo en la misma mesa, tenemos a Carl y Yaya junto al ruso capitalista, Dimitry, que interpreta Zlatko Buric. A través de panorámicas y plano-contraplano, aislará a los respectivos grupos, el de Carl y Yaya y el de Dimitry con sus dos acompañantes.
El grupo de Dimitry pasará de tres a dos personas en sus contraplanos, para luego dejar sólo a Dimitry. Luego la planificación hará el sentido contrario, incluirá de nuevo a dos y, finalmente, a los tres.




Östlund lo goza mucho también desde lo estilístico cuando llega la tempestad al yate. Hilarante ver las posturas de los pasajeros intentando sostenerse en pie y los ladeos del barco zozobrando.
Todo se enrarece en esta parte. Temporal, un bebé que llora, mareos entre comidas de lujo, vómitos por todos lados, cuerpos bañándose en esos vómitos… Hasta infartos entre reparto de caramelos… un caos alrededor del postureo.
Tan asqueroso como hilarante, pero Östlund lo alarga demasiado. Además, cuesta saber dónde está sentado cada comensal con esa planificación en la escena. Sólo si estás atento a un plano general puedes hacerte una idea…
Esta gente que encuentra estos problemas o los crea. Estas estupideces sublimadas para parecer sacrificados, no tendrán tanta cabida en la isla, donde aceptarán de buen grado cualquier comida, aunque no sea gourmet.
Es realmente hilarante también la aparición del vendedor y su “conversación” con la pobre mujer que no puede hablar, rubricando el surrealismo de la sátira.



Ricos y postureos
El postureo, la apariencia y la superficialidad sobrevuelan siempre junto a los personajes, que se enmascaran bajo consignas y gestitos vacuos de compromiso, como comenté. Así lo hace Yaya, que de su pase de modelos feminista pasa a hacerse la ofendida y la despistada para que pague su cena su novio. Su tarjeta no funcionará, por supuesto, y volverá a meter los 50 euros que no eran suficientes en su monedero… aunque su novio cobra menos que ella. Roles de género e igualdad apaleados… según dicen.
“La mierda feminista”.
Yaya, tras todo su paripé con el pago de la cuenta, se reconocerá una manipuladora (tiene más cara que espalda). Sólo le interesan los seguidores en Instagram… La conversación, ya en su habitación, junto a Carl, mantiene la misma planificación mencionada en el punto anterior. Aislados. Roles de género utilizados para el propio interés.
En caso de necesidad, Yaya no buscará trabajo, sino ser la esposa trofeo de alguien. Sincera consciencia.
Postureos divertidos desde la puesta en escena. Ese solemne maletín amarillo que llega el yate con… unos botes de Nutella. La Nutella es para Dimitry.
Uno de los detalles de postureo que más me gustan es ese sutil plano en el que vemos a Carl leyendo el Ulises de Joyce en la piscina. O con él en la mano, más bien.
Un postureo más manido es ese donde vemos a Yaya fotografiarse con el exquisito plato que se va a comer para publicarlo en Instagram. Sólo que no se lo va a comer porque es intolerante al gluten.
“¡Bien! Su aspecto pagó los billetes. No está mal, ¿verdad?”.


Los ricos que pueblan el yate son inútiles, según los parámetros de la película. O, más bien, se convertirán en inútiles en un determinado contexto. Son vendedores de mierda (fertilizantes), de bombas (unos señores mayores de Gran Bretaña); otro matrimonio donde ella ha sufrido un derrame cerebral que la incapacita bastante, un programador…


Conoceremos a otro millonario. Un programador calvo solitario que, al final, hará buenas migas con las chicas.
La impostura es el modus operandi de estos tipos. Lo veremos hasta en cosas tan sencillas como los folleteos post fiesta de Carl (Harris Dickinson) y Yaya (Charlbi Dean), que se hacen pasar por otros para tener más morbo.
Vemos impostura en la tripulación también, disimulando sus disputas de cara a los clientes, que sólo reciben buenas caras.
El capitán, que también asume esa jerarquía y ese postureo, es pieza esencial, preferirá comer hamburguesas a los menús snobs que sirven a sus clientes… Del mismo modo que capitanea un yate de lujo reivindicando marxismo.
Gestos absurdos de esos millonarios, como el ruso capitalista intentando comprar beneficios con un rolex que allí no sirve para nada.
Hay otro que tampoco es que sea muy sutil, pero resulta brillante, con Dimitry quitando las joyas al cadáver de su esposa o amante entre lloros.



La hilarante escena de la caza, tan complicada como irrisoria, define ese postureo de nuestra sociedad, absolutamente ajena e ignorante de la base natural que todo lo inicia. Su pánico y miedo, así como su costosa ejecución para matar a un pobre burro, es tremendo. Sus orgullosas reivindicaciones por el hecho, delirantes.
“El Triángulo de la Tristeza” es un buen film, aunque no tan brillante como se cree, que crece en su intención contracorriente, políticamente incorrecta de verdad, pero que en su ambigüedad peca de falta de valentía… además de falta de sutileza y de alargar demasiado muchas de sus partes innecesariamente, así como la película en general… Otras dos horitas y media entre pecho y espalda…
Por cierto, el “triángulo de la tristeza” no es otra cosa que el entrecejo.


3/5





Magnífico análisis (as usual) de una película que me dejó… en fin, desorientado, por decirlo de una manera suave. Tiene alguna buena idea, pero las ocurrencias ocupan la menor parte del metraje, por diferente que pueda parecer en ocasiones. Me quedo con lo que dices, «obvia» por momentos. Y me pareció larga, muy larga, sobre todo, innecesariamente larga. Tiene momentos absurdos que no aportan a la historia, escenas alargadas de manera innecesaria y otras que parecen metidas con calzador porque al director le interesan aunque no hagan falta para que la historia avance. Ni siquiera saca partido a ese «señor de las moscas» hacia el que parece que se dirige en la tercera parte. O no le saca todo el partido. Buf, a mí me decepcionó, no me gustan las notas, pero le pondría un 5/10. Y el final… el director pensó: «ahora ya os lo montáis en vuestras cabezas, estoy cansado y quiero terminar». Como se ve que terminó abruptamente en la sala de montaje, con menos tijera de la que necesitaba.
Jajajaa un poco así. La nota coincide con la que puse. Un 3/5 iría del 5 al 6’9, así que encaja jajaja. Muchísimas gracias por leerlo :)